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jueves, 3 de marzo de 2016

LOS HECHIZOS DE LA HISTORIA

by Cecilia y Javi 

Cuando reflexionamos sobre la mujer, su rol histórico en la sociedad y la forma en la que se ha entendido su libertad, nos encontramos con un sinfín de realidades crueles, de mucha violencia y autoritarismo sobre el género femenino, su cuerpo, su mente y su identidad. Esta vez, hablamos de las “brujas” de Salem.

Ilustración: Javi
En sociedades tradicionalmente patriarcales y dominadas por hombres, las mujeres han sufrido históricamente todo tipo de violaciones a sus derechos. Los métodos de control que fueron utilizados a modo de legitimar un poder y una supuesta superioridad masculina no tenía (tienen) razón de ser. En el día de hoy nos reunimos en torno a esa palabra dura y difícil de comprender tan opuesta a la libertad: CONTROL.
Me interesa en estos renglones analizar la idea de control masculino sobre las identidades, sobre los cuerpos y las mentes de las mujeres desde un punto de vista social, entendiendo que siempre que fue necesario las sociedades establecieron maneras de justificar ciertas desigualdades y desequilibrios culturales, económicos o políticos. En el caso de las mujeres es significativo, pues mientras muchas minorías han logrado hacer valer sus derechos, hoy en día todavía se sigue manteniendo la creencia de que la mujer es el sexo débil, que se debe controlar su sexualidad y que se deben limitar las decisiones que cada una puede tomar sobre su propio cuerpo.

Uno de los fenómenos históricos que más me llaman la atención y que demuestran este irrefrenable deseo del hombre por ejercer el control sobre la mujer es el de aquellos tantisimos juicios que se llevaron a cabo en la ciudad de Salem, Massachussetts (así como también en otras ciudades de ese mismo estado) a fines del siglo XVII. Acusadas de brujería y de prácticas paganas que no coincidían con las religiones puritanas traídas desde Europa, muchas mujeres fueron expuestas a violentos juicios en los cuales hombres y mujeres supuestamente decorosos juzgaban la vestimenta de las jóvenes y decidían sobre su destino: la mayoría terminó siendo condenada a muerte por actos inmorales y de brujería. Solían ser arrestadas y condenadas el mismo día, claro está, sin posibilidad de defenderse o recurrir a ningún tipo de alegato. Varias de ellas antes de ser ejecutadas debieron pasar por histerectomías, operaciones en las cuales se les retiraba brutalmente el útero por considerárselo la fuente de todos los males.

Este caso particular nos habla de una situación excepcional que sin embargo fue la exacerbación de muchos valores que existían en menor medida en otras sociedades y que han dejado sin duda resabios hasta en las comunidades más avanzadas y modernas.
Algunos de ellos son las ideas sobre los poderes mágicos y oscuros que las mujeres pueden desarrollar en perjuicio de otros, sobre lo inmoral de su conducta, sobre lo inadecuado del comportamiento que cae por fuera de los parámetros considerados normales. La verdad es que para las comunidades puritanas como la de Salem estas mujeres representaban el descontrol, el miedo a perder capacidad de gobernarse bajo los valores éticos y religiosos, las licencias sexuales y libidinosas que llevarían a cualquier sociedad al caos absoluto. Ese miedo, esa falta de comprensión, esa necesidad de dirigir los cuerpos y las mentes femeninas justificaron semejante aberración y matanza.


Si bien hoy en día no podemos seguir hablando de una “caza de brujas” propiamente dicha, pongámonos a pensar por un momento, cuántas veces se hacen juicios sobre el comportamiento de las mujeres, sobre su forma de llevar la vestimenta o incluso su forma de relacionarse con otros.
Es común creer que una mujer decidida, que una mujer que no tiene miedo de decir lo que siente, o de disfrutar de los placeres de su cuerpo, es una mujer loca, desequilibrada, que busca llamar la atención y que debe recatarse para vivir en sociedad. Todavía muchas sociedades occidentales creen que la mujer debe guardarse al ámbito privado, por lo tanto aquella que se atreve a romper con ese mandato es una desfasada. Estudiar una carrera, tener una profesión, elegir no tener familia, seleccionar la vestimenta que más resalte su cuerpo, son todas acciones que no cualquier sociedad acepta para una mujer. Esas son también formas ocultas e invisibles de ejercer control sobre la libertad femenina, sobre las decisiones que podamos tomar sobre nuestra propia vida y destino.


Texto extraído de: Proyecto-kahlo

sábado, 27 de febrero de 2016

VIOLENCIA OBSTÉTRICA: MUJERES MALTRATADAS EN LA SOLEDAD DE LA SALA DE PARTOS

Aunque se presentan pocas denuncias, las agresiones y abusos de medicamentos al dar a luz son comunes; a muchas les impiden estar acompañadas; alarma por las estadísticas de cesáreas; cuánto cuesta un parto humanizado.


Tenía 21 años y estaba desnuda en el pasillo del hospital. De pie, llevaba en brazos a su hija recién nacida, recién arropada. Tenía las piernas ensangrentadas. Le extrañó ver tanta gente a medianoche. Después de unos minutos, una de las enfermeras del parto le entregó un paño de gasa. "Ponételo entre las piernas y andá para allá", le indicó. La mujer caminó. El pasillo le pareció interminable. "Caminá con las piernas cerradas que vas a sangrar y te vas a resbalar", escuchó. Se apoyó en la pared. Le costaba respirar. Entonces recibió una nueva indicación: "Respirá bien, porque te vas a desmayar y yo no te voy a levantar".


Finalmente Patricia Córdoba, primeriza, llegó sin ayuda al cuarto que le habían indicado. Su marido estaba en el edificio, pero el personal de salud del Hospital Evita Pueblo de Berazategui le había prohibido acompañarla en el parto. Cuando se encontró con él, horas después, no le contó lo que había pasado. Ni del maltrato antes de parir -por ejemplo, las cargadas- ni durante -las inyecciones de fármacos sin consultarla-, ni después. En ese momento, todo le pareció normal. Nunca había escuchado hablar de violencia obstétrica. En las paredes del hospital, repletas de carteles con recomendaciones, no había rastro de esas dos palabras.

Violencia obstétrica


Patricia conoció la expresión meses después, entre páginas web. La violencia obstétrica es una forma de violencia de género. Se ejerce contra las mujeres en las salas de los hospitales públicos y las clínicas privadas. No discrimina por clases sociales, ni edades, ni áreas geográficas. La sufren las adolescentes sin cobertura médica que dan a luz en hospitales públicos y mujeres de treinta que se atienden por la prepaga en sanatorios en la Capital.

Violencia obstétrica es negar información, practicar cesáreas innecesarias, inyectar fármacos cuando no corresponde, maltratar verbal y físicamente a las embarazadas antes, durante y después del parto. Está tipificada en la ley de Protección Integral a las mujeres (26.485), que a su vez cita la de parto humanizado (25.929), promulgada en 2004 pero reglamentada recién este año.

Según un relevamiento de este medio en hospitales y clínicas de la Capital y el conurbano, no hay carteles en los centros de salud que adviertan al respecto.

Una obstétrica con experiencia en el sector público y privado (eligió preservar su identidad) se mostró de acuerdo con la ley, pero advirtió que es imposible cumplirla. "No tienen en cuenta que no tenemos suficientes camas ni personal ni tiempo para esperar a que cada una tenga a su bebé cuando le salga", dijo a LA NACION.

Aunque existe la opción de contratar "aparte" a una obstétrica o médico obstetra "de confianza" para asegurarse un parto humanizado, cuesta entre 30 y 50 mil pesos.



Cesáreas


Delfina Bosco tenía 38 años cuando quedó embarazada. El profesional de su cobertura médica privada le había dado fecha para el 22 de diciembre. Tres semanas antes, una obstetra del Sanatorio Anchorena le practicó una maniobra para desencadenar el parto. "Como el bebé no bajó, me volvió a citar y me tomó la presión. Me dijo que tenía 14.9, el mínimo indicador de preeclamsia en el embarazo, que necesitaba una cesárea y me dio una orden de internación. Yo sentía que algo no estaba bien. En lugar de internarme, me fui a una farmacia y me tomé la presión. Tenía 10,6. Fui a tres farmacias. Fui a otro sanatorio para que lo certificaran. Todo con una panza enorme. Me iba dando cuenta de que no había ningún motivo para finalizar el embarazo, excepto que se acercaban las fiestas", contó.


Hoy, Delfina prepara una denuncia judicial. Desde el Sanatorio Anchorena, la directora médica de Neonatología dijo a LA NACION no tener registros de este tipo de situaciones: "Nuestra filosofía de trabajo es respetar los derechos de las madres y sus familia", expresó.

La discusión sobre la cantidad de cesáreas que se practican innecesariamente está vigente en el mundo. Aunque en la Argentina no hay cifras actuales sobre este tema, los expertos ubican el porcentaje en el sector privado por encima del 60% y en el público alrededor del 30%. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda que la tasa ideal de cesáreas oscile entre el 10% y el 15%. En 2005, ese organismo ubicó en el 35% la tasa en la Argentina.

"Se ha naturalizado la cesárea, es como si fuera 'la otra forma de parir' cuando en realidad es un recurso médico, que tiene una indicación precisa. A nadie le operan el apéndice por las dudas", ejemplifica María Pichot, fundadora de la asociación civil Dando a luz.

Denuncias


Gabriela Satriano vive en San Martín. Tenía 24 años cuando quedó embarazada y no contaba con una obra social cuando se le fisuró la bolsa amniótica. Fue a atenderse al Hospital Materno Infantil Ramón Sardá, en Capital. "Me hicieron muchos tactos dolorosos e innecesarios. Una enfermera incluso se sentó sobre mi panza para ver si el bebé bajaba [maniobra Kristeller]. Al final tuve una cesárea espantosa, me hicieron cualquier cosa. Yo no existía", cuenta en diálogo con LA NACION desde la casa de sus suegros en Villa Urquiza. Hoy, dos años y medio después, con su hijo a upa, está convencida de que tuvo un parto violento.

No se sabe cuántas mujeres son víctimas de violencia obstétrica en el país porque no hay estadísticas oficiales. En la página web del Ministerio de Justicia está disponible un formulario de denuncia específico, pero se reciben escasos reportes. Así lo reveló Perla Prigoshin, titular de la Comisión Nacional Coordinadora de Acciones para la Elaboración de Sanciones de Violencia de Género (Consavig), que forma parte de esa cartera. "Si esto no se dice, no existe", reflexiona desde la oficina con un grupo formado por psicólogas, médicas y representantes de las Defensoría del Pueblo de la Nación y de la Ciudad, del Inadi y de la Superintendencia de Servicios de Salud.


En cambio, en redes sociales las denuncias abundan. Basta con buscar "violencia obstétrica" en Facebook,TumblrBlogger y YouTube para encontrar cientos de grupos de diferentes provincias y ciudades de la Argentina y del mundo. LA NACION accedió a dos de ellos. Todos los días aparecen nuevos "posts" seguidos por decenas de comentarios. Allí, las mujeres vierten relatos de partos que consideran violentos. De médicos obstetras que les introdujeron vías para administrarles fármacos sin su consentimiento. De cesáreas que, aseguran, no eran necesarias. De maltratos físicos y verbales. De que las "transformaron en pacientes". De que las ataron y obligaron a estar quietas. De que no las dejaron ir al baño.

El año pasado, Agustina Petrella, recién embarazada de su segundo hijo, decidió que no quería volver a atenderse con el prestigioso obstetra de su primer embarazo. Había tenido una complicada cesárea y sospechaba que su médico se la había inducido con una cápsula de prostaglandina. Entonces buscó y encontró un obstetra que le prometió que esperaría el tiempo que ella necesitara para dilatar y tener un parto fisiológico (natural, vaginal). Iba a parir en la Clínica Bazterrica y para asegurarse le envió una carta a la institución en la que pidió un parto humanizado. Citó la ley 25.929 y especificó que después del nacimiento colocaran a la beba sobre su pecho, que no le dieran leche de fórmula y que no la vacunaran. Poco después recibió un llamado de la coordinadora de Neonatología. "Acá no hacemos parto humanizado, así que te recomiendo que te vayas a parir a otro lado", le informó. Petrella no tenía tiempo de buscar otro instituto y cuando empezaron las contracciones ingresó en la Bazterrica. "Me trataron muy mal, me gritaron y me amenazaron con que iban a judicializar a mi beba. 'Acá no estamos para cumplir los caprichitos de los padres', me dijo una médica a los gritos. Fue porque pedí un parto humanizado. Estaba aterrorizada", cuenta desde un café cerca de su casa en Recoleta.
Desde la Clínica Bazterrica prefirieron no hacer comentarios ante la consulta de este medio.


Obstétricas y obstetras

La carrera de Obstetricia dura cinco años en la Universidad de Buenos Aires. La residencia, cuatro. Las egresadas -en su gran mayoría mujeres, aunque se admiten estudiantes hombres desde 2000- son obstétricas, no obstetras, que son médicos especializados. Las obstétricas atienden embarazos, partos y puerperios normales. Cuando hay una anomalía, se ocupa el médico especialista.

"Nosotros nos formamos para evitar la violencia obstétrica. Tenemos un plus con respecto a los médicos, la parte psicológica y antropológica de nuestra formación, que supera la biológica. No tomamos a la mujer como una panza que viene caminando", dijo a LA NACION Catalina Gerace, del comité científico de la Asociación Obstétrica Argentina.

Hoy Patricia Solano tiene 27 años y una panza enorme. Falta poco para que llegue su tercer hijo y aún no decidió dónde parirlo. Lo que sabe es que no volverá al Hospital Evita Pueblo. "Una busca ayuda, no porque esté enferma, sino porque está por traer a alguien al mundo y no puede sola, necesita un médico al lado. Con este bebé espero que me toque algo mejor".

@brenstrum

bstruminger@lanacion.com.ar

Ley 26.485 de Protección Integral a las Mujeres: "Violencia obstétrica es aquella que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, expresada en un trato deshumanizado, un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, de conformidad con la ley 25.929.

Ley 25.929 de parto humanizado. Promulgada en 2004 pero reglamentada recién este año, protege los derechos de madres, padres y recién nacidos en el proceso de parto y nacimiento.

Encuesta


La agrupación Las Casildas -autora del video Voces contra la Violencia Obstétrica- lanzó días atrás el primer Observatorio de Violencia Obstétrica del país. Y divulgó una encuesta para recolectar y sistematizar datos que se transformen en estadísticas.


Texto extraído de: lanacion.com

domingo, 13 de diciembre de 2015

MATADLAS A TODAS


Somos cómplices silenciosos de una plaga que nadie se atreve a llamar así.


Hay un momento en La cosa (1982, John Carpenter) en que McReady, el personaje de Kurt Russell, reúne en un círculo —bengala en mano— a todos sus compañeros. “Seguro que no todos sois cosas, algunos debéis de ser humanos porque si no ahora mismo me atacaríais”. Yo también quiero creer que ahí fuera no todos son alienígenas.

Quiero creer que no vivo en un país de cafres, descendientes directos del neandertal, hijos de una tara neuronal que les obliga a asesinar a sus mujeres. Me consolaría saber que todos esos homicidas son una excepción, un simple fallo en la cadena evolutiva, el producto de unos antepasados con graves problemas de adaptación que acabaron transmitiendo sus genes a ejemplares fallidos, machos alfa venidos a menos.

Cincuenta y cuatro mujeres han sido asesinadas hasta el día de hoy(pos desgracia  tal vez cuando este artículo caiga en vuestras manos sean más las ASESINADAS) . Sus asesinos son presuntos, los cadáveres no. Cincuenta y cuatro víctimas en once meses. Si un grupo terrorista musulmán hubiera reivindicado cincuenta muertes en España en menos de un año no habría lugar en el infierno en el que pudieran esconderse. Aquí los agresores se esconden a plena vista: se mofan en Twitter, persiguen en Facebook, acosan por email. Algunos los justifican. Son los del «algo habrá hecho», los del «la culpa es de la ley que criminaliza al hombre», los de la jauría con vocación de piara donde uno ve los rostros de ciertos tertulianos. Los de «¿y las denuncias falsas qué?», como si un asesinato fuera el equivalente conceptual al falso testimonio. Llamamos “feminazis“ a las que nos molestan (lo que demuestra un dominio peripatético de los condicionantes históricos y del régimen nacionalsocialista en general), “maricones” a los que se solidarizan con ellas y “tontos” a los que abogan por un gran pacto de estado contra la violencia de género o simplemente protestan.

Seguimos el protocolo a rajatabla, eso sí: guardamos un minuto de silencio, ponemos la bandera a media asta, hacemos una manifestación. Y así hasta la próxima. Silencio, bandera, manifestación. Si le diéramos al fast forward eso sería todo lo que veríamos: una muerte tras otra, seguida de un silencio, una bandera a media asta y una manifestación.


Hace unas semanas vimos a tres de los presuntos responsables de las muertes por cortesía de la prensa: uno era un ricachón que abusaba de las drogas, el otro un ejemplar de gimnasio, el tercero un don nadie que se calzó un pasamontañas y unos guantes de látex para apuñalar a su mujer en plena calle. El primero ejecutó a su familia antes de pegarse un tiro; el segundo está en busca y captura después de matar a su exnovia y una amiga de esta; al tercero le cogieron en la calle, cuando ya había matado.

Ninguno de ellos, a pesar de su presunto tormento, escogió acabar con su propia vida antes de tomar la de los demás. Ninguno fue a la tienda a comprar una soga y se fue en silencio, sin molestar: todos tomaron la decisión de matar.
Porque podían. “La maté porque era mía”, dicen sin ambages. Cincuenta y cuatro mujeres han perdido la vida porque cincuenta y cuatro hombres no aceptaron que ellas podían hacer lo que les diera la gana con sus vidas. Ellas pueden dejarnos, manipularnos, amarnos o largarnos, y eso no puede ser, por supuesto, piensa el homínido, metido en un círculo de pensamiento que a veces comparte abiertamente con los colegas. Porque este es un país de hombres, de muy hombres, y no vamos a permitir que ellas hagan lo que les de la gana. ¿Qué se habrán creído? Y sí, esto no es México, ni Finlandia.

No somos seres de luz, ni espíritus libres, ni criaturas piadosas. Somos cómplices silenciosos de una plaga que nadie se atreve a llamar así. Cada vez que un hombre insinúa la responsabilidad colectiva que deberíamos asumir por el continuo menosprecio que sufre la mujer en nuestro país, una avalancha de insultos sepulta al majadero y le recuerda que aquí mandan los tipos de pelo en pecho y verbo ligero. Aquí somos muy machotes y hay que decirlo tantas veces como convenga.

Llegados al punto en que estamos ahora, donde muchas (muchas más de las que creemos) viven en el pánico más estruendoso sin que nadie mueva un dedo para aliviarlas, va siendo hora de escoger bando, más que nada para saber cuántos somos y cuántos son ellos. No hay equidistancia posible, no cuando las apuñalan, queman, disparan y humillan. No caben las contemporizaciones, , los eternos blablablá de los politicastros de turno o las excusas de baratillo que acaban resumidos en un «es que es muy complejo».


Tampoco caeré en la tentación de pensar que en otros sitios esto no pasa. Esto pasa en todas partes, pero este es el país en el que vivo, ese que presume de haber cerrado etapas y superado heridas y en el que un niño de doce años puede soltarle en la televisión pública a una niña de la misma edad “las chicas ya sabéis limpiar genéticamente” y que a todo el mundo le parezca hilarante.

Ya no basta con decir basta y mirar de lejos, entornando los ojos. Sabiendo como sabemos que a más muertes menos sensibilización, quizás deberíamos empezar a practicar el noble arte de quitarnos de encima a todos aquellos machos que reducen el asesinato, la tortura y la persecución a un simple “vete a saber qué ha pasado en realidad”.


El asesinato es injustificable (soltar estas perogrulladas en pleno siglo XXI es ciertamente vergonzante, pero comprarse un arma para matar a tus hijos y a tu mujer porque te van mal las cosas puede que sea un poquito peor), el odio a las mujeres es repugnante y la creencia de que alguien (quien sea) es de nuestra propiedad fue abolida hace muchos lustros. Nos cargamos la esclavitud (por lo menos eso dijimos) pero la seguimos practicando. No las atamos con cadenas, nos limitamos a rociarlas con alcohol y acercarles un mechero (hace unas semanas, un chaval de veinte años, España) o a advertirles de lo que pasará si se les ocurre contradecirnos. Seguimos con “el mujer tenía que ser” y el “saliendo así vestida, ¿cómo no le va a pasar algo?”. Seguimos riéndonos con los piropos de los babosos y considerando a las mujeres por la amplitud de su escote y la extensión de su minifalda: las que follan mucho son unas putas; los que follan mucho, unos conquistadores.

Perpetuamos y empeoramos el discurso generacional que arrastraban nuestros abuelos, cuando la abuela se quedaba en casa y el abuelo se ganaba el sustento. Y lo peor de todo es que nos da igual. En general. Con poquitas excepciones. Algunas feminazis, algunos maricones y algunos tontos. Nadie ha levantado la voz. Quizás por miedo, puede que por indiferencia, chi lo sá?


El otro día, después de que El Mundo publicara una carta de una mujer, Sara Calleja, que había decidido suicidarse ante el acoso de su expareja, a uno se le caía el alma a los pies al leer los comentarios de los lectores. Ya sabemos que la narrativa de un artículo ya no se acaba con el punto final del texto sino que empieza donde arranca el primer comentario y que es ahí donde se dirime la suerte del texto. Estoy seguro de que en este, como en aquel, podremos leer un sinfín de operetas quejosas sobre lo malvada que es la fémina, la cantidad de denuncias falsas que justificarían hasta el asesinato de Ghandi, amén de descalificaciones de ligeras a gruesas y recordatorios de lo bien que tratamos a las señoras en España los días laborables. Porque eso es lo mejor: lo activos que son los perseguidores del sentido común. Si setenta u ochenta mujeres mueren al año asesinados por su pareja en nuestro país podría decirse que tenemos un grave problema estructural con la violencia de género, verdad? Si ochocientas mujeres han muerto desde 2005 incluso podríamos arriesgarnos y afirmar que no es un hecho coyuntural sino sistémico, ¿no?


Después de la mencionada carta en El Mundo, el periódico consiguió hablar con la juez del caso, una señora que afirmaba no tener ningún instrumento a su alcance para evitar finales como este. Lo mejor llegaba al final, cuando se le preguntaba si estaba satisfecha con su trabajo: «Sí. Desde el momento que nos entró la primera denuncia, Sara estuvo totalmente protegida».

Quizás ese es el problema: que fingimos ser ciegos y sordos. O —quién sabe— puede que en realidad lo seamos.

Toni García
Texto extraído de: lamarea.com

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL DECÁLOGO DEL NEOMACHISMO O CÓMO PERPETUAR LA DESIGUALDAD DE GÉNERO SIN PARECER MACHISTA


En la web proliferan mensajes posmachistas que son una reacción patriarcal a los avances en derechos de las mujeres.

"Tiene un discurso políticamente correcto, pero es el machismo de siempre", afirman las autoras del estudio 'Neomachismo en espacios virtuales'


Uno de sus planteamientos es que existe un alto número de denuncias falsas por violencia machista, pero solo representan el 0,01% del total, según la Fiscalía General del Estado

Marta Borraz


"Ni machismo ni feminismo" o "La violencia no tiene género", algunos de los lemas de Vox al irrumpir en la marcha del 7N /
Raquel Ejerique
Suele posicionarse contra la Ley Integral contra la Violencia de Género de 2004 o el lenguaje no sexista y habla de un alto número de denuncias falsas por violencia machista. Es el llamado neomachismo (o posmachismo) que, según las personas expertas consultadas, ha aterrizado como una reacción patriarcal a los avances en derechos de las mujeres conquistados en los últimos años. "Es el machismo de siempre, pero con un discurso transformado para poder introducirse y calar en el mundo actual", según las investigadoras Trinidad Donoso y Nieves Prado.

Pero, ¿en qué se diferencia del machismo como tal? "Tiene un discurso políticamente correcto hacia los principios de igualdad y la inferioridad natural de la mujer no se acepta en esta corriente, al menos no como discurso enunciado", afirman las expertas, que han realizado un estudio sobre ' Neomachismo en espacios virtuales'. Es ahí, en la red, donde proliferan mensajes de este tipo y comentarios que pueden condensarse en estos diez.


1. "La violencia no tiene género"


Era uno de los lemas que la formación política Vox llevaba en sus pancartas al irrumpir en la marcha contra las violencias machistas del pasado 7N."Todos los seres humanos podemos ser violentos", sostiene Rubén Sánchez Ruiz, psicólogo y formador en materia de violencia machista, pero esta frase "ignora que esta es una violencia específica".

Para Miguel Lorente, exdelegado del Gobierno para la violencia de género, "obvia que vivimos en un sistema patriarcal y que hay una construcción cultural que minimiza y justifica la violencia del hombre sobre la mujer", que ha provocado el asesinato de 48 mujeres en lo que va de año, según cifras oficiales. Lorente afirma que esta violencia es distinta a otras porque, entre otras cosas, "se normaliza y responsabiliza a la propia víctima".

Mensaje en Twitter de la Guardia Civil sobre violencia de género.

2. "Ni machismo ni feminismo, igualdad real"


El posmachismo suele reaccionar ante el uso de la palabra feminismo, que "a pesar de ser un pensamiento liberador, lo ve como un ataque y es producto del desconocimiento", resume Lorente, y lo equipara con el machismo para acabar concluyendo que lo que defiende es la igualdad real. Sin embargo, son planteamientos que persiguen lo contrario. Según la Real Academia Española, el machismo es "la actitud de prepotencia de los varones sobre las mujeres" y el feminismo es "un movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres".


3. Cuestionamiento de la Ley Integral contra la Violencia de Género


Muchos consideran la norma, aprobada en 2004, "discriminatoria para los varones", analizan Donoso y Prado en su investigación. De hecho, existen grupos y asociaciones "de afectados" por la ley porque "se sienten atacados por todo aquello que cuestiona su poder y se presentan como víctimas", explica Sánchez. Pero la norma, "con sus más y sus menos supuso un hito porque, entre otras cosas, intenta visibilizar esta violencia específica".


4. Un alto número de denuncias falsas?


Las expertas coinciden en que la falsa creencia de que hay un elevado número de mujeres que interponen denuncias falsas por violencia machista es uno de los argumentos estrella del posmachismo. Sin embargo, según la Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado con datos de 2014 solo el 0,01% de las mismas lo son. Se trata de un comentario habitual que hace pocos meses utilizó el expresidente de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina en Twitter:


"Las confunden con las absoluciones, que demuestran que los elementos de prueba no son suficientes para la condena y persiguen potenciar el mito de que las mujeres lo hacen para beneficiarse", dice Lorente. "¿Por qué no se habla de denuncias falsas en otros ámbitos en los que son mucho mayores?", se pregunta.


5. El Síndrome de Alienación Parental (SAP)?


En 1985 el psiquiatra Richard Gardner acuñó este término para hacer referencia a la manipulación por parte de un progenitor de los hijos e hijas para enfrentarlos al otro, normalmente por parte de la madre. Con ello, se consigue el cambio de custodia en un proceso de divorcio en base a que ella "lava el cerebro" de su hijo con el objetivo de destruir los vínculos con su padre. Este supuesto síndrome carece de consenso científico y no ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud.

El peligro radica en que "se está dando en muchos casos de violencia machista y al final el hijo acaba con el agresor", denuncia Sánchez, para el que "los procesos de divorcio son complejos y puede haber manipulación por parte de los progenitores". Sin embargo, afirma, "es criminal convertirlo en un síndrome de la mujer". Según la macroencuesta de 2011, un 73,4% de mujeres víctimas de violencia de género salen de ella a través de la separación, sin interponer denuncia. Lorente califica el SAP como "trampa" porque "evita que nos preguntemos por las verdaderas causas para que los hijos muestren ese rechazo que, en muchos casos, son la violencia que han visto y vivido en el hogar".


6. El lenguaje no sexista


Burlarse del lenguaje inclusivo, que pretende romper con la forma en que lo masculino se ha impuesto como universal, es otro de los rasgos del posmachismo, según las expertas consultadas. Sánchez defiende su utilización porque "lo que no se nombra no existe", dice, "ya que el lenguaje regula el pensamiento y éste regula las actitudes". Lorente opina que se trata de "un rechazo al significado de lo que defiende este planteamiento comunicativo". Algo que demuestra que "nunca nos hemos cuestionado la utilización de 'damas y caballeros', pero sí de 'todas y todos'".


7. Uso del término "feminazi" o "hembrista"


En los últimos años se ha extendido el término "feminazi" para referirse a mujeres feministas que luchan por sus derechos haciendo alusión a que pretenden tratar a los hombres como los nazis a los judíos. El término fue popularizado por un locutor de radio estadounidense vinculado al Partido Republicano para nombrar a las mujeres que defendían el derecho al aborto. El hembrismo, por su parte, es utilizado como analogía del machismo para citar "la discriminación sexual, de carácter dominante, adoptada por las mujeres". Términos "que no responden a realidades", afirma Sánchez, y que "se usan de forma despectiva para decir que somos nosotros los intolerantes e irrespetuosos".

Un cartel aparecido este martes en una calle cercana al Juzgado de violencia contra la Mujer número 6 de Madrid

8. "La igualdad ya se ha conseguido"


"La certeza absoluta de que la igualdad real y formal de mujeres y hombres se ha conseguido" es otra de las características del posmachismo, según Donoso y Prado. Algo que lleva aparejado que "ya no es necesaria ninguna lucha feminista". En opinión de Lorente "se ha logrado actuar sobre la parte más superficial de la desigualdad, pero no sobre las causas". Las trabajadoras cobran un 23,9% menos que ellos por trabajos de igual valor y el 95% de las personas que están fuera del mercado laboral para dedicarse a los cuidados son mujeres.


9. Contra las cuotas


Existen opiniones diversas sobre la eficacia de las cuotas, incluso dentro del propio movimiento feminista. Pero el posmachismo suele posicionarse en contra porque "lo considera un ataque ya que estas iniciativas buscan modificar privilegios que la cultura les ha concedido a los hombres", dice Lorente, que considera importantes las cuotas porque "dirigir iguales acciones a quien ocupa una posición aventajada y a quien ocupa una inferior hace que avancen las dos partes, pero manteniendo la desigualdad entre ellas".

La ley de 2004 fijaba como recomendación un 40% de mujeres en el Consejo de Administración de las empresas, pero solo un 18,6% ocupa estos puestos. "Esta cifra no es una situación natural, también es una cuota, la cuota del machismo".


10. Beneficio económico del que defiende la igualdad


Este planteamiento se basa en que el feminismo utiliza la lucha en favor de los derechos de las mujeres con el objetivo de ganar dinero. Un argumento empleado por el periodista y escritor, Arcadi Espada, que el 12 de noviembre publicó un artículo en El Mundo sobre la marcha del 7N en el que aludía a que la manifestación solo buscaba "hacer negocio con el crimen". Para Lorente, es un juicio "muy efectivo en época de crisis", pero lo que no se dice es que "hay gente que lleva 30 años dejándose la piel y luchando contra la violencia machista en una situación de muchísima precariedad", añade Sánchez.

Texto extraído de; eldiario.es



domingo, 29 de noviembre de 2015

A LOS MACHISTAS LES INCOMODA EL FEMINISMO


Parece mentira que, con todo el esfuerzo de construcción y divulgación que están haciendo los movimientos feministas, haya gente que, desde la izquierda, aún sea capaz de aprovechar su altavoz de privilegio y hablar del feminismo desde la ignorancia y el desprecio. Nos referimos al artículo de Blai Dalmau publicado en su blog Discs Imaginals el pasado 8 de marzo: “¿Es el feminismo la solución al sexismo?”

En un artículo absolutamente desinformado, cuando no directamente demagogo y falso, el autor se sumerge en una diatriba errática que se podría resumir de la siguiente manera: no le gusta el feminismo porque se siente oprimido por lo que llama “feminismo dominante”, y porque encuentra que, dentro de la palabra “feminismo”, no tiene cabida su virilidad. La misma elección del adjetivo “dominante” para acompañar al sustantivo “feminismo” parece querer decir que: a) El feminismo es hegemónico, o b) El feminismo pretende dominar algo.

Ya empezamos a ver que, como se suele decir, el chico lo tiene mal entendido. El feminismo no es una ideología totalitaria como quiere hacer creer el autor, sino la lucha por la erradicación de la opresión. La idea de “feminismo dominante” es un contrasentido. El autor podría haber elegido la expresión “feminismo mayoritario” que, a pesar de no tener mucho sentido, invocaría una simple y pretendida normalidad estadística; o bien podría haber sido claro con su planteamiento y revelar que es una de esas personas que consideran que existe un “feminismo radical”, a veces llamado “hembrismo” o, de manera más trendy, “feminazismo”. En este último caso, le habríamos podido responder que tal cosa no existe, como se puede comprender leyendo este artículo.

Volvamos a repetirlo por enésima vez. El feminismo ha defendido históricamente la equiparación de los derechos de las mujeres a los de los hombres. Es decir, que busca la igualdad entre las personas, que promueve las relaciones sociales y personales libres de violencia, recíprocas y emancipadoras. Tanto es así, que las feministas de todas las olas y países se han destacado por defender la igualdad de todos los grupos, colectivos y clases de personas dominadas: hombres sin patrimonio excluidos del sufragio, esclavos, niños y niñas, personas de todas las culturas y etnias y de todas las opciones y diversidades, etc., y lo ha hecho mucho antes que ningún otro movimiento social. El feminismo ha luchado para que los derechos de las mujeres, que siempre han sido inferiores a los de los hombres, fueran iguales. De hecho, Angela Davis definió muy acertadamente el feminismo como “la idea radical de que las mujeres somos personas”. Quizá Blai desconoce una genealogía de lucha de más de 300 años de historia sin la cual, sin ir más lejos, no habríamos avanzado en el camino de la democracia. Por eso, antes de volver a escribir sobre una cuestión que parece no conocer, le recomendamos que se tome un rato para escuchar esta charla de Celia Amorós.

Los movimientos feministas, plurales y diversos, parten de la misma base para trabajar una amplia gama de cuestiones: desde la defensa de los derechos sexuales y reproductivos, como el aborto, hasta el feminismo queer o transfeminismo, que defiende una deconstrucción y reinvención libre de las identidades sexuales y de género, pasando por los grupos de hombres feministas que trabajan en pro de nuevas masculinidades, o el ecofeminismo y la economía feminista, que buscan poner en el centro de atención política y científica las condiciones de reproducción de la vida, para poderlas democratizar y garantizar. Con todo, desgraciadamente, el feminismo se sigue sin comprender y una vez más la opinología pasa por encima del conocimiento, el rigor y el respeto a tantas personas que han luchado y luchamos por un mundo más justo.

Hecha esta (in)necesaria aclaración, pasamos a contestar específicamente algunos de los puntos del artículo.

1) En primer lugar, el autor nos insta a “mirar adelante” y no caer en el “resentimiento histórico” (algo como esos que no quieren “escarbar mucho” en los crímenes del franquismo).
“Por supuesto, no conviene ignorar las realidades históricas; sin embargo, para actuar en el presente y para superar las miserias del pasado ¿procede mantener un cierto resentimiento histórico?” El feminismo no es resentimiento histórico, sino una lucha actual y vigente: el hecho de que más de 600 mujeres hayan sido asesinadas en los últimos 10 años por sus parejas en España basta para confirmarlo. Y no hablemos de la violencia estructural, simbólica, estética, económica, psicológica y un largo etcétera. La violencia patriarcal machista ejercida de forma asimétrica contra las mujeres y los hombres es un hecho. La inmensa mayoría de las mujeres del mundo la hemos padecido y la sufrimos cada día (a pesar de que en la mayoría de los casos se trate de los mal llamados micromachismos, como para dejar claro que son “poco importantes”). Tal vez le abra los ojos leer este artículo.
Quizás también estaría bien que hablara más con mujeres para entender la cantidad de veces que han sufrido abusos a lo largo de la vida por el simple hecho de ser mujeres. Blai habla de resentimiento como si a las mujeres lo que nos molestara es que los hombres han sido “más importantes” a lo largo de la historia, no como si nuestra vida estuviera en juego, que es de lo que se trata.

Además ¿por qué cuando se reivindican las luchas históricas de los movimientos de izquierdas nadie se opone desde las propias izquierdas, pero en cambio cuando se trata de feminismos surge la necesidad inmediata de partir desde cero y olvidar el pasado? Es un argumento machista más.

2) No contento con ello, Blai es de los que opina que el 8 de marzo se celebra una reivindicación de la feminidad, una especie de “¡qué guays somos las mujeres!”, y que se trata de felicitarnos por tener una vagina (porque seguro que no felicita a las mujeres transexuales, ponemos la mano en el fuego). Y se pregunta: “¿Por qué la masculinidad no es celebrada al igual que la feminidad?”

El 8 de marzo no se celebra la feminidad, sino la lucha feminista. Por este motivo, muchas personas prefieren llamar a la jornada “Día por los derechos de las mujeres” o, mejor aún, “Día por los derechos humanos de las mujeres”. El simple hecho de que en algunos entornos socioculturales, como el francófono, se hable de los derechos humanos empleando la expresión droits de l’homme (derechos del hombre) resulta bastante explicativo de por qué hay un día específico para conmemorar los derechos de las mujeres. Ello no quiere decir, claro está, que no sea también de vital importancia reivindicar los derechos de otros colectivos, como los que hemos enumerado más arriba, así como los derechos que queremos para la humanidad entera. De hecho, el feminismo sólo tiene un verdadero sentido cuando se convierte en interseccional.


Además, no debe olvidarse que el feminismo lucha por la igualdad de género, lo que significa igualar a las personas, sea cual sea su género, en derechos y deberes. Por lo tanto, celebrar las reivindicaciones feministas significa también, como muchos hombres ya entienden (por ejemplo, http://www.ahige.org/ o https://homesigualitaris.wordpress.com/ en Catalunya), celebrar la masculinidad entendida no como patrón opresor que obliga a los portadores de este “carné” a ceñirse dentro unos determinados cánones estéticos y conductuales (definidos por oposición a los que se imponen a las mujeres), sino como espacio de afirmación y vivencia de la propia identidad de una forma más plena y respetuosa con la identidad de otras personas.

3) Acto seguido… ¡Oh, peligro! parece que el feminismo podría generar un movimiento masculinista (y es que ¡claro! cuando uno pierde el privilegio, debe organizarse): “¿Quizás debemos generar un movimiento masculinista a tal efecto?”

Tal afirmación sólo la puede hacer una persona que ni conoce ni ha participado en espacios feministas, ni tiene la capacidad o la voluntad de autorreflexión y autocrítica necesaria para entender qué es el feminismo. En cualquier caso, un movimiento que tenga por objetivo defender y garantizar los derechos de las personas es un movimiento feminista. Si el objetivo de este supuesto movimiento masculinista fuera imponer y mantener la supremacía masculina, estaría cometiendo el absurdo de luchar para conseguir el statu quo, que por otra parte está -desgraciadamente- suficientemente bien instaurado como para que ningún machista deba sufrir, hoy por hoy, por su supremacía. Si lo que Blai quiere es mantener el patriarcado, pues entonces nada, tío… Sigue así, que vas por muy buen camino.


4) No podía faltar la sección de agravios y protestas contra las prácticas legislativas que -según entiende Blai- discriminan a los hombres por el solo hecho de ser hombres. Que los agresores, los delitos y el sistema legislativo y judicial discriminen a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres no tiene ninguna importancia; quizás porque ya es “tradición”… “La presunción de inocencia y la igualdad de las personas ante la ley, instaurando una legislación discriminatoria, amenazante y agresiva contra el sexo masculino”.

¿Dónde está la presunción de inocencia cuando jueces y sociedad deciden que una mujer ha sido violada porque “se lo ha buscado”? ¿Dónde está la igualdad ante la ley en los mismos casos, cuando los tribunales aplican la ley en un sentido o en otro sistemáticamente según el género de víctima y agresor? ¿Dónde está la preocupación de Blai ante un sistema social que, por sistema, discrimina, amenaza y agrede a las mujeres en todo momento -desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir, antes de nacer y después de muertas silenciando y pisando nuestra memoria- sólo por el hecho de ser mujeres?
Todos los delitos tienen un índice de denuncias falsas, y precisamente la violencia de género lo tiene excepcionalmente bajo. No es de extrañar que muy pocas mujeres accedan a pasar por el trance que ya de por sí supone un proceso judicial, sumado a las dificultades que tiene que atravesar para que los estamentos policial, judicial, periodístico y la población general no sólo crean, sino consideren y tomen en serio su vivencia. Hay que ser muy valiente para poner bajo la luz pública delitos por los que buena parte de la sociedad, aún ahora, culpa a la mujer. Delitos que, muchas veces, pertenecen a la esfera más íntima y personal de las personas, como los delitos sexuales. No son cosas que resulten agradables de recordar, ni mucho menos de explicar a nadie; de hecho, la mayoría de las víctimas no lo explican ni a sus círculos más íntimos, o no lo hacen hasta muchos años más tarde. Y las razones principales que las empujan a hacerlo así están relacionadas con la vergüenza y la impotencia; derivadas, ambas, de la culpabilización de la víctima de género femenino y de la permisividad de la legislación, en la teoría y en la práctica, con los actos de opresión y violencia hacia las mujeres. No olvidemos, además, el coste económico de embarcarse en un proceso judicial; especialmente en algunos países.

La mayor parte de los casos de violencia contra las mujeres quedan sin denunciar. Animamos a Blai, que seguramente tiene muchas conocidas universitarias o ex universitarias, a leer lo que explican 21.516 de sus compañeras sobre sus experiencias en universidades de toda Europa. Si le parece -basándose en los datos oficiales- que las violencias sexuales no son tan frecuentes como para motivar una legislación con perspectiva de género, quizás ahora cambiará de opinión. Y no, estas mujeres no hemos evitado denunciar porque seamos idiotas o porque en el fondo nos guste ser agredidas, sino por razones como el miedo, la vergüenza o el simple sentido práctico que nos lleva a no perder el tiempo y el dinero en un sistema diseñado para señalarnos como culpables a menos que nos hayan abierto la cabeza (e incluso con la cabeza abierta, a veces cuesta).

5) Pero es que, además, desde esta perspectiva resulta que estamos exagerando: ¡no todo es cuestión de género, exagerados y exageradas!, nos ilumina el autor. “Asistimos a una creciente tendencia al sesgo y al reduccionismo en virtud de los cuales se interpretan como si fueran meramente ‘cuestiones de género’ varios fenómenos (como la desconfianza, los celos, el maltrato, etc., en las relaciones sexoafectivas)”.

¿Quizás es porque el género, al igual que la etnia, el color de la piel, la identidad sexual o nacional, la clase social, la (dis)capacidad, la edad, el estatus profesional… son nada menos que partes centrales en la construcción de los individuos y las relaciones entre los mismos en el marco de contextos macrosociales? ¿Acaso es que Blai vuelve a hablar de lo que desconoce y no sabe que los celos y el maltrato en las relaciones sexoafectivas van sistemáticamente en una dirección (contra las mujeres) y no en otra? ¿Quizás es que tampoco tiene ni idea de la abundante literatura sobre la interrelación entre capitalismo y heteropatriarcado, que generan situaciones de vulnerabilidad y violencia contra las mujeres, en las que se basan las relaciones humanas?

6) Pues no, según él estamos tan equivocados y equivocadas que tenemos que renovarnos de pies a cabeza, lo que equivaldría, desde su elevada perspectiva, a “superarnos”. Y así, en un ejercicio de clara demagogia, mezcla la voluntad de superación, la autocrítica y el dinamismo inherente en todo movimiento con la deslegitimación del mismo desde la raíz hasta la coronilla. “Sin embargo, si queremos luchar efectivamente contra el sexismo, tenemos que empezar por ser capaces de cuestionarlo y renovarlo todo, intentando ser conscientes de las equivocaciones, las insuficiencias, las engañifas y las confusiones que nos obstaculizan y nos desvían en el camino hacia nuestras metas. Tenemos que ser capaces de superar todos estos planteamientos.”

Este fragmento demuestra que no ha entendido que el feminismo es una ideología crítica, que revisa, deconstruye y analiza todas las cuestiones de la vida humana desde el punto de vista de la opresión patriarcal, para reconstruirlas colectivamente y de manera liberada. El feminismo como ciencia, política y movimiento crítico, está en constante evolución: el feminismo de la igualdad fue superado por el feminismo de la diferencia, el feminismo civil y burgués fue superado por el feminismo descolonizado y el feminismo negro, el feminismo binario y heteronormativo ha sido superado por el transfeminismo…, demostrando ser una ideología especialmente dinámica y lúcida a nivel de autocrítica. Es por ello que consideramos que la propuesta de Blai no constituye una superación de nada, sobre todo desde el momento en que demuestra desconocer la historia y las lógicas que operan en las diferentes superaciones expuestas y, por tanto, cae en argumentos machistas expuestos y desmontados ya hace tiempo. Lo que hay que superar es el machismo, y entender bien lo que es el feminismo.


7) El autor nos informa de que él denomina sus fantasías pseudoigualitarias antifeministas con el nombre de “anti-sexismo“, y le gustaría que todo el mundo hiciera lo mismo. Nos lo explica: “Anti-sexismo, al que, formulado en positivo, podemos llamar cooperación entre los sexos o igualitarismo sexual”.

Hablando de superaciones, hace décadas que el concepto de igualitarismo está superado por el concepto de equidad. En este intento de proponer otro término para (supuestamente) dar otra denominación al feminismo que incomode menos a los machistas con una palabra que no contenga la raíz femĭna, vuelve a quedar claro cómo el autor intenta borrar toda una genealogía de lucha y de dignidad contra una opresión sistemática contra las mujeres, vigente y mortal. ¿Quizás no soporta no hallarse él, como hombre, específicamente mencionado en la denominación de un movimiento social históricamente relevante? También habla de la cantidad de violencia que sufren los hombres como si esto desmereciera la lucha por la violencia contra las mujeres. La falsedad de esta concepción radica en el hecho de que la mayoría de los agresores de hombres son hombres, y la mayoría de agresores de mujeres también son hombres.

8) Los hombres tienen, por tanto, el patrimonio de la violencia integrado en la concepción de la masculinidad hegemónica. Pero ¡eh! pobres hombres violentos, no es culpa suya. Según Blai, “los hombres han sido obligados históricamente, por la fuerza de la ley estatal, a ejercer la dominación hacia las mujeres”.


De esta frase se extraen dos ideas del autor. En primer lugar, que ha existido una fuerza que obliga a los hombres a dominar a mujeres. Es cierto, ha existido y existe. Esta articulación del sistema según la cual los hombres se posicionan en un estatus de privilegio poderoso es exactamente a lo que nos referimos las y los feministas cuando hablamos de patriarcado. En ningún momento histórico este privilegio ha sido desmontado, pero sí cuestionado por todos los movimientos y personas feministas. En segundo lugar, esta frase exime de toda responsabilidad individual y colectiva a los hombres, caricaturizando a los mismos e insultándolos como seres semirracionales, orangutanes que no saben controlar sus impulsos o perros que muerden porque el dueño se lo ordena. Evidentemente, por todo lo que hemos explicado, las personas feministas no compartimos esta visión animalizada del sexo masculino.

Por otra parte ¿qué género se ha beneficiado de este poder dominante a lo largo de los siglos contra las mujeres? Efectivamente, es el género masculino el que ha sido instalado en el poder y, por tanto, ha ejercido esta fuerza de la que habla el autor. No obstante, la existencia de un sistema patriarcal no impide que el género masculino pueda cuestionarse a sí mismo y al poder que ejerce y que eventualmente pueda renunciar a éste. Y eso es precisamente a lo que nos referimos los hombres y mujeres feministas cuando pedimos que los hombres cuestionen sus actos tomando conciencia de sus privilegios.

9) Hablando de privilegios ¡se ve que las mujeres tenemos tantos! “El sexo femenino ha tenido generalmente el privilegio de eludir las guerras.”

Las guerras, por más en contra de ellas que podamos estar todas las personas que escribimos o leemos esto, están íntimamente ligadas con la vida política de los pueblos y los estados. Este privilegio, si es que se le puede llamar así, no es más que una consecuencia de la exclusión de las mujeres de toda vida política. Los animales de compañía y los declarados inútiles tampoco han ido nunca a las guerras. Por el contrario, las violaciones en masa han sido utilizadas sistemáticamente como arma de guerra. Por lo tanto, decir que el sexo femenino ha tenido generalmente el privilegio de eludir las guerras es una falsedad aberrante, androcéntrica a más no poder, que iguala “sufrir una guerra” con “ser llamado a filas” y que ignora descaradamente el hecho de que precisamente las mujeres han tenido y tienen, generalmente, la desgracia de ver su cuerpo usado como campo de batalla en los conflictos bélicos.

10) No creemos, sin embargo, que se trate de ponerse a contabilizar agravios sino de analizar el contexto de cada opresión y trabajar para superarlo. De esto va el feminismo, de analizar el contexto de la opresión patriarcal en todos los cuerpos y todas las vidas, y tratar de erradicarlo. Pero Blai no lo entiende y cree que lo que estamos haciendo es “fijarse sólo en la defensa y promoción del sexo femenino, por lo que fácilmente se olvida que el hombre también ha sido y es víctima del sexismo de varias formas, y que el sexo femenino también ha participado y participa en su perpetuación”.


Pensar que el feminismo es defender exclusivamente la promoción del sexo femenino es, una vez más, no haber entendido qué es el feminismo. Si Blai supiera de qué habla sabría que a este fenómeno se le llama “los precios de la masculinidad” (también, en inglés y en contextos específicos, “mixed-blessing of male gender”), y el feminismo también los denuncia amplia y firmemente. El feminismo, porque es inclusivo, se posiciona contra las opresiones que han sufrido los hombres a pesar de ser ellos los que a menudo encarnan los valores dominantes del patriarcado: porque el feminismo no es una lucha contra los hombres, sino contra el sistema patriarcal. El patriarcado no es sinónimo de los hombres, ni siquiera de la masculinidad, sino que es un sistema de organización social profundamente injusto que, en su funcionamiento al servicio de los privilegios de los hombres, a menudo y paradójicamente los termina perjudicando. Estos perjuicios, además, a veces sólo se operan cuando empiezan a cambiar las miradas y las concepciones sobre la masculinidad, de forma que los hombres amplían su concepto de sí mismos e incluyen esferas que tradicionalmente les han sido negadas (y se ha hecho, además, procurando que se sintieran orgullosos de estas limitaciones), como pueden ser el mundo emocional o la paternidad.

11) Una de las falacias que se lee entre líneas en este artículo es pensar que el sexismo debe entenderse como un fenómeno de opresión simétrico porque el hombre también sufre opresiones. Está claro que esto no es así y que la dominación asimétrica inscrita en las lógicas del patriarcado merece ser analizada con detalle; y este es precisamente uno de los principales objetivos de los movimientos feministas. Desde las izquierdas, nunca se nos ocurriría relativizar la desigualdad económica existente entre Bill Gates y un inmigrante mexicano sin papeles explotado en una fábrica, la desigualdad simbólica construida alrededor del capital cultural entre Li Ka-shing y cualquier campesino chino o la desigualdad social que puede haber entre un ciudadano barcelonés de clase media y un mendigo. No obstante, desde los movimientos feministas nos quejamos de la constante relativización del valor de los mismos a partir de lógicas patriarcales y desde las propias izquierdas. Entendemos que el eje de desigualdad construido alrededor del sexo y el género merece ser analizado con la misma dedicación que los otros ejes de desigualdades, y no sólo eso, sino también las dificultades añadidas que aparecen cuando se suman y relacionan diferentes opresiones (perspectiva que, como hemos comentado anteriormente, dentro de los movimientos feministas se llama interseccionalidad).

12) El autor vuelve a la carga con el supuesto “feminismo dominante”: “a pesar de la aturdidora presión que ejerce el feminismo dominante promovido por las instituciones del sistema establecido..”


Bueno, lo repetiremos una vez más para que no se diga. Las instituciones del sistema establecido no son feministas, a pesar de que podamos tener instituciones que incluyan en su denominación expresiones que puedan parecerlo. Que haya mujeres que participen o participaran de la lucha feminista que se hayan promocionado por parte de las instituciones públicas no significa que las instituciones, entendidas como el conjunto de poder, su representación y las políticas que aplican, sean feministas. De hecho, por desgracia, la mayoría de mujeres que ostentan posiciones de elevado prestigio reproducen la mayoría de los valores dominantes del patriarcado; ésta parece ser la única manera en que una mujer puede, hoy en día, acceder a una posición de poder o de prestigio en el ámbito público.

13) La traca final (¡alerta spoiler!) es un grito heteronormativo: “Pero no olvidemos nunca que las mujeres y los hombres estamos llamados a complementarnos, a amarnos, a respetarnos”.

Respecto la complementariedad entre hombres y mujeres de la que habla Blai, nos gustaría recordarle que es precisamente ésta la idea subyacente del amor romántico que al patriarcado y al capitalismo les encanta promover. Este amor es heterosexual, es incondicional, es para siempre, y además, si no lo tienes no estás completo (especialmente, completa) ya que no tienes a nadie que te complemente (el viejo mito de la media naranja, que desde la psicología y la sexología se intenta sustituir por alternativas como el de las naranjas enteras). Ya no hablamos de si eres homosexual o no te sientes identificado con el sistema bigénero… Estas ideas son las que provocan la mayor parte de las violencias dentro de las parejas: las que hacen que “valga la pena” aguantar el dolor por este amor. Las personas feministas no nos cansaremos nunca de decir que nadie nos complementa y que somos -¡insistimos!- naranjas enteras. Y es que, de hecho, es normal que a los machistas les moleste la palabra feminista. ¿Qué más amenazador puede haber para ellos que una comprensión integral de las reivindicaciones feministas y su democratización, que pondrían freno a la credibilidad que generalmente suelen tener prácticas discursivas como las que ejerce Blai? De hecho, al final del texto, él mismo pretende hacer una vindicación de la igualdad pidiendo el fin de la guerra de sexos. Pero, como demuestran los ejemplos machistas extraídos de su texto, es incapaz de salir él mismo del paradigma de la guerra de sexos, y de la simplicidad del binomio heteronormativo. Por todo ello, sí, Blai: el feminismo es la respuesta al machismo.

Firmado:

1. Irene Aguilar Sánchez, Madrid
2. Sara Arnau. Barcelona
3. Andreu Ballús Santacana, Granollers
4. Iris Bartolomé Torrell, psicobiòloga, Barcelona
5. Lídia Brun Carrasco, Brussel•les, Bèlgica
6. Naila Caballero Jiménez, Sabadell
7. Laura Cañadas Pla, activista LGBTI, Barcelona
8. Sílvia Carrasco. Sabadell, Barcelona
9. Júlia de Cruz, psicòloga, Barcelona
10. David Curto, Sant Antoni de Vilamajor
11. Carme Godino, Almàssera (València)
12. Èlia González López, Sabadell, (Barcelona)
13. Tresa Habimana, Barcelona
14. Lidia Infante. Barcelona
15. Patricia Jiménez Herencia. Terrassa
16. Joana López. Psicóloga. Madrid
17. Raquel López. Marea Granate Viena. Viena, Àustria
18. Angels Martinez Toledo, feminista, L’Hospitalet, Barcelona
19. Júlia Mas Maresma, feminista, Sant Adrià de Besòs
20. Elena Miralles Moreno, Secretària Direcció, Barcelona
21. Cris Molins-Pueyo, Sabadell, Barcelona
22. Júlia Morros i Riera, Dosrius, Barcelona
23. Laia Narciso Pedro, Pineda de mar, Barcelona
24. Sònia Narciso Pedro, Pineda de Mar
25. Yolanda del Olmo, Madrid
26. Violeta Pazo Gil, Santa Perpetua de Mogoda (Barcelona)
27. Carmen Perales. Bruselas, Bélgica
28. Doris Pérez, Santa Coloma de Gramenet, Barcelona
29. Charo Reyes Izquierdo, antropòloga, Barcelona
30. Meritxell Riera Prims. Granollers, Barcelona
31. Maria Saladich Cubero, metgessa, Vic
32. Lidia Sayago Martínez, Sabadell, Barcelona
33. Alberto Segura Gómez, Granollers (Barcelona)
34. Ànnia Salip Ventura, Barcelona
35. David Salip Ventura, Barcelona
36. Dália Sendra. Lisboa, Portugal
37. Elisabet Tasa Vinyals, psicòloga, Barcelona
38. Judit Terés Rodríguez, Santa Perpètua de Mogoda
39. Victoria Vega Soriano, Madrid
40. Andrés Verdú Ramo, Barcelona
41. Berta Vílchez Garcia, vetlladora escolar i estudiant de Pedagogia, Sabadell
42. Rita Villà Taberner, Mataró, Barcelona
43. Sònia Vivolas Vivolas, Llagostera (Girona)


Texto extraído de: Pikaramagazine
en este enlace también podréis leer la contrarréplica del autor del primer texto, Bali Dalmau