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jueves, 29 de octubre de 2015

MUJERES, GLOBALIZACIÓN Y MOVIMIENTO INTERNACIONAL DE MUJERES, Silvia Federici

Las imágenes de mujeres agarrando firmemente a sus hijxs entre las ruinas de lo que una vez fueron sus hogares, o luchando por entretenerlxs bajo las tiendas de los campos de refugiadxs, trabajando en las maquilas, en los burdeles o como empleadas domésticas en países extranjeros, han supuesto durante años la esencia de noticias e informes. Y las cifras estadísticas apoyan la historia de victimización descrita por esas imágenes, tanto que la «feminización de la pobreza» se ha convertido en una categoría sociológica. Aun así, los factores que motivan tal deterioro dramático de las condiciones de vida de las mujeres ―y que coincide irónicamente con la campaña de las Naciones Unidas para mejorar la situación de las mujeres1― no se entienden correctamente en Estados Unidos, ni siquiera en los círculos feministas. Las sociólogas feministas están de acuerdo en que las mujeres de todo el mundo están pagando un «precio desproporcionado» por la «integración en la economía global» de sus países. Pero las causas de esta miseria, de estos problemas, no se discuten, o se atribuyen al sesgo patriarcal de las agencias internacionales que gobiernan la globalización. Por ello, algunas organizaciones feministas han propuesto una nueva «marcha sobre las instituciones» con el objetivo de influir sobre el desarrollo global y hacer que agencias financieras como el Banco Mundial sean «más sensibles respecto al tema del género».2 Otras organizaciones han empezado a presionar a los Gobiernos para que implementen las resoluciones de la ONU, convencidas de que la mejor estrategia es «la participación».

Sea como sea, la globalización es especialmente catastrófica para las mujeres y no porque la controlen agencias dominadas por hombres, que no son conscientes de las necesidades de las mujeres, sino por los objetivos que se ha marcado la globalización.

El objetivo primordial de la globalización es proporcionar al capital el control total sobre el trabajo y los recursos naturales y para ello debe expropiar a lxs trabajadorxs de cualquier medio de subsistencia que les permita resistir un aumento de la explotación. Y dicha expropiación no es posible sin que se produzca un ataque sistemático sobre las condiciones materiales de la reproducción social y contra los principales sujetos de este trabajo, que en la mayor parte de los países son mujeres.

Se victimiza a las mujeres también por ser culpables de los dos principales crímenes que se supone debe de combatir la globalización. Ellas son las que, a través de sus luchas y resistencias, más han contribuido a «valorizar» el trabajo de sus hijxs y de las comunidades, desafiando las jerarquías sexuales sobre las que se ha desarrollado el capitalismo, y las que han forzado a los Estados a aumentar sus inversiones en la reproducción de la mano de obra.3 También se han convertido en las principales defensoras del uso no capitalista de los recursos naturales (tierras, agua, bosques) y de la agricultura orientada a la subsistencia, interponiéndose como consecuencia en la mercantilización de la «naturaleza» y la destrucción de los comunes aún existentes.4


Esta es la razón por la que la globalización en cualquiera de sus formas capitalistas ―ajuste estructural, liberalización del comercio, guerras de baja intensidad― es en esencia una guerra contra las mujeres; una guerra especialmente devastadora para las mujeres del «Tercer Mundo», pero que socava la forma de vida y la autonomía de todas las mujeres proletarias del mundo, incluyendo las que viven en los «avanzados» países capitalistas. De esto se desprende que la condición económica y social de las mujeres no se puede mejorar sin luchar contra la globalización capitalista y sin una deslegitimación de las agencias y de los programas que sustentan la expansión global del capital, comenzando por el FMI, el Banco Mundial y la OMC. Por ello, cualquier intento de «empoderar» a las mujeres «generizando» estas agencias no solo será improductivo, sino que producirá por fuerza un efecto mistificador, que posibilitará a estas agencias la cooptación de las luchas que llevan a cabo las mujeres contra la agenda neoliberal y por la construcción de una alternativa no capitalista.5


Globalización: un ataque a la reproducción


Para comprender por qué la globalización supone un ataque contra las mujeres debemos hacer una lectura «política» de este proceso como una estrategia diseñada y dirigida a la rendición del «rechazo al trabajo» de la fuerza de trabajo mediante la expansión global del mercado laboral. Es la respuesta a un ciclo de luchas que, desde los movimientos anticolonialistas, pasando por el Black Power, hasta los movimientos feministas y obreros de los años sesenta y setenta, desafiaron la división internacional del trabajo y provocaron no solo una crisis histórica de beneficios sino también una revolución social y cultural. Las luchas de las mujeres ―contra la dependencia de los hombres, por el reconocimiento del trabajo doméstico, contra las jerarquías raciales y sexuales― supusieron un aspecto clave en esta crisis. Por lo que no es casual que todos los programas asociados a la globalización señalen a las mujeres como objetivo principal.

Los Programas de Ajuste Estructural (PAE), por ejemplo, pese a su promoción como herramientas para la recuperación económica, han destruido los modos de subsistencia de las mujeres, haciendo imposible que se reproduzcan ellas y sus familias. Uno de los objetivos principales de los PAE es la «modernización» de la agricultura, es decir, la reorganización de la misma en base al comercio y la exportación. Lo que conlleva un aumento del terreno dedicado a los cultivos comerciales y que más mujeres, las principales agricultoras de subsistencia del mundo, se vean desplazadas. Las mujeres también se han visto desplazadas por el retraimiento del sector público que ha provocado el desmantelamiento de los servicios sociales y del empleo público. También aquí las mujeres han sido las que han pagado el precio más alto no solo porque han sido las primeras en resultar despedidas sino también porque la falta de acceso a la asistencia sanitaria y al cuidado infantil marca para ellas la diferencia entre la vida y la muerte.6

La creación de las «cadenas de montaje globales», con talleres en los que se trabaja en condiciones de semiesclavitud (sweatshops)7 a lo largo y ancho del planeta y que se alimentan del trabajo de mujeres jóvenes, también forma parte de la guerra contra las mujeres y la reproducción social. Es cierto que la posibilidad de trabajar en la industria del mercado global puede representar una oportunidad de adquirir mayor autonomía para algunas mujeres.8 Pero incluso aunque esto fuese verdad, es una autonomía que las mujeres pagan con su salud y con la imposibilidad de tener una familia debido a las largas jornadas de trabajo y a las terribles condiciones laborales en las zonas de libre comercio. Es una ilusión suponer que el trabajo en estas áreas industriales pueda ser una buena solución temporal para las mujeres en edad de casarse. Muchas de ellas terminan malgastando sus vidas encerradas en estas fábricas-presidio, e incluso aquellas que las abandonan arrastran secuelas físicas. 


Como en el caso de las mujeres jóvenes que, en Colombia o Kenia, trabajan en la industria de las flores, que tras años e incluso meses de trabajo se quedan ciegas o desarrollan enfermedades mortales debido a la constante exposición a fumigaciones y pesticidas.9

Otra evidencia de la guerra que las agencias internacionales mantienen contra las mujeres, especialmente en el Sur, es el hecho de que tantas de ellas se hayan visto forzadas a migrar hacia el Norte, donde, a menudo, el único empleo que encuentran es el de trabajadoras domésticas. De hecho, son las mujeres del Sur las que hoy en día cuidan de los niños y de las personas mayores en muchos países de Europa y Estados Unidos, un fenómeno que algunos han descrito como el desarrollo de la «maternidad global» y de los «cuidados globales».10

En su proceso de consolidación, la nueva economía mundial depende seriamente de la desinversión estatal en el proceso de reproducción social. Tan crucial es la disminución de los costes laborales para los benefi cios de la nueva economía global que, en los lugares en los que la deuda y el reajuste estructural no han sido sufi cientes, las guerras han completado esta tarea. En otros textos he argumentado por qué muchas de las guerras habidas en los últimos años en el continente africano emergen claramente de las políticas de ajuste estructural, que exacerban los confl ictos y excluyen a las elites locales de cualquier otro modo de acumulación que no sea el pillaje y el saqueo. Pero aquí lo que quiero recalcar es el hecho de que gran parte de las guerras contemporáneas se dirigen a destruir la agricultura de subsistencia y en consecuencia su objetivo son las mujeres. Esto es cierto tanto en la «lucha contra la droga», que sirve para destruir los cultivos de pequeñxs campesinxs, como en el caso de las guerras de baja intensidad y las «intervenciones humanitarias».

Aparte, existen otros fenómenos derivados del proceso globalizador que tienen consecuencias devastadoras en las mujeres y en la reproducción: la contaminación medioambiental, la privatización del agua ―última misión encomendada al Banco Mundial que arrogantemente predice que las guerras del siglo XXI serán las guerras por el agua―, la deforestación y exportación de bosques enteros.11

Existe una lógica en los regímenes laborales actuales que retrotrae a los tiempos de la etapa colonial, en los que los trabajadores se consumían produciendo para el mercado global y a duras penas se reproducían.

Todas las estadísticas demográficas que miden la calidad de vida en los países «ajustados» son elocuentes respecto a este punto. Habitualmente muestran:

• Un aumento de la mortalidad y una reducción de la esperanza de vida (cinco años al nacer para lxs niñxs en África).12

• La ruptura de estructuras familiares y de comunidades, lo que provoca un aumento de lxs niñxs que viven en las calles o que trabajan como esclavxs.13

• Un incremento en el número de refugiadxs, en su mayoría mujeres, desplazadxs debido a la guerra o a políticas económicas.14

• Una expansión de zonas chabolistas inabarcables cuyo crecimiento es alimentado por la expulsión de lxs campesinxs de sus tierras.

• Un aumento de la violencia contra las mujeres a manos de sus familiares, de las autoridades gubernamentales y de las tropas en combate.15

También en el «Norte» la globalización ha arrasado con las políticas económicas que sostienen la vida de las mujeres. En Estados Unidos, supuestamente el ejemplo más exitoso de neoliberalismo, el sistema de asistencia social ha sido desmantelado ―en especial el fondo AFCD que afecta directamente a mujeres con niñxs a su cargo.16 Gracias a esto se ha pauperizado la vida de aquellas familias cuya cabeza es una mujer, y ahora las mujeres de la clase obrera deben tener más de un empleo para sobrevivir. Mientras tanto el número de mujeres en prisión no ha dejado de aumentar; así prevalece una política de encarcelamientos masivos, lo que es coherente con el regreso de economías de tipo colonial incluso en el corazón del mundo industrializado.


Luchas de mujeres y movimiento feminista internacional

¿Cuáles son las implicaciones que conlleva esta situación para los movimientos feministas internacionales? La primera respuesta que debemos dar es que las feministas no solo deben apoyar e impulsar la cancelación de la «deuda del Tercer Mundo» sino también involucrarse en las campañas de reparación, con el objetivo de que devuelvan a las comunidades devastadas por los ajustes estructurales los recursos que les han arrebatado. A largo plazo las feministas debemos darnos cuenta de que no podemos esperar ninguna mejora en nuestras vidas por parte del capitalismo. Por lo que hemos podido ver, tan pronto como los movimientos anticoloniales, de derechos humanos y feministas obligaron al sistema a hacer concesiones, este reaccionó con la respuesta equivalente a la de un ataque nuclear. 


Si la destrucción de nuestros medios de subsistencia es indispensable para la supervivencia de las relaciones capitalistas, este debe convertirse en nuestro campo de batalla. Debemos unirnos a las luchas que sostienen las mujeres del Sur que han demostrado que las mujeres pueden sacudir incluso los regímenes más opresivos.17 Un buen ejemplo son las Madres de la Plaza de Mayo de Argentina, quienes durante años han desafiado uno de los regímenes más represivos del mundo, en un momento en el que nadie en el país se atrevía a levantar la voz.18 Otro caso similar es el de las proletarias/indígenas de Chile quienes, tras el golpe militar de 1973, se unieron para garantizar la alimentación de sus familias ―organizaron cocinas comunales y durante este proceso adquirieron conciencia de sus necesidades y su fuerza como mujeres.19

Estos ejemplos muestran que el poder de las mujeres no proviene de arriba, no lo otorgan las instituciones globales como las Naciones Unidas, sino que debe construirse desde abajo y que solo a través de la autoorganización podrán las mujeres revolucionar sus vidas. De hecho, las feministas harían bien en tener en cuenta que las iniciativas de las Naciones Unidas en favor de las mujeres han coincidido con los ataques más devastadores contra ellas en todo el planeta, y que la responsabilidad de los mismos recae sobre las agencias miembro de las Naciones Unidas: el Banco Mundial, el FMI, la OIT y, por encima de todo, el Consejo de Seguridad de la ONU. Frente al feminismo fabricado por la ONU, con sus ONG, sus proyectos «generadores de ingresos» y sus relaciones paternalistas con los movimientos locales, se levantan las organizaciones de base que las mujeres han construido en África, Asia y Latinoamérica, para luchar por servicios básicos (carreteras, escuelas, clínicas), para resistir los ataques gubernamentales contra la venta callejera ―uno de los modos primordiales de subsistencia de las mujeres― y para defenderse mutuamente de los abusos de sus maridos.20


Como cualquier otra forma de autodeterminación, el movimiento de liberación de las mujeres requiere de condiciones materiales específicas, que comienzan por el control de los medios de producción y subsistencia. Como Maria Mies y Veronika Bennholdt-Thomsen razonan en The Subsistence Perspective (2000), este principio cuenta no solo para las mujeres del «Tercer Mundo» que han sido las principales protagonistas de luchas territoriales por la recuperación de tierras ocupadas por terratenientes,21 sino que también es importante para las mujeres de los países industrializados. Hoy en día en Nueva York, las mujeres se oponen a las apisonadoras para defender sus huertos urbanos, fruto de un enorme trabajo colectivo que ha unido a comunidades enteras, y revitalizado vecindarios anteriormente considerados zonas catastróficas.22

Pero la represión a la que se han enfrentado estos proyectos muestra que necesitamos una movilización feminista contra la intervención estatal en nuestra vida cotidiana al igual que frente a la política internacional. Las feministas también debemos organizarnos contra la brutalidad policial, el reforzamiento del aparato militar y, sobre todo, contra la guerra. Nuestro primer y más importante paso debe ser oponernos al reclutamiento de mujeres en los ejércitos, hecho tristemente aceptado con el apoyo de algunas feministas en nombre de la igualdad y la emancipación de las mujeres. 


Tenemos que aprender mucho de esta desafortunada política. La imagen de la mujer uniformada, conquistando la igualdad con los hombres mediante el derecho a matar, es la imagen de lo que la globalización puede ofrecernos: el derecho a sobrevivir a expensas de otras mujeres y de sus hijos, cuyos países y recursos necesita explotar el capital corporativo.

Silvia Federici 


1- Me refiero a las actividades promovidas por la ONU en beneficio de la emancipación de las mujeres, incluyendo las cinco Global Conferences on Women [Conferencias Globales de Mujeres] y la Women’s Decade [Década de las Mujeres] (1976-1986). Véanse los siguientes textos: Naciones Unidas, From Nairobi to Beij ing, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The World’s Women 1995: Trends and Statistics, Nueva York, Naciones Unidas, 1995; The United Nations and the Advancement of Women: 1945-1996, Nueva York, Naciones Unidas, 1996; Mary K. Meyer y Elizabeth Prugl (eds.), Gender Politics in Global Governance, Boulder, Rowman and Litt lefi eld Publishers, 1999. Mujeres, globalización y movimiento internacional de mujeres.

2-Christa Wichterich, The Globalized Woman: Reports from a Future of Inequality, Londres, Zed Books, 2000; Marilyn Porter y Ellen Judd (eds.), Feminists doing Development: A Practical Critique, Londres, Zed Books, 1999.

3-Véase, por ejemplo, la lucha de las welfare mothers en Estados Unidos en la década de los sesenta, que supuso el primer terreno de negociación entre el Estado y las mujeres en lo tocante a los temas reproductivos. Con esta lucha las mujeres que recibían la Aid to Families With Dependent Children transformaron este subsidio en el primer «salario para el trabajo doméstico». Véase el texto de Milwaukee County Welfare Rights Organization, Welfare Mothers Speak Out, Nueva York, W. W. Norton Co., 1972.

4- Sobre las luchas de las mujeres contra la deforestación y la mercantilización de la naturaleza, véanse (entre otros) Filomina Chioma Steady, Women and Children First: Environment, Poverty, and Sustainable Development, Rochester (VT), Schenkman Books, 1993; Vandana Shiva, Close to Home: Women Reconnect Ecology, Health and Development Worldwide, Filadelfi a, New Society Publishers, 1994; Radha Kumar, The History of Doing: An Illustrated Account of Movements for Women’s Rights and Feminism in India 1800-1990, Londres, Verso, 1997; Yayori Matsui, Women in the New Asia: From Pain to Power, Londres, Zed Books, 1999.

5 Véase un relato de la manera en la que el Banco Mundial prestó mayor «atención al género» como resultado de las críticas realizadas por ONG en los escritos de Josett e L. Murphy, Gender
Issues in World Bank Lending, Washington DC, The World Bank, 1995

6 Meredith Thursten (ed.), Women and Health in Africa, Trenton, Nueva Jersey, Africa World Press, 1991; Folasode Iyun, «The Impact of Structural Ajustment on Maternal and Child Health in Nigeria
», en Gloria T. Emeagwali (ed.), Women Pay in Price: Structural Ajustment in Africa and Caribbean, Trenton, Africa World Press, 1995.

7 Un sweatshop es un taller, tienda o fábrica «de sudor» [sweat] donde los empleados trabajan en condiciones pésimas de seguridad, retribución y derechos durante largas jornadas laborales.
Estos talleres pueden ser clandestinos o no, pertenecer directamente a una multinacional, producir para una o para la exportación. No hay una traducción exacta en castellano aunque se suele utilizar maquila, término utilizado en El Salvador, Guatemala, Honduras y México. [N. de la T.]

8 Susan Joekes, Trade Related Employement for Women and Industry and Services in Developing Countries, Génova, UNRISD, 1995.

9 Wichterich, Globalized Woman, op. cit., pp. 1-35.

10 Arie Hochschild, «Global Care Chains and Emotional Surplus Value», en W. Hutt on y Anthony Giddens (eds.), Global Capitalism, Nueva York, The New Press, 2000.

11 Shiva, Close to Home, op. cit.

12 Naciones Unidas, The World’s Women 1995, op. cit., p. 77.

13 Bernard Schlemmer (ed.), The Exploited Child, Londres, Zed Books, 2000.

14 Se ha duplicado el número de personas desplazadas dentro de sus propios países entre 1985 y 1996, de 10 a 20 millones de personas; Roberta Cohen y Francis M. Deng, Masses in Flight: The Global Crisis of Internal Displacement, Washington DC, Brookings Institution Press, 1988, p. 32. Sobre este tema véase también Macrae y Zwi, War and Hunger. Rethinking International Responses to Complex Emergencies, Londres, Zed Books, 1994.

15 Naomi Neft y D. Levine, Where Women Stand: An International Report on the Status of Women in 140 Countries, 1997-1998, Nueva York, Random House, 1997, pp. 151-163.

16 Mimi Abramovitz, Regulating the Lives of Women: Social Welfare Policy From Colonial Times to the Present, Boston, South End Press, 1996.

17 En los momentos de mayor depauperación son las mujeres las que mantienen y cuidan a los niños y a los mayores, mientras que sus compañeros masculinos son más propensos a abandonar a sus familias, beberse los salarios y verter sus frustraciones en sus compañeras. Según las Naciones Unidas, en muchos países incluyendo Kenia, Ghana, Filipinas, Brasil y Guatemala, pese a que los ingresos de las mujeres son mucho más bajos que los de los hombres, en los hogares cuya cabeza de familia es una mujer se dan menos casos de malnutrición infantil. Naciones Unidas, The World’s Women, op. cit., p. 129.

18 Jo Fisher, Out of the Shadows: Women, Resistance and Politics in South America, Londres, Latin America Bureau, 1993, pp. 103-115

19 Ibidem, pp. 17-44 y 177-200.

20 Elizabeth Jelin, Women and Social Change in Latin America, Londres, Zed Books, 1990. Véase también Carol Andreas, Why Women Rebel: The Rise of Popular Feminism in Peru, Westport, Lawrence Hill Company, 1985.

21 Elvia Alvarado, Don’t be Afraid Gringo: A Honduran Woman Speaks From the Heart, Nueva York, Harper and Row, 1987.

22 Bernadett e Cozart, «The Greening of Haarlem» en Peter Lamborn Wilson y Bill Weinberg (eds.), Avant Gardening: Ecological Struggle in the City and the World, Nueva York, Autonomedia, 1999; Sarah Ferguson, «A Brief History of Grassroots Greening in the Lower East Side» en Peter Lamborn Wilson y Bill Weinberg (eds.), Avant Gardening…, op. cit., 1999


Ensayo tomado del Libro Revolución en punto cero Texto Nº8 (Año 2001)
Texto extraído de: noticiasyanarquia

lunes, 12 de octubre de 2015

NOTAS PARA UNA CARTOGRAFÍA SEXUAL DE LA CONQUISTA


Por : Mónica Eraso J.

Ilustración de Theodor De Bry, 1592Colección Biblioteca Municipal Mario Andrade, Sao Pablo.



El relato mítico del origen de los dioses, el
cosmos y los hombres, es siempre bisexual entre las grandes
culturas amerindianas y no exclusivamente patriarcal como
entre los semitas, por ejemplo

Enrique Dussel



Escribo desde el fin del mundo, desde el agujero donde se aloja el behind the scenes de la civilización occidental, habitado por sirenas y perras bicéfalas, por caníbales y sodomitas de piel oscura, por mujeres que se cortaron los senos y por hombres lactantes. No tenemos acceso a sus nombres. Escribo en la única lengua que siento propia y con ella dibujo un mapa para recorrer mi cuerpo, que no es blanco, ni de medusa, ni de amazona; un cuerpo que no es fálico, ni caníbal, ni conquistador, ni conquistado, y es también todos los anteriores.

LA PORNO JUNGLA


El año en que nací se estrenaba Holocausto Caníbal, una película que batió el record mundial de censura hasta la fecha. Sangre, sexo e hiperrealidad en low-definition, la película narra la historia de 4 cineastas italianos que vienen a América para realizar un documental sobre las comunidades indígenas en el Amazonas. La ficción documental que aparece dentro de la película se encarga de revivir los viejos mitos europeos con los que los navegantes y conquistadores se encontraron al llegar al“Nuevo Mundo”: canibalismo, amazonas, sexualidad desenfrenada, brutalidad y salvajismo primitivo.
En hora y media asistimos al descuartizamiento de cuerpos indígenas, empalamientos, incendios de aldeas, asesinato de animales entre otras escenas sangrientas, que sitúan a la película en un limbo entre lo gore y lo snuff. Los personajes de los documentalistas, desarrollo del ego conquiro1, parecieran no tener límite alguno para saciar su apetito representador. Su vocación documental utiliza la violencia extrema como disparador de las imágenes que luego van a grabar con el fin de presentar un material edgy en la televisión europea. El símil entre los jóvenes documentalistas y los viejos conquistadores parece narrar el desarrollo de una misma voracidad por dominar lo que se construye como el otro.

Minuto 57. Mientras dos de los documentalistas violan a una mujer Yacumo, otro de ellos dice: -“no filmes, no es una película porno, idiota” –“no sería mala idea, la porno jungla”, responde el hombre de la cámara. La discusión entre lo que se puede y lo que no se puede mostrar tiene lugar por primera y única vez en la ficción documental durante esta escena.

Si consideramos la película como una prolongación cinematográfica de la lógica de la conquista, esta escena, nos abre varias preguntas; ¿cómo se relacionan pornografía y colonialidad? Tanto las películas Gore como las porno están dentro de ese tipo de imágenes en movimiento que provocan reacciones involuntarias en el cuerpo del espectador, nauseas o excitación, por ejemplo. ¿Cómo se relacionan pornografía y colonialidad? ¿Cuáles son las diferencias entre pornografía y documental etnográfico como géneros cinematográficos? ¿Qué lugar jugaron las representaciones de la sexualidad indígena en las narrativas coloniales? ¿Los imaginarios sexuales sobre los indígenas pueden ser considerados como parte de los mitos fundacionales de la modernidad?

Holocausto Caníbal, nos ubica temporalmente dentro de las producciones cinematográficas realizadas durante lo que Beatriz Preciado llama la era del Capitalismo Farmacopornográfico que se caracteriza por poner la gestión política y técnica del sexo y la sexualidad en el centro de la acumulación capitalista, (Preciado, 2008). Preciado muestra cómo el sexo se ha convertido en la materia prima de la tercera fase del capitalismo, proponiendo denominar esta tercera fase como La era Farmacopornográfica por la referencia a los “procesos de gobierno biomolecular (Farmaco) y semiótico-técnicos(-porno) de la subjetividad sexual (Preciado, 2008, p. 32) y nos dice también que podemos rastrear sus orígenes al inicio de la modernidad, que si tomamos por cierta la tesis de Dussel, empieza en 1492.

Con las imágenes del Holocausto Caníbal mordiéndome las neuronas y corroyendo mi ubicación temporal, propongo revisar las representaciones de la sexualidad indígena durante la conquista y posterior colonización de América como mitos fundacionales de la modernidad y por lo tanto también de esa tercera fase del capitalismo. Sodomía, lubricidad, cambio de roles, cuerpos desnudos, tetas erguidas, sífilis, ritos exóticos, canibalismo, lujuria, bebida en exceso, adoración al diablo, prácticas contranatura, son algunas de las características con los que se describe a los habitantes del Abya Yala. Las representaciones corporales del indígena en clave de salvajismo sexual, van a ser fundamentales para representar a las nacientes naciones europeas como castas, católicas y civilizadas.

BACK Y FORWARD, NORTE Y SUR.


Si bien la modernidad suele entenderse como un fenómeno intraeuropeo que resulta de las transformaciones económicas de finales de la edad media, Dussel nos va a proponer una versión distinta: no existe modernidad sin colonialidad. Los procesos tanto de “descubrimiento” como de conquista y colonización, van a ser constitutivos (y no simplemente anecdóticos) de esa nueva formación planetaria (Dussel, 1992). El pensador argentino nos propone una fecha concreta para situar el inicio de la modernidad : el 12 de Octubre de 1492.

«La modernidad no es un fenómeno que pueda predicarse desde Europa considerada como un sistema independiente, sino de una Europa concebida como centro. Esta sencilla hipótesis transforma por completo el concepto de modernidad, su origen, desarrollo y crisis contemporánea y, por consiguiente, también el contenido de la modernidad tardía o posmodernidad. De manera adicional quisiera presentar una tesis que califica la anterior: la centralidad de Europa en el sistema-mundo no es fruto de una superioridad interna acumulada durante el medioevo europeo sobre y en contra de las otras culturas. Se trata, en cambio, de un efecto fundamental del simple hecho del descubrimiento, conquista, colonización e integración (subsunción) de Amerindia. Este simple hecho dará a Europa la ventaja comparativa determinante sobre el mundo otomano-islámico, India y China. La modernidad es el resultado de estos eventos, no su causa. Por consiguiente, es la administración de la centralidad del sistema-mundo lo que permitirá a Europa transformarse en algo así como la «conciencia reflexiva» (la filosofía moderna) de la historia mundial... Aún el capitalismo es el resultado y no la causa de esta conjunción entre la planetarización europea y la centralización del sistema mundial» (Dussel,1999:148-149).

La construcción de Europa como central, no se daría solo en términos económicos, sino también en términos culturales, sexuales y epistemológicos. Así la retórica de la civilidad europea se construyó en oposición al salvajismo Americano y Africano. Lo no europeo, se representa como un bárbaro sexual de libido animal, como un cuerpo desnudo frente al cuerpo conquistador vestido, como un objeto de estudio frente al que lo describe.


PROTO-PORNOGRAFÍA COLONIAL.


Para los comienzos del siglo XVI las imágenes y descripciones de cuerpos desnudos y de sexo explícito, que eran poco comunes en Europa, aparecían frecuentemente en las Crónicas de Indias.

Ilustración de Theodor de Bry, de cómo Balboa echa a varios indios culpables de Sodomía a los perros, para que estos los dilacrasen.

Estos relatos, tanto escritos como visuales, se permiten una descripción detallada de cuerpos humanos y no humanos, naturaleza y costumbres, pues, en teoría tenían como fin, crear una imagen lo más exacta posible de lo que se encontraba en el “Nuevo Mundo”, una especie de brazo poético del ejercito conquistador. Uno de los temas más recurrentes en las crónicas de Indias, es la desnudez de sus habitantes. “La oposición entre vestido y desnudo permite articular la diferencia entre civilizado y salvaje, humano y animal, que hace de la privacidad y la ropa un privilegio de las sociedades occidentales…”2. Esta reiteración no es casual, en la construcción de mundo que se estaba produciendo, no sería posible imaginar a Europa como La Civilización, sin antes, construir a lxs habitantes de los territorios a conquistar como corporalidades otras, el zoom a estas sexualidades supuestamente exuberantes y raras, se sitúa en esta lógica de poder. Sin embargo, la ética del conquistador no piensa la dominación solamente en términos territoriales o económicos, la dominación es también corporal y sexual, Emanuel Amodio dice que la poética de la sexualidad indígena no siempre cumplía la función para la que supuestamente estaba destinada : “la iconografía americana ocupó un lugar en el circuito icónico destinado a la mirada "erótica" de los estamentos acaudalados de la sociedad europea, italiana sobre todo, del siglo XVI”.3 Cumpliendo a la vez con el ánimo de descripción del territorio y la población a colonizar y con la taréa de seducir a los posibles hombres conquistadores que debían cumplir esa misión, la conquista y el genocidio se narraban en términos proto-pornográficos:

“siendo sus mujeres lujuriosas hacen hinchar los miembros de sus maridos de tal modo que parecen deformes y brutales y esto con un cierto artificio suyo y la mordedura de ciertos animales venenosos; y por causa de esto muchos de ellos lo pierden y quedan eunucos.”4

“Las mujeres (…) aunque andan desnudas y son libidinosas, no tienen nada defectuoso en sus cuerpos, hermosos y limpios (…). Una cosa nos ha parecido milagrosa, que entre ellas ninguna tuviera las tetas caídas, y las que habían parido, por la forma del vientre y la estrechura, no se diferenciaban en nada de las vírgenes, y en las otras partes del cuerpo parecían lo mismo (…)”5

“Mientras estaba en la barca, hice cautiva a una hermosísima mujer caribe, que el susodicho Almirante me regaló, y después que la hube llevado a mi camarote, y estando ella desnuda según es su costumbre, sentí deseos de holgar con ella. Qui se cumplir mi deseo pero ella no lo consintió y me dió tal trato con sus uñas que hubiera preferido no haber empezado nunca. Pero al ver esto (y para contártelo todo hasta el final), tomé una cuerda y le di de azotes, después de los cuales echó grandes gritos, tales que no hubieras podido creer tus oídos. Finalmente llegamos a estar tan de acuerdo que puedo decirte que parecía haber sido criada en una escuela de putas”.33

Chicas lascivas, tetas erguidas, vaginas estrechas, cuerpos de mármol oscuro, escuelas de putas, mujeres siempre listas para “solenizar venereas fiestas” las descripciones de las indígenas no tienen desperdicio. Los conquistadores aunque castos y cristianos se sienten más que invitados, obligados a narrar con detalle las festividades en las que tomaron parte.

De acuerdo con Anne MacClintock, “Mucho antes de la era del imperialismo Victoriano, África y las Américas se habían convertido en algo que podríamos llamar porno-trópico para la imaginación Europea, una fantástica linterna mágica de la mente, en la que los europeos proyectaban sus miedos y sus deseos sexuales reprimidos.”6


La representación de América como paraíso porno-tropical, es un elemento clave para entender la conquista. El mito de la mujer amerindia como lasciva y el hombre amerindio como poco viril, eunuco, o sodomita, hace de la figura del conquistador un sujeto necesario para completar el desventurado triángulo. La misma conquista es una metáfora sexual donde el hombre civilizado se toma por la fuerza un territorio que considera virgen. Así como la leyenda de El Dorado atraía a nuevos jóvenes ávidos de metal a las Américas, una especie de leyenda sexual, atraía jóvenes ávidos de cumplir sus fantasías negadas en Europa, el surplus de la explotación sexual.

La imagen, se convirtió en una herramienta fundamental de esta proyección sexo-colonial. MacClintock describe cómo en las pinturas alegóricas del siglo XVI América y África se representan con mujeres desnudas, mientras que Asia y Europa, con mujeres vestidas. En estas metáforas el conquistador no solo debe poseer el cuerpo de las mujeres amerindias y africanas, sino que es por medio de la subyugación de sus cuerpos, que llegará conquistar también el territorio. El grabado América de Jan Van der Straet condensa el carácter sexual del proceso de dominación de los cuerpos indígenas. María Lugones describe cómo en éste grabado “la mujer indígena extiende una mano atrayente que insinúa sexo y sumisión… Vespucio, en una entrada casi divina, tiene como destino inseminarla con sus semillas masculinas de civilización, fecundar el páramo y reprimir las escenas rituales de canibalismo que se retratan como fondo de imagen… Los caníbales parecen mujeres y están asando una pierna humana haciéndola girar mientras está suspendida en un artefacto que la atraviesa”.7

No es casual que la alegoría de América, retome a la figura de Vespucio, el mismo que con su pluma dejó en evidencia la relación atracción/repulsión que le producían las mujeres indígenas, atracción sexual, repulsión a su cultura y a sus costumbres, Vespucio es el macho dominador que siente que la violencia que ejerce es un proceso civilizatorio. El proceso de conquista y colonización de América funcionaron como dispositivos de subjetivación.Jan Van der Straet. Imágen de Américo Vespucio con alegoría de América. Obra de finales de los años 1570.

La subjetividad dominadora (el ego conquiro) que se construye durante la conquista , es además un ego fálico8 (Dussel), que reafirma su posición de superioridad mediante la inferiorización de los hombres indígenas y la seducción o violación de las mujeres amerindias. La conquista de América aparecía como una ocasión ideal para crear las bases de la masculinidad moderna: guerrera, cristiana, viril y con la necesidad de demostrar constantemente su potencia sexual, la subjetividad hegemónica de la modernidad/colonialidad.

Es esta la subjetividad que mira, describe y representa los cuerpos indígenas (en el limbo entre lo humano y lo animal, según su propia lógica) pero que extrae su propio cuerpo del mapa que representa. De lxs indígenas las crónicas nos cuentan todo sobre su piel, su color, su textura, sus pocos vestidos, sus ornamentos sexuales, su lascivia, sus prácticas, sus ritos eróticos, sus comidas, sus creencias. Sobre los cronistas, sabemos por las crónicas que son hombres vestidos con trajes de metal, escribanos sin cuerpos. Ni los ojos que ven ni las manos que escriben se evidencian en los textos, textos que miran sin ser mirados. Esta es la narrativa que extrae el lugar desde donde se mira, ese conocimiento etéreo de la modernidad.

Trabajos como el Museo Travesti del Perú9 de Giuseppe Campuzano, nos han permitido ver que la resistencia indígena y chola ha sido también una resistencia sexual -que se ha mantenido viva durante los últimos quinientos años- estos trabajos ponen en evidencia cómo desde esta mirada supuestamente marginal, el entendimiento del concepto mismo de historia muta necesariamente. Las historias que se han escrito desde el cuerpo, como nos ha enseñado el feminismo, se despojan de ese carácter supuestamente imparcial que se impuso desde la episteme moderna occidental y lo contrarrestan desde microhistorias locales incorporadas. Estas historias caníbales hacen tambalear la episteme moderna y con ello, la forma de entender y construir el mundo. Por suerte para nosotrxs el canibalismo, como el feminismo, se propaga a través de la materia.


REFERENCIAS

-AMODIO, Emanuele, Formas de alteridad.Formas de la alteridad. Construcción y difusión de la imagen del indio americano en Europa durante el primer siglo de la conquista de América. Quito, Ed. Abya Yala, 1993.
-DURÁN, Lucio, Entre la espada y el falo: la mujer americana bajo el conquistador europeo. Heredia, EUNA, 1999

-DUSSEL, Enrique. FILOSOFIA ETICA LATINOAMERICANA, De la Erótica a la Pedagógica 6/III Edicol, México DF.1977

-DUSSEL, Enrique. 1942 El encubrimiento del otroHacia el origen del "mito de la modernidad". Plural Editores-Facultad de Humanidades UMSA, La Paz, Bolivia. 1992

-FOUCAULT, Michel, HISTORIA DE LA SEXUALIDAD I

La Voluntad de Saber

-LUGONES, María. Colonialidad y Género, Tabula Rasa no.9 Bogotá July/Dec. 2008

-MORA Rodriguez, Luis Adrian, La conquista del sexo. Senderos: revista de ciencias religiosas y pastorales 31 (94), 427-438

-PRECIADO, Beatriz. Testoyonki. Espasa. 2008

-QUIROS LEIVA, Dennis. Indios, sodomitas y demoniacos: Sumario de la Natural Historia de la Indias de Gonzalo Fernández de Oviedo. Revista InterCambio, Año 2, Número II. 2003

-RIVERA CUSICANQUI, Silvia. Ch’ixinakax utxiwaUna reflexión sobre

prácticas y discursosdescolonizadores, 1a ed. - Buenos Aires : Tinta Limón, 2010.

80 p. ; 17x10 cm. - (Tinta Limón)

-VESPUCIO, Américo, El Nuevo Mundo. Cartas relativas a sus viajes y descubrimientos, Estudiopreliminar de Roberto Levillier. Trad. Ana María R. de Aznar, Buenos Aires, Nova, 1951

1 En Filosofóa ética Latinoamericana, De la Erótica a la Pedagógica 6/III (1977)Enrique Dussel plantea que para la formación de la modernidad, la naciente subjetividad del ego conquiro (yo conquistador) jugó un papel fundamental, en tanto que es la primera subjetividad moderna, aquella que impone su individualidad moderna a otras personas .

2 Beatriz Preciado, Pornotopía.

3 Emanuele Amodio, Formas de alteridad.

4 Vespuccio, 1951:181, citado por Durán Luzio, Ibid: 32

5 Vespuccio, Ibíd: 183-185, citado en Durán Luzio, Ibid: 34)

6 Anne MacClintock, Imperial Leather.

7 María Lugones, Colonialidad y género.

8 “La erótica estará antropológica, meta-física y éticamente destituida por una dominación que atraviesa toda nuestra historia y que es vigente hoy en nuestro mundo dependiente”(Dussel La erótica latinoamericana p.50).

9 http://www.revistavozal.org/?p=633

Texto extraído de; revistavozal.com

sábado, 12 de octubre de 2013

12 DE OCTUBRE, NADA QUE CELEBRAR: CRÍTICA POSCOLONIAL DESDE LAS PRÁCTICAS POLÍTICAS DEL FEMINISMO ANTIRRACISTA



EN 1492 LXS NATIVXS DESCUBRIERON QUE ERAN INDIXS

DESCUBRIERON QUE VIVÍAN EN AMÉRICA

DESCUBRIERON QUE ESTABAN DESNUDXS

DESCUBRIERON QUE EXISTÍA EL PECADO

DESCUBRIERON QUE DEBÍAN OBEDIENCIA A UNA REINA Y UN REY DE OTRO MUNDO 

Y A UN DIOS DE OTRO CIELO

Y QUE ESE DIOS HABÍA INVENTADO LA CULPA Y EL VESTIDO

Y HABÍA MANDADO QUE FUERA QUEMADX VIVX QUIEN ADORARA AL SOL Y LA LUNA

Y A LA TIERRA Y A LA LLUVIA QUE LA MOJA



EDUARDO GALEANO





CRÍTICA POSCOLONIAL DESDE LAS PRÁCTICAS POLÍTICAS DEL FEMINISMO ANTIRRACISTA


Ochy Curiel*


Este artículo señala que la teoría poscolonial hecha desde la academia conlleva una posición elitista y androcéntrica.
La autora muestra que las prácticas y luchas del movimiento feminista, tanto en los Estados Unidos como en América Latina, han generado una forma de teorizar lo poscolonial que con frecuencia es ignorada por la academia. Trazando un recorrido que va desde los movimientos feministas negros en los Estados Unidos, pasando por el feminismo chicano, el feminismo afrolatino y el feminismo indígena, la autora muestra que la teoría poscolonial se beneficiaría mucho de los grandes aportes que estos movimientos políticos han hecho al pensamiento sobre la dominación colonial.
Una de las cuestiones que aprendí del feminismo fue a sospechar de todo, dado que los paradigmas
que se asumen en muchos ámbitos académicos están sustentados en visiones y lógicas masculinas,
clasistas, racistas y sexistas. A pesar de que nuevas tendencias como los estudios subalternos, los estudios culturales y los estudios poscoloniales, con sus diferencias y matices, han abierto la posibilidad de que voces silenciadas empiecen a convertirse en referentes y en propuestas de pensamientos cuestionando el sesgo elitista de la producción académica y literaria, no dejo de preguntarme ¿qué tanto los llamados estudios subalternos, poscoloniales o culturales realmente descentralizan “el” sujeto como pretenden?

¿No será que estos nuevos discursos apelan a lo que se asume como marginal o subalterno para lograr créditos intelectuales incorporando “lo diferente” como estrategia de legitimación? Tales preguntas me surgen porque estas nominaciones salen de académicos norteamericanos y británicos, aunque empujados en algunos casos por migrantes del sur. Por tanto, el sesgo colonial y androcéntrico sigue siendo característica de este pensamiento.

Uno de los temas por tratar en este número de Nómadas es la “colonialidad del poder”, concepto que en los últimos tiempos ha estado en boga en la teoría social contemporánea de América Latina.

Si bien este concepto nos sirve para explicar las realidades sociopolíticas,económicas, culturales y de construcción de subjetividades, creo que el tema de los efectos del colonialismo en las sociedades contemporáneas no es un asunto nuevo.

Las principales propuestas en ese sentido salen precisamente de las luchas concretas por la descolonización y la lucha contra el apartheid en África y Asia, en los años 50 y 60, de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y desde un feminismo hecho por mujeres racializadas desde los años sesenta. Es decir, salen de los movimientos sociales y posteriormente se convierten en teorías.
Si hacemos una auténtica genealogía, dos pensadores han sido referentes importantes en el análisis de los efectos del colonialismo.
Uno de ellos es Aimé Cesaire en los años treinta, iniciador del movimiento Negritud, quien sustentó su propuesta política con un análisis del colonialismo y el racismo como vectores fundamentales del capitalismo y de la modernidad occidental, lo que se extendería no sólo a las relaciones económicas sino al pensamiento y a los valores eurocéntricos (Cesaire, 2006). Posteriormente en los cincuenta, el martiniquence Frantz Fanon había hecho referencia al mundo cortado en dos, colonizados y colonizadores.

Los primeros, explicaba Fanon, habían sido construidos a partir de un imaginario metropolitano, desde valores europeos universalistas que los consideraban un otro despojado, ajeno, que no sólo se expresaría en términos geopolíticos, sino también en el pensamiento y la acción política. Fanon insistió siempre en la deshumanización provocada por el colonialismo, que acarreaba fenómenos como el racismo, la violencia, la expropiación de tierras por parte de los colonizadores blancos europeos, convirtiendo a una parte de la población (indígenas, africanos) en los otros, los extranjeros, a través de diversos mecanismos de poder y dominación.

Propuso la descolonización, no sólo de países frente a las metrópolis en búsqueda de la independencia y la autonomía económica y cultural, sino también la necesidad de un proceso de lucha política desde las personas colonizadas contra la negación de su identidad, de su cultura, contra la reducción de su autoestima. Para Fanon, la descolonización significaba la creación de solidaridad entre los pueblos en una lucha contra el imperialismo. En el nivel de pensamiento intelectual, la descolonización suponía combatir la visión etnocentrista y racista que reduce a las culturas no occidentales a objetos de estudio marginales y exóticos (Fanon, 2001).

Estos dos autores, entre otros, nos ofrecen un profundo análisis del colonialismo desde lo que hoy se denomina “posiciones subalternas”.
Como intelectuales negros desafiaron el eurocentrismo del pensamiento y de los análisis políticos, dejándonos un legado importante para la comprensión de la realidad latinoamericana. Pero a pesar de estos grandes aportes, ni Fanon ni Cesaire abordaron categorías como sexo y sexualidad. Tampoco lo hacen los contemporáneos latinoamericanos que escriben sobre estos temas (Mignolo, Quijano, Dussel).

Si bien sitúan la raza como criterio de clasificación de poblaciones que determina posiciones en la división sexual del trabajo, solo mencionan de paso su relación con el sexo y la sexualidad, además de no referirse a los aportes de muchas feministas en la creación de este pensamiento.
Sin utilizar el concepto de “colonialidad”, las feministas racializadas, afrodescendientes e indígenas
han profundizado desde los años setenta en el entramado de poder patriarcal y capitalista, considerando la imbricación de diversos sistemas de dominación (racismo, sexismo, heteronormatividad, clasismo) desde donde han definido sus proyectos políticos, todo hecho a partir de una crítica poscolonial. Estas voces se conocen muy poco, pues a pesar del esfuerzo de ciertos sectores en el ámbito académico y político para tratar de abrir brechas a lo que se denomina “subalternidad”, la misma se hace desde posiciones también elitistas y, sobre todo, desde visiones masculinas y androcéntricas.
Mi intención en este artículo es recuperar algunas de las propuestas de feministas que han sido racializadas, no por su condición de mujeres racializadas (a fin de cuentas, eso no necesariamente garantiza una propuesta de transformación epistemológica y política), sino porque sus planteamientos teóricos y analíticos han enriquecido enormemente la práctica feminista y servirían para ampliar el tema de la colonialidad.



Los aportes del feminismo a una nueva visión de la colonialidad

Anibal Quijano define la colonialidad como un patrón mundial de dominación dentro del modelo
capitalista, fundado en una clasificación racial y étnica de la población del planeta que opera en distintos ámbitos. Según el autor, la colonialidad es una estructura de dominación y explotación que se inicia con el colonialismo, pero que se extiende hasta hoy día como su secuela (Quijano, 2007). Quijano se centra en varios aspectos fundamentales para explicar las consecuencias de esta estructura de dominación: la racialización de ciertos grupos (africanos e indígenas) que dio lugar a clasificaciones sociales entre superiores/dominantes/ europeos e inferiores/dominados/no europeos; la naturalización del control eurocentrado de territorios y de sus recursos, dando lugar a una colonialidad de articulación política
y geográfica; una relación colonial con base en el capital-trabajo que da lugar a clases sociales diferenciadas, racializadas y distribuidas por el planeta. Para Quijano, la colonialidad del poder también ha tenido impacto en las relaciones intersubjetivas y culturales: la producción del conocimiento y de medios de expresión fue colonizada, imponiéndose una hegemonía eurocentrada. Así mismo, destaca el cuerpo como espacio donde se ejerce la dominación y explotación y las relaciones de género que se impusieron desde esta visión: libertad sexual de los varones, fidelidad de las mujeres, prostitución no pagada, esquemas familiares burgueses, todo ello fundado en la clasificación racial (Ibíd.).
El concepto de colonialidad del poder de Quijano sin duda nos ofrece un esquema de explicación para entender las lógicas de dominación del mundo moderno y su relación con el capitalismo global, ligado al colonialismo histórico, al cuestionar de fondo las corrientes eurocéntricas y occidentalistas. Son rescatables también sus análisis en torno a la relación raza, clase, género y sexualidad que introduce en su concepto, pero esto no es novedad. Ya en los años setenta muchas feministas desde su condición de mujeres racializadas profundizaron en esta relación enmarcándola en procesos históricos como la colonización y la esclavitud. Si bien muchos de los cientistas sociales han reconocido en los últimos años los aportes del feminismo como teoría crítica y como propuesta de mundo, la mayoría solo se detiene a hacer una simple acotación de ello. Las producciones de las feministas en la mayoría de los casos no forman parte de las bibliografías consultadas, se siguen desconociendo los grandes aportes de esta teoría y práctica política para una nueva comprensión de la realidad social. A lo sumo, cuando lo hacen, las referencias son las mujeres blancas de países del Norte.
Desde que aparece el feminismo, las mujeres afrodescendientes e indígenas, entre muchas otras, han aportado significativamente la ampliación de esta perspectiva teórica y política. No obstante, han sido las más subalternizadas no sólo en las sociedades y en las ciencias sociales, sino también en el mismo feminismo, debido al carácter universalista y al sesgo racista que le ha traspasado. Son ellas (nosotras) las que no han respondido al paradigma de la modernidad universal: hombre–blanco–heterosexual; pero son también las que desde su subalternidad, desde su experiencia situada, han impulsado un nuevo discurso y una práctica política crítica y transformadora.


La crítica poscolonial de las mujeres de color en Estados Unidos1

Si bien el pensamiento feminista antirracista y poscolonial surge
en los años setenta en los Estados Unidos, retomo esta referencia como antecedente importante para lo que luego se desarrolló en América Latina y el Caribe. Asumiendo que descolonizar supone registrar producciones teóricas y prácticas subalternizadas, racializadas, sexualizadas, es importante reconocer a tantas mujeres cuyas luchas sirvieron para construir teorías. Por ello es necesario traer en esta genealogía a Maria Stewart, primera mujer negra que señaló en público el racismo y el sexismo en Estados Unidos, en una conferencia en 1831, así como también a Sojourner Truth que en su discurso “¡Acaso no soy una Mujer!”, emitido en la primera Convención Nacional de 1851 celebrada en Worcester, Massachussets, proponía a las mujeres (tanto blancas como negras) ser libres de la dominación no solo racista, sino también sexista. De igual modo se destaca la acción de Rosa Parks, quien con su negativa a cederle el asiento a un hombre blanco y moverse a la parte de atrás del autobús como era la ley de la época de la segregación racial en 1955 en el sur de los Estados Unidos, provocó miles de manifestaciones por parte de la población afronorteamericana que derivó posteriormente en el movimiento por los derechos civiles. Vale la pena recordar los aportes de Angela Davis, icono de la lucha por los derechos civiles, quien enriqueció la perspectiva feminista al articular la clase con el antirracismo y el antisexismo, no solo en sus contribuciones
teóricas sino también en su práctica política.


Estas mujeres han sido antecedentes importantes de lo que hoy se conoce como el Black Feminism, propuesta que interrelaciona categorías como sexo, “raza”2, clase y sexualidad en el marco de sociedades poscoloniales, y que ha dado lugar a lo que actualmente se denomina feminismo tercermundista y, en muchos casos, feminismo poscolonial.
Todas ellas han intervenido desde sus experiencias como mujeres racializadas, o lo que Chandra Mohanty denomina posiciones de ubicación (Mohanty, 1985). Por otro lado, la afronorteamericana Patricia Hill Collins ha sistematizado el pensamiento político intelectual del Black Feminism. Para ella, este pensamiento tiene dos componentes: su contenido temático y su enfoque epistemológico, que parte de experiencias concretas de las mujeres negras como conocedoras situadas. Dice la autora: Para desarrollar definiciones adecuadas del pensamiento feminista negro es preciso enfrentarse al complejo nudo de las relaciones que une la clasificación biológica, la construcción social de la raza y el género como categorías de análisis, las condiciones materiales que acompañan estas construcciones sociales cambiantes y la conciencia de las mujeres negras acerca de estos temas. Una manera de ubicarse frente a las tensiones de definición en el pensamiento feminista negro es especificado en la relación entre la ubicación de las mujeres negras -aquellas experiencias e ideas compartidas por las afroamericanas y que les proporciona un enfoque singular de sí mismas, de la comunidad y de la sociedad- y las teorías que interpretan esas experiencias [...] el pensamiento feminista negro comprende interpretaciones de la realidad de las mujeres negras hechas por las mujeres negras (Collins, 1998: 289).
El feminismo negro ha sido sin duda una de las propuestas más completas, a diferencia del sesgo racista del feminismo y del sesgo sexista del movimiento por los derechos civiles; ha contribuido a completar la teoría feminista y la teoría del racismo al explicitar cómo el racismo, junto con el sexismo y el clasismo, afectan a las mujeres. Es lo que Hill Collins denomina matriz de dominación (Ibíd.).
Una de las expresiones organizativas de este feminismo lo fue el colectivo Combahee River, constituido por lesbianas, feministas de color y migrantes del “tercer mundo”.
La primera Declaración de este colectivo, hecha en abril de 1977, planteaba claramente su propuesta política con base en múltiples opresiones, tomando como marco el capitalismo como sistema económico:
La declaración más general de nuestra política en este momento sería que estamos comprometidas a luchar contra la opresión racial, sexual, heterosexual y clasista, y que nuestra tarea específica es el desarrollo de un análisis y una práctica integrados basados en el hecho de que los sistemas mayores de opresión se eslabonan. La síntesis de estas opresiones crean las condiciones de nuestras vidas. Como Negras vemos el feminismo Negro como el lógico movimiento político para combatir las opresiones simultáneas y múltiples a las que enfrentan todas las mujeres de color... Una combinada posición
antirracista y antisexista nos juntó inicialmente, y mientras nos desarrollábamos políticamente nos dirigimos al heterosexismo y la opresión económica del capitalismo (Combahee River Collective, 1988: 179).
Desde una visión socialista, el Combahee River Collective partió de una política de identidad, pero una identidad lejos de sesgos esencialistas, sustentada en la práctica de mujeres racializadas. Su propuesta planteaba una interseccionalidad de dominaciones, lo que le dio al colectivo su carácter radical. Barbara Smith, iniciadora del grupo, tanto en sus ensayos y artículos como a través de la docencia, acentuó la interseccionalidad de lo racial, del sexo, de la heterosexualidad en la vida y la opresión de las mujeres negras. Su insistencia sobre esta perspectiva fue tal, que para difundir este pensamiento fundó, junto con Audre Lorde, la editorial Kitchen Table: Women of Color Press. Para Smith la imbricación de estas múltiples opresiones significaba asumir una posición radical.
En esta misma época y desde este mismo colectivo, Cheryl Clarke, conjuntamente con Smith introduce un análisis de la heterosexualidad como sistema político y ofrece así un nuevo significado de la descolonización de los cuerpos y la sexualidad de las mujeres, proponiendo el lesbianismo como un acto de resistencia: Donde quiera que nosotras como lesbianas nos encontremos a lo largo de este muy generalizado continuo político/social, tenemos que saber que la institución de la heterosexualidad es una costumbre que difícilmente muere y que a través de ella las instituciones de hombres supermachistas asegura su propia perpetuidad y control sobre nosotras.
Es provechoso para nuestros colonizadores confinar nuestros cuerpos y alienarnos de nuestros propios procesos vitales, así como fue provechoso para los europeos esclavizar al africano y destruir toda memoria de una previa libertad y autodeterminación. Así como la fundación del capitalismo occidental dependió del tráfico de esclavos en el Atlántico Norte, el sistema de dominación patriarcal se sostiene por la sujeción de las mujeres a través de una heterosexualidad obligada (Clarke, 1988: 100-101).
De forma paralela surge el feminismo que hoy se denomina chicano, en contra también de las diversas opresiones, proponiendo una política de identidad híbrida y mestiza.
En articulación con un novedoso movimiento literario crítico, mujeres como Gloria Anzaldúa, Chela Sandoval, Cherrie Moraga y Norma Alarcón, entre otras, con un estilo bilingue (spanglish) rompen con el canon de “pureza gramatical” y rehacen a la vez un pensamiento político, cruzando así fronteras geopolíticas, literarias y conceptuales.
Desde este feminismo Gloria Anzaldúa, en su concepto de la frontera (borderlands), cuestiona el nacionalismo chicano y el racismo
norteamericano, a la vez que el racismo y el etnocentrismo del feminismo anglosajón, y el heterose
xismo de ambos, tomando como marco el contexto global del capitalismo.
Anzaldúa ha sido pionera de lo que hoy se denomina pensamiento fronterizo, que expresa las limitaciones de identidades esencialistas y auténticas. Para Anzaldúa, la new mestiza suponía romper con los binarismos sexuales, con la imposición de un culturalismo que definía roles y funciones para las mujeres con el fin de mantenerlas en la subordinación.
Desde su posición de lesbiana y feminista, Anzaldúa fue crítica del imperialismo norteamericano, pero también de los usos y costumbres de su cultura originaria que la subordinaban.
A través de sus poemas y narraciones la autora deja ver sus puntos de vista: 

Lo que quiero es contar con las tres culturas -la blanca, la mexicana, la india-. Quiero la libertad de poder tallar y cincelar mi propio rostro, cortar la hemorragia con cenizas, modelar mis propios dioses desde mis entrañas. Y si ir a casa me es denegado entonces tendré que levantarme y reclamar mi espacio, creando una nueva cultura -una cultura mestiza- con mi propia madera, mis propios ladrillos y argamasa y mi propia arquitectura feminista.
No fui yo quien vendió a mi gente sino ellos a mí. Me traicionaron por el color de mi piel.
La mujer de piel oscura ha sido silenciada, burlada, enjaulada, atada a la servidumbre con el matrimonio, apaleada a lo largo de 300 años, esterilizada y castrada en el siglo XX. Durante 300 años ha sido una esclava, mano de obra barata, colonizada por los españoles, los anglo, por su propio pueblo -y en Mesoamérica su destino bajo los patriarcas indios no se ha librado de ser herido-. Durante 300 años fue invisible, no fue escuchada, muchas veces deseó hablar, actuar, protestar, desafiar. La suerte estuvo fuertemente en su contra. Ella escondió sus sentimientos; escondió sus verdades; ocultó su fuego; pero mantuvo ardiendo su llama interior. Se mantuvo sin rostro y sin voz, pero una luz brilló a través del velo de su silencio (Anzaldúa, 2004: 79).
Es interesante resaltar cómo la identidad mestiza que Anzaldúa defiende toma en el contexto norteamericano un significado diferente al que tiene en América Latina y el Caribe. En nuestra región ser mestiza responde a una ideología racista en la construcción del Estado- nación, es una identidad dominante. El mestizaje fue uno de los mecanismos ideológicos para lograr una nación homogénea, cuyos referentes legitimados eran una herencia fundamentalmente europea,
en donde la genealogía indígena y africana desaparece.
En Estados Unidos, en cambio, supone reconocerse subalterna y reivindicarse “latina”: es un acto de resistencia.
Muchas de estas voces se han recogido en una antología que ha sido histórica para el feminismo y el pensamiento antirracista y poscolonial.
Se trata de un libro que reúne ensayos, narraciones y autobiografías titulado "Esta puente, mi espalda: voces de mujeres tercermundistas" (1988), escritos por mujeres 
chicanas, indígenas, afro y asiáticas, articuladas en la categoría de “mujeres de color” y/o “tercermundistas”, en un marco feminista desde el cual denuncian el racismo de la sociedad norteamericana, además del que se expresaba en el feminismo, y desde el que denuncian igualmente el sexismo de los movimientos políticos y etnoculturales de los cuales formaban parte.
El Black Feminism y el feminismo chicano en Estados Unidos han sido definitivamente dos de las propuestas más radicales que se han producido contra los efectos del colonialismo desde una visión materialista, antirracista y antisexista, que mucho ha aportado a las voces críticas en América Latina y el Caribe, y que deben convertirse en referencia importante para la teoría y práctica poscolonial.
Contribuciones de las mujeres racializadas en América Latina y el Caribe Para hablar de la colonialidad del poder en América Latina y el Caribe y sus efectos en las mujeres, hay que remontarse a la época en la cual se inicia este proyecto. Una de las secuelas del colonialismo, no sólo como administración colonial, sino como proyecto inherente a la modernidad, fue la manera en que se constituyeron las naciones latinoamericanas y caribeñas: la homogeneización con una perspectiva eurocéntrica fue la propuesta nacional a través de la ideología del mestizaje, que aspiró a lo europeo como forma de “mejorar la raza”.
Si bien el discurso nacional se presentaba como algo híbrido, fundado sobre la base de la mezcla de “grupos raciales”, al ser impulsado por las élites políticas y económicas criollas no contempló de hecho a las poblaciones indígenas y afrodescendentes, poblaciones subalternas explotadas y racializadas, situación que fue decisiva en el racismo estructural de las repúblicas latinoamericanas y que se expresa hoy en el ámbito económico, político, social y cultural.
La supuesta democracia racial que muchos de los intelectuales de los años treinta instalaron como matriz civilizatoria, ha sido principalmente una ideología de dominación, una manera de mantener las desigualdades socioeconómicas entre blancos, indios y negros, encubriendo y silenciando la permanencia del prejuicio de color, de las discriminaciones raciales y del racismo como dominación. La democracia racial pasa a ser el mito fundador de la nacionalidad latinoamericana y caribeña, un mito que niega la existencia del racismo.
Esta ideología del mestizaje se hizo con base en la explotación y violación de las mujeres indígenas y negras.
Las mujeres fueron siempre instrumentalizadas para satisfacer el apetito sexual del hombre blanco y así asegurar la mezcla de sangres para mejorar la raza. Política de blanqueamiento, alimentada y promovida por los Estados incipientes.
Uno de los aportes importantes de las feministas afrodescendientes latinoamericanas y caribeñas ha sido evidenciar esta secuela del colonialismo, este mestizaje que supuso violencia y violaciones para las mujeres. Estos análisis han salido fundamentalmente de las mujeres racializadas en nuestro continente, que desde un enfoque feminista han introducido la variable sexo/género para entender el patriarcado desde
la instalación de los Estados nacionales. Pero las afrolatinas y caribeñas también han analizado cómo la visión de los estudios de las mujeres en la época colonial ha estado atravesada por una mirada colonialista y occidental, al ser las mujeres reducidas a sus roles de reproductoras de esclavos, madres de leche o como objeto sexual de los amos, o a lo sumo, estudiadas como fuerza de trabajo en el sistema esclavista. Gracias a la producción feminista contamos hoy con estudios que muestran las diversas formas en que las mujeres se resistieron a la esclavitud. Lo que se ha llamado “operaciones tortuga” en las Casas Grandes de los amos, el desperdicio de productos domésticos, los abortos autoinducidos para evitar que sus hijos e hijas fueran esclavizados, fueron formas cotidianas de protesta y resistencia de las mujeres que la dominicana Celsa Albert denomina cimarronaje doméstico (Albert, 2003). Pero también las feministas afro han mostrado las formas radicales y arriesgadas que tenían las mujeres para salirse de la lógica y de la realidad esclavista, como por ejemplo, las diversas fugas de mujeres de diversas edades y naciones, como lo demostró Sonia Giacomini en un estudio realizado en Brasil (Giacomini, 1988).
Aportes importantes como los de Lélia González han permitido trazar la genealogía indígena y africana.
A partir de su concepto de amefricanidad, González denunció la latinidad como una nueva forma de eurocentrismo, pues subestima o descarta las dimensiones indígenas 
y negras en la construcción de las Américas. La amefricanidad es entendida por la autora como un proceso histórico de resistencia, de reinterpretación, de creación de nuevas formas culturales, que tiene referencias en modelos africanos pero que rescata otras experiencias históricas y culturales. Desde aquí se genera una construcción de identidad particular, una mezcla de muchos elementos a la vez (Barrios, 2000: 54-55). Situada en una perspectiva feminista, Lélia González fue de las primeras en la región en colocar la importancia de la interrelación entre racismo, sexismo y clasismo en la vida de las mujeres negras.
Jurema Wernerk, haciendo un análisis de las luchas políticas de las afrobrasileñas, elabora una genealogía que recupera la historia de las Ialodês3, mujeres líderes africanas que resistieron a cualquier pretensión de dominio y sumisión. Esta herencia es reconocida en las mujeres de la diáspora, y coloca la lucha política de las mujeres mucho antes de haber nacido el feminismo como teoría (Wernerk, 2005).
Por su parte, Sueli Carneiro ha aportado un análisis de la división del trabajo al evidenciar cómo en el caso de las mujeres negras, las esferas pública y privada nunca fueron separadas, ya que desde los tiempos de la esclavitud siempre trabajaron en las calles y en las casas. 

Carneiro ha propuesto ennegrecer al feminismo para entender la relación entre racismo y sexismo y feminizar la lucha antirracista para entender los efectos del racismo en las mujeres (Carneiro, 2005).
Pero la ardua tarea que han tenido las afrodescendientes en América Latina y el Caribe ha sido la visibilización del racismo y sus efectos sobre las mujeres. Precisamente por la ideología del mestizaje, en nuestros países el racismo se relaciona con experiencias lejanas como el apartheid de África del Sur o el segregacionismo racial de Estados Unidos, lo que ha llevado a negar su existencia en nuestro medio.
En ese sentido, las feministas afrodescendientes han denunciado la ausencia de diferenciación poblacional por cuestiones de raza y sexo; la segregación racial existente en los servicios públicos; el carácter racial de la violencia hacia las mujeres; la imagen estereotipada y violenta de las mujeres afro en los medios de comunicación; han enfatizado en los análisis de la división sexual y racial del trabajo que las ubica en esferas laborales menos valoradas y peor remuneradas como el trabajo doméstico, las maquilas, el trabajo informal y el trabajo sexual; han denunciado cómo la “buena presencia” es un marcador racista y sexista que les impide entrar a ciertos trabajos; todo ello visto como secuelas del colonialismo y la esclavitud.

A pesar de que no se ha profundizado lo suficiente, también en Latinoamérica las lesbianas y afrodescendientes han relacionado el racismo y el sexismo con la heterosexualidad como sistema normativo y obligatorio, uniendo esta visión a sus prácticas políticas (Curiel, 2005). En fin, las afrodescendientes en nuestra región han aportado significativamente a una crítica poscolonial, elaborando un pensamiento político y teórico cada vez más sistemático y profundo que se ha hecho desde las prácticas políticas. Un proceso de descolonización en el ámbito académico, como el que proponen los teóricos poscoloniales latinoamericanos, debe reconocer estas voces y propuestas.


Aportando desde el incipiente feminismo indígena

A pesar del debate sobre la existencia de un feminismo indígena en Latinoamérica, las mujeres indígenas desde sus prácticas han tenido también en los últimos tiempos una posición crítica poscolonial. Surgen como movimiento dentro de los movimientos mixtos de los años setenta, fortaleciéndose en las décadas posteriores. La campaña continental de resistencia indígena, negra y popular que se llevó a cabo en 1992 frente a la conmemoración de los 500 años del llamado “Descubrimiento de América”, fue uno de los escenarios que permitió la emergencia de este movimiento, aunque ya antes había experiencias políticas en esta dirección.

El feminismo indígena ha cuestionado las relaciones patriarcales, racistas y sexistas de las sociedades latinoamericanas, al mismo tiempo que cuestiona los usos y costumbres de sus propias comunidades y pueblos que mantienen subordinadas a las mujeres. El contexto cultural, económico y político en torno a las comunidades indígenas ha marcado sus propios puntos de vista y sus maneras de hacer política descentrando y cuestionando el sesgo racista y etnocéntrico del feminismo.
Sus luchas políticas se dirigen hacia varias direcciones: la lucha por el reconocimiento de una historia de colonización, por el reconocimiento de su cultura, por la redistribució
cuestionamiento a un Estado racista y segregacionista, el cuestionamiento al patriarcado indígena y la búsqueda de autodeterminación como mujeres y como pueblos (Masson, 2006). Marta Sánchez Néstor, indígena amuga de México, señala su posicionamiento desde el feminismo indígena: Quizás sea nuestra propia forma de pensar en el feminismo, pues si bien estamos de acuerdo en que el sistema en sí ha sido patriarcal, vemos también que en nuestra cosmovisión y concepción de estos temas polémicos, no ha sido una tarea absorber todo lo que se genera en el mundo mestizo. Nosotras vamos retomando todo lo que nutre nuestra lucha, y vamos dando a las otras mujeres todo lo que pudiera nutrir su propia lucha, en algunos momentos nos unimos en voces, en eventos, en exigencias a quienes corresponde en este país o fuera de él, pero con nuestra propia estrategia para seguir luchando adentro de las comunidades y organizaciones por hacer de nuestra lucha, una historia realmente de hombres y mujeres indígenas (Sánchez, 2005: 48).
Estas perspectivas han abierto la posibilidad de ubicar culturalmente las experiencias de las mujeres y entender que el género no es una categoría universal, estable
y descontextualizada. A pesar de que en los espacios académicos se representa a las mujeres indígenas sólo como víctimas del patriarcado y la fuerza del capital, como actoras políticas han tenido posiciones poscoloniales críticas y radicales.



Conclusión


Uno de los problemas que se mantiene en torno al tema de lo poscolonial es la tensión que existe entre la producción teórica, puramente académica, y lo que se genera desde los movimientos sociales que posteriormente se convierte en teoría. Si bien desde la producción académica se han abierto vías para un pensamiento crítico, este no deja de ser elitista y, sobre todo, androcéntrico.
Tal situación se complejiza en tiempos de globalización, donde las relaciones de poder no solo se extienden a los mercados capitalistas, sino también a todas las relaciones sociales. Hoy la alteridad, lo que se considera diferente, subalterno, es también potable para el mercado y sigue siendo “materia prima” para el colonialismo occidental, un colonialismo que no es asexuado sino que sigue siendo patriarcal, además de racista.
Hoy la diferencia cultural ha producido un neoracismo, un racismo sin razas (Stolcke, 1992) que mantiene a la otra y al otro fuera de todo paradigma válido. Si lo subalterno se traduce en un discurso de multiculturalidad, entonces sigue manteniendo relaciones de poder colonialistas. El otro, la otra, se naturaliza, se homogeniza en función de un modelo modernizador para dar continuidad al control no solo de territorios, sino también de saberes, cuerpos, producciones, imaginarios y todo ello se basa en una visión patriarcal en donde los saberes de las mujeres son relegados a meros testimonios, no aptos para la producción académica.
Descolonizar entonces supone entender la complejidad de relaciones y subordinaciones que se ejercen sobre aquellos/as considerados“otros”. El Black Feminism, el feminismo chicano y el feminismo afro e indígena en Latinoamérica son propuestas que complejizan el entramado de poder en las sociedades poscoloniales, articulando categorías como la raza, la clase, el sexo y la sexualidad desde las prácticas políticas donde han emergido interesantes teorías no sólo en el feminismo sino en las ciencias sociales en su conjunto. Son propuestas que han hecho frente a la colonialidad del poder y del saber y hay que reconocerlas para lograr realmente una descolonización.


Citas

1 Utilizo mujeres de color como categoría 
de autodefinición que se asignaron mujeres afronorteamericanas.
2 Coloco “raza” entre comillas para denotar su construcción social y política y, sobre todo, como categoría de poder, no porque asuma que exista como criterio natural de clasificación de grupos humanos.
3 Ialodê es la forma brasileña para la palabra en lengua iorubá Ìyálóòde. Se refiere a la representante de las mujeres y algunos tipos de mujeres emblemáticas y líderes políticas.