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sábado, 4 de mayo de 2013

¿LOCAS... O AISLADAS?




¿Estamos locas o tanta desigualdad nos vuelve locas? Expertas en salud mental aseguran que la diferencia de diagnóstico y tratamiento entre hombres y mujeres hace más profunda la brecha de género. Además, las propias desigualdades estructurales abocan a más mujeres que a hombres a sufrir enfermedades como la depresión o la fibromialgia. Los psicofármacos se administran a un 85 por ciento de mujeres frente a un 15 por ciento de hombres. Pastillas contra la desigualdad. La solución pasa por la educación en perspectiva de género en las facultades.



Fotógrafo: Iñaki Landa

Emilia Laura Arias Domínguez

M en Conflicto

Una de cada cuatro mujeres tienen riesgo de padecer algún problema de salud mental: casi un 25 por ciento frente al significativamente más bajo 14 por ciento de los hombres. Son números de la Encuesta Nacional de Salud. Numerosos estudios aseguran que el género tiene una influencia determinante en la salud mental, y la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) cuenta entre sus estrategias con trabajar por la emancipación socioeconómica de las mujeres, mejorar el acceso a la educación y la concesión de microcréditos. Según cifras del mismo organismo, unos 450 millones de personas en todo el mundo padecen alguna enfermedad mental, sin embargo, no ofrece datos por sexos.



El 20 por ciento del gasto sanitario en los sistemas de la Unión Europea lo ocupan los procesos de tratamiento y rehabilitación de las enfermedades mentales, de hecho los psicofármacos son los medicamentos que suben más la factura farmacéutica desde 2003. Aquí si hay datos diferenciados: se suministran a un 85 por ciento de mujeres frente a un 15 por ciento de hombres. El 9 por ciento de la población española padece una enfermedad mental, de nuevo sin datos por sexos.


“En septiembre de 2001 nos casamos, con 20 años. Tuvimos problemas porque él era muy celoso y no me dejaba salir ni a tomar un café. Nunca tenía tiempo para mí, solo trabajar y limpiar. Los celos fueron a más y hubo malos tratos (…). No podía seguir así, lo amaba pero no cambiaría nada y tuve que dejarlo. Ahí empezaron las persecuciones y amenazas…”.

Una de cada cuatro mujeres tienen riesgo de padecer algún problema de salud mental




Así empieza el relato de Laura (nombre ficticio) cuando le preguntan por su enfermedad. Después de rehacer su vida, un abandono amoroso fue el factor que disparó todo: pastillas, alcohol, intentos de suicidio, peleas con su familia, policía, cuerdas, una camilla…Con 32 años Laura sobrelleva un Trastorno Límite de la Personalidad, gracias a sus visitas a la psiquiatra y a la medicación que, asegura, le deja atontada.

Carme Valls, doctora en Medicina y Cirugía, coordina un programa que intenta responder a la ausencia de estudios sobre la morbilidad entre mujeres y sobre su creciente medicalización. Para esta especialista existen diferencias en el diagnóstico y tratamiento de las patologías mentales por cuestión de género. La diferencia radica “en la abrumadora administración de psicofármacos y en la psiquiatrización de cualquier problema psicológico o biológico que presente una mujer”.

La brecha de género se siente en una falta de diagnóstico de los problemas reales que padecen las mujeres, según la doctora Valls. “Son sedadas a base de pastillas y así pierden recursos para conseguir una mejor autonomía personal”, expone.

Diferencias en el diagnóstico

Cristina Polo es psiquiatra y coordinadora del centro de salud mental de Hortaleza, (Madrid). Esta especialista en salud mental y género, coordina la Sección de Género en el grupo de Derechos Humanos de la Asociación Española de Neuropsiquiatría. Ella considera que se diagnostica de forma diferente a hombres y a mujeres en todas las especialidades médicas. “En atención primaria numerosos estudios muestran cómo ante los mismos síntomas físicos se prescriben a las mujeres más tratamientos ansiolíticos y antidepresivos y a los hombres se les realizan más pruebas físicas”, cuenta.

En urgencias los resultados son parecidos: a los hombres se les hacen más pruebas diagnósticas que a las mujeres pensando que en ellas el origen del malestar es psicológico y no físico.




Su compañera Marisa López, psicóloga clínica en el mismo centro, también es especialista en salud mental y género. Coordinan juntas un grupo terapéutico para mujeres en situación de violencia de género en su centro y aAmbas coinciden en que una de las cuestiones es cómo vienen ya derivadas desde la Atención Primaria, ya que a ellas se las deriva más por problemas familiares, separaciones, divorcios, ansiedad, estrés y depresiones. “Ante quejas de problemas físicos ellos vienen con más pruebas para descartar organicidad, mientras que ellas son derivadas con menos pruebas físicas”, explica la psicóloga.

A los hombres se les hacen más pruebas diagnósticas que a las mujeres pensando que en ellas el origen del malestar es psicológico y no físico

“Hay médicos que no te toman en serio. Llegué con muchos dolores al hospital y un médico me dijo que me fuera al psicólogo. Me sentí maltratada”. Marisa Rozas padece fibromialgia y depresión desde hace 20 años, dos enfermedades que se dan más frecuentemente en mujeres.

“Chica, no es para tanto”





Marian García, directora de ALAI, organización que apoya a las personas afectadas con Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) en Valencia, considera que el estigma afecta más las mujeres. Uno de los síntomas de la TLP es mantener relaciones sexuales de forma compulsiva o consumir sustancias. “Muchas veces se piensa que si son mujeres lo hacen porque son unas…. Se entiende más normal ese comportamiento asociado a un chico”, relata. “Hay un índice alto de mujeres con TLP. En nuestra asociación son un 40 por ciento de hombres y un 60 por ciento de mujeres”. En ALAI reciben apoyo Laura y su familia.

Laura cree que no ha evolucionado tanto esta sociedad: “Hay gente que considera que las mujeres tenemos que encargarnos de las tareas del hogar y cuidar de marido e hijos, trabajar, estar guapas…”. Y explica que “cuando sufres esta patología hay muchas cosas que te ves incapaz de hacer. Todo te supera, no puedes a veces ni con tu aseo personal. Es muy duro escuchar que te llaman vaga por no ocuparte de tu casa, porque tu pareja tiene que hacer las tareas y cocinar mientras tú estás en la cama”. La directora de ALAI lamenta que “en el entorno familiar hay una mayor incomprensión con las chicas”. A veces tienen que escuchar cosas como “venga chica que no es para tanto”.

Si tienen hijos o hijas la cosa empeora. Ellas son consideradas malas madres; ellos, enfermos. “Ellas cargan mucha más culpa que un hombre. También en situaciones de violencia hay más culpa por parte de las mujeres porque parece que ellas no deben ser violentas… y que en ellos la fuerza y la violencia son más comunes por eso si es la chica la protagonista de un episodio violento parece que duele más”, relata. Marisa Rozas es madre soltera con dos hijos y cuenta que debido a su fibromialgia sentía culpa por no poder cargar con todo, “porque todo dependía de mí”.

Hay estudios que muestran como las mujeres se derivan con menor frecuencia a recursos de rehabilitación laboral que a los hombres

La psicóloga Marisa López considera que ser mujer y tener un trastorno mental grave es sufrir un doble estigma: “Ni desde el movimiento feminista se le ha dado prioridad y tampoco creo que se considere lo suficiente desde las mismas asociaciones de pacientes”. Prueba de ello es que si el diagnóstico de trastorno mental es grave hay estudios que muestran como las mujeres se derivan con menor frecuencia a recursos de rehabilitación laboral que a los hombres.

Desigualdad de género y salud mental



La pregunta sería por qué las mujeres tenemos una peor salud mental. Para la psiquiatra Cristina Polo, los trastornos de personalidad histérico y dependiente pueden corresponderse con funcionamientos “extremos de comportamientos y rasgos asociados socialmente a la feminidad como seducción, fragilidad, dependencia, deseo de llamar la atención, etc.”.

Existen relaciones entre la mayor presencia de trastornos depresivos en mujeres y su mayor vulnerabilidad en las sociedades. Ser mujer se asocia a tener más riesgo con sufrir violencia en cualquier momento de la vida. “Además, los factores de riesgo por sobrecarga familiar y laboral en mujeres no se han investigado lo suficiente”, expone Polo.

En la misma línea, Carme Valls explica que “la salud de las mujeres tiene condicionantes biológicos, psicológicos, sociales y muchos condicionantes que provienen del medio ambiente. La gran desigualdad está en que no existe ciencia de la diferencia y se ha tratado a las mujeres como si fueran hombres. Además, la doble jornada y la invisibilidad e ‘inferiorización’ de lo que hacen, desean, o piensan las mujeres ha empeorado su autoestima y las ha hecho más proclives a la depresión”.

Cristina Polo asegura que, además, “hombres y mujeres responden al estrés en función de las diferentes expectativas sociales existentes frente a cada sexo”. “En todas las sociedades hay desigualdades entre mujeres y hombres respecto a las actividades que realizan, en el acceso y control de recursos y todo esto influye de manera determinante en el proceso de salud y enfermedad poniendo a las mujeres en situación de mayor vulnerabilidad para su salud física y mental”, explica.

A las mujeres se les indican más tratamientos farmacológicos

“La depresión tiene connotaciones sociales y está en relación con la poca valoración social de la mujer y los estereotipos de género. La fibromialgia ha estado entendida por algunos como un umbral bajo al dolor de las mujeres, como si fueran más sensibles. Ahora empezamos a saber que hay un trastorno orgánico debajo de la fibromialgia en el que también influye la afectación por tóxicos ambientales, pero se continua tratando con sedantes y antidepresivos”, relata Valls.

Pastillas


Todas las fuentes consultadas coinciden: para ellas, pastillas. Según Marisa López hay diferencias en los tratamientos según el género: “A las mujeres se les indica con mayor facilidad intervenciones grupales o familiares, cosa que a los hombres quizá por sus responsabilidades laborales no se les indica con la misma frecuencia mientras a ellas se les indican más tratamientos farmacológicos”.

Respecto a la estancia media de los ingresos hospitalarios de trastornos mentales, hay estudios que muestran diferencias en el número de altas entre ambos sexos, por ejemplo en el grupo de neurosis depresiva (el 68 por ciento de mujeres frente al 32 por ciento de hombres) cuya proporción se invierte en el grupo de psicosis (el 37 por ciento de altas en las mujeres frente al 63 por ciento en los hombres), según datos facilitados por esta psicóloga.

La solución: perspectiva de género

El reto es incorporar la perspectiva de género en el trabajo en salud mental. “Es totalmente necesario y no habría problemas en su incorporación si fuera regulada su obligatoriedad”, considera Marisa López, para quien uno de los problemas de género con más peso es la ausencia de mujeres tanto en los grupos de investigación como en los grupos objeto de investigación.

“La depresión tiene connotaciones sociales y está en relación con la poca valoración social de la mujer y los estereotipos de género”

Parece que en los nuevos programas del PIR, MIR y MAP (Psicólogo Interno Residente y Médico Interno Residente) va a incluirse algún tema relativo a la perspectiva de género. Una cuestión clave para formar a las nuevas generaciones de profesionales de la sanidad en género.

Carme Valls apuesta por diagnosticar de forma correcta y “ofrecer terapias alternativas, a través de grupos de ayuda mutua, terapia psicológica o actividades artísticas o danza, antes de utilizar psicofármacos de entrada ante cualquier síntoma”. Y por “mejorar la calidad, el tiempo y los recursos de los profesionales que se dedican a Atención Primaria y empoderar a las mujeres para que se asocien y busquen información y grupos de ayuda mutua para que no se fíen de que una pastilla les puede resolver todos los problemas”, termina.



Texto extraído de:Pikara Magazine

jueves, 2 de mayo de 2013

EL HOMBRE Y LA ZONA DE AMIGOS



Hoy quiero entrar en materia con la llamada ZONA AMIGOS. Todos conocemos esta situación. Tanto hombres como mujeres, en algún momento de nuestra adolescencia, hemos sido parte de una manipulación sentimental en la que la persona que nos gustaba, nos trataba como un “amigo”, echando el cerrojo a las partes íntimas de su cuerpo. Por suerte o desgracia, nunca tuve mucha experiencia en este campo. Mi carácter no daba la posibilidad a una amistad con la persona del sexo opuesto si existía una atracción por medio o había sucedido algo destacable previamente. Sin embargo, conozco multitud de casos que han padecido esta situación en sus carnes, y ahora, más que nunca, estoy preparado para hablar de ello.



Lamentablemente, he necesitado más de veinte años para aceptar la idea de que hombres y mujeres pueden compartir una amistad sin que termine bajo las sábanas (y entonces, todo se jode y volvemos al punto cero). Algo complicado si explico que procedo de un grupo de colegas en la que toda mujer que intentaba acercarse, terminaba espantada por la manada de lobos que la veíamos como potencial follable. Soy honesto, eso es así, y seguramente mi caso no sea el único. Con el tiempo, uno desarrolla ciertas reglas inquebrantables en su vida para el autocontrol de sus patologías: novias de amigos, ex-novias de los mismos, hermanas y la chicas de las que tanto hablan y un día conoces casualmente en una fiesta, y les gustas. No obstante, mi primera impresión se produciría cuando mi compañero de piso trajo chicas a su casa: dormían con él y nunca se acostaba con ellas. Yo le preguntaba inquieto, confundido. Suponía una pérdida de tiempo si, después de todo, no iba a sembrar nada. Para él, eran sus amigas, seis letras, nada más. Intenté comprender. ¿Era eso posible? ¿Dormir con alguien sin acariciarle los pechos? ¿Conciliar el sueño sin darle un estacazo a causa de tu erección? Bobadas. Incrédulo, el karma (llamémoslo así), una vez más, me lo puso en bandeja.


Un affair casual que había tenido semanas antes, me escribía en Facebook avisándome de su visita. Ella era de una ciudad cercana, y tenía pensado venir unos días por la Semana de la Moda. Tenía invitaciones, quería que fuese con ella. Sin dar pie a segundas interpretaciones, le dije que podía dormir en casa, conmigo, en mi cama. Claro, directo. Al no recibir negativa, limpié la habitación y la esperé con los brazos abiertos. Jugué mis cartas, tanteé el terreno, y marqué la línea hasta mi cama. Era evidente que venía a follar, pensé. Estaba en lo cierto, pero desconocía con quien. Algo me olió mal cuando nos disponíamos a ir al catre sin besos durante la transición. Nos desnudamos, entramos bajo las sábanas y salté al ruedo. Crucé la primera base de sus pechos, pero algo me frenó cuando introduje mis dedos bajo su ropa interior. No estaba dispuesta, dijo que éramos amigos. Yo le dije que los amigos como yo hacían eso y ella contestó que no quería problemas con mi compañera de piso. Cedí. No iba a forzar la situación. Pensé que había sido demasiado rápido. Era la primera noche, quedaban tres, y a diferencia de otros, no iba a tirar la toalla. A la mañana siguiente, todo parecía normal. Organizamos planes, reímos, hablamos durante horas, fuimos a una fiesta y me dijo que se había citado con un amigo en el bar al que iríamos después. Ella le había dejado claro que iría y dormiría conmigo. ¿Qué tipo de respuesta era esa? ¿Quería hacerme sentir más tranquilo? Aquello me tocó las pelotas. Fingí pro-actividad, aunque me podía imaginar la jugada, y yo no era ningún candelero.




Por mucho que leas a Jane Austen no vamos a follar.


Antes de llegar al lugar, hicimos una parada en el piso de unos amigos y los arrastré para que me hicieran la cobertura. Una vez dentro, mi amiga y su cita se encontraron en medio de la pista y no me quedó otra alternativa que buscarme las castañas y gozar el momento. No entendía muy bien si aquello formaba parte de un juego de celos al que no estaba dispuesto a entrar. Ellos hablaban como dos personas que quedan para comentar el cartel del Primavera Sound. Para entonces, yo ya había conocido a alguien. Sopesé la situación, tenía frente a mí a una chica bonita y a mi lado a otra que no sabía si dormiría conmigo o se iría con el tipo que tenía a su lado. Me dije a mí mismo que lo dejara pasar, que disfrutara la noche sin egoísmo alguno y que más valía pájaro en mano. Algo difícil de aceptar si partimos de la base de que no estaba acostumbrado a dormir con alguien con quien había tenido algo y sin más pretensión que la de compartir colchón. Sin comerlo, me encontré ante un momento crítico: besar a la chica o no. Aquello podía ser el punto de inflexión de la noche. El tira y afloja que iba a romper la cuerda, y como hombre sensato que fui, rompí la cuerda de un tirón con todas mis fuerzas. Nos besamos, me olvidé completamente de todo y me fui de aquel bar con la chica que había conocido. Le acompañé hasta su parada y la despedí hasta el próximo día.


A la mañana siguiente, mi invitada dormía junto a mí. No sabía cómo había llegado. Supuse que alguien le abriría la puerta y que habría reculado para dormir una vez más conmigo. Pensé que todo estaba acabado, era justo: ella había conocido a alguien y yo también. Sin embargo, algo en mi interior decía que no todo estaba perdido. Así soy yo. No tenía sentido su regreso a casa pudiendo dormir con alguien que sí le iba a meter mano. Era la última noche, pero ya no era lo mismo. La relación tomó un matiz asexual. Comencé a digerirlo. Ella preguntó por la otra chica, yo empecé a estar harto de su comportamiento y me hubiese gustado darle la patada si no fuera por mis principios. Ante todo, educación. Nuestros planes tomaron vías distintas. Ella volvió a quedar con él y me dijo que no dormiría en casa. Lo acepté sin oposición y me fui a una fiesta donde alguien había alquilado una sauna. A mitad de la noche, ella me escribió. Tenía varias llamadas suyas, pero para entonces yo ya estaba borracho y lejos de la ciudad viendo a las chicas que se desnudaban por el calor.





Claro, claro…


La última mañana, me despertó con una llamada. Le abrí la puerta. Había venido con el mismo tipo del bar. Suelo ser un tipo social que ofrece conversación y té a las visitas, pero la resaca y la situación no ayudaban, así que me importó una mierda que se sintiera incómodo esperando a su chica mientras yo regresaba a mi cama en calzoncillos. El tipo se largó y mi amiga recogió sus cosas. Antes de marchar, me dijo que había sido un placer estar conmigo. “Nos vemos”, le dije. “¿Tú crees?”, preguntó incrédula. “No, la verdad es que no”, contesté y cerré la puerta. Nuestra amistad terminó ahí. Jamás volvería a saber de ella, a contestar sus mensajes de Facebook o a mostrar un mínimo interés por sus quehaceres.


Con los días valoré la experiencia. No había sido para tanto, de hecho no había sido nada, aunque he de reconocer que mi ego sufrió lo suyo durante unas horas. Los hombres padecemos estas situaciones. No me interesaba comprenderla a ella. Sólo me importaban mis pensamientos. Entendí que lo más jodido de aceptar, no fue que se marchara con otro. Se trataba de mí, de la incapacidad de retener a una mujer con la que había tenido algo antes. ¿No había sido suficiente para ella? Era la pregunta que ardía. Chorradas. ¿Acaso no nos hemos acostado con alguien para dar pasaporte después? Por supuesto. Los instintos animales golpean de vez en cuando nuestra sien por muy liberales que seamos. Es algo innato que saca a la luz al cavernícola que llevamos dentro. Debía aceptarlo y así lo hice.


Hoy todo es anecdótico, divertido y parte del pasado. Las situaciones con las mujeres han retomado su normalidad. Mentiría si dijera que no volveré a tropezar de nuevo. La vida es un libre albedrío en el que nunca se está a salvo de situaciones como esta. No obstante he aprendido la lección sacando algo en claro, una nueva regla en mi vida que me hace sentir más libre: ahora estoy preparado para tener una amiga.


Texto extraído de: Normajeanmagazine