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sábado, 24 de enero de 2015

MANIFIESTO ANARCOSEXUAL



POR ARIANE AUMAITRE 

Os confesaré una cosa en lo que al sexo se refiere: después de tener un orgasmo, no me apetece hacer absolutamente nada. Y es que una vez que he llegado, terminado, alcanzado el clímax —que me he corrido, vaya—; todo lo que me apetece hacer es tumbarme boca arriba, mirar el techo, encoger los dedos de los pies y disfrutar de mi ratito de paz absoluta, en el que solo tengo que preocuparme de flotar.



Esto, que no me supone ningún problema cuando el orgasmo me lo guiso, me lo como y lo digiero yo solita, me ha traído más de un problema cuando se trata de tenerlos en pareja. Y es que claro, eso de acabar, y con tu pareja aún esperando que llegue su gran momento, tú solo quieras que te dejen tranquila en tu micromundo… puede llegar a ser un poquito problemático. Sé que mi gran problema se solucionaría fácilmente si fuese posible alcanzar el clímax a la vez en todos los polvos de nuestra vida, pero claro: puede ser un poco complicado (eso sí, cuando tienes mucha confianza con tu pareja y lo lográis, vale la pena y mucho).



Hemos asumido que el final ‘‘oficial’’ de un polvo llega cuando el chico en cuestión termina, se deja caer cual peso muerto, te da un besito y se queda completamente inerte. Cierto: cada vez somos más las mujeres que reclamamos lo nuestro y que tenemos a bien recordarles que además de ser dueños de su muy preciado pene, lo son también de un par de manos y una boca, y que aquí no ha acabado nadie hasta que los dos estemos contentos… pero también es verdad -y aquí hablo desde mi experiencia y la de alguna que otra amiga- el hecho de que una mujer no llegue al orgasmo sigue viéndose como algo mucho más normal en el sexo que que sea el hombre el que no lo haga.


Tengo la sensación, por desgracia, de que cuando yo he tenido mi orgasmo y mi pareja no; si mi vagina se niega a dejar entrar a nadie porque está tranquila descansando es ‘‘normal’’ que el susodicho me agarre de la cabeza y me diga que le haga una felación. Sin embargo, cuando el caso es inverso y yo me he quedado a medias, demasiadas veces he tenido la sensación de estar pidiendo un esfuerzo titánico y endeudándome de mil favores por algo tan simple como querer mi parte del pastel.

Asumo que el objetivo principal del sexo en pareja no es otro que el de sentir, proporcionar y compartir placer. Disfrutar de hacer disfrutar, a la vez que nuestrx compañerx de cama nos hace disfrutar a nosotrxs (quien dice cama dice sofá, cocina, mesa, ducha, jardín, playa o el lugar que más os guste, vaya). Por ello, tiendo a ser más amiga del dejarse llevar que de poner normas, ataduras, procedimientos estandarizados y reglas a algo tan instintivo como lo es el sexo. Para mi, las únicas reglas válidas son las impuestas por el respeto mutuo, y por tu derecho a decir hasta dónde quieres llegar, y con qué prácticas sexuales te sientes o no te sientes cómoda.



Digo no, por lo tanto, a los polvos que parecen seguir una plantilla, o un formulario médico en el que tienes que ir poniendo ticks al lado de cada actividad. Cinco minutos de caricias y frotamientos preliminares: tick, tres minutos jugando con las manos: tick, cuatro minutos de mamada: tick, siete minutos de misionero: tick, beso en la frente y brazo sobre su hombro: tick. No, no y no. No a la rutina, no a lo pre-establecido y no a no innovar.

Sí a no mirar el reloj, a desordenar los pasos a seguir que llevas siguiendo desde los dieciséis, sí a probar sitios nuevos, posturas nuevas, juguetes nuevos, sí a hacer eso que siempre has querido probar y sí a decir en voz alta lo que quieres en cada momento. Sí a pedir que te ayuden a terminar sin que te de vergüenza, sí a ayudar a que tu compañero termine si has sido la primera, y sí a tu derecho a correrte y quedarte mirando el techo una vez que otra sin preocuparte de nada más, que nosotras también nos lo merecemos de vez en cuando.


Texto extraído de:weloversize.com

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