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jueves, 12 de mayo de 2016

EL DOCUMENTAL ‘INDEFINIDA PLURAL’ CUESTIONA A TRAVÉS DE LA FIBROMIALGIA LOS ROLES DE GÉNERO

La fibromialgia es una enfermedad de duros síntomas y difícil diagnóstico que afecta, en su mayor parte, a las mujeres. Quienes padecen esta patología tienen que luchar para afrontar con dolor el día a día además de lidiar con la incomprensión de los demás. Bárbara Boyero pone como ejemplo esta problemática en un documental que buscar romper con los límites de la normalidad asumida.


Ana R. Crespo. Amecopress


Fatiga extrema, dolor persistente, rigidez de los músculos, tendones y tejido blando, dificultades para dormir, rigidez matutina, dolores de cabeza o problemas con el pensamiento y la memoria son algunas de las realidades con las que conviven cada día un 4,2% de las mujeres españolas, según datos de la Sociedad Española de Reumatología (SER). Muchos autores insisten todavía en no considerar la fibromialgia una enfermedad.


El documental ‘Indefinida Plural’ plantea diversas preguntas: ¿Es obligatorio cuidar de los demás si eres mujer? ¿Sólo le ocurre esto a las mujeres que tienen fibromialgia? ¿Significa ser mujer hacer todas esas cosas? Si no las haces o ya no puedes hacerlas, ¿no eres mujer? ¿Ya no? ¿Qué eres? En el trabajo de Bárbara Boyero, tres mujeres cuestionan y superan a través de la fibromialgia roles de género y aquello que se esperaba de ellas.
Se trata de una reflexión sobre la relación social, histórica y cultural de las mujeres con la salud, el dolor, la culpa, las renuncias, los cuidados, etc.



“No quería hacer un documental sobre la fibromialgia sino descubrir cómo la definen quienes la padecen”, explica Boyero. Lo que empezó con un fin de denuncia en que las mujeres eran vistas cómo víctimas acabó siendo un “aprendizaje brutal a través de todas estas mujeres tan fuertes”. En esta obra se contemplan diversos aspectos como el paso de cuidadora a cuidada y la reacción del entorno, la culpabilidad, el maltrato médico, familiar y social o el constante cuestionamiento que sufren. Esto último era primordial para las creadoras: “No queríamos generar un cuestionamiento todavía mayor. Lo que buscábamos era la aceptación social”.

En el desarrollo del documental, las diferencias entre las mujeres que padecen fibromialgia y las que no se fueron difuminando: “Todas viviríamos mejor en una sociedad que nos escuchara y que nos educara en la igualdad”, asegura Boyero. ‘Indefinida Plural’ busca que muchas mujeres se vean reflejadas, se sientan representadas, “algo muy importante para quienes viven cuestionadas”. También pretende que quienes padecen fibromialgia reflexionen, que pasen por lo que pasó Barbara Boyero: “Este documental me removió mucho a nivel personal”. 



Además de en Youtube (en tres partes)







 el documental se puede ver también en Vimeo.

¡Ayuda a difundir este documental! 


Nota de la autora sobre las condiciones de difusión:

Después de 2 años, hemos subido el documental a internet para que pueda tener toda la difusión posible, en ese sentido, agradecemos cualquier reenvio de este mensaje, que colguéis el link del video en páginas web, blogs, redes sociales… para que toda la gente que pueda estar interesada, lo vea.

Por otro lado, es un trabajo autoproducido y por eso también buscámos fórmulas que puedan ayudarnos a ingresar algo del dinero que nos permita financiarnos otros proyectos audiovisuales. En ese sentido, intentamos llegar a acuerdos con administraciones, centros de atención, ayuntamientos, casas de la mujer, fundaciones… para organizar proyecciones remuneradas o la inclusión del documental en jornadas, debates…

También hemos hecho una tirada de dvds del documental, pero si son pedidos de 1 ó 2 sale bastante caro con los gastos de envío.

Por eso hemos decidido las 2 opciones, la visualización en internet libre y gratuita para todo el mundo y las proyecciones públicas para recuperar parte del dinero que gastamos en la realización.

De todos modos, si sabes de algún sitio que quiere ponerlo y no tiene fondos, diles que se pongan en contacto con nosotras en indefinida.plural@yahoo.es y buscamos una solución juntas.

Y por supuesto, te agradeceríamos enormemente que reenviaras el enlace a toda aquella persona o asociación que creas que puede estar interesada en verlo.

Si quieres hacer una proyección del documental, escribenos un mensaje a indefinida.plural@yahoo.es para saber dónde y para quién se proyecta, conocer el enfoque, tener una idea de la difusión y, dependiendo de las circunstancias, por tema de derechos de autora… Para su uso por parte de las administraciones y organismos públicos, televisiones, bancos, cajas, empresas o fundaciones no está permitido su uso sin permiso expreso de las autoras, póngase en contacto con ellas.

Texto extraído de: www.pikaramagazine.com

sábado, 23 de enero de 2016

BAILANDO CON LA SEDUCCIÓN


Ilustración: Sonia R. Arjonilla


Mónica Quesada Juan, Pedagoga 
especializada en sexualidad.


Qué cuesta arriba se hace cuando creemos que hay que hacer continuamente cosas para seducir y más cuando hay pocos ejemplos de cómo la seducción puede ser un juego muy divertido para todas las personas implicadas.
Lo esencial para seducir, y disfrutar haciéndolo, es revisar tus creencias. Como sabes, no vemos el mundo como es, sino como somos. Toda persona es un conglomerado de creencias andantes y éstas son las que determinan cómo nos movemos en el mundo y cómo nos relacionamos.
Centrándonos en nuestro marco referencial, nuestra cultura, las creencias sobre seducción vienen determinadas por una educación patriarcal y heterosexista basada en la idea de que el hombre es el que seduce, mientras que la mujer es el género a la espera o que seduce en la distancia.

La iniciativa es del macho y el papel de la hembra es el de hacerse desear y a su vez poner límites; da por supuesto que cuando la hembra dice “no” es que “sí” y es el macho el que ha de mostrárselo, porque las hembras no saben lo que quieren. En esta última frase no he podido evitar el macho/hembra y la entonación de Félix Rodríguez de la Fuente…y sería más gracioso si no fuese porque hace unos días leí esta explicación de alguien que se dedica al mundo de la seducción… ¡Y lo decía totalmente en serio!Porque sí, amigas y amigos, seguimos en este modelo obsoleto y limitante de seducción, donde aún mucha gente necesita creerse superior para poder atreverse a acercarse a otras personas, y otras tantas necesitan tener la sensación de que alguien las ha descubierto y viene a “salvarlas y cuidarlas”. En mis talleres de ‘Disfruta seduciendo’ me he encontrado con testimonios de hombres que, tras llevar la iniciativa y no conseguir su objetivo, se enfadan porque, encima de dar el paso, no han conseguido lo que querían, culpando a la otra persona porque no ha sabido apreciar el esfuerzo; o aquellos que se hunden porque piensan que el rechazo viene de que no son lo suficientemente hombres. Y testimonios de mujeres que se ven incapaces de dar el paso por el temor de que piensen que son unas desesperadas o unas calientapollas; o de aquellas que creen que tienen que transformarse físicamente para ser seductoras porque si no nadie se va a fijar en ellas.

Y detrás la mayoría de los testimonios subyace la creencia de que para seducir hay que engañar y mostrar lo que no se es. Ellas piensan que si se les acerca alguien es porque van a engañarlas y ellos creen que si no maquillan sus intenciones no van a ligar. Tremendo batiburrillo. Cuando escucho todo ello, me pregunto: ¿Dónde queda la diversión en un campo tan limitado y artificial, donde es necesario estar continuamente en guardia cumpliendo un guion preestablecido? ¿No sería más enriquecedor seducir desde el crecimiento personal, valorando lo que somos, sin necesidad de cosificar al resto? ¿Qué tal si ampliamos las miras y empezamos a dar un lavado de cara a nuestras creencias?


Como decía, predomina la creencia de que la seducción es engaño basado en el esquema de una parte que gana y otra que pierde. Si no, sólo hay que ver la expresión de: “Nos vamos de cacería”. En esta línea, la seducción se suele limitar al ámbito del ligoteo cuando en realidad seducimos constantemente, aún sin ser conscientes. Y si no, haz memoria: ¿Recuerdas cuando querías que aquel perro o aquella gata se te acercase? ¿Qué hiciste? ¿Así es como te comportas habitualmente? O, en el caso de acercarte a un bebé, ¿utilizas el mismo tono de voz que con una persona adulta? O cuando has hecho una entrevista de trabajo, ¿te has comportado como lo harías cuando sales de marcha? Efectivamente, en estos casos variamos nuestro comportamiento para captar la atención e intentar conseguir nuestro objetivo. Estas variaciones son también seducción… y no tienen por qué ser una cacería.

¿Qué tal si empezamos a ver la seducción como un baile? Cada cual tiene su baile. Querer bailar con otra persona no implica que tenga que cambiar mi danza, sino que le puedo aplicar otro ritmo sin dejar de disfrutar de mi baile. Imagínate que soy una experta en funky y me gusta alguien que hace danza clásica, baile del que yo no tengo ni idea, pero eso no implica que no pueda participar. Al acercarme, puedo cambiar mi ritmo para buscar puntos de conexión y, cuando ésta se produzca, habremos dado lugar a otra danza nueva creado por ambos bailes. No tengo que obligar a la otra persona a que baile mi funky ni tengo que bailar yo danza clásica: la seducción consiste en que ambos bailes fluyan porque ambas personas quieren. La clave está en conseguir que la otra persona quiera participar, y esto no se consigue ni cambiando la música, ni obligándole a bailar funky, sino haciendo deseable ese baile común.

Ilustración: Sara Fratini
Y, como baile que es, cada quien tiene su estilo único y personal. En tu mano está si quieres limitarte por los estereotipos de cómo bailan quienes practican danza clásica, funky o rock. Como sabemos, los estereotipos son atajos que tiene nuestro cerebro para interpretar el mundo. Los necesita para no perderse entre tanta información…pero no quiere decir que sean ciertos. Son cajitas donde metemos nuestras creencias de cómo son los hombres, cómo son las mujeres, cómo tiene que ser la seducción, y así hasta el infinito. Son cajitas donde hemos ido metiendo todos los aprendizajes recibidos para que nos sirvan de guion en el mundo…pero ahí estás tú para corroborar si ese guión te sirve o no.
Los estereotipos no puedes quitártelos, pero el hecho de que no dejes que actúen, ayuda a modificar la visión que tienes del mundo y a no ser un mero repetidor de errores culturales.

De hecho, apostaría todo mi reino a que tú no crees que seas 100% como la descripción de hombre o mujer que te han dado. Entonces, ¿por qué lo tiene que ser el resto? En este aprendizaje de seducción y baile, aprovecha para conocer a las personas y sus ritmos tal y como son, no como crees que son o deberían ser; déjate mover por la curiosidad y el descubrimiento y decide dónde pones el foco de atención: si en tus ideas preconcebidas o en lo que aún tienes por descubrir.

La seducción es un terreno de aprendizaje y crecimiento personal. En él, unas veces se gana y otras se aprende. No podemos pretender saber todos los pasos sin tan siquiera pisar la pista de baile. La mentalidad que mejor funciona en la seducción es la de juego, la de diversión y de aprendizaje. Y nada mejor que empezar por autoseducirse. Conocer qué pasos se te dan mejor y en cuales puedes mejorar. Empezar a valorarte por quien eres y no por quién crees que los demás creen que debes ser. Aceptar tus claros oscuros. Dale un repaso a tu autoestima y valora tus aspectos positivos, así como aquellos con los que no te sientas a gusto y, de querer modificar algo, ponerte manos a la obra. Sé consciente de que, por más que nos empeñemos en ser normales, todo el mundo es más raro que el carajo…¡y ahí está lo divertido!

Si tu autoestima es óptima, no necesitarás creerte que el resto es inferior para poder acercarte a bailar. De hecho, aquí se produce un doble efecto. Si tu autoestima es buena y te valoras, ¿crees que querrás bailar con gente a la que subestimas? ¿O preferirás compartir tu danza con gente que te enriquece?

Es más, cuando aprendes a autoseducirte, te das cuenta de que no hace falta hacer continuamente cosas para seducir, ni sobreactuar, tan sólo hay que dejarse llevar por el momento y buscar el disfrute. De hecho, la seducción es un mínimo de cabeza y mucho de cuerpo. Juega con tu cuerpo, déjate libre. Hay muchos pasos que pueden funcionar, pero hay que tener flexibilidad para aplicarlos…y eso se aprende bailando.

Y no olvidemos que es un territorio de ensayo donde cada quien es un mundo, y no todo el mundo querrá crear un baile conjunto contigo. Y ello no implica necesariamente que no quiera bailar contigo, sino que puede ser que en ese momento no le apetezca bailar, o tal vez tenga un baile conjunto con otra persona o personas, o simplemente tenga una lesión que en ese momento se lo impida. Es importante entonces desligar el ‘no’ del fracaso. Y no me refiero a interpretar un ‘no’ como un ‘sí’, sino a no identificar un ‘no’ con un fracaso, sino aceptar que a esa persona en este momento no le apetece bailar contigo y es tan respetable su decisión como la tuya de acercarte, no así como la tuya de insistir. Dejemos que la otra persona, en el caso de que más tarde quiera bailar, sea la que decida acercarse. Que tu autoestima no dependa de si a esa persona le apetece o no bailar.


Y, para concluir, te lanzo una pregunta: Si aplicásemos todos estos temores adultos a cuando estábamos aprendiendo andar… ¿qué habría pasado? Efectivamente, tendríamos el culo limado. Así pues, te animo a explorar desde la mentalidad de aprendizaje libre de miedos y prejuicios; esa mentalidad en la que, cuando te caías, era una parte del proceso más para aprender a andar.



Mónica Quesada Juan, Pedagoga
especializada en sexualidad,
base de la formación y castración de nuestra personalidad.
Parte de analizar la construcción actual del género como limitante de nuestra expansión.

Texto extraído de: La gran pikaramagazine.com

domingo, 10 de enero de 2016

RÉGIMEN FALOCRÁTICO Y NEOPATRIARCADO

La falocracia prima un órgano por encima del otro, una práctica por encima de otras, una identidad por encimas de las demás. El hetero biovarón con falo, penetrador y masculino será la materialización del neopatriarcado en el régimen falocrático.


Ángel Amaro
Sociólogo y Activista LGTBIQ


En los entresijos de la postmodernidad líquida el régimen ultraliberal redobla sus esfuerzos por presentarnos un “patriarcado soft” o, como bien apunta Alicia Puleo, un “patriarcado de consentimiento”. Un sistema sexo-género más injusto e inhumano que cualquier otro pero con mejor presencia, de cuello blanco.

Cuando la mirada masculina es el centro de lo Social estamos ante el androcentrismo. Un canon masculinista que se convierte en parámetro o vara de medir. Este androcentrismo que etiqueta y cosifica, se desenvuelve en un contexto heterosexista (presunción de heterosexualidad obligatoria), al mismo tiempo que falocrático (mirada fálica como canon y parámetro que evalúa y binariza).


La falocracia prima un órgano por encima del otro, una práctica por encima de otras, una identidad por encimas de las demás. El hetero biovarón con falo, penetrador y masculino será la materialización del neopatriarcado en el régimen falocrático. La falocracia invisibiliza ciertos órganos y empodera otros; estigmatiza unos y sobredimensiona el pene. Es la falocracia la que otorga un estatus al pene por encima de la vagina, al semen por encima del flujo vaginal, al glande por encima del clítoris, al prepucio por encima del himen y a los testículos por encima de los ovarios.

El neopatriarcado hace de la eyaculación femenina un tabú, sólo evidente para las ninfómanas; convierte a la masturbación femenina en una práctica incompatible con el hecho de tener pareja; reduce el aparato sexual de las mujeres a un aparato reproductor propenso a repesiones de legislaciones de turno y moralinas de la Iglesia. Negar el derecho a decidir de las mujeres es el mayor exponente del régimen falocrático.

La batuta coordina, el pináculo se erige, la fuente ensalza, la porra atiza, la tiza apunta, la regla amenaza, el bastón impone, la columna romana rememora… Estamos rodeados cotidianamente de formas fálicas, marketing y elementos falocráticos que los tenemos (generalmente) interiorizados como habituales o socialmente aceptados.


El Imperio Romano levantó columnas en homenaje a los emperadores y sus hazañas, la Iglesia erigió iglesias que se levantaban al cielo con el fin de alcanzar la inmesidad del Reino de los Cielos, el capitalista construye inmensos rascacielos como símbolo de su poder económico, en los parques de las grandes plazas hay potentes chorros de agua que emanan de las fuentes en posición vertical levantándose varios metros y transmitiendo poder, etc.
La falocracia históricamente atribuyó poder/control al falo del hetero biovarón y sumisión/pasividad al resto de órganos (vagina, ano y boca). Expresiones como “que te den por culo”, “que te follen”, “vamos de culo”… son el vivo ejemplo de que la falocracia estigmatiza el sexo anal y el uso sexual que se pueda hacer del ano. Asimismo pasiviza la vagina y reduce a las mujeres a meros objetos sexuales destinados a satisfacer “la infinita actividad sexual” del falo propiedad del hetero biovarón blanco, occidental, masculino y penetrador.

El porno es falocrático (de ahí la aparición del postporno y la deconstrucción crítica que se hace del mismo) porque el pene y la actividad de éste es el que marca el climax de las escenas, la ciencia es falocrática porque es androcentrista y tiene una mirada masculinista, y como no… la publicidad es falocrática porque busca legitimar el canon binarista y castrar la emancipación sexual de las mujeres vendiéndoles cortinas de humo en un manipulado contexto de “liberación sexual”.

El consumismo cae en tópicos sexistas para atraer la mirada del hetero biovarón y recordarle que tiene privilegios biológicos que legitiman cierto estatus quo. La falocracia explica por qué se ve tan mal la ninfomanía, por qué hay gente que culpabiliza a las mujeres en caso de violación, por qué hay quien defiende la trata de personas con fines de explotación sexual, por qué hay quien practica la ablación del clítoris a niñas de diez años, por qué las mujeres siempre tienen que mear sentadas, por qué los condones femeninos son tan poco comercializados, por qué las vaginas siempre están legisladas por códigos penales y los penes no, etc.


En este patriarcado de consentimiento de nada sirve subirse encima de unos tacones si la falocracia se sube en encima de ti y la llevas cargando encima de un lado para otro como una losa bien pesada.


Los valores falocráticos estigmatizan la sexualidad y cuerpos de las mujeres y algunos hombres (no nos olvidemos que los hombres que manifiestan tener actividad sexual anal también son víctimas de la falocracia por “dinamitar” e ir en contra de los “intereses” del falo del hetero biovarón masculino y penetrador).Se puede decir, muy a mi pesar, que el neopatriarcado está asentado en cimientos demasiado sólidos que dificilmente podrán ser aniquilados si no es con un trabajo latente y de largo de recorrido. Sólo una praxis feminista, desde la unidad de acción, podrá dilapidar y deconstruir los valores falocráticos, binaristas, heterosexistas y androcentristas que nutren y dan vida al neopatriarcado del presente.


http://www.diasporaqueer.blogspot.com.es/
Texto extraído de: pikaramagazine.com

viernes, 11 de diciembre de 2015

LOS LÍMITES DE LA SEXUALIDAD


Las personas somos un conglomerado bio-psico-social. “Bio” es nuestra parte biológica, nuestro cuerpo, nuestras hormonas, etc. “Social” se refiere a todo aquello que aprendemos de la sociedad en la que vivimos: pensamientos, actitudes, creencias, etc. y “psico” implica cómo integramos estos conocimientos en nuestra estructura psicológica. Estos tres aspectos son inseparables: si uno varía, los otros dos le siguen.

En nuestra sociedad aprendemos que todo se compone de dos elementos extremos que se complementan: hombre-mujer, delicadeza-rudeza, pureza-impureza… No suelen existir los términos medios. Es algo aprendido desde la infancia, y nuestro cerebro se alimenta de ello puesto que necesita esquematizar la realidad para poder aprehenderla. Eso no significa que nuestro cerebro necesite dividir todo en dos opuestos, y mucho menos que uno sea superior al otro. En cambio nuestra sociedad aboga por ello. Los roles opuestos que se asignan a mujeres y hombres hacen que no vivamos con libertad la relación con nuestros cuerpos y menos aún la relación con otros cuerpos.
La tiranía de género se hace patente en nuestra sociedad cuando no puedes (o no debes) elegir determinadas actitudes, prácticas, etc. ¿Te has planteado alguna vez por qué eliges una cosa y no otra? ¿Por qué te gusta una determinada manera de ser y no otra? Seguramente a las preguntas planteadas respondas: “Bueno, si elijo algo es porque me gusta…” A lo que yo te volvería a preguntar: “¿Pero POR QUÉ te gusta?”. Y seguiría incidiendo en esta pregunta porque habitualmente lo que se ve, ya sea en sociedad o en terapias, es que la gente no elige en función de sus preferencias, sino en base a lo que cree que se espera de ellas o han aprendido que tiene que ser así, sin más. Por ejemplo, ¿no has mantenido alguna vez relaciones sexuales cuando no te apetece porque piensas que es lo debes hacer o lo que los demás esperan de ti?, ¿o has pensado en operarte porque una parte de tu cuerpo no te gusta?, ¿o te has obligado a sonreír cuando en realidad te apetecía llorar?


En nuestra sociedad los valores otorgados tradicionalmente a la mujer son los menos valorados y se consideran de segunda categoría. Algunos de estos valores son: discreción, elegir a las parejas pensando en el futuro, responsabilidad, fidelidad, sumisión, disponibilidad o falta de iniciativa. Por otra parte, los valores masculinos (competitividad, iniciativa…) tienen la ventaja de ser considerados mejores socialmente. Pero si nos paramos a analizarlos veremos que muchos de ellos no reportan grandes beneficios. Se espera de los hombres disponibilidad sexual absoluta, se les enseña a dar poca importancia al factor afectivo y tienen que soportar la presión de ser expertos en todos los ámbitos y los responsables del placer de sus parejas.
Cuando una persona no cumple con alguna de las características asignadas a su género, de alguna manera será avisada por su círculo social y, si persiste en su actitud, se le negará reconocimiento social. Ese control sexista es cada vez más sutil, pero sigue existiendo tal y como lo planteas en tu pregunta, y más cuando ahondamos en el terreno de la sexualidad. Para verlo más claro, tan sólo tenemos que imaginar una pareja heterosexual en la que ella tenga más iniciativa y llame más la atención que él. En este caso, la mayoría de comentarios serán parecidos a los siguientes: “Pobrecito”, “Él es muy buena persona”, “A ella se la ve muy marimandona”, etc. Cuando en el caso contrario seguramente no escucharíamos apenas comentarios, puesto que socialmente es lo “normal”. Y, si ahondamos en el terreno sexual, pongámonos en el caso que él eyacula antes de lo que esperaba. El papel de la mujer suele ir encaminado a consolar o quitar importancia, cumpliendo su papel social de comprensiva. En cambio, si ella no tiene un orgasmo, surge la preocupación de él, puesto que supuestamente no cumple las expectativas de experto. En todos los ejemplos, los avisos vienen subrayados por estereotipos: “Marimandona”, “Calzonazos”, “Eyaculador precoz” y “Frígida”.


El problema no son los valores en sí, sino el hecho de no poder elegirlos. Una persona puede no tener iniciativa porque ELIGE no tenerla, pero en el momento en que se convierte en una exigencia, limita su desarrollo personal. Toda esta socialización de género va conformando nuestra sexualidad de tal manera que elegimos lo que elegimos no por libre elección, sino porque es eso lo que tenemos que elegir, sin plantearnos más opciones, porque de existir éstas, apenas las conocemos. Por ello es un proceso complicado cambiar las actitudes asociadas al género, pero no imposible.

Cuántas veces has escuchado: “¡No sé cómo lo hago, pero siempre acabo saliendo con el mismo tipo de persona!” Otra muy habitual: “¡Todos los hombres (o mujeres) son iguales!” Detrás de estas frases se esconde este aprendizaje de género.

De hecho, no vemos lo que hay, sino lo que somos. Es decir, tus gustos se definen en función de tus creencias, con lo cual siempre te fijarás en aquellas personas que reafirmen tu idea de cómo tienen que ser las cosas.
Y el mundo está estructurado en función de tus ideas, de ahí por ejemplo que mucha gente tenga que etiquetar como hombre y mujer a parejas gays y lesbianas…No conciben otra visión porque no lo han aprendido. Aún analizando y cambiando tu visión de la sexualidad, se siguen repitiendo los patrones porque algo que se ha aprendido durante toda la vida, no se puede cambiar de un día para otro. Necesitas derrumbar todas las creencias anteriores y empezar un edificio nuevo. Y siempre teniendo en cuenta que los pensamientos y actitudes cambian antes que la acción.

Pero sobre todo, para poder cambiar nuestro modelo de sexualidad hay que replantearse todas las acciones que hacemos sin pensar y ahí veremos cómo reproducimos nuestros aprendizajes castrantes hasta en los más mínimos detalles. Y si no recuerda cuando una amiga tuya te dijo cuántos polvos había echado en una noche contabilizando las eyaculaciones de él o cuando aquel amigo tuyo te dijo que pensaba en otra cosa mientras practicaba la penetración. Para generar el cambio es imprescindible aprender un sano egoísmo, es decir, pasar del esquema de: “Si yo gano, tú pierdes”, al esquema: “Si yo gano, tú ganas”. Pero de este egoísmo hablaremos más adelante…

Mónica Quesada Juan
Texto extraído de: Pikaramagazine

domingo, 29 de noviembre de 2015

A LOS MACHISTAS LES INCOMODA EL FEMINISMO


Parece mentira que, con todo el esfuerzo de construcción y divulgación que están haciendo los movimientos feministas, haya gente que, desde la izquierda, aún sea capaz de aprovechar su altavoz de privilegio y hablar del feminismo desde la ignorancia y el desprecio. Nos referimos al artículo de Blai Dalmau publicado en su blog Discs Imaginals el pasado 8 de marzo: “¿Es el feminismo la solución al sexismo?”

En un artículo absolutamente desinformado, cuando no directamente demagogo y falso, el autor se sumerge en una diatriba errática que se podría resumir de la siguiente manera: no le gusta el feminismo porque se siente oprimido por lo que llama “feminismo dominante”, y porque encuentra que, dentro de la palabra “feminismo”, no tiene cabida su virilidad. La misma elección del adjetivo “dominante” para acompañar al sustantivo “feminismo” parece querer decir que: a) El feminismo es hegemónico, o b) El feminismo pretende dominar algo.

Ya empezamos a ver que, como se suele decir, el chico lo tiene mal entendido. El feminismo no es una ideología totalitaria como quiere hacer creer el autor, sino la lucha por la erradicación de la opresión. La idea de “feminismo dominante” es un contrasentido. El autor podría haber elegido la expresión “feminismo mayoritario” que, a pesar de no tener mucho sentido, invocaría una simple y pretendida normalidad estadística; o bien podría haber sido claro con su planteamiento y revelar que es una de esas personas que consideran que existe un “feminismo radical”, a veces llamado “hembrismo” o, de manera más trendy, “feminazismo”. En este último caso, le habríamos podido responder que tal cosa no existe, como se puede comprender leyendo este artículo.

Volvamos a repetirlo por enésima vez. El feminismo ha defendido históricamente la equiparación de los derechos de las mujeres a los de los hombres. Es decir, que busca la igualdad entre las personas, que promueve las relaciones sociales y personales libres de violencia, recíprocas y emancipadoras. Tanto es así, que las feministas de todas las olas y países se han destacado por defender la igualdad de todos los grupos, colectivos y clases de personas dominadas: hombres sin patrimonio excluidos del sufragio, esclavos, niños y niñas, personas de todas las culturas y etnias y de todas las opciones y diversidades, etc., y lo ha hecho mucho antes que ningún otro movimiento social. El feminismo ha luchado para que los derechos de las mujeres, que siempre han sido inferiores a los de los hombres, fueran iguales. De hecho, Angela Davis definió muy acertadamente el feminismo como “la idea radical de que las mujeres somos personas”. Quizá Blai desconoce una genealogía de lucha de más de 300 años de historia sin la cual, sin ir más lejos, no habríamos avanzado en el camino de la democracia. Por eso, antes de volver a escribir sobre una cuestión que parece no conocer, le recomendamos que se tome un rato para escuchar esta charla de Celia Amorós.

Los movimientos feministas, plurales y diversos, parten de la misma base para trabajar una amplia gama de cuestiones: desde la defensa de los derechos sexuales y reproductivos, como el aborto, hasta el feminismo queer o transfeminismo, que defiende una deconstrucción y reinvención libre de las identidades sexuales y de género, pasando por los grupos de hombres feministas que trabajan en pro de nuevas masculinidades, o el ecofeminismo y la economía feminista, que buscan poner en el centro de atención política y científica las condiciones de reproducción de la vida, para poderlas democratizar y garantizar. Con todo, desgraciadamente, el feminismo se sigue sin comprender y una vez más la opinología pasa por encima del conocimiento, el rigor y el respeto a tantas personas que han luchado y luchamos por un mundo más justo.

Hecha esta (in)necesaria aclaración, pasamos a contestar específicamente algunos de los puntos del artículo.

1) En primer lugar, el autor nos insta a “mirar adelante” y no caer en el “resentimiento histórico” (algo como esos que no quieren “escarbar mucho” en los crímenes del franquismo).
“Por supuesto, no conviene ignorar las realidades históricas; sin embargo, para actuar en el presente y para superar las miserias del pasado ¿procede mantener un cierto resentimiento histórico?” El feminismo no es resentimiento histórico, sino una lucha actual y vigente: el hecho de que más de 600 mujeres hayan sido asesinadas en los últimos 10 años por sus parejas en España basta para confirmarlo. Y no hablemos de la violencia estructural, simbólica, estética, económica, psicológica y un largo etcétera. La violencia patriarcal machista ejercida de forma asimétrica contra las mujeres y los hombres es un hecho. La inmensa mayoría de las mujeres del mundo la hemos padecido y la sufrimos cada día (a pesar de que en la mayoría de los casos se trate de los mal llamados micromachismos, como para dejar claro que son “poco importantes”). Tal vez le abra los ojos leer este artículo.
Quizás también estaría bien que hablara más con mujeres para entender la cantidad de veces que han sufrido abusos a lo largo de la vida por el simple hecho de ser mujeres. Blai habla de resentimiento como si a las mujeres lo que nos molestara es que los hombres han sido “más importantes” a lo largo de la historia, no como si nuestra vida estuviera en juego, que es de lo que se trata.

Además ¿por qué cuando se reivindican las luchas históricas de los movimientos de izquierdas nadie se opone desde las propias izquierdas, pero en cambio cuando se trata de feminismos surge la necesidad inmediata de partir desde cero y olvidar el pasado? Es un argumento machista más.

2) No contento con ello, Blai es de los que opina que el 8 de marzo se celebra una reivindicación de la feminidad, una especie de “¡qué guays somos las mujeres!”, y que se trata de felicitarnos por tener una vagina (porque seguro que no felicita a las mujeres transexuales, ponemos la mano en el fuego). Y se pregunta: “¿Por qué la masculinidad no es celebrada al igual que la feminidad?”

El 8 de marzo no se celebra la feminidad, sino la lucha feminista. Por este motivo, muchas personas prefieren llamar a la jornada “Día por los derechos de las mujeres” o, mejor aún, “Día por los derechos humanos de las mujeres”. El simple hecho de que en algunos entornos socioculturales, como el francófono, se hable de los derechos humanos empleando la expresión droits de l’homme (derechos del hombre) resulta bastante explicativo de por qué hay un día específico para conmemorar los derechos de las mujeres. Ello no quiere decir, claro está, que no sea también de vital importancia reivindicar los derechos de otros colectivos, como los que hemos enumerado más arriba, así como los derechos que queremos para la humanidad entera. De hecho, el feminismo sólo tiene un verdadero sentido cuando se convierte en interseccional.


Además, no debe olvidarse que el feminismo lucha por la igualdad de género, lo que significa igualar a las personas, sea cual sea su género, en derechos y deberes. Por lo tanto, celebrar las reivindicaciones feministas significa también, como muchos hombres ya entienden (por ejemplo, http://www.ahige.org/ o https://homesigualitaris.wordpress.com/ en Catalunya), celebrar la masculinidad entendida no como patrón opresor que obliga a los portadores de este “carné” a ceñirse dentro unos determinados cánones estéticos y conductuales (definidos por oposición a los que se imponen a las mujeres), sino como espacio de afirmación y vivencia de la propia identidad de una forma más plena y respetuosa con la identidad de otras personas.

3) Acto seguido… ¡Oh, peligro! parece que el feminismo podría generar un movimiento masculinista (y es que ¡claro! cuando uno pierde el privilegio, debe organizarse): “¿Quizás debemos generar un movimiento masculinista a tal efecto?”

Tal afirmación sólo la puede hacer una persona que ni conoce ni ha participado en espacios feministas, ni tiene la capacidad o la voluntad de autorreflexión y autocrítica necesaria para entender qué es el feminismo. En cualquier caso, un movimiento que tenga por objetivo defender y garantizar los derechos de las personas es un movimiento feminista. Si el objetivo de este supuesto movimiento masculinista fuera imponer y mantener la supremacía masculina, estaría cometiendo el absurdo de luchar para conseguir el statu quo, que por otra parte está -desgraciadamente- suficientemente bien instaurado como para que ningún machista deba sufrir, hoy por hoy, por su supremacía. Si lo que Blai quiere es mantener el patriarcado, pues entonces nada, tío… Sigue así, que vas por muy buen camino.


4) No podía faltar la sección de agravios y protestas contra las prácticas legislativas que -según entiende Blai- discriminan a los hombres por el solo hecho de ser hombres. Que los agresores, los delitos y el sistema legislativo y judicial discriminen a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres no tiene ninguna importancia; quizás porque ya es “tradición”… “La presunción de inocencia y la igualdad de las personas ante la ley, instaurando una legislación discriminatoria, amenazante y agresiva contra el sexo masculino”.

¿Dónde está la presunción de inocencia cuando jueces y sociedad deciden que una mujer ha sido violada porque “se lo ha buscado”? ¿Dónde está la igualdad ante la ley en los mismos casos, cuando los tribunales aplican la ley en un sentido o en otro sistemáticamente según el género de víctima y agresor? ¿Dónde está la preocupación de Blai ante un sistema social que, por sistema, discrimina, amenaza y agrede a las mujeres en todo momento -desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir, antes de nacer y después de muertas silenciando y pisando nuestra memoria- sólo por el hecho de ser mujeres?
Todos los delitos tienen un índice de denuncias falsas, y precisamente la violencia de género lo tiene excepcionalmente bajo. No es de extrañar que muy pocas mujeres accedan a pasar por el trance que ya de por sí supone un proceso judicial, sumado a las dificultades que tiene que atravesar para que los estamentos policial, judicial, periodístico y la población general no sólo crean, sino consideren y tomen en serio su vivencia. Hay que ser muy valiente para poner bajo la luz pública delitos por los que buena parte de la sociedad, aún ahora, culpa a la mujer. Delitos que, muchas veces, pertenecen a la esfera más íntima y personal de las personas, como los delitos sexuales. No son cosas que resulten agradables de recordar, ni mucho menos de explicar a nadie; de hecho, la mayoría de las víctimas no lo explican ni a sus círculos más íntimos, o no lo hacen hasta muchos años más tarde. Y las razones principales que las empujan a hacerlo así están relacionadas con la vergüenza y la impotencia; derivadas, ambas, de la culpabilización de la víctima de género femenino y de la permisividad de la legislación, en la teoría y en la práctica, con los actos de opresión y violencia hacia las mujeres. No olvidemos, además, el coste económico de embarcarse en un proceso judicial; especialmente en algunos países.

La mayor parte de los casos de violencia contra las mujeres quedan sin denunciar. Animamos a Blai, que seguramente tiene muchas conocidas universitarias o ex universitarias, a leer lo que explican 21.516 de sus compañeras sobre sus experiencias en universidades de toda Europa. Si le parece -basándose en los datos oficiales- que las violencias sexuales no son tan frecuentes como para motivar una legislación con perspectiva de género, quizás ahora cambiará de opinión. Y no, estas mujeres no hemos evitado denunciar porque seamos idiotas o porque en el fondo nos guste ser agredidas, sino por razones como el miedo, la vergüenza o el simple sentido práctico que nos lleva a no perder el tiempo y el dinero en un sistema diseñado para señalarnos como culpables a menos que nos hayan abierto la cabeza (e incluso con la cabeza abierta, a veces cuesta).

5) Pero es que, además, desde esta perspectiva resulta que estamos exagerando: ¡no todo es cuestión de género, exagerados y exageradas!, nos ilumina el autor. “Asistimos a una creciente tendencia al sesgo y al reduccionismo en virtud de los cuales se interpretan como si fueran meramente ‘cuestiones de género’ varios fenómenos (como la desconfianza, los celos, el maltrato, etc., en las relaciones sexoafectivas)”.

¿Quizás es porque el género, al igual que la etnia, el color de la piel, la identidad sexual o nacional, la clase social, la (dis)capacidad, la edad, el estatus profesional… son nada menos que partes centrales en la construcción de los individuos y las relaciones entre los mismos en el marco de contextos macrosociales? ¿Acaso es que Blai vuelve a hablar de lo que desconoce y no sabe que los celos y el maltrato en las relaciones sexoafectivas van sistemáticamente en una dirección (contra las mujeres) y no en otra? ¿Quizás es que tampoco tiene ni idea de la abundante literatura sobre la interrelación entre capitalismo y heteropatriarcado, que generan situaciones de vulnerabilidad y violencia contra las mujeres, en las que se basan las relaciones humanas?

6) Pues no, según él estamos tan equivocados y equivocadas que tenemos que renovarnos de pies a cabeza, lo que equivaldría, desde su elevada perspectiva, a “superarnos”. Y así, en un ejercicio de clara demagogia, mezcla la voluntad de superación, la autocrítica y el dinamismo inherente en todo movimiento con la deslegitimación del mismo desde la raíz hasta la coronilla. “Sin embargo, si queremos luchar efectivamente contra el sexismo, tenemos que empezar por ser capaces de cuestionarlo y renovarlo todo, intentando ser conscientes de las equivocaciones, las insuficiencias, las engañifas y las confusiones que nos obstaculizan y nos desvían en el camino hacia nuestras metas. Tenemos que ser capaces de superar todos estos planteamientos.”

Este fragmento demuestra que no ha entendido que el feminismo es una ideología crítica, que revisa, deconstruye y analiza todas las cuestiones de la vida humana desde el punto de vista de la opresión patriarcal, para reconstruirlas colectivamente y de manera liberada. El feminismo como ciencia, política y movimiento crítico, está en constante evolución: el feminismo de la igualdad fue superado por el feminismo de la diferencia, el feminismo civil y burgués fue superado por el feminismo descolonizado y el feminismo negro, el feminismo binario y heteronormativo ha sido superado por el transfeminismo…, demostrando ser una ideología especialmente dinámica y lúcida a nivel de autocrítica. Es por ello que consideramos que la propuesta de Blai no constituye una superación de nada, sobre todo desde el momento en que demuestra desconocer la historia y las lógicas que operan en las diferentes superaciones expuestas y, por tanto, cae en argumentos machistas expuestos y desmontados ya hace tiempo. Lo que hay que superar es el machismo, y entender bien lo que es el feminismo.


7) El autor nos informa de que él denomina sus fantasías pseudoigualitarias antifeministas con el nombre de “anti-sexismo“, y le gustaría que todo el mundo hiciera lo mismo. Nos lo explica: “Anti-sexismo, al que, formulado en positivo, podemos llamar cooperación entre los sexos o igualitarismo sexual”.

Hablando de superaciones, hace décadas que el concepto de igualitarismo está superado por el concepto de equidad. En este intento de proponer otro término para (supuestamente) dar otra denominación al feminismo que incomode menos a los machistas con una palabra que no contenga la raíz femĭna, vuelve a quedar claro cómo el autor intenta borrar toda una genealogía de lucha y de dignidad contra una opresión sistemática contra las mujeres, vigente y mortal. ¿Quizás no soporta no hallarse él, como hombre, específicamente mencionado en la denominación de un movimiento social históricamente relevante? También habla de la cantidad de violencia que sufren los hombres como si esto desmereciera la lucha por la violencia contra las mujeres. La falsedad de esta concepción radica en el hecho de que la mayoría de los agresores de hombres son hombres, y la mayoría de agresores de mujeres también son hombres.

8) Los hombres tienen, por tanto, el patrimonio de la violencia integrado en la concepción de la masculinidad hegemónica. Pero ¡eh! pobres hombres violentos, no es culpa suya. Según Blai, “los hombres han sido obligados históricamente, por la fuerza de la ley estatal, a ejercer la dominación hacia las mujeres”.


De esta frase se extraen dos ideas del autor. En primer lugar, que ha existido una fuerza que obliga a los hombres a dominar a mujeres. Es cierto, ha existido y existe. Esta articulación del sistema según la cual los hombres se posicionan en un estatus de privilegio poderoso es exactamente a lo que nos referimos las y los feministas cuando hablamos de patriarcado. En ningún momento histórico este privilegio ha sido desmontado, pero sí cuestionado por todos los movimientos y personas feministas. En segundo lugar, esta frase exime de toda responsabilidad individual y colectiva a los hombres, caricaturizando a los mismos e insultándolos como seres semirracionales, orangutanes que no saben controlar sus impulsos o perros que muerden porque el dueño se lo ordena. Evidentemente, por todo lo que hemos explicado, las personas feministas no compartimos esta visión animalizada del sexo masculino.

Por otra parte ¿qué género se ha beneficiado de este poder dominante a lo largo de los siglos contra las mujeres? Efectivamente, es el género masculino el que ha sido instalado en el poder y, por tanto, ha ejercido esta fuerza de la que habla el autor. No obstante, la existencia de un sistema patriarcal no impide que el género masculino pueda cuestionarse a sí mismo y al poder que ejerce y que eventualmente pueda renunciar a éste. Y eso es precisamente a lo que nos referimos los hombres y mujeres feministas cuando pedimos que los hombres cuestionen sus actos tomando conciencia de sus privilegios.

9) Hablando de privilegios ¡se ve que las mujeres tenemos tantos! “El sexo femenino ha tenido generalmente el privilegio de eludir las guerras.”

Las guerras, por más en contra de ellas que podamos estar todas las personas que escribimos o leemos esto, están íntimamente ligadas con la vida política de los pueblos y los estados. Este privilegio, si es que se le puede llamar así, no es más que una consecuencia de la exclusión de las mujeres de toda vida política. Los animales de compañía y los declarados inútiles tampoco han ido nunca a las guerras. Por el contrario, las violaciones en masa han sido utilizadas sistemáticamente como arma de guerra. Por lo tanto, decir que el sexo femenino ha tenido generalmente el privilegio de eludir las guerras es una falsedad aberrante, androcéntrica a más no poder, que iguala “sufrir una guerra” con “ser llamado a filas” y que ignora descaradamente el hecho de que precisamente las mujeres han tenido y tienen, generalmente, la desgracia de ver su cuerpo usado como campo de batalla en los conflictos bélicos.

10) No creemos, sin embargo, que se trate de ponerse a contabilizar agravios sino de analizar el contexto de cada opresión y trabajar para superarlo. De esto va el feminismo, de analizar el contexto de la opresión patriarcal en todos los cuerpos y todas las vidas, y tratar de erradicarlo. Pero Blai no lo entiende y cree que lo que estamos haciendo es “fijarse sólo en la defensa y promoción del sexo femenino, por lo que fácilmente se olvida que el hombre también ha sido y es víctima del sexismo de varias formas, y que el sexo femenino también ha participado y participa en su perpetuación”.


Pensar que el feminismo es defender exclusivamente la promoción del sexo femenino es, una vez más, no haber entendido qué es el feminismo. Si Blai supiera de qué habla sabría que a este fenómeno se le llama “los precios de la masculinidad” (también, en inglés y en contextos específicos, “mixed-blessing of male gender”), y el feminismo también los denuncia amplia y firmemente. El feminismo, porque es inclusivo, se posiciona contra las opresiones que han sufrido los hombres a pesar de ser ellos los que a menudo encarnan los valores dominantes del patriarcado: porque el feminismo no es una lucha contra los hombres, sino contra el sistema patriarcal. El patriarcado no es sinónimo de los hombres, ni siquiera de la masculinidad, sino que es un sistema de organización social profundamente injusto que, en su funcionamiento al servicio de los privilegios de los hombres, a menudo y paradójicamente los termina perjudicando. Estos perjuicios, además, a veces sólo se operan cuando empiezan a cambiar las miradas y las concepciones sobre la masculinidad, de forma que los hombres amplían su concepto de sí mismos e incluyen esferas que tradicionalmente les han sido negadas (y se ha hecho, además, procurando que se sintieran orgullosos de estas limitaciones), como pueden ser el mundo emocional o la paternidad.

11) Una de las falacias que se lee entre líneas en este artículo es pensar que el sexismo debe entenderse como un fenómeno de opresión simétrico porque el hombre también sufre opresiones. Está claro que esto no es así y que la dominación asimétrica inscrita en las lógicas del patriarcado merece ser analizada con detalle; y este es precisamente uno de los principales objetivos de los movimientos feministas. Desde las izquierdas, nunca se nos ocurriría relativizar la desigualdad económica existente entre Bill Gates y un inmigrante mexicano sin papeles explotado en una fábrica, la desigualdad simbólica construida alrededor del capital cultural entre Li Ka-shing y cualquier campesino chino o la desigualdad social que puede haber entre un ciudadano barcelonés de clase media y un mendigo. No obstante, desde los movimientos feministas nos quejamos de la constante relativización del valor de los mismos a partir de lógicas patriarcales y desde las propias izquierdas. Entendemos que el eje de desigualdad construido alrededor del sexo y el género merece ser analizado con la misma dedicación que los otros ejes de desigualdades, y no sólo eso, sino también las dificultades añadidas que aparecen cuando se suman y relacionan diferentes opresiones (perspectiva que, como hemos comentado anteriormente, dentro de los movimientos feministas se llama interseccionalidad).

12) El autor vuelve a la carga con el supuesto “feminismo dominante”: “a pesar de la aturdidora presión que ejerce el feminismo dominante promovido por las instituciones del sistema establecido..”


Bueno, lo repetiremos una vez más para que no se diga. Las instituciones del sistema establecido no son feministas, a pesar de que podamos tener instituciones que incluyan en su denominación expresiones que puedan parecerlo. Que haya mujeres que participen o participaran de la lucha feminista que se hayan promocionado por parte de las instituciones públicas no significa que las instituciones, entendidas como el conjunto de poder, su representación y las políticas que aplican, sean feministas. De hecho, por desgracia, la mayoría de mujeres que ostentan posiciones de elevado prestigio reproducen la mayoría de los valores dominantes del patriarcado; ésta parece ser la única manera en que una mujer puede, hoy en día, acceder a una posición de poder o de prestigio en el ámbito público.

13) La traca final (¡alerta spoiler!) es un grito heteronormativo: “Pero no olvidemos nunca que las mujeres y los hombres estamos llamados a complementarnos, a amarnos, a respetarnos”.

Respecto la complementariedad entre hombres y mujeres de la que habla Blai, nos gustaría recordarle que es precisamente ésta la idea subyacente del amor romántico que al patriarcado y al capitalismo les encanta promover. Este amor es heterosexual, es incondicional, es para siempre, y además, si no lo tienes no estás completo (especialmente, completa) ya que no tienes a nadie que te complemente (el viejo mito de la media naranja, que desde la psicología y la sexología se intenta sustituir por alternativas como el de las naranjas enteras). Ya no hablamos de si eres homosexual o no te sientes identificado con el sistema bigénero… Estas ideas son las que provocan la mayor parte de las violencias dentro de las parejas: las que hacen que “valga la pena” aguantar el dolor por este amor. Las personas feministas no nos cansaremos nunca de decir que nadie nos complementa y que somos -¡insistimos!- naranjas enteras. Y es que, de hecho, es normal que a los machistas les moleste la palabra feminista. ¿Qué más amenazador puede haber para ellos que una comprensión integral de las reivindicaciones feministas y su democratización, que pondrían freno a la credibilidad que generalmente suelen tener prácticas discursivas como las que ejerce Blai? De hecho, al final del texto, él mismo pretende hacer una vindicación de la igualdad pidiendo el fin de la guerra de sexos. Pero, como demuestran los ejemplos machistas extraídos de su texto, es incapaz de salir él mismo del paradigma de la guerra de sexos, y de la simplicidad del binomio heteronormativo. Por todo ello, sí, Blai: el feminismo es la respuesta al machismo.

Firmado:

1. Irene Aguilar Sánchez, Madrid
2. Sara Arnau. Barcelona
3. Andreu Ballús Santacana, Granollers
4. Iris Bartolomé Torrell, psicobiòloga, Barcelona
5. Lídia Brun Carrasco, Brussel•les, Bèlgica
6. Naila Caballero Jiménez, Sabadell
7. Laura Cañadas Pla, activista LGBTI, Barcelona
8. Sílvia Carrasco. Sabadell, Barcelona
9. Júlia de Cruz, psicòloga, Barcelona
10. David Curto, Sant Antoni de Vilamajor
11. Carme Godino, Almàssera (València)
12. Èlia González López, Sabadell, (Barcelona)
13. Tresa Habimana, Barcelona
14. Lidia Infante. Barcelona
15. Patricia Jiménez Herencia. Terrassa
16. Joana López. Psicóloga. Madrid
17. Raquel López. Marea Granate Viena. Viena, Àustria
18. Angels Martinez Toledo, feminista, L’Hospitalet, Barcelona
19. Júlia Mas Maresma, feminista, Sant Adrià de Besòs
20. Elena Miralles Moreno, Secretària Direcció, Barcelona
21. Cris Molins-Pueyo, Sabadell, Barcelona
22. Júlia Morros i Riera, Dosrius, Barcelona
23. Laia Narciso Pedro, Pineda de mar, Barcelona
24. Sònia Narciso Pedro, Pineda de Mar
25. Yolanda del Olmo, Madrid
26. Violeta Pazo Gil, Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona)
27. Carmen Perales. Bruselas, Bélgica
28. Doris Pérez, Santa Coloma de Gramenet, Barcelona
29. Charo Reyes Izquierdo, antropòloga, Barcelona
30. Meritxell Riera Prims. Granollers, Barcelona
31. Maria Saladich Cubero, metgessa, Vic
32. Lidia Sayago Martínez, Sabadell, Barcelona
33. Alberto Segura Gómez, Granollers (Barcelona)
34. Ànnia Salip Ventura, Barcelona
35. David Salip Ventura, Barcelona
36. Dália Sendra. Lisboa, Portugal
37. Elisabet Tasa Vinyals, psicòloga, Barcelona
38. Judit Terés Rodríguez, Santa Perpètua de Mogoda
39. Victoria Vega Soriano, Madrid
40. Andrés Verdú Ramo, Barcelona
41. Berta Vílchez Garcia, vetlladora escolar i estudiant de Pedagogia, Sabadell
42. Rita Villà Taberner, Mataró, Barcelona
43. Sònia Vivolas Vivolas, Llagostera (Girona)


Texto extraído de: Pikaramagazine
en este enlace también podréis leer la contrarréplica del autor del primer texto, Bali Dalmau