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jueves, 2 de mayo de 2013

EL HOMBRE Y LA ZONA DE AMIGOS



Hoy quiero entrar en materia con la llamada ZONA AMIGOS. Todos conocemos esta situación. Tanto hombres como mujeres, en algún momento de nuestra adolescencia, hemos sido parte de una manipulación sentimental en la que la persona que nos gustaba, nos trataba como un “amigo”, echando el cerrojo a las partes íntimas de su cuerpo. Por suerte o desgracia, nunca tuve mucha experiencia en este campo. Mi carácter no daba la posibilidad a una amistad con la persona del sexo opuesto si existía una atracción por medio o había sucedido algo destacable previamente. Sin embargo, conozco multitud de casos que han padecido esta situación en sus carnes, y ahora, más que nunca, estoy preparado para hablar de ello.



Lamentablemente, he necesitado más de veinte años para aceptar la idea de que hombres y mujeres pueden compartir una amistad sin que termine bajo las sábanas (y entonces, todo se jode y volvemos al punto cero). Algo complicado si explico que procedo de un grupo de colegas en la que toda mujer que intentaba acercarse, terminaba espantada por la manada de lobos que la veíamos como potencial follable. Soy honesto, eso es así, y seguramente mi caso no sea el único. Con el tiempo, uno desarrolla ciertas reglas inquebrantables en su vida para el autocontrol de sus patologías: novias de amigos, ex-novias de los mismos, hermanas y la chicas de las que tanto hablan y un día conoces casualmente en una fiesta, y les gustas. No obstante, mi primera impresión se produciría cuando mi compañero de piso trajo chicas a su casa: dormían con él y nunca se acostaba con ellas. Yo le preguntaba inquieto, confundido. Suponía una pérdida de tiempo si, después de todo, no iba a sembrar nada. Para él, eran sus amigas, seis letras, nada más. Intenté comprender. ¿Era eso posible? ¿Dormir con alguien sin acariciarle los pechos? ¿Conciliar el sueño sin darle un estacazo a causa de tu erección? Bobadas. Incrédulo, el karma (llamémoslo así), una vez más, me lo puso en bandeja.


Un affair casual que había tenido semanas antes, me escribía en Facebook avisándome de su visita. Ella era de una ciudad cercana, y tenía pensado venir unos días por la Semana de la Moda. Tenía invitaciones, quería que fuese con ella. Sin dar pie a segundas interpretaciones, le dije que podía dormir en casa, conmigo, en mi cama. Claro, directo. Al no recibir negativa, limpié la habitación y la esperé con los brazos abiertos. Jugué mis cartas, tanteé el terreno, y marqué la línea hasta mi cama. Era evidente que venía a follar, pensé. Estaba en lo cierto, pero desconocía con quien. Algo me olió mal cuando nos disponíamos a ir al catre sin besos durante la transición. Nos desnudamos, entramos bajo las sábanas y salté al ruedo. Crucé la primera base de sus pechos, pero algo me frenó cuando introduje mis dedos bajo su ropa interior. No estaba dispuesta, dijo que éramos amigos. Yo le dije que los amigos como yo hacían eso y ella contestó que no quería problemas con mi compañera de piso. Cedí. No iba a forzar la situación. Pensé que había sido demasiado rápido. Era la primera noche, quedaban tres, y a diferencia de otros, no iba a tirar la toalla. A la mañana siguiente, todo parecía normal. Organizamos planes, reímos, hablamos durante horas, fuimos a una fiesta y me dijo que se había citado con un amigo en el bar al que iríamos después. Ella le había dejado claro que iría y dormiría conmigo. ¿Qué tipo de respuesta era esa? ¿Quería hacerme sentir más tranquilo? Aquello me tocó las pelotas. Fingí pro-actividad, aunque me podía imaginar la jugada, y yo no era ningún candelero.




Por mucho que leas a Jane Austen no vamos a follar.


Antes de llegar al lugar, hicimos una parada en el piso de unos amigos y los arrastré para que me hicieran la cobertura. Una vez dentro, mi amiga y su cita se encontraron en medio de la pista y no me quedó otra alternativa que buscarme las castañas y gozar el momento. No entendía muy bien si aquello formaba parte de un juego de celos al que no estaba dispuesto a entrar. Ellos hablaban como dos personas que quedan para comentar el cartel del Primavera Sound. Para entonces, yo ya había conocido a alguien. Sopesé la situación, tenía frente a mí a una chica bonita y a mi lado a otra que no sabía si dormiría conmigo o se iría con el tipo que tenía a su lado. Me dije a mí mismo que lo dejara pasar, que disfrutara la noche sin egoísmo alguno y que más valía pájaro en mano. Algo difícil de aceptar si partimos de la base de que no estaba acostumbrado a dormir con alguien con quien había tenido algo y sin más pretensión que la de compartir colchón. Sin comerlo, me encontré ante un momento crítico: besar a la chica o no. Aquello podía ser el punto de inflexión de la noche. El tira y afloja que iba a romper la cuerda, y como hombre sensato que fui, rompí la cuerda de un tirón con todas mis fuerzas. Nos besamos, me olvidé completamente de todo y me fui de aquel bar con la chica que había conocido. Le acompañé hasta su parada y la despedí hasta el próximo día.


A la mañana siguiente, mi invitada dormía junto a mí. No sabía cómo había llegado. Supuse que alguien le abriría la puerta y que habría reculado para dormir una vez más conmigo. Pensé que todo estaba acabado, era justo: ella había conocido a alguien y yo también. Sin embargo, algo en mi interior decía que no todo estaba perdido. Así soy yo. No tenía sentido su regreso a casa pudiendo dormir con alguien que sí le iba a meter mano. Era la última noche, pero ya no era lo mismo. La relación tomó un matiz asexual. Comencé a digerirlo. Ella preguntó por la otra chica, yo empecé a estar harto de su comportamiento y me hubiese gustado darle la patada si no fuera por mis principios. Ante todo, educación. Nuestros planes tomaron vías distintas. Ella volvió a quedar con él y me dijo que no dormiría en casa. Lo acepté sin oposición y me fui a una fiesta donde alguien había alquilado una sauna. A mitad de la noche, ella me escribió. Tenía varias llamadas suyas, pero para entonces yo ya estaba borracho y lejos de la ciudad viendo a las chicas que se desnudaban por el calor.





Claro, claro…


La última mañana, me despertó con una llamada. Le abrí la puerta. Había venido con el mismo tipo del bar. Suelo ser un tipo social que ofrece conversación y té a las visitas, pero la resaca y la situación no ayudaban, así que me importó una mierda que se sintiera incómodo esperando a su chica mientras yo regresaba a mi cama en calzoncillos. El tipo se largó y mi amiga recogió sus cosas. Antes de marchar, me dijo que había sido un placer estar conmigo. “Nos vemos”, le dije. “¿Tú crees?”, preguntó incrédula. “No, la verdad es que no”, contesté y cerré la puerta. Nuestra amistad terminó ahí. Jamás volvería a saber de ella, a contestar sus mensajes de Facebook o a mostrar un mínimo interés por sus quehaceres.


Con los días valoré la experiencia. No había sido para tanto, de hecho no había sido nada, aunque he de reconocer que mi ego sufrió lo suyo durante unas horas. Los hombres padecemos estas situaciones. No me interesaba comprenderla a ella. Sólo me importaban mis pensamientos. Entendí que lo más jodido de aceptar, no fue que se marchara con otro. Se trataba de mí, de la incapacidad de retener a una mujer con la que había tenido algo antes. ¿No había sido suficiente para ella? Era la pregunta que ardía. Chorradas. ¿Acaso no nos hemos acostado con alguien para dar pasaporte después? Por supuesto. Los instintos animales golpean de vez en cuando nuestra sien por muy liberales que seamos. Es algo innato que saca a la luz al cavernícola que llevamos dentro. Debía aceptarlo y así lo hice.


Hoy todo es anecdótico, divertido y parte del pasado. Las situaciones con las mujeres han retomado su normalidad. Mentiría si dijera que no volveré a tropezar de nuevo. La vida es un libre albedrío en el que nunca se está a salvo de situaciones como esta. No obstante he aprendido la lección sacando algo en claro, una nueva regla en mi vida que me hace sentir más libre: ahora estoy preparado para tener una amiga.


Texto extraído de: Normajeanmagazine

1 comentario :

  1. Son pocas las situaciones que pasan así pero es una manera de aceptar una amiga desde las entrañas aunque la mente sea a veces dura de pensar.

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