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lunes, 17 de agosto de 2015

LA PUTA GRACIA



Algunas cosas no tienen ni puta gracia.

Que publicaciones de humor que se consideran de izquierdas y transgresoras, sigan considerando divertido mandarnos a las mujeres a fregar o a mamar, no tiene gracia. Porque el humor tiene que ser subversivo y políticamente incorrecto, pero frivolizar con la sumisión de las mujeres es igual de gracioso que hacer chistes sobre los negros.



Que el peor insulto que se nos ocurra para la gente que nos está robando el disfraz de estado del bienestar, sea aludir a la dudosa reputación de sus madres -a las que acusamos de promiscuas de pago o trabajadoras del sexo, depende de quién lo juzgue- no tiene gracia. Porque estigmatizar a las mujeres que no han tenido otro remedio -o sí- que sacar partido económico de nuestra subordinación sexual, es igual de gracioso que humillar a la gente que tiene que hacer los trabajos que no nos gustan a quienes todavía podemos elegir. Tanto como llamar a alguien “hijo de limpiadora”, “hija de conservera” o “hijo de jornalera”.

Que el ministro del interior de esta pantomima de democracia encuentre puntos de comparación entre el terrorismo y el derecho de las mujeres a decidir como adultas libres sobre nuestra sexualidad, nuestro cuerpo y nuestro deseo de maternidad, no tiene gracia. Porque criminalizar la idea de que las mujeres podemos hacer con nuestro cuerpo lo que nos de la gana, la idea de que nuestra vida y nuestra libertad están por encima de las creencias religiosas de una minoría fanática, es tan divertido como burlarse de la inquisición o de la lapidación de adúlteras.





Que una empresa haya creado un maniquí para practicar el “tiro a la exnovia”, que sangra y todo, no tiene gracia. Porque frivolizar la violencia contra las mujeres, que mata más que el cáncer o los accidentes de tráfico, o el terrorismo, es como quitarle importancia al genocidio nazi o al canibalismo.


Pero hay gente a la que estas cosas le siguen haciendo gracia.

Hay gente que no ha entendido que considerar graciosa cualquier forma de violencia contra las mujeres, cualquier forma de subordinación de las mujeres, es una manera de legitimar ambas cosas. Porque ni la violencia ni la subordinación existirían si no fuera porque hay un sistema social, cultural -compuesto por personas- que las legitima. Con la complicidad, con la ignorancia, con el silencio, con la risa...

Texto extraído de: faktorialila.com

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