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lunes, 9 de diciembre de 2013

MI PRIMERA VEZ?




La primera vez que follé había un chico sobre mi. La primera vez fue después de las fiestas de mi barrio, embriagada por la euforia de los quince y borracha con alcohol obrero. Fue en el sofá de mi amiga. Pensaba en las ganas que tenía de quitarme ese trámite de encima y en como no le estaba contando mi supuesta virginidad. Le obligué a que bajara a comprar condones. Cuando hablo de obligar, es obligar tras una larga negociación tras la cual, por supuesto, ya no estaba excitada. Volvió a subir, nos dimos cinco besos, nos quitamos los pantalones y me penetró. Hacía unos ruidos horribles sobre mi y yo intentaba que mi mano alcanzara mi clítoris para conseguir disfrutar algo. Apenas lo había logrado cuando se corrió y yo hice algo parecido a fingir un orgasmo. Pensé que follar no era para mi. Cuando terminamos, salió mi amiga acompañada de otra chica para echarnos de la casa por mancillar el sofá donde veía la novela. Mi primera vez acabé en la calle.

Todo esto se podría haber quedado en una primera vez cualquiera si no hubiese vuelto a la reflexión que hizo la Irene de quince años sobre la virginidad.




¿Cómo iba a denominarme virgen si no lo era?

Si la virginidad habla de penetración y de ruptura de himen yo no entendía nada. Puede que me rompiera el himen bailando a los 7 años, o puede que naciese sin el (como un altísimo porcentaje de mujeres en el mundo). Antes de aquella noche ya me había penetrado con los mangos de varios destornilladores, cepillos de pelo, un roll-on, las piernas de la barbie con su increíble textura, subrayadores gordotes y un montón de utensilios domésticos. ¿Cómo un polvo de cinco minutos podría superar eso y además concediéndole cierto prestigio? Mis mejores orgasmos me los debo a mi misma.

Si la virginidad habla de relaciones íntimas con otras personas, tampoco era virgen en ese campo. Ya me tocaba el coño con mi vecina a los 10 años y había explorado nuestros cuerpos con un montón de amigas hasta ese momento. Si alguien me pregunta ahora por mi primera, seguramente contara una tarde con una amiga dos años antes, donde al final no tuve que fingir nada.




La virginidad es una de las máximas expresiones del heteropatriarcado, con numerosos estigmas alrededor como la honra, el dolor, la sangre, la sumisión, la ofrenda, que asco. Supone un control tal, que tengo amigas bolleras, que ya quisiéramos haber vivido lo que ellas han follado, que para el sistema siguen siendo vírgenes. Porque sin pollas no es follar, sin coito no es sexo.

Es una forma de control sobre la sexualidad de la mujeres en todas las culturas populares; desde la prueba del pañuelo gitana hasta que las estrellas Disney luzcan con orgullo su anillo de castidad. La virginidad es la institución que asegura encerrado el deseo y el placer de las mujeres. Existen miles de interpretaciones bíblicas que hablan de que las mujeres violadas pueden seguir manteniendo su virginidad, pues la virginidad no supone control en el hombre, sino control del deseo de la mujer: “La Fe Católica nos enseña que Dios milagrosamente conservó esta integridad física en la Santísima Virgen María, incluso durante y después de haber dado a luz (ver Pablo IV, “Cum quorundam,”). Ya, claro.

Después de todo esto, cuando una mujer reconstruye su himen o vende su virginidad por internet, sobran los argumentos pseudo feministas para tacharlo de aberración. ¿En serio? Son mujeres que están retomando el control y el valor de lo que a todas nos han quitado. Al final, todo el mundo puede comerciar y manipular nuestros cuerpos menos nosotras. Si la virginidad es valiosa para ellos, que la paguen.

No señorxs, no somos vírgenes y dudo que alguna vez lo hayamos sido.

Texto extraído de: www.feministasacidas.com/2013/10/mi-primera-vez/

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