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jueves, 29 de diciembre de 2016

MAYORÍAS Y MINORÍAS (1910), por Emma Goldman

Emma Goldman
Mayorías y minorías


Escrito: En o antes de 1910.
Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).

Si hubiera que juzgar sumariamente la tendencia de nuestro tiempo, diría simplemente: Cantidad. La multitud, el espíritu de la masa domina por doquier, destruyendo la calidad. Nuestra vida entera descansa sobre la cantidad, sobre lo numeroso: producción, política y educación. El trabajador, que en un tiempo tuvo el orgullo de la perfección y de la calidad de su trabajo, ha sido reemplazado por un autómata incompetente, privado de cerebro, el cual elabora enormes cantidades de cosas sin valor ninguno, y generalmente insultantes, en su grosería y ordinariez, para la humanidad. Todas esas cantidades, en vez de hacer la vida más confortable y plácida, no hicieron más que aumentar para el hombre la mole de sus preocupaciones angustiosas.

En política nada más que cantidad; esto sólo importa. En la proporción que desconocen, ya sean sus principios, sus ideales, sus postulados de justicia, van siendo suplantados por la esencia formal del número, de lo numeroso. En la lucha por la supremacía de los varios partidos políticos mutuamente se ponen trampas, se engañan, perpetran las más sombrías maquinaciones unos contra otros en la certera confianza que el que obtenga el éxito final será proclamado victorioso por la mayoría. ¡Y a expensas de qué cosas, con cuánto detrimento de toda dignidad y decencia se alcanza este momento! No hemos de ir muy lejos en busca de prueba para este doloroso caso.

Jamás la corrupción, la completa podredumbre fue tan evidente en el aparato gubernativo; jamás el pueblo norteamericano se vio obligado a enfrentarse con la naturaleza de Judas de nuestras corporaciones políticas, las que durante años reclamaron para sí el dictado de pereza intachable, tildándose sostenes salvaguardadores de nuestras instituciones y los verdaderos protectores de los derechos y de la libertad del pueblo.

Pero cuando los crímenes de ese partido político se muestran a la luz del día, tanto que el más ciego no dejaría de notario, le será suficiente lanzar sus sólitas promesas deslumbrantes y reunir los candidatos que gozan de más favor público para que se asegure su supremacía. La verdadera víctima engañada, traicionada, no sabe decidirse en contra, sino en favor de la victoria. Espantados algunos se preguntan: ¿cómo pueden las mayorías traicionar de esa manera las tradiciones de la libertad norteamericana? ¿Dónde se halla su capacidad de juicio y de razón? Justamente las mayorías no razonan, son incapaces de formular un juicio propio. Carentes de originalidad y de valor moral, las mayorías siempre depusieron en manos ajenas sus particulares destinos, incapaces de cargar con la menor responsabilidad, siguen a sus pastores hasta cuando las conducen a la destrucción, a su aniquilamiento. Tenia razón el doctor Stockman, el de Los puntales de la Sociedad: Los más peligrosos enemigos de la Libertad y la Justicia en nuestro medio son las mayorías compactas, las malditas compactas mayorías. Sin ambición, ni iniciativa, esas masas compactas nada odian más que el espíritu de innovación. Siempre se oponen, condenan y persiguen al innovador, al descubridor de una nueva verdad.

Es el más repetido lugar común entre los políticos, incluso los socialistas, que la nuestra es una era de individualismo de minorías. Sólo que aquellos que sobrenadan en la superficie de los conocimientos humanos pueden entretenerse y quedar satisfechos con ese punto de vista ¿Acaso los menos no son quienes acaparan todo el bienestar del mundo? ¿No son ellos los dueños, los reyes absolutos de la situación? Su éxito material no se debe, empero, al individualismo, sino a la inercia, al amilanamiento y a la completa sumisión de las masas. Estas necesitan ser dominadas, conducidas y reprimidas. Respecto al individualismo, que en la humana historia nunca tuvo oportunidad de lograr la menor expresión, lo tiene mucho menos ahora de aparecer de manera normal y sana.

El educador, de honestos e ideales propósitos, el artista o el escritor de ideas originales, el hombre de ciencia independiente, el explorador de nuevos dominios del saber, o el individuo de ideas avanzadas que busca la renovación de la sociedad; a todos ellos se los empuja diariamente contra la pared invisible de los prejuicios por hombres cuya sabiduría y facultades creadoras se han vuelto decrépitas con el tiempo.

Educadores del tipo de Ferrer no se les tolera en ninguna parte, mientras que los malabaristas de la educación oficial, a lo Elliot y Butler, resultan ser los perpetuadores de una era de nulidades y de autómatas. En el orden teatral y literario los ídolos son Humphre y Wards y Clyde y Fitches, mientras muy pocos conocen o aprecian la belleza genial de Emerson, Thoreau, Whitman, un Ibsen, un Hauptmann, un Butler Yeats o un Stephen Philippe. Son como las estrellas solitarias lejos del horizonte de la multitud.

Editores, empresarios de teatros y críticos no exigen las cualidades superlativas en la creación del arte, sino que se preguntan: ¿tendrán mucha venta? ¿Será del paladar del público? Y este paladar es como una hornalla: engulle todo lo que no necesita masticación mental. De ahí que lo mediocre, 10 vulgar, el lugar común representan la obra maestra literariamás en boga.

¿Es necesario que digamos que referente a las bellas artes hemos de encontrarnos con lo mismo? No hay mas que emprender una jira por nuestros parques para percatarnos de la fealdad, de la horrible vulgaridad de nuestros artefactos artísticos, en forma de estatuas y monumentos. Ciertamente, sólo el gusto de las mayorías pueden tolerar semejante ultraje a la belleza. Falsa en su concepción y mezquina, ñoña en la ejecución la estatuirá que infesta las ciudades norteamericanas tiene tanta relación con el arte como una confitura de mazapán con la escultura de Miguel Ángel. El talento artístico, que no se somete a estas preestablecidas normas de la mentalidad común del público, deseando dar el fruto más original de su temperamento y luchando para ser fiel, sincero, veraz con la realidad tratando de ver con sus ojos, será condenado a conducir una obscura y miserable existencia. Su obra algún día se podrá convertir en el más caro capricho de la muchedumbre; pero esto no sucede hasta que la sangre de su corazón se haya vaciado para siempre; hasta que el explorador de nuevos caminos haya dejado de existir y el tropel de la plebe miope haya extinguido la herencia legada por el maestro.

Se dice que el artista de la actualidad no puede darnos verdaderas creaciones, porque, lo mismo que Prometeo, se halla encadenado a la roca de las necesidades económicas. Esto puede ser verdad para todas las épocas. Miguel Ángel dependía de su señor —los Médici— como los pintores y los escultores de nuestro tiempo, excepto que los entendidos de arte de entonces se hallaban bastante distantes de la entendida multitud de ahora. Estos se sentían honrados y felices de que el artista se dedicase todo el tiempo que deseara a cincelarles una urna, un cáliz, supongamos.

El supuesto mecenas de nuestros días no posee otro criterio que el valor material de una obra de arte: el dólar. En nada le atañe la calidad intrínseca de grandes obras y sí la cantidad de dólares que importa su venta. El financista de Les Affaires sont les Affaires, dice respecto a varias manchas, paisajes al óleo: Vea qué bueno es; me cuesta cincuenta mil francos. Igualito que nuestros advenedizos. Las fabulosas sumas pagadas por las grandes obras que descubre, revela con elocuencia la pobreza, la vulgaridad de su gusto, de su concepto artístico.


El más imperdonable pecado para la sociedad es la independencia intelectual. Si esto resalta más en un país cuyo símbolo es la democracia, también evidencia cuán grande es el poder de las mayorías.

Wendel Phillips dijo, hace cincuenta años: En nuestro país de absoluta igualdad democrática, la opinión pública no es sólo omnipotente, sino omnipresente. No hay un refugio a donde no llegue esta tiranía, no hay escondrijo donde no nos alcance; y el resultado es este: se empuña la linterna del griego famoso y se va en busca de un centenar de norteamericanos, y entre ellos no se encontrará uno que no tenga algo que ganar o perder por parte de la buena opinión que sustentaran los que los rodean, ya sea acerca de sus ambiciones, de su vida social y de sus negocios. La consecuencia se resume en que nosotros, en vez de constituir una masa de verdaderas individualidades, no somos más que seres que, al temernos mutuamente, escondemos nuestras propias y más íntimas convicciones; como nación comparada a otra nación, somos solamente un atajo de cobardes. Con más intensidad que otros pueblos, experimentamos un miedo cerval de unos hacia los otros. Evidentemente, en nada cambiaron las condiciones que le sugiriera tan aguda constatación a Wendel Phillips.

Hoy, como ayer, la pública opinión es el tirano omnipresente; hoy, como entonces, las mayorías no representan más que una masa de cobardes, prestos a aceptar aquel que encarne el espejo de su pobreza mental y espiritual. Esta es la base donde se apoya el éxito sin precedentes de un hombre como Roosevelt. Entraña el peor elemento de la psicología plebeya de la masa. El político que conozca a fondo las mayorías, le importa poco de la integridad doctrinaria de los ideales. Por lo que se pirra, es la apariencia brillante y espectacular. No es el caso de que se trate de una exposición canina, el premio por el boxeo o el linchamiento de un negro, la exhibición insolente de una boda rica de algún heredero multimillonario o la acrobática elocuencia de algún ex presidente de la nación.

Más feas son las contorsiones mentales, más deliciosas les resultarán a las masas. Así, Roosevelt, pobre de ideales y vulgar espiritualmente, continúa siendo el hombre de la hora.

Por otra parte, los hombres, por encima, muy por encima de estos pigmeos políticos, hombres de refinada cultura, de facultades creadoras, son reducidos violentamente al silencio, como si se tratara de personas afeminadas. Es absurdo que se quiera calificar de individualista la época presente. No es más que una amarga repetición de una idéntica fenomenología desarrollada a todo lo largo de la historia: cada esfuerzo de progreso para elevar el nivel de la vida, la ciencia, la religión, la política, la libertad económica, emanó siempre de las minorías, no de las mayorías. Hoy, como hace varios siglos, los raros, las individualidades independientes, son incomprendidas y por ende perseguidas, encarceladas, torturadas y asesinadas.

El principio de la fraternidad humana, traído por el agitador de Nazareth, pudo preservar el germen de una nueva vida, de verdad y justicia, hasta el día que fue una antorcha de luz para unos pocos.

Desde el momento en que las mayorías se apropiaron de este gran principio, se convirtió en la materialización de una ritología que produjo por doquiera sufrimientos y calamidades incontables. Los ataques llevados a cabo contra la Roma papal por las colosales figuras de Huss, Calvino y Lutero, fue como una irradiante aurora en la densa noche. Pero tan pronto como Lutero y Calvino se volvieron políticos y empezaron a reunir a las pequeñas potencias de la nobleza y apelaron al espíritu plebeyo de la masa, las grandes posibilidades de la Reforma fueron desviadas de su natural cauce. Ellos pudieron captarse el éxito de las mayorías, pero se comprobó una vez más que éstas no eran menos sanguinarias en las persecuciones contra el pensamiento y la razón que el monstruo del catolicismo. ¡Guay de los herejes, de la minoría, que no se plegase a los dictados de sus dogmas! Después de una constante lucha y de un tesón infinito, la mentalidad humana se ha más o menos libertado del fantasma religioso; las minorías otra vez emprendieron nuevas conquistas y las mayorías se hallan en pos de ellas, ladrándoles, gravadas por el peso muerto de las verdades que con el andar del tiempo resultaron falsas.

Políticamente, la raza humana se encontraría actualmente en una absoluta esclavitud si no fuera por los héroes que surgen de cuando en cuando: un John Bulls, Wat Tylers, Guillermo Tell y las numerosas individualidades gigantescamente libres que combatieron a pie firme contra el poder de los tiranos y de los reyes. Sin la pléyade de las mentalidades independientes, que vivían y pensaban más allá de su época, el mundo nunca hubiese sido sacudido radicalmente por esa tormentosa ola: la Revolución francesa. Los grandes acontecimientos de la historia siempre fueron precedidos por otros más pequeños, infinitesimales. De ahí que la elocuencia enardecida de un Camilo Desmoulin fuese como el toque de trompetas ante los muros de Jericó, arrasando el emblema de las injusticias, de las torturas y de los horrores de la Bastilla.

En todo periodo que se inaugura son los menos los portabanderas de las grandes y nuevas ideas, del esfuerzo precursor de la liberación. No es, por cierto, la masa que, al contrario de ellos, sirve de lastre y les impide moverse tanto como quisieran.

Esta verdad resalta con mucha más fuerza en Rusia que en cualquier otro país. Miles de vidas fueron las sacrificadas por ese régimen de sangre y terror, y aún no ha sido aplacado el monstruo del trono. ¿Cómo pueden suceder semejantes cosas, cómo puede darse que la cultura, las ideas, todo lo que hay de más noble en sentimientos, en emocionados ideales se encuentre sometido a ese yugo de hierro. Las mayorías, las compactas mayorías, la somnolencia de las masas; el campesino ruso, después de un centenar de años de lucha, de sacrificios, de una miseria indecible, todavía cree que la cuerda que ahorca al hombre blanco, de blancas manos, le trae fortuna.

En las luchas norteamericanas por la libertad las mayorías no dejaron de ser uno de los mayores obstáculos. Hasta en nuestros días las ideas de Jefferson, de Patrick Henry, de Tomás Paine son negadas y vendidas por poco precio por las mayorías. La masa no las necesita. La grandeza y el coraje de Lincoln ha sido olvidado por el hombre que creó tal escenario del panorama actual. Los verdaderos héroes santos para los negros se hallan representados por un puñado de luchadores de Boston: Lloyd Garrison, Wondell Phillips, Thoureau, Margaret Fuller y Theodoro Parker, cuya doctrina valerosa culminó en la gigantesca figura de John Brown. Su incansable espíritu batallador, su elocuencia y perseverancia fue minando el poder de los propietarios del sur. Lincoln y sus secuaces llegaron cuando la abolición ya era un hecho consumado y reconocido por casi todos.

Hará unos cincuenta años que una idea, cual rudo meteoro, hizo su aparición en el horizonte social del mundo, una idea que iba muy lejos, enteramente revolucionaria, que lo abarcaba todo en un solo abrazo y que tuvo la suprema virtud de infundir terror en los corazones de los tiranos y hacer temblar las tiranías. Por otra parte, era ella un mensaje de alegría, de una grandiosa esperanza para los millares de desheredados. Los poseídos de estas ideas, los hombres de mentalidad más avanzada, los precursores, conocían lo abrupto del camino que deberían recorrer; y lo soportaron todo: oposición, las persecuciones y dificultades casi insuperables; pero orgullosos y sin temor alguno marchaban hacia adelante, siempre hacia adelante... Ahora esta idea se ha convertido en algo corriente, manoseado, un verdadero lugar común. Actualmente, casi todo el mundo es socialista, el hombre rico, así como la pobre víctima que explota; los que hacen las leyes, como las autoridades, y el infortunado delincuente; el libre pensador, así como el perpetrador de las falsedades religiosas, la señora a la moda, así como su sirvienta. ¿Por qué no? Ahora que la verdad de hace cincuenta años se ha convertido en una mentira; ahora que se mustió, se apagó todo lo que había en ella de juvenil frescura y se le robó sus fibras más vigorosas, su fuerza revolucionaria y su ideal humanitario, ¿por qué no? Ahora no es más que una bella visión, rumorosa, de inefable poesía, sino un plan práctico y realizable, sobre el que descansan las mayorías, ¿por qué no? La astucia política sabe muy bien cantar las loas de la masa; dice: Las pobres mayorías, la ultrajada, la maltratada, pobre de este gigante si no quisiera seguirnos a nosotros.

¿Quién no oyó esta misma letanía varias veces y en todo tiempo? ¿Quién no se sabe de memoria este invariable estribillo en los labios de todos los políticos?

Que la masa sangra por cada paso que da, que se la roba y se la explota, lo se tanto yo como esos que mendigan votos. Pero insisto que no es ese grupo de parásitos, sino la masa la culpable de este terrible estado de cosas. Se cuelga del cuello de sus amos y ama el látigo y es la primera en gritar: ¡crucificad! en el momento que una voz se levanta para protestar contra la sacrosanta autoridad y el capitalismo u otra institución igualmente caduca. Ya no existiría la autoridad y la propiedad privada si la masa estuviese dispuesta en convertirse en soldados, en policías, en carceleros y verdugos. El socialista demagogo sabe esto tan bien como yo, pero sostiene el mito de las virtudes de la mayoría, porque su verdadero sistema de vida sólo significa la perpetuación del poder autoritario. ¿Y este último cómo podría ser reconocido como algo, sin el apoyo de lo numeroso? Sí; la autoridad, la coerción y la ciega obediencia son atributos de la masa; nunca existirá en ella la libertad o el libre desenvolvimiento de la individualidad ni jamás podrá nacer de su seno una sociedad libre.


No es que no me adolore con los oprimidos, con los desheredados de la Tierra, no es porque no conozco el horror, la vergonzosa e indigna vida que conduce el pueblo, que repudio las mayorías como una fuerza creadora de bondad. ¡Oh, no, no! Sino que sé demasiado, que como masa compacta jamás estuvo al lado de la justicia ni de la igualdad. Suprimió las voces humanitarias, subyugó el espíritu humano y cargó de cadenas el cuerpo. Como masa, su finalidad principal fue el de hacer de la vida una cosa uniforme, gris y monótona, convirtiéndola en un árido desierto. Como masa será siempre la aniquiladora de la libre individualidad, de la libre iniciativa y de la originalidad. Creo, por eso, en lo que dice Emerson: La masa es grosera, mentalmente lisiada, perniciosa en lo que exige y en lo que pide. En vez de adulársela, es necesario fustigarla duramente. Nada deseo concederle, sino para ejercitarme en ella para dividirla, romperla y extraer así otras tantas individualidades. ¡Las masas! Son nada más que una gran calamidad. Para nada deseo las masas, sino hombres valerosos, dignos y leales, y mujeres amables, dulces y nobles en sus instintos.

En otras palabras, la viviente verdad de un social y económico bienestar no llegará a transformarse en realidad, sino por el esfuerzo inteligente, el intrépido valor de las minorías poseedoras de una perfecta independencia mental, y no por obra y gracia de las masas.

Título: Mayorías y minorías
Autor/a: Emma Goldman
Tema: Crítica
Fuente: Recuperado el 13 de junio de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
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Texto extraído de: theanarchistlibrary

sábado, 21 de noviembre de 2015

VLADIMIR ILYITSCH ULYANOF LENIN (1924), por Emma Goldman

Emma Goldman
Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin

Berlín, febrero de 1924.
Extraído de "La hipocresía del puritanismo"


Cuando leo los himnos de alabanza fúnebre con los cuales se han dirigido al muerto algunos de sus más irritados enemigos, acuden involuntariamente a mi memoria las palabras amonestatorias que empleó Angélica Balabanova frente a Clara Sheridan, la dama que esculpió bustos de Lenin, de Trotsky y de otros jefes del bolchevismo. ¿Se le hubiera ocurrido cincelar hace tres años a Lenin —le pregunto Balabanova— entonces, cuando el gobierno inglés lo anatematizaba como espía alemán? Lenin no ha hecho la revolución. La hizo el pueblo ruso. ¿Por qué no cincela usted a las mujeres y a los hombres del pueblo obrero ruso, los verdaderos héroes de la revolución? ¿Por qué ese repentino interés por Lenin?

Con Balabanova pregunto yo a los que sobrecargan ahora de alabanzas a Lenin, entre los cuales hasta se encuentran algunos menchevistas y social-revolucionarios: ¿Por qué esa repentina simpatía? ¿Por qué ese estático estallido de homenajes para el hombre que ayer mismo era cubierto de anatemas? ¿Acontece esto en base a aquella endeble máxima que afirma que sólo se debe hablar bien de los muertos? ¿O acontece porque hoy es un signo de valor no ir contra la corriente del culto a los héroes? ¿O en resumen, no es más que un efluvio de ordinaria hipocresía? Esos escritores saben tan bien como lo sabía la Balabanova que Lenin no ha hecho la revolución. Más aún, que fue él quien puso un fin a la revolución. Paso a paso, desde el histórico respiro —desde la paz de Brest-Litovsk— hasta marzo de 1921, cuando impuso a sus rebaños su nueva política económica, persiguió Lenin la tarea que se había propuesto, intentó llevar la revolución a la calma, castrarla, desnaturalizar sus fines, privarla de su contenido, de modo que de ella no quedó más que la vestimenta exterior, que debía servir como ornamento en las revistas de gala de la Tercera Internacional.

Esa tarea no era fácil. El pueblo ruso, que se arrojó con toda el alma en la revolución, tenía ardiente fe en sus fuerzas, en sus posibilidades, en su persistencia. Lenin era demasiado perspicaz para oponerse a ese entusiasmo general, a esa honda fe. Al contrario, marchó con el pueblo y se pronunció por las medidas más extremas. Pero el objetivo que perseguía era otro y se diferenciaba esencialmente de los objetivos que el pueblo anhelaba. Era el Estado marxista, —como él lo comprendía— una máquina que involucraba todo en sí, que lo absorbía todo, que todo lo destruía, y cuya palanca tenían Lenin y su partido en las manos. Esa divinidad fue bendecida por Lenin toda la vida.

Cuando la ola revolucionaria llevó a Lenin al poder, vio llegada su hora, la hora en que debía transformarse su sueño en realidad. ¿Qué le importaba que la revolución fuera a la debacle? ¿Qué significaba que Rusia se cubriera de escombros y de ruinas? De la sangre y las pavesas de un gran devenir surgió el Estado marxista. La gloria de la obtención de ese artificio corresponde exclusivamente a Lenin. Nadie trabajó más hábilmente ni con tan absoluta abnegación para ese objetivo que él. El porvenir, sin embargo, no dejará de apreciar justamente el carácter dudoso de esa gloria que incumbe al muerto jefe del bolchevismo, al leninismo, como llama hoy con orgullo el rebaño fanático de sus adeptos la formación política autocrática que pesa gravemente sobre las espaldas de la esclavizada Rusia.

Los incensadores de Lenin lo llaman grande. Pero él no poseía seguramente la grandeza del espíritu y del corazón que constituyen las condiciones previas esenciales de toda grandeza verdadera y general. Lenin mismo habría llenado de vejaciones y de burlas a los que le atribuyen hoy tales cualidades burguesas. Grandeza de espíritu, magnanimidad de corazón, comprensión y simpatía para un adversario eran rasgos que escapaban totalmente a este hombre, que sin embargo, fue tan extraordinariamente humano en sus defectos y criminal en sus errores. Más de una vez se ofreció a Lenin la ocasión de revelar la verdadera grandeza, pero su conformación espiritual entera no le permitió percibir la ocasión magnífica y ni siquiera comprender su importancia. Desde este punto de vista, Lenin ha quedado siempre fiel a sí mismo.Der Tag del 27 de enero da cuenta de una interesante historia. Era en 1890; Rusia se vio visitada por una terrible miseria. Toda la inteligencia rusa, sin diferencia de opiniones, se asoció para encontrar medios y vías que pudieran aliviar la situación del pueblo hambriento. León Tolstoi mismo escribió un caluroso llamado de socorro. En Samara, el centro del distrito del hambre, se reunió un grupo de intelectuales para deliberar sobre su trabajo en pro de los hambrientos. En esa reunión se levantó un joven y se expresó así: El hambre revoluciona a las masas y facilita la lucha contra la autocracia rusa. Por esa razón considero un crimen el proyectado socorro. Naturalmente no tengo ninguna inclinación a participar de ese crimen. Ese joven era Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin.

No sé si el autor de esta historia, presente en aquella reunión, ha citado exactamente el discurso del joven Lenin, pero es tan notablemente significativo para toda la conformación espiritual de Lenin y refleja tan excelentemente su conducta frente a la vida y a los padecimientos humanos, que bien podría ser la verdad. Lenin demostró la misma fría inflexibilidad en otra ocasión memorable, y fue frente a Dora Kaplan, que tenía tras sí largos años de cárcel; no había sido conducida a su acción ni por motivos personales ni por motivos contrarrevolucionarios. Sabía también que su muerte, lo mismo que su existencia, no podrían contribuir a la prosperidad de Rusia. Con un gran gesto habría podido atraer hacia su persona, de parte del mismo partido a que Dora Kaplan pertenecía, humana consideración. Podía reservar la vida de esa mujer. Ese hubiera sido un signo de grandeza que habría señalado bajo las circunstancias un elemento nuevo, vital, al curso entero de la revolución. Pero nadie puede dar lo que no tiene. Lenin, a quien toda verdadera grandeza humana le era extraña, entregó a Dora Kaplan a sus verdugos, a la tcheka. ¿Se puede representar uno por un sólo momento que un Tolstoi, un Bakunin, un Kropotkin, los tres grandes rusos, hubieran podido hacerse culpables de una crueldad tan innecesaria e infructuosa? ¡Pero para qué mencionar esos espíritus universales! Hubo dos mujeres en el movimiento anarquista: Luisa Michel y Voltairine de Cleyre. También contra ellas se intentó la muerte. ¿Cómo procedieron contra sus atacantes? ¿Se atuvieron a su libra de carne? ¡No, al contrario! Ambas se negaron a participar en un asesinato. Solicitaron la vida de los hombres que habían querido quitarles la suya. Compárese los actos de Luisa Michel y de Voltairine de Cleyre con el acto de Lenin y se verá la mísera impresión que produce el último en realidad.

Y sin embargo poseía Lenin una grandeza, que nadie podrá disputarle, poseía la grandeza del jesuitismo, la voluntad de seguir su camino con astucia y despreocupación de los medios y un menosprecio extremo hacia los asombrosos sacrificios que ofrendaba a su divinidad. En este sentido, los Torquemadas de todos los tiempos han sido grandes. De algunos se sabe que estallaban en sollozos al mandar a sus víctimas a la cámara de tortura o a la muerte. Tal vez sollozó también Lenin por el tributo que debía pagar por sus tentaciones. Felizmente tales lágrimas eran el factor paralizador del espíritu de la humanidad y destructor de todo intento de una nueva forma de vida. Los Torquemadas han sido siempre las fuerzas más reaccionarias y contrarrevolucionarias de la historia humana. Y Lenin era un reaccionario. Todos sus hechos políticos desde 1917 son una demostración viviente de sus aspiraciones contrarrevolucionarias. Contrarrevolucionarias en el sentido que han contribuido con todos los medios al fracaso de la revolución.

La paz de Brest-Litovsk infligió a la revolución la herida más mortal. El establecimiento de latcheka transformó a Rusia en un matadero humano. La recaudación violenta de los impuestos y las expediciones punitivas asociadas a ella aniquilaron millares de vidas y destruyeron aldeas enteras. Kronstadt y el tributo de sangre que debieron satisfacer sus mejores hijos a la divinidad de Lenin. El decreto que sancionó la guerra hasta el extremo contra la oposición obrera y los anarquistas sindicalistas (esa orden secreta impartida en el X congreso del Partido Comunista Pan-ruso, aparece ahora a la luz del día; fue utilizada como un apoyo por los leninistas en las últimas discusiones con la oposición); y finalmente el restablecimiento del capitalismo por elNEP (Nueva Política Económica); todo esto y más surgió del cerebro del hombre que ha sido canonizado como un santo por la iglesia comunista. Y todas esas medidas han contribuido a sofocar la revolución y a destruir las esperanzas del pueblo ruso. Pero no sólo Rusia, todo el mundo debió experimentar el jesuitismo de Lenin, pues llevó a todas partes el germen de la descomposición a las filas de los oprimidos.

Pero Lenin creía absolutamente en la necesidad de tales métodos, en la necesidad de sembrar el desconcierto, la abominación y la descomposición. Consideraba todo eso como una parte esencial de su doctrina. Tenemos sus propias palabras al respecto: Krasnaia Lotopies No.7, contiene un discurso de Lenin en el quinto congreso de la social democracia rusa (partido obrero), que remitió su defensa ante un tribunal del partido. Se le achaca entonces la difamación y la calumnia de treinta y un menchevistas, que habían abandonado el partido y formado un bloque con los cadetes. El jefe de ese grupo era F. Dan.

Lenin formuló su opinión entonces en las siguientes palabras: En el ataque a los opositores políticos es la forma, no el contenido, de importancia. En realidad, la forma representa el tono que dirige toda la música. La forma debe ser, pues, tal que provoque en el oyente o en el lector odio, desprecio, horror contra los atacados. La misión de la forma no es convencer sino dispersar las filas de los adversarios, no mejorar sus defectos, sino aniquilar su organización y su actividad, extirparlas de la Tierra. La forma del ataque debe ser tal que incite a los peores pensamientos y a la sospecha y lleve el caos y la desorientación a las filas del proletariado. Al preguntársele si no pensaba que tales métodos son reprobables, contestó Lenin: Ciertamente cuando se aplican al propio partido y contra los propios camaradas. Pero en la lucha contra todos los adversarios políticos no sólo no es reprochable ese método, sino que es digno de recomendación y necesario. Lo repito, en mi ataque contra los grupos salidos de los menchevistas he escogido intencional y conscientemente esa forma, que es apropiada para escindir las filas del proletariado y provocar odio, desconfianza y horror contra nuestros enemigos políticos.

Nadie puede hacer a Lenin el reproche de que ha utilizado sutilidades alguna vez. Pero eso no puede encubrir el hecho de que toda su vida ha esparcido un peligroso veneno en las filas del proletariado. Las filas de su pequeño partido fueron infestadas poco a poco. Mientras Lenin tuvo en sus manos los hilos del bolchevismo, no podía surgir nada a la superficie. Pero ahora que la muerte misma ha disuelto el férreo puño, hace explosión el veneno contenido y amenaza devorar el edificio entero que ha construido tan diligentemente el gran jesuita de nuestro tiempo.


La muerte es la gran niveladora de toda la vida. Fue hacia Lenin como había ido sobre los montones de víctimas del leninismo, sólo que hacia él fue con más consideración. Dora Kaplan, Fanny Baron, León Tchorny y muchos otros debieron morir más de una muerte cruel antes de que la tcheka de Lenin los colocara de espaldas a los muros. Sus cuerpos muertos no fueron expuestos a la vista. Ningún homenaje se les ha ofrendado. Ningún canto mortuorio resonó en su sarcófago y las campanas de las cuarenta iglesias de Moscú no les rindieron ningún quejumbroso acompañamiento. Murieron de una muerte afrentosa, pues habían quedado fieles a la revolución, aunque no tuvieron éxito. No así Lenin. Este tuvo éxito. Consiguió poner en pie su máquina. Ha despertado a nueva vida todos los males que la revolución quería extirpar: el capitalismo, la explotación y todo lo que de ello se deriva. No es milagro que Lenin fuera enterrado con la pompa de un potentado y que su reino sea reconocido hoy por las potencias europeas. ¿Y por qué no? La revolución ha muerto. ¡Larga vida al leninismo!

El Vaticano, Mussolini, el patriarca Tikon, los reaccionarios, los aventureros y arribistas del mundo pagan ahora su tributo al hombre que hubieran matado hace siete años si hubiese caído en sus manos. ¡Mentirosos e hipócritas todos! La expresión de su respeto y de su simpatía es solo una máscara tras la cual ocultan su alegría porque el leninismo les ha proporcionado la llave de las riquezas de Rusia, que ahora están dispuestos a extraer hasta el fondo.


Pero la última palabra en la determinación de Rusia no ha sido dicha aun. El pueblo, tan grande en su cólera de los días de octubre, se levantará de nuevo y testimoniará que el triunfo delleninismo y su muerto jefe fue al mismo tiempo su trágica derrota.

Título: Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin
Autor/a: Emma Goldman
Fecha: 1924
Tema: Lenin
Fuente: Recuperado el 13 de junio de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
Notas: Publicado originalmente en Berlín, febrero de 1924.
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Texto extraído de: theanarchistlibrary.org

lunes, 19 de octubre de 2015

CALIFORNIA, Emma Goldman

Emma Goldman
California

Escrito: En o antes de 1910.
Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).

¡California, el oeste dorado siempre joven y hermoso, hay fuerza en tus brazos y fuego en tu sangre! ¡Sin duda continuarás siendo la irresistible tentación de los hombres! Viril de miembros y abierta de espíritu, California se ha vuelto rápidamente el campo donde el Trabajo, ese moderno gladiador, se prepara para la contienda futura. San Francisco es el gran campo de batalla que crece más desafiante y rebelde. Pero que Los Ángeles se uniera a la carrera es algo más allá de lo que un optimista hubiera esperado. Hace dos años Los Ángeles era un asilo de parásitos y extravagantes, una ciudad cuya población era predominantemente flotante y sin personalidad propia. El eterno espíritu de la revolución y la solidaridad de los trabajadores han transformado a la enferma planta de invernadero en una planta salvaje con sus ramas expandiéndose en busca de más luz y libertad. El firme, desafiante trabajo, confronta al letal reptil, la conspiración de los mercaderes y la asociación de industriales, presidida por el Zar Otis y la agencia de detectives Burns como su instrumento. En verdad, el trabajo precisa ser desafiante para enfrentarse a esta monstruosa hidra.

¡Queridos camaradas del 1887, Parsons, Spies, Lingg, Engel y Fischer! Al fin, después de veinticuatro años, vuestra preciosa sangre está actuando como estímulo para vuestros hermanos norteamericanos. Nunca antes, ni siquiera durante la cobarde conspiración de 1903 ha hablado vuestro silencio con más fuerza que ahora en Los Ángeles y en San Francisco. Nunca antes vuestro mutismo encontró mayor eco, tan profundo aprecio.

Aún el enemigo advierte el poder de este silencio tu mismo enemigo que aplastó a nuestros hermanos se prepara ahora para repetir su orgía. ¡Los mismos enemigos, y sin embargo cuán diferentes! Los Gary, Grinnell, Bonfield y los Schaacks son los mismos, trasplantados de Chicago a Los Ángeles. Judas Iscariote es el mismo. También lo es la prensa mentirosa. El mismo apetito incontenible por la libra de carne, los mismos métodos infames, la misma bárbara cacería de hombres. Todo es lo mismo, salvo una cosa: los trabajadores han madurado, son más sabios, firmes y más solidarios. Y el Capital lo sabe, sabe que no será capaz de repetir el crimen nefando del 11 de noviembre de 1887. ¡Queridos camaradas, vuestra heroica muerte no ha sido en vano!


El eterno espíritu de la revolución que se manifiesta en la lucha de los trabajadores de la costa oeste ha sido robustecida por un espíritu aún más amplio de alcances más poderoso en expresión que viene del Sur a través de la frontera. La Revolución en México, el acontecimiento más preñado de nuestros días. Nadie se deje engañar por una prensa mentirosa que aspira a convertir a ese gran levantamiento en una algarada política. No, no, es el humillado, explotado y mancillado peón que se despierta a su hombría. Es la eterna víctima del dinero y el poder que ahora canta una canción que os levanta asombrados de vuestros soñolientos retiros.

¡Hasta que vuestro corazón, vuestro cobarde corazón, vuestro corazón traidor, palpite con terror!

¡Tierra y Libertad! es el grito de guerra de los rebeldes mexicanos. ¡Qué otra llamarada más grande o sublime puede servir de causa para encender el fuego de la rebelión! ¡Qué otra causa puede merecer el apoyo de todos los verdaderos revolucionarios!

Y sin embargo es tan ominoso el veneno de la prensa que la gente que debería estar mejor informada, está influenciada por ella y es indiferente al levantamiento más grandioso de nuestro tiempo.
Quisiera tener la elocuencia de un Camille Desmoulin, o la pluma de un Marat, para transmitir el espíritu y la devoción que inspira los heroicos esfuerzos de los rebeldes mexicanos. Entonces estaría segura de que nadie dejaría de advertir que, cualquiera que sea el comienzo o el final dela Revolución, ésta ha superado las limitaciones de las consideraciones políticas, hacía la meta de la emancipación económica ¡Tierra y Libertad!
Portada de Regeneración
con retratos de la Junta Organizadora del PLM 
y anarquistas europeos, 1910.
Es ésta la gran aspiración que impulsa a tan sublime abandono tal y como lo manifiestan los rebeldes mexicanos, y especialmente ese grupo de hombres que contemplan la verdadera alma de la lucha: Ricardo y Enrique Flores Magón y sus correligionarios en la Junta Liberal. Tanta energía, casi sobrehumana, en su esfuerzo, tal devoción gloriosa, tan hermosa perseverancia ¿serán ahogadas en sangre por la alianza Madero-Taft, o rechazarán los mexicanos tan sangrienta burla? La respuesta depende con mucho de los trabajadores, los elementos radicales y, especialmente, de los simpatizantes norteamericanos. En cada uno de nosotros, que representa las tradiciones revolucionarias del pasado, descansa la grave responsabilidad del fracaso o la victoria de la Revolución Mexicana.


Esto entonces será, y al pueblo incluso se unirán vuestros ejércitos,
Y sobre vuestras cervices, vuestras testas, vuestras coronas,
Plantaré mi fuerte, irresistible pie.

Con tan grandes fuerzas operando en California del Sur no sorprende del todo que la misma psicología de Los Ángeles haya experimentado tan maravilloso cambio. Basta ya de estúpida y superflua pérdida de tiempo en lo intrascendente. El eterno espíritu de la revolución, la huelga general dirigida contra la acción de la politiquería. Esas son las cuestiones más sensibles a la gente de California, nada más importa.

La gente de la Costa ha probado ser leal, pero esta vez se ha superado a sí misma. Once reuniones en Los Ángeles, ocho reuniones y un debate en San Francisco, atrajeron enormes multitudes que llenaron los locales con mucha seriedad y entusiasmo que hasta se aviene una con las penalidades y vicisitudes del recorrido. El debate fue de particular importancia pues es la primera vez que el Templo del Trabajo de San Francisco abrió sus puertas a la voz del Anarquismo, también porque mi oponente, el señor McDevitt, es el único antagonista socialista durante mi gira que sabe sus manuales y aún algo de Anarquismo.

Dos reuniones en San Diego y dos en Fresno, agregadas a las de Los Ángeles y San Francisco señalan las mejores jornadas de nuestro largo y azaroso viaje. Mejores por cuanto la asistencia y la distribución de literatura y, aún, por la bienvenida que se nos tributó, pero mejores sobre todo por la inspiración, el aliento y la esperanza imbuidas por el indestructible, sempiterno espíritu de la rebelión. Parece que ha emergido lo mejor de cada uno, según el celo maravilloso y la devoción con la que cada quien trabajó. Nuestros camaradas en Los Ángeles, Owen,Cravello, Riddle, Wirth, y otros, pusieron lo mejor de su parte para que se celebraran las reuniones. El querido y viejo correligionario de San Francisco, John Gassel, siempre en su puesto, Briesen, Belinsky y muchos más, no menos activos. Luego Ernest Besselman, incansable y honesto. Mi amable anfitrión E. E. Kirk, y... tantos otros que quisiera me alcanzara el espacio para mencionarlos.

¡California, el oeste dorado siempre joven! Hay fuerza en tus miembros y fuego en tu sangre. He probado ambos y estoy bien preparada para enfrentar mi camino hasta el final.


California
Autor/a: Emma Goldman
Fuente: Recuperado el 13 de junio de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
Notas: Traducción del inglés por Gonzalo Lara.
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Texto extraído de: theanarchistlibrary

miércoles, 26 de agosto de 2015

CELOS, CAUSAS Y POSIBLE CURA, por Emma Goldman

Emma Goldman
Celos, Causas y posible cura


Texto extraído de "La hipocresía del puritanismo y otros ensayos"

Nadie en absoluto capaz de una intensa vida interior consciente, necesita tener la esperanza de escapar de la angustia mental y el sufrimiento. El dolor, y a menudo la desesperación, por la llamada idoneidad eterna de las cosas son los compañeros más persistentes de nuestras vidas. Pero estos sentimientos no llegan a nosotros de la nada, sino a través de las malas acciones de la gente. Éstas condicionan nuestro propio ser, en efecto, están entrelazadas a través de miles de gruesos y suaves hilos con nuestra existencia.

Es absolutamente necesario que nos demos cuenta de esto, porque la gente que no deja escapar la noción de que su desventura se debe a la debilidad de sus compañeros, nunca puede superar el odio y la maldad mezquina que constantemente culpa, condena y acosa a aquellos por algo que es inevitable, como parte de sí mismos. Esa gente no llegará a las alturas de una verdadera humanidad al que el bien y el mal, la moral y la inmoralidad, no son sino términos limitados a las emociones humanas en el mar de la vida.


El filosofo del “Más allá del Bien y el Mal”, Nietzsche, en este momento se le ve como el perpetrador del odio nacional y la destrucción de ametralladoras; pero solo los malos lectores y malos alumnos lo interpretan así. “Más allá del Bien y el Mal” significa más allá de la persecución, más allá de juicios, más allá de matar, etc. “Más allá del Bien y el Mal” abre a nuestros ojos a lo más profundo de la afirmación individual combinada con el entendimiento de otros que no son como nosotros, que son diferentes.

Con eso no me refiero al torpe intento de la democracia de regular las complejidades del ser humano a través de la igualdad externa. La visión de “Más allá del Bien y el Mal” apunta a la derecha de uno mismo, a la personalidad de uno. Tales posibilidades no excluyen el dolor del caos de la vida, pero excluyen la rectitud puritana que sienta juicio sobre todos, excepto uno mismo.

Resulta evidente que el más completo radical (y es que hay muchos que no poseen sentido común) debe aplicar este profundo reconocimiento humano de la relación entre el amor y el sexo. Las emociones sexuales y el amor están entre las más intimas, las más sensibles e intensas expresiones de nuestro ser. Están tan relacionadas con los rasgos físicos y psíquicos individuales que cada romance acabaría en un romance independiente como ningún otro. En otras palabras, cada amor es el resultado de las impresiones y características que las dos personas involucradas le dan. Cada relación amorosa debe, por su misma naturaleza, permanecer como un romance privado. Ni el estado, ni la iglesia, ni la moral, ni la gente deben meterse con eso.

Desafortunadamente este no es el caso. La relación más íntima es objeto de prohibiciones, regulaciones y coerciones, sin embargo estos factores externos son absolutamente ajenos al amor, y por lo tanto llevan a eternas contradicciones y conflictos entre el amor y la ley.

El resultado de esto, es que nuestra vida amorosa se mezcla con la corrupción y la degradación. El “Amor Puro” tan aclamado por los poetas, es hoy en día matrimonio, divorcio y disputas, de seguro un raro espécimen. Con el dinero, estatus social y posiciones como criterios para el amor, la prostitución es inevitable, incluso si se cubre con un manto de legitimidad y moralidad.

El mal más prevaleciente de nuestra mutilada vida amorosa son los celos, a veces descritos como “El Monstruo de Ojos Verdes” que miente, engaña, traiciona y mata. La noción popular es que los celos son innatos y por lo tanto no se pueden erradicar del corazón humano. Esta idea es conveniente para aquellos que carecen de la habilidad y la astucia para profundizar en la causa y el efecto.


Angustia por un amor perdido, por el hilo roto que le daba continuidad del amor. El dolor emocional ha inspirado las más sublimes palabras, profundos puntos de vista y la exaltación poética de un Byron, Shelley, Heine y otros de su tipo. ¿Pero alguien podrá comparar este dolor con lo que comúnmente se llama celos? Son tan diferentes como la sabiduría y la estupidez. Como el refinamiento y la tosquedad. Como la dignidad y la coerción brutal. Los celos son lo opuesto al entendimiento, a la simpatía, a un sentimiento de generosidad. Los celos no le aportan nada al individuo, no lo hace grande y fino. Lo que hace es cegarlo con ira, atormentarlo con sospechas y herirlo con envidia.

Celos, las contorsiones de lo que vemos en las comedias y tragedias matrimoniales, son invariablemente de un solo bando, intolerantes acusadores, convencidos de su propia rectitud y de la maldad, crueldad y culpa de sus victimas. Los celos no intentan entender, su deseo es castigar, tan severamente como les sea posible. Esta noción está incorporada en el código de honor, representada como un duelo o una ley no escrita. Un código que sostiene que la seducción de una mujer debe ser expiada con la muerte del seductor, incluso donde la seducción no tuvo lugar. Donde ambos han cedido voluntariamente a la tentación más profunda, el honor solo se restaura cuando hay sangre derramada, sea la de él o la de ella.

Los celos están obsesionados con la posesión y la venganza. Están acorde con todas las leyes punitivas sobre los estatutos que se adhieren a la barbárica noción de que una ofensa, que es a menudo simplemente el resultado de los males sociales, debe ser adecuadamente castigada o vengada.

Se puede encontrar una fuerte discusión contra los celos en los escritos de historiadores como Reclus, Morgan y otros, como en las relaciones sexuales entre la gente primitiva. Cualquiera que esté familiarizado con sus trabajos sabe que la monogamia es una versión tardía del sexo que tuvo lugar gracias a la domesticación y apropiación de la mujer, lo que ha creado un monopolio sexual y la inevitable sensación de celos.


En el pasado, cuando los hombres y mujeres se entremezclaban unos con otros sin la intervención de leyes ni moral, no podía haber celos, porque el principio se basa en la presunción de que el hombre tiene un monopolio sexual sobre cierta mujer y vice-versa. En el momento en que alguien se atreve a ir mas allá de este recinto sagrado, los celos estarán al alza. Bajo estas circunstancias es ridículo decir que los celos son perfectamente naturales. De hecho, es el resultado artificial de una causa artificial, más nada.

Desafortunadamente, no son solo los matrimonios conservadores los que están saturados con esta noción del sexo monopolizado; las llamadas uniones libres también son victimas. Podría decirse que esta es otra prueba más de que los celos son un rasgo innato. Pero debe tenerse en cuenta que el sexo monopolizado ha sido transmitido de generación en generación y se ha plasmado como la base de la pureza de la familia y del hogar. Y justo cuando la iglesia y el estado vieron el sexo monopolizado como la única forma de asegurar los lazos maritales, ambos han justificado los celos como una legítima de defensa para la protección del derecho de propiedad.

Ahora, mientras la mayoría de la gente ha superado la legalidad del sexo monopolizado, pero no ha superado sus hábitos y tradiciones. Por eso, han sido tan cegados por el “Monstruo de Ojos Verdes” como sus vecinos conservadores al momento en que sus posesiones están en juego.

Un hombre o mujer lo suficientemente libre y maduro para no interferir ni armar un alboroto por las atracciones externas de la pareja seguro será despreciado por sus amigos conservadores y ridiculizado por los más radicales. Será llamado degenerado o cobarde; con mucha frecuencia se le imputaran motivos materiales menores. Estos hombres y mujeres serán objeto de chismes y chistes de mal gusto por el solo hecho de que le conceden a sus esposas, esposos o amantes, derechos sobre sus propios cuerpos y expresiones emocionales sin montar escenas celosas ni amenazas de muerte al intruso.


Hay otros factores que influyen en los celos: La vanidad del hombre y la envidia de la mujer. El hombre, en materia de sexo, es un impostor, un fanfarrón, que siempre se jacta de sus hazañas y éxitos con las mujeres. Insiste en adoptar el papel de conquistador, ya que se le ha dicho que la mujer quiere ser conquistada, que les gusta ser seducidas. Haciéndole sentir como el único huevo en el granero, o el toro que debe chocar los cuernos con otro para ganar a la vaca, su vanidad y arrogancia se sienten heridos de muerte en el momento en que un rival aparece en escena, que aun entre los llamados hombres refinados, continua siendo el amor sexual de la mujer, que debe pertenecer solo a un amo.

En otras palabras, el casi extinto monopolio sexual junto con la irreverente vanidad del hombre en 99 casos de 100 son los antecedentes de los celos.

En el caso de la mujer, el miedo económico de ellas y sus niños y la penosa envidia hacia otras mujeres que obtienen gracia en los ojos de su acompañante, invariablemente crea celos. En justicia a las mujeres, desde hace siglos, la atracción física era su única carta sobre la mesa, por eso, necesita envidiar el encanto y valor de otras mujeres que amenazan quedarse con su propiedad preciada.

Lo más grotesco de todo es que hombres y mujeres pueden llegar a ser violentamente celosos de aquellos quienes no les importan. No es el amor ultrajado, sino la envidia y vanidad los que se pronuncian contra este “terrible mal”. Y es probable que la mujer nunca haya amado al hombre del que ahora sospecha y espía. Probablemente ella nunca ha hecho un esfuerzo por mantener ese amor. Pero en el momento en que un competidor aparece, ella empieza a valorar su propiedad sexual para defender lo que de otra forma seria vil y cruel.

Obviamente, los celos no son un resultado del amor. De hecho, si fuese posible investigar muchos casos de celos, seria muy probable encontrar que mientras menos gente esta imbuida en un gran amor más violento y competitivo serán los celos. Dos personas unidas por una armonía interna no tienen miedo ni pretenden perjudicar la confianza mutua y la seguridad que se tienen si uno u otro tiene atracciones externas, y sus relaciones no terminaran en una vil enemistad, como pasa con mucha gente. No serán capaces, ni se esperará, que acepten la elección de su pareja en la intimidad de sus vidas, pero eso no le da a ninguno el derecho de negar la necesidad de la atracción.

Como discutiré la variedad y la monogamia en dos semanas, no hablaré sobre eso aquí, solo diré que ver a personas que aman a más de una persona como perversos y anormales es ser muy ignorante.
Ya he discutido varias causas de los celos a las que debo agregar la institución del matrimonio, que la Iglesia y el Estado proclaman como “Lo que los une hasta que la muerte los separe”. Esto es aceptado como el modo más ético de vivir y de hacer las cosas.

Con el amor, en todas sus variantes y cambios, encadenado y estrecho, no es de extrañar que los celos surgieran. Que más que maldad, sospechas y rencor pueden surgir cuando un hombre y una mujer son oficialmente unidos con “De ahora en adelante son uno en cuerpo y alma”. Solo vean a cualquier pareja unida de esa manera. Dependiendo uno del otro para cada pensamiento y sensación, sin intereses ni deseos individuales, y pregúntate a ti mismo si esa relación no se tornará odiosa e insoportable con el tiempo.

De una manera u otra las cadenas se cortan, y como las circunstancias que llevaron a esto son bajas y denigrantes, no sorprende que se saque a relucir las características y motivaciones más mezquinas y perversas del ser humano


En otras palabras, la intervención legal, religiosa y moral son los padres de nuestra innatural vida sexual y amorosa, y de eso es que los celos se han ido alimentando. Es el látigo que castiga y tortura a los pobres mortales por su estupidez, ignorancia y prejuicios.

Pero nadie necesita justificarse a si mismo por ser una víctima de estas condiciones. Es muy cierto que todos caemos bajo el peso de inicuos acuerdos sociales bajo coerción y ceguera moral. Pero no somos individuos conscientes, ¿De quién es el deber de llevar verdad y justicia a los asuntos humanos? La teoría de que el hombre es un producto de estas condiciones ha llevado solo a la indiferencia y a una lenta aceptación de estas condiciones. Aun así, todo el mundo sabe que la adaptación a un modo de vida injusto y no saludable solo fortalece ambas cosas, mientras el hombre, el así llamado “Corona de la Creación”, equipado con la habilidad de pensar y ver por encima de todo para emplear sus poderes de iniciativa, se debilita, se vuelve más pasivo, más fatalista.

No hay nada más terrible y fatal que profundizar en las entrañas de nuestros seres queridos y de uno mismo. Solo ayudará a romper los delgados hilos de afecto que aun hay en la relación y finalmente nos llevara hasta el último surco, que es lo que los celos intentan prevenir, la aniquilación del amor, la amistad y el respeto.


Los celos son un medio inútil para preservar el amor, pero es un medio bastante útil para destruir el respeto hacia nosotros mismos. Para la gente celosa, como los adictos, es llegar a lo más bajo y al final solo inspiran asco y desgracia.

La angustia por la pérdida de un amor o un amor no correspondido entre la gente que es capaz de tener finos pensamientos no volverá tosca a esa persona. Aquellos que son sensibles y delicados solo tienen que preguntarse a si mismos si pueden tolerar una relación obligatoria y un enfático NO se obtendría como respuesta. Pero mucha gente sigue viviendo cerca del otro, aunque hace tiempo dejaron de vivir juntos–una vida lo suficientemente fértil para las operaciones de los celos, cuyos métodos van desde abrir la correspondencia privada hasta el asesinato. Comparado con estos horrores, el adulterio abierto parece un acto de coraje y liberación.

Un fuerte escudo contra las vulgaridades de los celos es que el hombre y la mujer no son uno en cuerpo y espíritu. Son dos seres humanos con diferentes temperamentos, sentimientos y emociones. Cada uno es un pequeño cosmos de si mismo, envuelto en sus propios pensamientos e ideas. Sería glorioso y poético si estos dos mundos se fusionaran en libertad e igualdad. Incluso si esto dura poco tiempo valdría la pena. Pero el momento en que estos dos mundos son forzados a estar juntos, toda la belleza y fragancias no dejan más que hojas muertas. Quien entienda esto tendrá en cuenta que los celos están dentro y no les permitirá cargar con una espada de Damocles sobre él.

Todos los amantes hacen bien en dejar las puertas de su amor bien abiertas. Cuando el amor pueda ir y venir sin miedo a encontrarse con un perro guardián, los celos rara vez crecerán porque aprenderá que donde no hay llaves ni candados no hay lugar para sospechas y desconfianza. Dos elementos que hacen que los celos prosperen.

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Manuscritos y Archivos de la División La Biblioteca Pública de Nueva Yor Astor, Lenox y Tilden Fundaciones 

El Texto original en ingles se encuentra en el suguiente Linkhttp://dwardmac.pitzer.edu/anarchist_archives/goldman/jealousy.html

viernes, 14 de agosto de 2015

EMMA GOLDMAN: ANARQUÍA Y LA CUESTIÓN SEXUAL (1896)

Publicado en The Alarm, 27 de Septiembre de 1896

Traducción al castellano: @rebeldealegre


El obrero, cuya fuerza y musculatura son tan admiradas por los pálidos y enclenques hijos de los ricos, y que sin embargo cuya labor apenas le trae suficiente como para mantener al lobo de la inanición tras la puerta, se casa solo para tener una esposa y ama de casa, quien debe trabajar como esclava desde la mañana hasta la noche, quien debe hacer todo esfuerzo por mantener bajos los gastos. Sus nervios están tan cansados por el continuo esfuerzo por hacer que el lamentable salario de su esposo les sustente a ambos, que se torna ella irritable y ya no logra esconder su deseo de afecto por su señor y amo, quien, ay! pronto llega a la conclusión de que sus esperanzas y planes se han perdido, y entonces comienza prácticamente a pensar que el matrimonio es un fracaso.


LA CADENA SE VUELVE MÁS Y MÁS PESADA


A medida que los gastos se vuelven mayores en vez de menores, la esposa, que ha perdido toda la pequeña fortaleza que tenía en el matrimonio, de igual modo se siente traicionada, y la constante preocupación y temor de la inanición consume su belleza en corto tiempo después del casamiento. Se desanima, abandona sus tareas domésticas, y como no hay lazos de amor y simpatía entre ella y su esposo como para darles fuerzas para enfrentar la miseria y la pobreza de sus vidas, en vez de aferrarse el uno al otro, se separan más y más, y se impacientan más y más con las faltas de cada cual.
El hombre no puede, como el millonario, ir a su club, pero va a un salón e intenta ahogar su miseria en un vaso de cerveza o whiskey. La desafortunada compañera de su miseria, que es demasiado honesta como para buscar el olvido en los brazos de un amante, y demasiado pobre como para permitirse cualquier recreación o diversión legítima, permanece en medio del entorno escuálido y mantenido a medias que llama hogar, y lamenta agriamente la locura que le llevó a ser esposa de un hombre pobre.
Sin embargo no hay modo en que se separen.


PERO DEBEN AGUANTÁRSELAS.


Por mortificante que sea la cadena que en sus cuellos ha sido puesta por la ley y la Iglesia, no debe ser rota a menos que aquellas dos personas decidan permitir que lo sea.
Fuese la ley lo suficientemente misericordiosa como para concederles libertad, cada detalle de su vida privada debe ser llevada a la luz. La mujer es condenada por la opinión pública y su vida completa es arruinada. El temor a esta desgracia con frecuencia le hace colapsar bajo el gran peso de la vida de casada sin atreverse a introducir una sola protesta contra el indignante sistema que la ha destrozado a ella y a tantas de sus hermanas.
Los ricos lo aguantan para evitar el escándalo — los pobres por el bien de sus hijos y el temor a la opinión pública. Sus vidas son una larga seguidilla de hipocresía y engaño.
La mujer que vende sus favores está en libertad de abandonar al hombre que la compra en cualquier momento, mientras “la respetable esposa” no se puede liberar de una unión que le es mortificante.
Todas las uniones no naturales que no son santificadas por el amor son prostitución, ya sea sancionadas por la Iglesia y la sociedad o no. Tales uniones no pueden tener más que una influencia degradante tanto en la moral como en la salud de la sociedad.


EL SISTEMA TIENE LA CULPA

El sistema que obliga a las mujeres a vender su femineidad e independencia al mejor postor es una rama del mismo vil sistema que le da a unos pocos el derecho a vivir de la riqueza producida por su prójimo, el 99 por ciento de los cuales debe esforzarse y trabajar como esclavo temprano y tarde por apenas lo suficiente para mantener unidos alma y cuerpo, mientras los frutos de su trabajo son absorbidos por unos cuantos vampiros ociosos que se rodean de todo el lujo que la riqueza pueda comprar.
Miremos por un momento dos imágenes de este sistema social decimonónico.
Miremos los hogares de los adinerados, aquellos palacios magníficos cuyo costoso amoblado pondría a miles de hombres y mujeres necesitados en circunstancias confortables. Miremos a las fiestas y cenas de estos hijos e hijas de la riqueza, una sola corrida de las cuales alimentaría a cientos de hambrientos para quienes una comida llena de pan remojado en agua es un lujo. Miremos a estos religiosos de la moda mientras pasan sus días inventando nuevos modos de goce egoísta — teatros, bailes, conciertos, paseos en yate, corriendo de un lado del mundo al otro en su búsqueda demente por regocijo y placer. Y luego giremos por un momento y miremos a quienes producen la riqueza que paga estos disfrutes excesivos y artificiales.


LA OTRA IMAGEN


Mírenlos arreados en sótanos oscuros y húmedos, donde nunca tienen un respiro de aire fresco, vestidos con retazos, llevando sus cargas de miseria de la cuna a la tumba, sus hijos corriendo por las calles, desnudos, con hambre, sin nadie que les ofrezca una palabra de amor o un cuidado con ternura, creciendo en la ignorancia y la superstición, maldiciendo el día de su nacimiento.
Miren estos dos asombrosos contrastes, ustedes moralistas y filántropos, y díganme a quién hay que culpar por ello! ¿A aquellas que son conducidas a la prostitución, ya sea legal o no, o a aquellos que conducen a las víctimas a tamaña desmoralización?
La causa yace no en la prostitución, sino en la sociedad misma; en el sistema de desigualdad de la propiedad privada y en el Estado y la Iglesia. En el sistema legalizado de robo, asesinato y violación de mujeres inocentes y niños desamparados.


LA CURA PARA EL MAL.


No será hasta que este monstruo sea destruido que nos desharemos de la enfermedad que existe en el Senado y todos los cargos públicos; en las casas de los ricos como también en los miserables caserones de los pobres. La humanidad debe hacerse consciente de su fuerza y sus capacidades, debe ser libre de comenzar una nueva vida, una mejor y más noble vida.
La prostitución nunca será suprimida por los medios empleados por el Rev. Dr. Parkhurst y otros reformistas. Existirá mientras exista el sistema que la engendra.
Cuando todos estos reformistas unan sus esfuerzos con quienes están luchando por abolir el sistema que engendra este crimen de toda descripción y erigir uno basado en la equidad perfecta — un sistema que garantice a cada miembro, hombre, mujer, o niño, los frutos totales de su labor y un derecho perfectamente igual a disfrutar los dones de la naturaleza y a alcanzar el más alto conocimiento — la mujer será auto-suficiente e independiente. Su salud ya no será aplastada por el esfuerzo y la esclavitud sin fin, ya no será víctima del hombre, y el hombre ya no poseerá pasiones y vicios nada saludables y antinaturales.


EL SUEÑO DE UNA ANARQUISTA


Cada cual entrará al matrimonio con fuerza física y confianza moral mutua. Cada cual amará y estimará al otro, y ayudará a trabajar no solo por su propio bienestar, sino, siendo felices ellos mismos, desearán también la felicidad universal de la humanidad. La prole de tales uniones será fuerte y sana de mente y cuerpo y honrará y respetará a sus padres, no por que sea su deber hacerlo, sino porque los padres lo merecen. Serán instruidos y cuidados por la comunidad toda y serán libres de seguir sus propias inclinaciones, y no habrá necesidad de enseñarles el servilismo y el vil arte de asediar a sus semejantes. Su propósito en la vida será, no obtener poder por sobre sus hermanos, sino ganarse el respeto y la estima de cada miembro de la comunidad.


DIVORCIO ANARQUISTA.

Si la unión de un hombre y una mujer probase ser insatisfactoria y desagradable para ellos, se separarán de manera tranquila y amistosa, y no viciarán las diversos vínculos del matrimonio continuando con una unión incompatible.
Si, en vez de perseguir a las víctimas, los reformistas de hoy unen sus esfuerzos para erradicar la causa, la prostitución ya no deshonrará más a la humanidad.
Reprimir a una clase y proteger a otra es peor que la demencia. Es criminal. No aparten sus cabezas, ustedes hombres y mujeres morales.
No permitan que su prejuicio les influya: miren el asunto desde un punto de vista imparcial.
En vez de ejercer su fuerza inútilmente, unan las manos y ayuden a abolir el sistema corrupto y enfermo.
Si la vida conyugal no les ha despojado el honor y el respeto por sí mismos, si no tienen más que amor por quienes ustedes llaman sus hijos, deben, por su propio bien como por el de ellos, buscar la emancipación y establecer la libertad. Entonces, y solo entonces, los males del matrimonio cesarán.


FIN

Publicado en The Alarm, 27 de Septiembre de 1896.
Extraído de: rebeldealegre