" Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el mundo viejo. En ese día nacerá el mundo nuevo."
Louise Michel
Se han escrito ríos de tinta sobre las crisis familiares, las crisis de pareja, las políticas, las económicas… Pero, ¿qué pasa cuando una amistad entra en crisis?
Para mí, el cómo se termina una amistad es una especie de misterio insondable. Que una relación amorosa o familiar se acabe, en mi experiencia, suele ser por diferencias irreconciliables de algún tipo; pero si me paro a pensar en todxs aquellxs amigxs que parecía que iban a estar para siempre en mi vida y que ya se han apartado de mi camino, no puedo evitar que un escalofrío recorra mi cuerpo. La relación se terminó, sí, pero en una gran mayoría de los casos no podría decir por qué. La palabra para definir lo que siento ante esto es difícil: es una mezcla entre tristeza, melancolía, rabia y extrañeza. ¿Qué es lo que ocurre para que una amistad se pierda de manera fulminante?
Ilustración: Linde
A veces no tiene por qué ser nada grave, simplemente las personas crecemos, evolucionamos, y nuestros caminos se pueden separar. Pero no puedo evitar que esto deje en mí una especie de nudo en el estómago. Admiro a esa gente que conserva a sus amigos del colegio; esos grupos que han crecido juntos y que, aunque a día de hoy sean muy diferentes, siguen al pie del cañón en el sendero de la vida.
Ilustración : Estrella
De la época del colegio no conservo a ningún amigx íntimo. Gracias a, o en ocasiones, a pesar de Facebook, he podido descubrir qué ha sido de gente que no veo desde hace diez o quince años. No diré que me ha servido para retomar el contacto, pues no ha sido así, pero sé en quién se han convertido. A veces me ha sorprendido el camino que han tomado algunas personas; otras veces me ha dado pena ver quiénes son. Aparte de una quedada hace unos tres o cuatro años con algunxs compañerxs, sólo he quedado con una de mis amigas del colegio para tomar algo. Por suerte, me gustó descubrir que esa chica en concreto seguía siendo una gran persona; y aquella caña que compartimos en un pueblecito de la costa me supo a gloria. Ese tipo de cosas me reconcilian con la vida.
Obviamente es muy difícil retomar el contacto con personas con las que ya no te une nada, o casi nada, aparte de un puñado de buenos recuerdos y unas risas recordando a lxs profes. A veces me pregunto si las redes sociales no sirven nada más que para cotillear sobre lxs demás. Pero ahí siguen, en mi Facebook; interactúo sólo con un par de personas o tres que aportan cosas que me interesan o comparto. Y, otras veces, leo cosas que me hierven la sangre mientras intento entender cómo hace no tantos años esa persona y yo éramos inseparables. Cuántos disgustos por culpa de la herramienta creada por Zuckerberg…
La gente del instituto, con altas y bajas, se ha mantenido más en mi vida. Sí que es verdad que ya no compartimos muchas de las cosas que nos unían, pero el contacto sigue vivo. Me da la impresión de que estoy un tanto fuera del círculo; no sé si porque en los años de la universidad me pude alejar, o porque he cambiado y nos vinculan menos cosas. Sea como fuere, cuando nos juntamos, todo sigue siendo como antaño (palabra que nos encanta); y hace poco, en la boda de una de mis amigas, lo dimos todo hasta las seis de la mañana bailando temazo tras temazo de nuestra época adolescente. No me puedo quejar.
Las pérdidas que más me duelen seguramente sean las que vienen de la universidad. Es en esta etapa, al menos para mí, donde las amistades que entablas conocen a tu verdadero ser. La chica que empezó la universidad ha cambiado durante la carrera, sí, pero no en lo esencial; así que cabe pensar que es más difícil que los cambios que puedas sufrir te alejen de tus amigxs. Nada más lejos de la verdad. Por desgracia, poca gente conservo de la etapa universitaria. Una amistad se debe cultivar, y creo que, en la mayoría de los casos, el no regar la planta ha sido la causa de que esas amistades se terminaran. Por fortuna, sé que hay gente con la que aún puedo contar.
¿Y después? ¿Qué pasa después? Como decía la canción, la vida te da sorpresas, y puedo decir que he hecho al menos un buen amigo tras la universidad. Además, sí que hay alguna amistad que lleva conmigo desde casi la infancia; desde esa época terrible llamada pubertad.
Espero seguir conociendo a gente a la que pueda llamar amiga. De momento, he tenido la suerte de ampliar mi círculo al conocer a otras personas, que en su día llegaron a mi vida por relaciones que ya no existen, contra toda probabilidad se han quedado a mi lado. Y espero ser lo suficientemente inteligente como para solucionar las crisis que pueda tener con mis amistades. Porque una vida sin amigxs, es una vida un poco más triste.
“Mira, cuando una chica decide que eres su amigo de repente ya no hay opción de cita. Te conviertes a sus ojos en una especie de ente no sexual. Como un hermano. O una lámpara”.
'Sólo Amigos' (Roger Kumble, 2005)
Beatriz Serrano
Si algo define a Jaimito dentro de sus amigos es sin duda que es un “buen tío”. Un Buen Tío con todas sus letras. Un Buen Tío en mayúsculas. Es el tipo que no bebe un sábado noche para dejar, uno por uno, a todos sus etílicos colegas sanos y salvos en casa. Es el tipo que siempre se ofrece a pagar la primera ronda. El tipo de amigo al que el resto de sus amigos llaman cuando tienen un problema de índole romántica. Jaimito además recicla, ama a los animales –no tiene ninguno, pero comparte muchos vídeos de gatitos -, visita a su abuela cada domingo, dona a una ONG y paga sus impuestos.
Foto: 'Pagafantas' (Borja Cobeaga, 2009)
¿Estás seguro de que eres un buen tío?
No obstante, Jaimito tiene un problema: le gusta una chica. Y no debería ser un problema como tal pero para Jaimito lo es. Porque Jaimito ya ha vivido esta historia un millón de veces y es un tema habitual en su grupo de canallas: “Todas dicen que quieren a un buen tío, pero luego se van con el primer macarra que pasa”, musita mientras observa la espalda de su amada perdiéndose en la distancia encima de una motocicleta. Y ahora le gusta esta chica en concreto. Le gusta muchísimo. La ama con el latir de su corazón y el palpitar de su órgano sexual. Así que queda con ella y se van a pasear. Se van al cine y a cenar. Escucha todas sus historietas de chica y le da consejos de sabueso. Ríen. Comen helado en verano y sopas en invierno. Se dan las buenas noches por whatsapp. Jaimito además le hace regalos. Pequeñas tonterías, pero ¿qué puede hacer él si cada vez que pasa por Tiger encuentra una funda para iPhone de calabazas que le recuerda a ella?
Jaimito ahora tiene dos frentes abiertos. Por un lado su amor le está transformando en una dama dieciochesca que necesita el frío viento del norte para poder respirar. Por otro, su grupo de canallas no deja de decirle que es un Pagafantas y que se dé prisa o la tía le meterá en la Friend Zone. “Y cuando estás en la Friend Zone – dice el más cuñado de sus colegas – ya no hay forma de volver atrás porque se piensan de repente que eres SU AMIGO y van y te cuentan cosas y te hacen partícipe de toda su vida”. Una cosa que es, a todas luces, peor que un castigo en la Edad Media.
De pronto llega el Día D: Jaimito sale de su casa ready to kill. Ha quedado con la chica y se dice que esta noche es la noche. Y quedan y beben y él se lanza y ella le hace una pequeña cobra –porque le tiene mucho cariño – y le dice que no, que no siente lo mismo y que le ve como un amigo. Las alertas se disparan. FRIEND ZONE aparece con luces de neón en sus ojos, sobre el rostro de ella y por todo el bar. Y juraría que a 20 metros fuera de allí hay una manifestación donde todo el mundo lleva carteles y banderas donde pone FRIEND ZONE. Jaimito descubre que sus amigos tenían razón. Y como va un poco pedo, argumenta eso de que las tías no quieren a los buenos tíos, que qué injusta es la vida, por el amor de Dios, que entonces por qué todas esas cenas y películas y por qué lleva la funda de iPhone de calabazas. Y para ella la respuesta es sencilla: porque somos amigos.
Vamos a sostenerlo aquí por un nanosegundo: si la única razón por la que estabas siendo adorable y amable con la chica en cuestión era porque querías conseguir algo a cambio…¿estás completamente seguro de que sigues siendo Un Buen Tío, Jaimito?
No hay más preguntas, señoría.
El concepto Friend Zone es peligroso y unilateral: ¿no podría cabrearse ella porque la has metido en la Love Zone? ¿O en la Fuck Zone? La Friend Zone sostiene que si eres majo y amable con una chica, esa chica eventualmente se convertirá en tu follamiga o en tu amigovia o en tu novia formal. La Friend Zone juega en una dinámica de poder por la que una persona tiene que recompensarte por un acto –la amistad- que creía altruista. Como si tu amiga fuese una máquina tragaperras en un casino que conforme metas más monedas más posibilidades tienes de ganar. La Friend Zone otorga al interesado el papel de víctima por el mero hecho de que la otra persona no esté interesada en él del mismo modo. Cuando lo cierto es que nadie elige de quién se enamora. Y eso juega en una doble dirección. Porque en el concepto de la Friend Zone se esconde el hecho de que el poder lo tiene el interesado, mientras que la otra persona debería responder como el interesado espera –o desea- que responda. Y qué aburrida sería la vida sin sobresaltos.
Pero quizás lo más insultante de la Friend Zone es la manera en la que devalúa la amistad. Como si el llamar a alguien “amigo” tuviese poca o menos calidad que el ponerle otra etiqueta. Se valora a la otra persona por lo que puede ofrecerte y no por lo que es. Y la amistad no debería infravalorarse. Porque el amigo es el que te recoge borracho a las cinco de la mañana. El que te llevará una petaca el día de tu boda y el que te dejará su hombro en los funerales. Tu camarada, tu ángel de la guarda, tu confidente y tu centinela. Ynadie estipula que ese papel deba desempeñarlo, sí o sí, otro hombre.
Quizás te identifiques con Jaimito. Es posible que un enorme sentimiento de empatía te haga aliarte con él. Puede ser que en algún momento te hayan roto el corazón. Que alguien te haya rechazado. Y también es posible que tú hayas rechazado a alguien porque no veías a esa persona con la lente con la que te veía a ti. El rechazo es algo horrible y duele, pero va a suceder. Y eso no convierte a la otra persona en una mala persona. Es simplemente una persona a la que no le interesas. La única mala persona aquí, amigos, es el idiota de Jaimito.
Yo lo que quiero, lo que de verdad quiero, es querer. Sí, lo sé suena muy flower power y cursi y moñitas y lo que os dé la gana pero es mi deseo real y es el deseo que me incitó a trabajar en esto. Y siento que se me ha ido escapando entre los dedos desde hace un tiempo ya largo. Quizás ningunX lo hayáis podido ver. Quizás porque no llevabais tanto tiempo aquí o quizás porque no he dado espacio para hacerlo notar. Pero yo vine aquí a mimar, a hacerme cuerpo y a algo más que ya no recuerdo....
...Mi talón de Aquiles es buscar la aceptación y el cariño de todo el mundo (maaaaal) y en base a esta heridita mortal de nacimiento, he ido navegando a veces a la deriva. Esto me ha permitido conocer a personas increíbles pero ha supuesto que, para acercarme a ellas me haya forzado y quizás me mutilado un poquitín. No porque ellas me lo pidieran. Más bien fue mi complejo de tierna- suavona lo que me llevó a comportarme de manera racional, concreta, fuerte y específica. Algo que también soy, pero que me hace daño si lo soy constantemente. Desde dentro de lo que es la esencia de mi vida (llamar esencia al feminismo es un juego arriesgado) me paro para revisarlo y revisarme pues hay algo que me gustaría poder cambiar o al menos pintar en rojo para poder atenderlo, acogerlo, mimarlo.
Sí, he dicho mimarlo. Porque siento que al feminismo (no hay uno sólo) le faltan mimos. Le falta un espacio para la ternura, para lo suave, para el cuerpo que se derrama y no sólo con lubricante. Que sí, que sé yo que el sistema nos programó para ser blanditas y suaves, pero ¡coño!, que yo soy suavona cuando deseo y elijo; y sin lo dulce, yo muero. Cuando construimos teoría feminista lo hacemos desde diversos cuerpos y ésta es una de mis mayores pasiones. Por X motivos personales y por reconocidos motivos colectivos, escribimos desde el dolor, y la furia, y el deseo, y la nocturnidad, y la hiel, y el dolor, y el vacío pero, pero, pero apenas hay palabras que mullan los cuerpos y besen las frentes. Es como si hubiésemos tenido que renunciar a la ternura porque ella es responsable de que al final nos la acaben colando. O quizás tememos mostrar nuestra ternura porque aprendimos que ésta es síntoma de debilidad y nosotras ante todo hemos de ser fuertes. Fuertes, racionales, histéricas orgullosas, guerrilleras, irónicas, sarcásticas, zorras y maleantes SÍ, siempre y si puede ser todo a la vez, mejor; pero suavonas, mimosas, vulnerables, emotivas, blanditas…¡joder! ¡eso no! Miedo. Quizás sea miedo. Falta de práctica. Quizás comprendamos, como lo hace el sistema que nos ha domesticado, que la ternura es inútil, es estúpida, es estéril, es para “mujeres”
Ternura. Beatriz Preciado la trajo a mí esté verano en el que no he parado de ver videos y conferencias suyas. No me esperaba que alguien como él reclamará la ternura. Tenía tantas ideas preconcebidas de lo que mis compañeras hablaban de él, que le ubiqué como un enorme erudito, un ser intelectualoide al que jamás llegaría a comprender por ser una pobre mortal. Pero cuando me encerré en plena crisis estival y puse un video tras otro, no sólo comprendí, sino que me emocioné hasta el tuétano al contemplar a un ser humano con una tremenda capacidad de convocar al amor. Y es que esto es lo que yo quiero en mi revolución: amar. Amar sin romanticismos pero sin límites teóricos. No me apetece cuestionarme cada vez que se me desborda el sentimiento y valorar si estoy o no amaestrada para cuidar, mimar, acariciar.
Es que si lo estoy, de verdad, si soy un animal programado para buscar y encontrar el abrazo cálido, no me importa. Me arriesgo a vivir y a morir por ello. Sí, vale, no como dependencia- me escucho decir- pero ¡qué coño! de algo he de morir. Y al paso que voy moriré de recalentamiento intelectual. Mi cuerpo se está quedando torpe en esto de hacerse blandito y dejarse querer. Menos mal que mis hormonas hacen su trabajo y en determinadas fases (sobretodo ovulatoria y menstrual) me reclama mimar y ser mimada. De hecho, ahora que menstrúo me he decidido a hacer palabra este deseo ocultado.
Creemos ficciones más tiernas- le oí decir a Preciado. Y me quedé ahí, con el cuerpo magullado, tocado. Ficciones libertarias, ficciones en las que quepamos todxs, ficciones disfrutonas, ficciones suavonas. Para todo ello hace falta cuerpo y éste ha sido programado y diseñado para que sólo entienda el placer desde unos lugares y no otros (Manifiesto Contra Sexual de el mismo autor) Ahora bien ¿y qué pasa con el mimo? ¿con la ternura? ¿con el derramarse en los brazos? Yo necesito eso. Yo comencé este camino con ese sentir inexpresado pero real. Y no es la primera vez que entro en conflicto... esta necesidad que se me acusa cada cierto tiempo, sobretodo cuando ando fuera de mí, habitando mi cabezota intelectual cada día más amueblada, en la que ya no hay espacio para nadie más. Sí, tengo la cabeza con muchos trastos. Tengo muebles de diseño con las últimas ideas y críticas. Tengo tanto. Tanto que ya me he perdido....He perdido a aquella chica que sólo quería mimos y que buscaba vaciarse de conceptos para abrazar al mundo y dejarse tocar por él, por la magia que palpita en ese Todo Inconmensurable. La tengo guardada en alguna cómoda, en algún lugar. Lo sé porque la escucho gritar: ¡I D I O T A!...
Cada vez que me avergüenzo de ser una suavona, me estoy faltando el respeto. Nunca he sido cursi -a mí no me lo parezco- pero si así fuera para alguien, no debiera de haber mayor problema. No puedo ser lo que cada desconocida quiere que sea. Sólo puedo ser yo (esto me lo voy a tatuar en la frente). Y esta “yo” sin lxs demás, sin el mimo y los cariñines (sí, cariñines) es una idiota que va de autosuficiente por la vida y se le olvida respirar. Y cuando deja de respirar, sufro, porque muero. Para mí, para la mi mí...la vida es extraordinaria y mágica. Llena hasta los topes de posibilidades para la ternura (tendresa se dice en catalán y es una de mis palabras favoritas). Sí, en cada esquina hay una nueva posibilidad para crear un momento, un espacio dulce y cálido ¿Por qué he de dejarlo correr? ¿Por qué lo tengo que deshilachar con teorías que me impiden derramarme en mi cuerpo? Si aprieto bien mis pensamientos, si los condenso en uno sólo, no me queda otra cosa que el cuerpo que ama. Sólo eso. Cuerpo y amor. Amor como mimo. Como derramamiento, como apertura confiada a lo que no soy yo, como ligereza. Amor como cuerpo. Y sí, tengo argumentos en contra de éste pero no me permiten habitar esta vida con un cuerpo vivo, falible, vulnerable y desbordado. Así que ya no les atiendo más. Si la teoría no me permite vivir ¿Para qué la quiero? Para trascender el pensamiento, sí ¿Y qué hay del movimiento? ¿De lo que no se calcula ni pronostica?
Ficciones más tiernas.
Espacios donde quepamos, donde podamos expandirnos, donde gocemos desde la diversidad. Para este bitxin, el gozo es ese espacio donde una puede ponerse panza arriba y dejarse acariciar y mostrarse vulnerable y hacerse cuerpo suave y blandito. Lugares donde las palabras sirvan de bálsamo y no sólo de espada. Y sí, sé que necesitamos las palabras- espada pero también y con urgencia las palabras que curan, que sacan sonrisas, que nos devuelven al pecho calentito, a los besos en la frente, a las miradas cómplices. Quizás yo prefiera habitarme y crear desde aquí. Quizás este lugar en la esquina de la revolución, sea el sitio que puedo habitar y expandir. Ni que sea 12 días al ciclo. Pero lo reclamo, lo reivindico y lo traigo al feminismo, lo preño de él y a éste del primero. Si no hay mimos, si no hay derramamiento de caricias, palabras tiernas y abrazos infinitos, no es mi revolución.
Soy sapiosexual y lo que me pone de ti es tu inteligencia.
Me pone saber que tu mente es inquieta. Que te pongan las letras, la música, la ciencia, el arte. Que a nada estimulante le digas que no. Me pone tanto que me estimules. Que todo te cause curiosidad y que desarmes y rearmes todo; mis pensamientos, los tuyos. Me pone que cuestiones al mundo, que no des nada por sentado,que vulneres el orden, sedicioso, subversivo. Me pone que empujes tus límites y que empujes los míos, que me dejes sin aliento, que me dejes deseando más.
Me pone cuando sabes cosas que yo no sé, y me las explicas, y me haces cómplice. Me pone que tus ideas me penetren, que tus palabras me violenten. Que me transgredas y me atravieses entera, charlando. Me pone que sepas leerme. Que entiendas mi idioma. Que me pilles el humor, que me pilles la mirada. Que me retes y me invites a vivir en tu cabeza, y que me no me agotes mientras te busco, fulminante. Me excita que sepas cómo encontrar mi epicentro.
Me pone que te pienses ignorante. Que creas que sabes poco y que te falta aún por saber. Me pone que te conozcas tan bien que sepas entenderte, entenderme, y que siempre busques saber más. Que te comprometas con tus ideas y que no te de miedo cuestionarte o discutir: con los demás, contigo mismo. Me pone que te explores y que me explores a mí. Que sepas usar tu tiempo y que sepas cómo no perderlo. Me pone sentir que contigo me encuentro. Que contigo soy.
Me pone que no escuches a tus demonios, esos que te dicen que no eres lo suficientemente buen@. Me pone que te vuelvas temperamental, trabajólic@, difícil, brillante. Porque sabes lo que quieres. Porque vas hacia lo que quieres. Porque vienes, si lo que quieres soy yo.
Para mí los secretos siempre han sido una manera de esconderse. No me parece que tengan ninguna función útil, al revés, hacen que los pensamientos se enquisten y se conviertan en tristes versiones de un sueño o de una meta a alcanzar.
Ilustración: Marta D.
Creo que los secretos no hacen más que taponar el corazón y el espíritu, por eso, yo nunca he sabido callarme: lo que ocurre en mi vida, siempre se ha podido contar. Tal vez por eso he tenido muchas personas en mi entorno que lo han usado en mi contra, pero me ha dado igual. Si algo me ha pasado, lo he contado. Si alguien me pregunta cómo estoy, digo la verdad, no me ando con medias respuestas, ni siquiera pienso en la respuesta, voy al corazón y lo abro de par en par. Quizás, por eso, por mi sinceridad y mi capacidad de compartir incluso las experiencias más duras, se me ha tachado de persona rara.
Siempre he pensado si no quieres saberlo, no me preguntes. Cuando alguien me ha hecho una pregunta delicada, le he preguntado “¿De verdad quieres saberlo?, ¿aunque la respuesta te duela?” Porque creo que una de las pocas cosas que nos quedan en esta vida es el ser sinceras con nosotras mismas y con los demás. Endulzar las respuestas es de hipócritas.
Creo firmemente que la vida no está hecha para andarse con medias tintas ni con tonterías.
Lo cierto es que los secretos han sido la piedra angular de muchas filosofías y religiones, son atractivos, son llamativos. Los usan para que aquellxs que llevan más tiempo en el camino se sientan superiores a lxs que acaban de empezar. A mí eso de que dosifiquen la información haciendo creer a lxs feligreses de turno que no son dignxs de saber… Me suena a tongo.
Qué queréis que os diga, el misterio y el secreto son conceptos que me tocan un poco el papo. Perdón por la expresión. Hay muchas sectas que te tienen en más o menos consideración en función de lo que sabes, y lo que sabes va en función de lo que pagas. Así que, claro, el/la que más ha pagado es el que más sabe.
No sé si el libro este de El Secreto ha caído en vuestras manos. Bueno, a pesar de ser una americanada de esas que te deja con los ojos ojipláticos por la cantidad de tonterías que pueden llegar a soltar, sí que creo en que el secreto de la auténtica felicidad, prosperidad y éxito se encuentra en nosotras mismas, en nuestra capacidad de soñar, de comprometerte con una idea o concepto y con las ganas que tienes de hacer que tu vida sea mejor.
Una persona mide su interés muchas veces por todo aquello que calla, todo aquello que no cuenta. A mí las personas que son así siempre me han parecido que no son trigo limpio, que más que ser interesantes, son retorcidas, que las personas que no se abren al mundo huelen a rancio…
Pero con los años me he dado cuenta, no sólo de que debemos aprender a amar y respetar a todas las personas como son, sino que no soy nadie para juzgar a los demás. Cada una hemos pasado lo nuestro, ¿cómo puedo permitirme el lujo de decidir que una persona vale más que otra únicamente por mi cabezonería y mis ganas de meter a todo el mundo en el mismo saco?
Parece una reflexión sencilla, pero no lo fue. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que hay personas que no se abren al mundo porque duele, porque cuando una es como yo, que abre el corazón y permite que todo el mundo se despache a su gusto, se arriesga a que le dejen el espacio hecho unos zorros.
Porque, si vivimos en un mundo donde la gente no tiene pudor en llenar los campos y los parques de basura, ¿qué no harán con el interior y el alma de una?
Yo seguiré siendo como soy, porque soy feliz de esta manera, dejando que fluya mi energía, comunicándome con aquellos que tengan ganas de escucharme y sintiendo que la vida es mucho más hermosa cuando los secretos se airean y toman el sol.
Te animo a que seas capaz de poner en palabras aquellas sensaciones, miedos y situaciones traumáticas que guardas en el fondo de tu alma. Te aseguro que, si lo haces, con el tiempo verás cómo tus heridas se convierten en cicatrices, tejido duro que te permitirá sentirte protegida ante las adversidades de la vida.
Si nos mirásemos con un espejo y una lupa, en todas nuestras reacciones, sentimientos y comportamientos en pos del sexo masculino, ¿nos reconoceríamos? O mejor, ¿reconoceríamos a los hombres que hemos conocido en nuestra forma de entender el amor?
Y es que últimamente me he dado cuenta que muchas de las opiniones, percepciones, que tengo sobre mí, se han ido formando a raíz de los hombres a los que he conocido, con los que he pasado más tiempo o menos. De las malas experiencias de algunos de ellos nació otra persona que no es la fue antes y que de alguna forma está siempre en evolución.
El amor nos hace vulnerables y nos deja desnudas frente a hombres que quizá no lo merezcan. Normalmente esa historia termina mal y nos marca, dejando nuestro corazón hecho polvo. Más o menos nos reponemos, nos levantamos y seguimos caminando, aunque al principio lo hagamos con muletas. Pero creo conveniente que aprendamos de ellos.
¿Y es que quién no se ha encontrado con un cabrón en su vida? La que esté libre de pecado que tire la primera piedra.
Podríamos pensar de él que perdimos el tiempo a su lado, llorando su ausencia o recordándole, pero quiero pensar que no: que todos esos crápulas nos pueden ayudar a valorar mejor a los hombres que se lo merecen, a saber lo que nos merecemos y lo que esperamos de un hombre. ¿No podemos aprender de todo esto? Caer en sus garras nos es a veces fácil, por no decir terriblemente seductor, pero no nos flagelemos. Aprendamos.
¿Y se puede aprender?
Se puede si se quiere. Si sabemos sobreponernos al dolor y a los malos recuerdos, a no dramatizar la relación, a no castigarnos por nuestros actos y ver desde la perspectiva qué nos han hecho, cómo se han comportado con nosotras.
Algunas mujeres se saltan estos indicadores de peligro y en lugar de usar su experiencia para no repetir errores, caen en los mismos estereotipos relación tras relación. Ahí están las que creen que todos los hombres son iguales y con el que fueron pasivas no fueron guerreras y con el que les trata bien son más que guerreras, creyendo que así harán pagar a un hombre lo que les hicieron a ellas.
Es extraño en mí, pero no sé por qué me apetece decir todo esto. No es lo mío dedicarme aquí a las relaciones personales en este terreno, no me considero una experta ni mucho menos, pero siento desde hace días que este pensamiento se avalancha sobre mí.
En el largo proceso del quién soy me he dado cuenta que no puedo, ni por asomo, separar de mi vida a los hombres que en algún momento quise, ya fuera un sentimiento romántico (recíproco o no) o de amistad, todos y cada uno de ellos me han hecho llegar hasta aquí. Los que fueron insoportables, los que me hirieron, los que me hundieron y los que me piropearon sin yo saberlo. Con los que compartí días o años. Todos ellos me han hecho verme a mí misma y ver la vida de una forma determinada y quizá, sin quererlo, me han ido llevando a mi estadio feminista que tanto disfruto.
¿Se lo he de agradecer a los que fueron poco respetuosos? Tal vez. Yo los reconozco a todos en mi espejo personal. Para bien o para mal.