Estamos dando una nueva imagen al blog.

Disculpa las posibles molestias que esto pueda causarte. Danos tu opinión sobre el nuevo diseño.
Nos será de gran ayuda.
Gracias.

Buscame...

Cargando...

jueves, 7 de febrero de 2013

LIVING APART TOGETHER

by Lucia 

Los LAT desafiamos la primera regla del amor de pareja: amar es compartir. Pues bien, yo comparto lo que me da la gana con mi pareja, pero solo los días que a los dos nos apetece.


El anglicismo Living Apart Together se usa para aquellas parejas que están juntas, tienen un nivel de compromiso alto, pero no viven bajo el mismo techo. Los LAT, como comúnmente se les conoce en los países anglosajones, o como diría mi madre “tú en tu casa y yo en la mía”, son un tipo de parejas que toma cada vez más fuerza y que está siendo objeto de estudio exhaustivo. No pueden ser consideradas una modernez, puesto que sin ir más lejos nuestra “patrona”, Frida Kahlo, ya lo estilaba con su pareja, Diego Rivera. Ellos construyeron dos casas aparte unidas por una pasarela, así podían visitarse mutuamente a su antojo pero sin sufrir los inconvenientes de la convivencia.
Formadas en la mayoría de los casos por individuos de edades comprendidas entre los 45 y los 65 años, muchas de estas parejas escogen este modelo de relación tras otras relaciones fallidas, y para evitar repetir errores. Saben que la convivencia puede hacer mella en las parejas y no quieren volver a pasar por lo mismo. Así pues, cada individuo de la pareja tiene su independencia y ambos deciden cuándo y dónde quieren verse cada vez.
Yo soy una LAT. Obviamente, mi novio también lo es. O eso me ha dicho. Ambos hemos decidido mantener este tipo de relación, asumiendo todas las consecuencias. Y ahora os voy a explicar el por qué yo personalmente decidí convertirme en LAT y qué ventajas le veo con respecto a la convivencia marital.
Desde muy pequeña he sido muy independiente y cabezota. No me gustaba que me acompañaran hasta la puerta del colegio, no me gustaba tener que estar dando explicaciones constantemente de a ver de dónde vengo y a ver a dónde voy. No me gustaba tener que compartir el coche y el mando de la TV con mis hermanos. No me gustaba que mi madre escogiese las cortinas de mi habitación. Así que siempre imaginé que de mayor iba a tener mi propio piso con mis propias cosas y que las iba a poner donde a mí me diera la gana. Y dicho y hecho.
Cuando empecé la relación con mi novio, ambos vivíamos aún en el hogar paterno. Éramos dos jovenzuelos de veintipocos que acababan de empezar a trabajar, así que no existía la opción de la emancipación. Cuando ya llevábamos algún tiempo juntos y tuvimos edad y dinero para independizarnos, el asunto de irse a vivir cada uno por su cuenta surgió de una manera natural. Él sabía que yo siempre había querido vivir sola y cuando encontré el piso en el que ahora vivo, no me planteé hacerlo de forma distinta. Al mismo tiempo, él también se mudó de casa de sus padres a un piso para él solo. Es obvio que la primera razón por la cual decidí irme a vivir sola es porque, al menos hasta el día de hoy, he tenido la suerte de poder permitírmelo.
No han sido pocas las veces que he tenido que justificar el por qué de nuestra no convivencia. Sé que es complicado entender que tienes una pareja desde hace tiempo y no, no te apetece compartir piso con él. Y que la reacción habitual después de oír tu respuesta suele ser algo del tipo “pues sí que sois raritos”, “con esas cosas vuestras poco vais a durar” o incluso la muy irrespetuosa frase de “no os debéis querer tanto como la gente normal”, que tuve que escuchar una vez de boca de alguien a quien apenas acababa de conocer. A ver, yo soy gente normal, tú, que te metes en los asuntos de alguien a quien acabas de conocer, eres el anormal de esta conversación.
Los Living Apart Together desafiamos la primera regla del amor de pareja: amar es compartir. Pues bien, yo comparto lo que me da la gana con mi pareja, pero solo los días que a los dos nos apetece, el resto de días me gusta estar en mi casa, haciendo mis cosas donde y cuando me da la gana. Porque lo que más me gusta del mundo es meterme en la cama ya bien preparada, “con la cara lavada y recién peiná”, y quedarme mucho rato cotilleando las cosas bonitas que hay en Pinterest, sin tener que oír la frase de “¿puedes dejar ya las fotitos de perros con ropa que no puedo dormir con tanta luz?”. Que se pronuncie ahora mismo la primera que no ha dicho jamás en su vida que le encantan esos días en que su novio/marido está fuera de casa y puede aprovechar para hacer las cosas que le gustan sin tener que pelear por ellas.
Sé que a muchos esta situación le parece propia de gente egoísta, de personas que no están dispuestas a compartir su espacio y sus cosas a cambio de compañía. Yo no es que no quiera compartir mis cosas, es que me encanta saber que puedo ponerlas donde a mí me dé la gana y no pierdo energía en discusiones interminables sobre si las tijeras de la cocina están mejor en el primer o el segundo cajón. Pensad que yo nunca he discutido sobre quién es el responsable de que no haya papel en el WC. Bueno, miento, sí lo he hecho, pero eso lo cuento luego. Tengo una amiga cuya mayor bronca con su marido no ha sido ni por celos, ni por dinero, ni por el nombre de su bebé, sino por decidir si las ollas se lavan a mano o pueden ir dentro del lavaplatos.
Además del egoísmo, otro rasgo que se suele atribuir a los LAT es el miedo al compromiso. Probablemente yo sí peco de cierto miedo al compromiso, porque a ver, seamos sinceras, eso del “fueron felices y comieron perdices”, ¿cuánto puede durar de verdad verdadera? Cuando veis una comedia romántica y la última escena es el “X meses después” y veis al chico y la chica acaramelados en el sofá, comiendo helado y, probablemente, ella con un bombo y un brillante del tamaño del islote Perejil en el dedo, ¿no echáis de menos otra escena donde salga el “X años después”? Yo siempre me los imagino a los dos más gordos y con menos pelo, comiéndose el mismo helado pero en versión light, ignorándose mutuamente y con un hijo ni-ni carne de Hermano Mayor. Yo es que siempre fui una romántica incurable…
Siguiendo con el tema del compromiso, cuando oigo esta palabra mi mente hace una libre asociación de ideastal que así:
compromiso — responsabilidad — obligaciones — estrés — pelota antiestrés — bolas chinas — tupper sex — tupper de lentejas — lentejas con chorizo — patatas con chorizo yo locomía — Martes y Trece — lentejas con chorizo — chorizo — grasas saturadas — michelines
Es decir, mi cerebro asocia la palabra compromiso a engordar. El compromiso engorda. Si me vierais probablemente pensaríais que a buenas horas me preocupo yo de los michelines, pero la mente es una gran nebulosa incontrolable de idas y venidas, de altos y bajos, de luces y sombras. En resumen, la mente es una granzorra difícil de manejar.
Como os he dicho antes, yo también discuto sobre si hay o no papel higiénico en el portarrollos, sobre si el mando es tuyo o mío o sobre si las patatas de la tortilla se cortan en rodajas o en cuadraditos. Tras un proceso de adaptación inicial, en el que cada uno quiso llevarlo todo a su terreno, decidimos que él mandaba en su casa, yo en la mía y el otro no debía meterse en los asuntos ajenos. A veces lo cumplimos y a veces no tanto.
Cuando tienes una relación de este tipo suelen crearse rutinas de qué días nos vemos o qué días mejor que no. Yo ya tengo mi rutina más o menos creada: los fines de semana suelen ser para la pareja, a no ser que alguno de los dos tenga algún plan que le apetezca y no incluya al otro. Luego están los días entre semana que te apetece compañía, esos suelen ser cambiantes y dependen de las obligaciones. Y las vacaciones y fiestas de guardar, pues según las opciones, en función del mercado de oferta del momento.
A estas alturas del cuento supongo que habrá muchos interrogantes que espero poder contestar en la siguiente lista:
  • no me siento sola cuando estoy en casa: tengo poco tiempo libre, muchos hobbies y unos vecinos muy gritones.
  • no le echo de menos a la hora de dormir: me gusta dormir en diagonal e ir cambiando de almohada cuando en la que me apoyo ya está calentorra. ¡Qué gran sensación la de apoyar la cabeza en una almohadafresquita! Mucho mejor que el sexo, ¿no creéis?
  • si necesito apoyo moral y no hemos podido quedar, existe el teléfono y el whatsapp: berenjena, caquita sonriente y aplauso. Esto puede significar tanto “he cenado muy bien” como “he echado un zurullo digno de mención”. En cualquier caso, no será por posibles formas de comunicarnos.
  • probablemente mi relación parezca estancada vista desde fuera. Yo no lo creo, pero si es así, lo he escogido yo, que ya es más de lo que puedo decir de muchas otras cosas de mi vida.
  • sí, en su casa tengo un cajón con cosas de primera necesidad y él en la mía lo mismo, así que debe ser de los pocos chicos solteros del barrio con un cajón lleno de tampones super plus y un rizador de pestañas.
  • no sé si voy a seguir así mucho tiempo ni me planteo nada más allá del próximo mes. Yo soy muy del Carpe Diem.
Así pues, chicas, espero haber explicado con claridad qué significa esto del Living Apart Together. Si alguna de vosotras está justo ahora en el momento en el que quiere emanciparse y, a pesar de tener pareja estable, prefiere vivir sola una temporada, yo se lo recomiendo encarecidamente. Mi experiencia ha sido muy buena. Al fin y al cabo, si viviera con un chico no podría tener mi casa como si la hubiera decorado un oso amoroso puesto de peyote, ¿no?


No hay comentarios :

Publicar un comentario