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jueves, 19 de septiembre de 2013

LAS ILUSORIAS PROMESAS DE LA LIBERACIÓN SEXUAL.

Este truhán se las pincha a todas.
Fotografía de Bruno Navez (CC)

Cuando leo o escucho a hombres mayores clamar con vehemencia contra la Iglesia, el catolicismo y la represión sexual que trajeron consigo, a menudo asiento interiormente a lo que dicen e intento imaginarme cómo debió de ser aquella época que tanto les traumatizó. Debió de ser terrible, sin duda, pero en tales ocasiones no puedo evitar pensar también en cómo creen ellos que habría sido su vida sexual en otro contexto. Viendo la virulencia que en ocasiones ha alcanzado el anticlericalismo en España, más de uno pensaría que la Iglesia era el único obstáculo entre él y una orgía perpetua. Quizá a pesar de todo no dejaron de creer en el paraíso y solo le dieron otra forma… 



Sea como fuere, su discurso, el discurso de la liberación sexual, ha cuajado con intensidad en nuestro país y en todo Occidente durante las últimas décadas. Ya conocen la historia: la religión judeocristiana reprimió nuestros impulsos sexuales, amenazando en sus sermones con la condenación eterna a quien se masturbaba, era promiscuo o en general utilizaba el sexo para algo que no fuera la reproducción. Pero ese oscurantismo debe quedar atrás, nos decimos convencidos unos a otros, y desde hace años contamos además con todo un ejército de sexólogos que nos han animado desde los medios de comunicación a sacudirnos por completo cualquier temor y a disfrutar sin más límites que nuestras fuerzas y el código penal. 


Si en otros países la reivindicación del sexo y el hedonismo vino de la mano del movimiento hippie, aquí debido a las circunstancias políticas tardo algo más, pero también por ello con más brío de la mano del «Destape», de «La Movida» y del afán de europeizarse especialmente durante la década de los 80. Muchos lectores recordarán a la pionera en estos lares, la doctora Elena Ochoa, rodeada de ese público de la época que lo mismo aplaudía a rabiar un apartamiento en la Manga del Mar Menor que ponía cara de pensar mientras oía hablar de penes y vaginas, porque es lo que tocaba. Había que subirse al carro de la modernidad. La educación sexual además también debía entrar en los colegios e institutos, así que por ahí pasaban educadores a hablarnos de métodos anticonceptivos. Uno parecía despertar al sexo de forma simultánea a todo un despertar nacional y occidental. Ahí estaban Porky’s o aquel programa de TVE que, en el colmo de la provocación y el escándalo, concluía cada semana con un strep-tease. Sonaba todo tan prometedor que recuerdo a un compañero de 2º de BUP viniéndose arriba y pedir a los profesores una máquina de condones. En un instituto bilbaíno. Porque la teoría ya nos la sabíamos todos de sobra y la práctica estaba a punto de llegar, creíamos. 


Pero lo que no ha dejado de llegar en cantidades gigantescas desde entonces, año tras año, es la teoría. Nada es más aborrecido en el discurso de los intelectuales, periodistas y líderes de opinión, en la opinión pública —en el discurso dominante en el que todos estamos inmersos, en definitiva— que todo aquello que pretenda poner cortapisas al pleno disfrute sexual, convertido en un sano ejercicio gimnástico. Podría decirse que el terreno para su llegada ha sido completamente alisado… Y por lo tanto quizá al discurso de la liberación ya no le quedan más cadenas que romper, más muros por derribar ni más enemigos por batir. Parece que ya hemos llegado al final y esto que tenemos ahora es el paisaje que ha quedado después de la batalla. Sin que queden ya en el año 2013 muchas promesas de mejora. 

Veamos por ejemplo el caso de algunos foros con más de medio millón de personas inscritas y, a menudo, templos de sabiduría a este respecto. Pues bien, la gran mayoría son muy jóvenes y no falta un día sin que alguien abra un hilo titulado «tengo 25 años y soy virgen», «tengo 26 años y nunca he besado a una chica»… etc. Hilos que se llenan de cientos de testimonios similares y en ocasiones realmente dramáticos. Otro ejemplo podría ser este texto y sus no menos interesantes comentarios, también en ocasiones realmente dramáticos. Se trata de uno de los artículos más leídos de Jot Down, ha tenido un espectacular número de visitas y ha sido enlazado, compartido y googleado desde el día de su publicación tal número de veces que por lo tanto cabe deducir que ha sabido tocar alguna fibra y debe de estar describiendo algo reconocible por muchos. Por otra parte, según algunas noticias, los más jóvenes recurren a las prostitutas incluso con más frecuencia que los adultos. Y por último en este panorama no faltan ni las waifus, almohadas con el dibujo de algún personaje femenino del manga japonés que se han puesto de moda, cuyos propietarios tratan como a una novia de carne y hueso.


¿Qué es lo que ocurre entonces? ¿No estábamos ya ante una juventud educada sexualmente, liberada de prejuicios y tradiciones reaccionarias? Han crecido con un acceso ilimitado al porno en internet, seguramente nunca hayan visto un cura de cerca y no han oído desde la adolescencia otra cosa que el sexo es algo fantástico y que uno ha de follar todo lo que pueda ¿Por qué entonces sus vidas no son un constante trasegar de fluidos genitales de Dios sabe cuántas personas distintas? Se me ocurren dos motivos: los llamaremos el imperativo biológico y el capitalismo sexual. 


El imperativo biológico 


Como dijo Yoko Ono: «la revolución sexual, de la que tanto se habla, fue principalmente para los tíos. Ellos hicieron “Yupi”… Para las chicas, creo que nuestra experiencia fue muy distinta. Si no éramos complacientes, decían que no estábamos en la onda o cosas así». 





Tal como viene señalando la psicología evolucionista, el comportamiento sexual de hombres y mujeres no es idéntico y no tiene visos de que llegue a serlo nunca. A esa conclusión ha llegado el psicólogo David M. Buss en La evolución del deseo, tras entrevistar a 10.000 personas de entre 14 y 70 años de los cinco continentes y de toda clase de culturas, creencias, razas y estatus económico. Una promiscuidad muy elevada puede traer a los hombres una cantidad de descendencia prácticamente ilimitada, así que la evolución habría premiado esa predisposición. Los datos del estudio entre otras muchas cosas mostraban una brecha similar en todas partes en torno a esa preferencia entre hombres y mujeres. 


Lo más curioso es que no importa mucho lo moderno y rico que sea el país en cuestión. Harald Eia es un cómico y presentador que hizo un programa para la televisión noruega llamado Hjernevask, con reportajes sobre el debate entre la influencia de la naturaleza y la cultura en torno a temas como el interés por el sexo en hombres y mujeres, la homosexualidad, la educación, la violencia y el racismo. Tiene un estilo desenfadado similar al de Jordi Evolé que los hace muy amenos e interesantes, además de contar con entrevistas a investigadores de primer nivel. Aquí podrán verlos con subtítulos en inglés, se los recomiendo. Pues bien, el reportaje dedicado al sexo permite atisbar en algunos momentos exactamente esta misma situación en un país considerado a la vanguardia del mundo en tantos aspectos. Resulta curioso como una de las entrevistadas (a partir del minuto nueve) se autodefine como feminista y no duda en considerar la visión masculina del sexo como la correcta, la que las mujeres deben imitar. Pero no parece que muchas estén dispuestas a hacerle caso. Aquí vemos un curioso experimento en el que un joven de buen aspecto y en forma, en el año 2013 se acerca a 100 mujeres ofreciéndoles sexo. Este es el resultado:




Cero respuestas positivas, pobre hombre. Parece razonable concluir que si un joven en una región tan adaptada a los valores modernos y la revolución sexual como California, en el año 2013, tiene tan discreto éxito entonces el cambio no ha sido tan grande como algunos soñaban. Veamos qué ocurre en el caso inverso:



De 14 hombres a los que se ha acercado nada menos que la mitad han aceptado su ofrecimiento. Y algunos de los que son abordados con la novia al lado parecen estar pensándoselo antes de dar su negativa. 


El capitalismo sexual
Prácticamente todas las sociedades humanas han institucionalizado la monogamia. Incluso aquellas que permiten la poligamia la reservan solo para sus élites. La celebración con grandes dispendios del matrimonio, la persecución del adulterio y la desaprobación generalizada de la promiscuidad son las bases sobre las que se sustenta un sistema que pretende así evitar que unos pocos poderosos acaparen muchos, y que todos tengan acceso igualitario al sexo y a la posibilidad de reproducirse. De esa manera disminuye la competencia y se incrementa la cooperación dentro del grupo. Un sistema, por decirlo así, de «marxismo sexual». 
Abolido el igualitarismo y la garantía de la sociedad a cada miembro de que le tocará una pareja entonces su búsqueda pasa a convertirse un mercado libre donde uno es simultáneamente consumidor y objeto consumido.




 A veces de forma literal, como en la web de citas Adopta un tío, donde los usuarios son productos etiquetados que se echan a una cesta de la compra. Pero en un supermercado no todos los productos se venden por igual, unos puede ser muy demandados y otros quedarse en la estantería cogiendo polvo. Houellebecq pudo verlo con gran agudeza en Ampliación del campo de batalla: 

Definitivamente, me decía, no hay duda de que en nuestra sociedad el sexo representa un segundo sistema de diferenciación, con completa independencia del dinero, y se comporta como un sistema de diferenciación tan implacable, al menos, como este. Por otra parte, los efectos de ambos sistemas son estrictamente equivalentes. Igual que el liberalismo económico desenfrenado, y por motivos análogos, el liberalismo sexual produce fenómenos de empobrecimiento absoluto. Algunos hacen el amor todos los días, otros cinco o seis veces en su vida, o nunca. Algunos hacen el amor con docenas de mujeres, otros con ninguna. Es lo que se llama la «ley del mercado». En un sistema económico que prohíbe el despido libre, cada cual consigue, más o menos, encontrar su hueco. En un sistema sexual que prohíbe el adulterio, cada cual se las arregla, más o menos, para encontrar su compañero de cama. En un sistema económico perfectamente liberal, algunos acumulan considerables fortunas, otros se hunden en el paro y la miseria. En un sistema sexual perfectamente liberal, algunos tienen una vida erótica variada y excitante, otros se ven reducidos a la masturbación y a la soledad. 
Siguiendo este símil, la liberación sexual prometió a todo el mundo que se haría rico. Pero para que unos ganen otros deben perder. El fin de la monogamia no viene seguido de un paraíso hippie donde todos follan constantemente con todos, puesto que el atractivo de cada uno difiere. Una vez abolida la monogamia lo que viene a ocupar ese hueco es la poliginia. 





En la naturaleza lo vemos constantemente. Entre los elefantes marinos, por ejemplo, un escaso 4% de los machos engendra el 85% de las crías nacidas. Y el resto a contemplar el horizonte y divagar poéticamente sobre las olas, cabe suponer. La gran mayoría de las personas tenemos distorsionada nuestra autopercepción por un sesgo favorable que nos hace estar más a gusto con nosotros mismos, aun a costa de engañarnos sistemáticamente sobre nuestras posibilidades reales (la culpa siempre pasa a ser de los demás). Por ello la mayoría aceptará ese nuevo reparto porque cree que formará parte de la minoría privilegiada. Y si no, lo fingirá. De la misma manera que todos evitan parecer pobres, nada más ridículo y denigrante que ser considerado «nuncafollista». Hay que hacer ostentación de cada logro en ese terreno si no quiere uno perder la consideración de los demás. 
Pero la realidad —tal como decían en el citado reportaje— es que uno de cada cuatro hombres noruegos de 40 años está soltero y sin hijos, cuando la proporción hace unas décadas era de un 10%. En España, un 27% de los hogares están ya habitados por una sola persona. En conclusión, la tarta ha aumentado su tamaño —menos de lo prometido, debido al «imperativo biológico»— pero está peor repartida, debido al «capitalismo sexual». Dice el profesor de psicología de Harvard Dan Gilbert que los hombres casados viven más años, tiene mejor salud, se suicidan menos, ganan más dinero, tiene sexo con más frecuencia y cometen menos crímenes que los solteros. De ser cierto en tal caso no parece que estemos yendo en la dirección correcta. Pero dar marcha atrás al cambio social no parece ni deseable ni posible. ¿Cuál es entonces la respuesta? Pues no lo sé. Puede que sea un problema sin solución y que las personas simplemente no tengamos arreglo. 






Texto extraído de: jotdown.es

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