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jueves, 22 de agosto de 2013

DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS: DERRIBANDO MITOS




“La necesidad de autoengañarse con respecto a la soledad es mucho más inmediata y apremiante que la necesidad de autoengañarse con respecto a la muerte”.
Carlos Fabretti


Esta entrada surge a partir de la escucha en nuestra labor cotidiana. Amamos patriarcalmente, y eso produce un sin fin de justificaciones y naturalizaciones que pretendemos cuestionar.


La tesis desde la que partimos es que el amor romántico -considerado como el predilecto en occidente: monogámico, heterosexual y orientado a la procreación- es parte intrínseca de la subordinación femenina, desde su definición hasta las prácticas que promueve. 
Creemos que el “amor” tal y como lo concebimos y vivimos, es parte del aparato reproductor de la desigualdad de género, en tanto organiza las emociones, el deseo, la sexualidad y los cuerpos.

   Como punto de partida, tomaremos el concepto de socialización diferencial, entendido como el proceso que se inicia al momento del nacimiento y perdura toda la vida en el que se interiorizan valores, actitudes, modos de comportamientos y expectativas en función del género. A pesar de los grandes avances acaecidos en las últimas décadas, el amor en la vida de las mujeres sigue teniendo una particular relevancia y no cesa de aparecer como parte del proyecto prioritario: no es una experiencia posible, sino LA experiencia que nos define. El amor es un mandato de género. Tomando el concepto de sincretismo de género de Marcela Lagarde, creemos que en este paso de lo tradicional a lo moderno, el modelo de amor sigue anclado a lo más tradicional incluso en muchas personas con ideas progresistas.


      El modelo de amor romántico lleva consigo mitos que aparecen como verdades absolutas. Si hablamos de mitos, hablamos de imaginario social en tanto universo de significaciones que al cristalizarse operan como organizadores de sentido y que logran su eficacia simbólica en la repetición de sus narrativas. ¿De que narrativas hablamos? De las que nos marcan como “debe ser el verdadero amor”. En este sentido Carlos Yela realiza una revisión de los principales mitos románticos que exponemos a continuación:


-MEDIA NARANJA: o creencia que elegimos la pareja que estaba predestinada para nosotros. El mayor riesgo que provoca, es el elevado nivel de exigencia y la tolerancia excesiva a la que se puede llegar porque es esa “la pareja ideal”.


-EMPAREJAMIENTO: Creencia de la pareja como algo monogámicamente natural, heterosexual y universal.


-EXCLUSIVIDAD: Marca la imposibilidad de estar enamoradx de dos personas a la vez, con los consecuentes conflictos internos y relacionales que esto acarrea.


-FIDELIDAD: Creencia de que todos los deseos deben satisfacerse con la propia pareja “si se ama de verdad”.


-CELOS: Los celos como signo de amor verdadero, usado luego como justificación de actitudes egoístas, violentas, e injustas.


-EQUIVALENCIA: Entre amor (sentimiento) y enamoramiento (estado más o menos duradero) existiría una equivalencia que impide ver las transformaciones normales de las relaciones.


-OMNIPOTENCIA: “El amor todo lo puede”.


-LIBRE ALBEDRIO: Es la creencia que nuestros sentimientos son totalmente íntimos y no están influídos por factores culturales.


-MATRIMONIO: El verdadero amor debe conducir a la unión estable de pareja. Confluencia de los conceptos de amor romántico, matrimonio y sexualidad. Es en el S XIX cuando la vinculación de estos tres conceptos se instala en el imaginario, y normativiza el amor romántico, y la satisfacción sexual pasa a ser terreno del matrimonio.



-PASION ETERNA: Creencia de que el amor y la pasión puede y debe perdurar tras años de convivencia.


      Según una investigación realizada por “Detecta Andalucía”, la clasficación total de los mitos quedaría, esquematicamente, de esta manera:





        Creemos fehacientemente en la importancia de repreguntarnos sobre los mitos, los estereotipos, las creencias y las verdades absolutas. Sostenemos que mitigar la desigualdad de género empieza por generar preguntas ahí donde existen certezas. Es un trabajo arduo, pero entendemos que un golpe producto de la violencia de género es la expresión extrema de un sistema que se sostiene en estas pequeñas certezas. Tomando las palabras de Ainoa Flecha, Lidia Puigvert y Gisela Redondo (2005 en Jimenez, J. 2011): “La violencia de género está intrínsecamente ligada a nuestro imaginario social sobre el amor, los modelos amorosos y los modelos de atractivo, a como nos hemos socializado y nos socializamos continuamente en ellos”.


         Esta idea de amor romántico se transmite en diversas narrativas: cuentos infantiles, canciones, películas, maneras de relatar las historias saturadas de estereotipos...Con este modelo se refuerza la fantasía de que “algún dia cambiará, que lo hará por amor”... “me quiere pero....”. Por “amor” las mujeres sostenemos situaciones límites de maltrato... Por “amor” buscamos príncipes azules, aunque destiñan...




 Por “amor” aguantamos insultos y maltratos...y presumimos de que “amamos demasiado”...Por “amor” dejamos nuestros deseos en un segundo plano, y nos ocupamos de los hijos, la casa, la pareja... Por “amor” competimos y peleamos con otras mujeres... Por “amor” les damos hasta nuestros ojos.. Porque el amor femenino debe ser incondicional, entregado y abnegado, porque es lo que nos completa, nos salva...

Y sino, que alguien le diga a Cenicienta que cambie el zapato de cristal por unos borcegos acordonados.



Julieta Evangelina Cano y María Laura Yacovino



                                       



REAPRENDER A AMAR

A propósito de la no violencia en contra de las mujeres, una tarea imprescindible es la de reaprender a amar. Si no logramos convencernos de que, aun en el más grande de los amores, nadie pertenece a nadie; si no nos preparamos a soportar y cargar frustraciones, celos y pérdidas, seguiremos presenciando los mal llamados crímenes pasionales que acaban con la vida de miles de mujeres y envenenan la existencia de niños, niñas y familias enteras.
Y digo "mal llamados", porque un crimen pasional es, ni más ni menos, un homicidio y, más exactamente, un feminicidio; o sea, uno de los crímenes más viles que existen y que, con esta denominación, pretende atribuirlo a un desbordamiento de amor; es decir, a una pasión amorosa: "la amaba tanto que la mató"...
Cuántas veces hemos oído esta frase, que busca disculpar a hombres cegados ante la pérdida de un amor -una pérdida que, muy a menudo, en una cultura tan patriarcal como la nuestra, se traduce en la pérdida de control sobre una mujer-, ante una infidelidad real o imaginada, ante la imposibilidad de reconocer que el famoso "siempre tú, sólo tú y nadie más que tú" o "si no es mía, no será de nadie" son solo mitos que circulan todavía en redes simbólicas como desafortunados temas de boleros, baladas, rancheras, tangos o telenovelas, produciendo estragos incalculables.
Sí, todos y todas, nosotras y ellos, tenemos que reaprender a amar, sabiendo además que este camino de saber decir adiós a un amor, saber separarse bien, probablemente con nostalgia pero sin rabia y sin odio, es diferente para nosotras y para ellos.
Claro, para los dos, tal vez la primera lección que deberíamos aceptar es que el amor es nómada, aventurero e imprevisible. Encerrarlo, enjaularlo sirve para una sola cosa: para matarlo. El amor no se deja domesticar y el día que nos enamoramos, que tomamos este enorme riesgo de amar, deberíamos recordar que el amor existe por su mismo carácter insaciable y móvil.
Así es, y esto es justamente lo que nos embriaga cuando caemos bajo su implacable poder. Miles de novelas de la literatura universal, miles de grandes películas, miles de obras de arte están allí para recordarnos este hecho. Sin embargo, no lo hemos podido aceptar aún.
Ahora bien, en el amor, el lugar de las mujeres y de los hombres es distinto. Para las mujeres se trata de lograr ser amadas, ser deseables y así calmar y colmar todas las carencias y cobrar a la vida lo que está no pudo darles a tiempo; entonces, para ellas la pérdida de amor es una prueba desmesurada en relación con su imagen identitaria, con su narcisismo: no fue capaz de retener el hombre que ama. Y es la depresión. Las ganas de morir.
Para el hombre que encarna una masculinidad hegemónica, cuando su amor se le escapa, las ganas que tiene no son las de morir, sino las de matar, real o imaginariamente, porque durante siglos para ellos el amor y el poder han estado tradicionalmente ligados. Y cuando pierde poder, pierde el control y esto representa aun un insoportable social porque, para la cultura patriarcal, las mujeres son objetos apropiables. "Es mi mujer. Mía. Me pertenece. Soy su hombre y no puede haber otro". Y no estoy inventando nada. Son frases corrientes de hombres autores de feminicidios. Sí, urgente reaprender a amar.
Reaprender a amar sin ansias de posesión debería ser un propósito para todas, pero sobre todo para todos; tal vez así empezaríamos a bajar las aterradoras cifras de feminicidios.


* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad
Florence Thomas

LO QUE APRENDEMOS CUANDO AMAMOS



Entonces, poco a poco, vamos aprendiendo. 

Uno va aprendiendo, por ejemplo, que el cuerpo es de uno y no del otro. Que la sexualidad es de uno, y no del otro. Y que hay espacios que deben ser privados. 

Que la vida y el amor y el sexo, se comparten, pero no se entregan, porque uno siempre debe ser de uno mismo. 

Que el amor es grande... muy grande. Que el orgullo es una cosa muy fea, y que la infelicidad se deriva del prejuicio. 

Aprende uno que la libertad es bella y que el que es libre -pero libre de verdad- vuelve... o acaso nunca se va. 

Que no hay nada más hermoso y enriquecedor que HACER lo que uno SIENTE y que eso siempre es posible en tanto que abrimos nuestro corazón, somos honestos y estamos dispuestos a dar lo que recibimos. 

Que no hay nada que duela más que las mentiras y que ante todo se debe tratar al otro con respeto.

Que el alma del ser humano es honda y bella y capaz de grandes cosas. Y que si no es capaz, no es por maldad, sino por miedo. 

Que el amor se aborda tradicionalmente con desconfianza, que nos enseñan a querer poner grilletes, pero que esto es porque nosotros mismos no somos capaces de ser libres y queremos que en nuestra esclavitud, alguien nos guarde compañía. 

Que la cabeza siempre se interpone al corazón. 

Que cuando no exigimos nada, nos dan todo y si acaso no es Todo Todo, sí es siempre todo lo que el otro puede, y por eso está siempre bien.

Que la verdadera traición es el engaño. Que el amor es caprichoso, y que se mueve al vaivén del viento, pero también que sus raíces son profundas.

Que no hay ataduras para el espíritu. 

Que el sexo es hermoso y bueno -y cuando se vive sin culpa- enormemente liberador, relajante, edificante... embellecedor para el alma. 




Que podríamos y deberíamos querernos más y mejor. 




Que la capacidad de empatía no tiene límite cuando se la deja. 

Que nunca aprendemos más de nosotros mismos que cuando nos dejamos tocar verdadera y confiadamente por el otro. 




Que aunque a veces duele y es confuso, cuando hemos amado bien, aquellos que amamos estarán ahí para darnos la mano, para sostenernos cuando sintamos que desfallecemos.

Que la vida es como una rueda, que no podemos estar siempre arriba, pero que por lo mismo no tenemos que estar siempre abajo. 

Aprendemos en fin, que el amor es posible. 
Y yo amo. Y soy feliz. A todos los que amo, por la alegría infinita que traen a mi vida.



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