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domingo, 13 de diciembre de 2015

MATADLAS A TODAS


Somos cómplices silenciosos de una plaga que nadie se atreve a llamar así.


Hay un momento en La cosa (1982, John Carpenter) en que McReady, el personaje de Kurt Russell, reúne en un círculo —bengala en mano— a todos sus compañeros. “Seguro que no todos sois cosas, algunos debéis de ser humanos porque si no ahora mismo me atacaríais”. Yo también quiero creer que ahí fuera no todos son alienígenas.

Quiero creer que no vivo en un país de cafres, descendientes directos del neandertal, hijos de una tara neuronal que les obliga a asesinar a sus mujeres. Me consolaría saber que todos esos homicidas son una excepción, un simple fallo en la cadena evolutiva, el producto de unos antepasados con graves problemas de adaptación que acabaron transmitiendo sus genes a ejemplares fallidos, machos alfa venidos a menos.

Cincuenta y cuatro mujeres han sido asesinadas hasta el día de hoy(pos desgracia  tal vez cuando este artículo caiga en vuestras manos sean más las ASESINADAS) . Sus asesinos son presuntos, los cadáveres no. Cincuenta y cuatro víctimas en once meses. Si un grupo terrorista musulmán hubiera reivindicado cincuenta muertes en España en menos de un año no habría lugar en el infierno en el que pudieran esconderse. Aquí los agresores se esconden a plena vista: se mofan en Twitter, persiguen en Facebook, acosan por email. Algunos los justifican. Son los del «algo habrá hecho», los del «la culpa es de la ley que criminaliza al hombre», los de la jauría con vocación de piara donde uno ve los rostros de ciertos tertulianos. Los de «¿y las denuncias falsas qué?», como si un asesinato fuera el equivalente conceptual al falso testimonio. Llamamos “feminazis“ a las que nos molestan (lo que demuestra un dominio peripatético de los condicionantes históricos y del régimen nacionalsocialista en general), “maricones” a los que se solidarizan con ellas y “tontos” a los que abogan por un gran pacto de estado contra la violencia de género o simplemente protestan.

Seguimos el protocolo a rajatabla, eso sí: guardamos un minuto de silencio, ponemos la bandera a media asta, hacemos una manifestación. Y así hasta la próxima. Silencio, bandera, manifestación. Si le diéramos al fast forward eso sería todo lo que veríamos: una muerte tras otra, seguida de un silencio, una bandera a media asta y una manifestación.


Hace unas semanas vimos a tres de los presuntos responsables de las muertes por cortesía de la prensa: uno era un ricachón que abusaba de las drogas, el otro un ejemplar de gimnasio, el tercero un don nadie que se calzó un pasamontañas y unos guantes de látex para apuñalar a su mujer en plena calle. El primero ejecutó a su familia antes de pegarse un tiro; el segundo está en busca y captura después de matar a su exnovia y una amiga de esta; al tercero le cogieron en la calle, cuando ya había matado.

Ninguno de ellos, a pesar de su presunto tormento, escogió acabar con su propia vida antes de tomar la de los demás. Ninguno fue a la tienda a comprar una soga y se fue en silencio, sin molestar: todos tomaron la decisión de matar.
Porque podían. “La maté porque era mía”, dicen sin ambages. Cincuenta y cuatro mujeres han perdido la vida porque cincuenta y cuatro hombres no aceptaron que ellas podían hacer lo que les diera la gana con sus vidas. Ellas pueden dejarnos, manipularnos, amarnos o largarnos, y eso no puede ser, por supuesto, piensa el homínido, metido en un círculo de pensamiento que a veces comparte abiertamente con los colegas. Porque este es un país de hombres, de muy hombres, y no vamos a permitir que ellas hagan lo que les de la gana. ¿Qué se habrán creído? Y sí, esto no es México, ni Finlandia.

No somos seres de luz, ni espíritus libres, ni criaturas piadosas. Somos cómplices silenciosos de una plaga que nadie se atreve a llamar así. Cada vez que un hombre insinúa la responsabilidad colectiva que deberíamos asumir por el continuo menosprecio que sufre la mujer en nuestro país, una avalancha de insultos sepulta al majadero y le recuerda que aquí mandan los tipos de pelo en pecho y verbo ligero. Aquí somos muy machotes y hay que decirlo tantas veces como convenga.

Llegados al punto en que estamos ahora, donde muchas (muchas más de las que creemos) viven en el pánico más estruendoso sin que nadie mueva un dedo para aliviarlas, va siendo hora de escoger bando, más que nada para saber cuántos somos y cuántos son ellos. No hay equidistancia posible, no cuando las apuñalan, queman, disparan y humillan. No caben las contemporizaciones, , los eternos blablablá de los politicastros de turno o las excusas de baratillo que acaban resumidos en un «es que es muy complejo».


Tampoco caeré en la tentación de pensar que en otros sitios esto no pasa. Esto pasa en todas partes, pero este es el país en el que vivo, ese que presume de haber cerrado etapas y superado heridas y en el que un niño de doce años puede soltarle en la televisión pública a una niña de la misma edad “las chicas ya sabéis limpiar genéticamente” y que a todo el mundo le parezca hilarante.

Ya no basta con decir basta y mirar de lejos, entornando los ojos. Sabiendo como sabemos que a más muertes menos sensibilización, quizás deberíamos empezar a practicar el noble arte de quitarnos de encima a todos aquellos machos que reducen el asesinato, la tortura y la persecución a un simple “vete a saber qué ha pasado en realidad”.


El asesinato es injustificable (soltar estas perogrulladas en pleno siglo XXI es ciertamente vergonzante, pero comprarse un arma para matar a tus hijos y a tu mujer porque te van mal las cosas puede que sea un poquito peor), el odio a las mujeres es repugnante y la creencia de que alguien (quien sea) es de nuestra propiedad fue abolida hace muchos lustros. Nos cargamos la esclavitud (por lo menos eso dijimos) pero la seguimos practicando. No las atamos con cadenas, nos limitamos a rociarlas con alcohol y acercarles un mechero (hace unas semanas, un chaval de veinte años, España) o a advertirles de lo que pasará si se les ocurre contradecirnos. Seguimos con “el mujer tenía que ser” y el “saliendo así vestida, ¿cómo no le va a pasar algo?”. Seguimos riéndonos con los piropos de los babosos y considerando a las mujeres por la amplitud de su escote y la extensión de su minifalda: las que follan mucho son unas putas; los que follan mucho, unos conquistadores.

Perpetuamos y empeoramos el discurso generacional que arrastraban nuestros abuelos, cuando la abuela se quedaba en casa y el abuelo se ganaba el sustento. Y lo peor de todo es que nos da igual. En general. Con poquitas excepciones. Algunas feminazis, algunos maricones y algunos tontos. Nadie ha levantado la voz. Quizás por miedo, puede que por indiferencia, chi lo sá?


El otro día, después de que El Mundo publicara una carta de una mujer, Sara Calleja, que había decidido suicidarse ante el acoso de su expareja, a uno se le caía el alma a los pies al leer los comentarios de los lectores. Ya sabemos que la narrativa de un artículo ya no se acaba con el punto final del texto sino que empieza donde arranca el primer comentario y que es ahí donde se dirime la suerte del texto. Estoy seguro de que en este, como en aquel, podremos leer un sinfín de operetas quejosas sobre lo malvada que es la fémina, la cantidad de denuncias falsas que justificarían hasta el asesinato de Ghandi, amén de descalificaciones de ligeras a gruesas y recordatorios de lo bien que tratamos a las señoras en España los días laborables. Porque eso es lo mejor: lo activos que son los perseguidores del sentido común. Si setenta u ochenta mujeres mueren al año asesinados por su pareja en nuestro país podría decirse que tenemos un grave problema estructural con la violencia de género, verdad? Si ochocientas mujeres han muerto desde 2005 incluso podríamos arriesgarnos y afirmar que no es un hecho coyuntural sino sistémico, ¿no?


Después de la mencionada carta en El Mundo, el periódico consiguió hablar con la juez del caso, una señora que afirmaba no tener ningún instrumento a su alcance para evitar finales como este. Lo mejor llegaba al final, cuando se le preguntaba si estaba satisfecha con su trabajo: «Sí. Desde el momento que nos entró la primera denuncia, Sara estuvo totalmente protegida».

Quizás ese es el problema: que fingimos ser ciegos y sordos. O —quién sabe— puede que en realidad lo seamos.

Toni García
Texto extraído de: lamarea.com

lunes, 9 de noviembre de 2015

DICEN QUE ODIO A LOS HOMBRES...


Dicen que odio a los hombres, y lo dicen hombres que justifican que otros hombres ejerzan la violencia contra las mujeres con las que conviven, que aceptan que el hombre imponga autoridad y respeto, que entienden la masculinidad como una actitud dominante y controladora, que prefieren ocultar sus emociones y sentimientos, porque dicen que mostrarlos los debilita; hombres que reducen su fortaleza a lo que dé de sí la masa muscular. Para ellos, defender esa masculinidad es amar a los hombres.

Dicen que criminalizo a los hombres porque señalo a los hombres violentos, porque me niego a que esos agresores me utilicen a mí y al resto de los hombres como argumento para utilizar su violencia y sus privilegios; y lo dicen quienes les dan la razón con su silencio y sus palabras. Nosotros no somos como esos otros hombres, ni nuestro silencio los va a amparar. Defender la violencia en los hombres para ellos no es criminalizarlos, es protegerlos.


Dicen que olvido a los hombres porque no hablo de la violencia que sufren por parte de las mujeres, y lo dicen quienes callan los homicidios y agresiones que sufren los hombres por parte de otros hombres, porque esa violencia es cosa de hombres, comentan; y lo dicen los que históricamente han ignorado las otras violencias, también las que ejercen las mujeres contra los hombres, porque nunca les ha importado el hombre vencido, eso ya es para ellos una razón suficiente que demuestra que no eran hombres de verdad. Son los mismos hombres que ahora no soportan que las mujeres venzan con la justicia, y salgan de la violencia de género en la que antes permanecían atrapadas con su pasividad y silencio. Para ellos, recordar la igualdad y la justicia es olvidar a los hombres.

Dicen que los hombres pierden con la igualdad, y lo dicen los que prefieren mantener la injusticia de los privilegios y los abusos sobre los derechos arrebatados a las mujeres con tal de ser más hombres. Y también dicen que quienes trabajan por la igualdad viven de ella, y lo dicen quienes viven y matan en nombre de la desigualdad, los que siempre buscan el enfrentamiento, y los que no quieren entender que la única recompensa de la igualdad es la convivencia en paz, también para ellos, sus hijas y sus hijos.

Dicen que no quiero a los hombres, y lo dicen hombres que niegan el afecto y el amor de los hombres si no se corresponde con el modelo heterosexual que han decidido como masculino, y dirigido a establecer relaciones desiguales de abuso con el amor como argumento. Para ellos, querer a los hombres es hacerlos machos y viriles.

Dicen que rechazo la paternidad de los hombres, y lo dicen los mismos que justifican que un maltratador es un buen padre, aquellos que han guardado silencio sobre la desigualdad que aleja a los hombres de las responsabilidades del cuidado y el afecto de los hijos e hijas, hombres que disfrutan cada día de un 34% más de tiempo de ocio mientras que las madres de sus hijos dedican un 26% más de tiempo al cuidado, y un 97% más a las tareas domésticas, sin renunciar al trabajo fuera del hogar (Barómetro CIS, abril 2014). Pedir el tiempo y las circunstancias para poder ejercer la paternidad responsable desde el principio para ellos es rechazar la paternidad de los hombres. Lo dicen quienes creen que esa responsabilidad de ser padres comienza con la separación.

Dicen que rechazo que los hombres sean víctimas de la cultura, y lo dicen quienes presentan a las mujeres con la vestimenta tradicional de la perversidad y la maldad para hacerlas responsables de todos los males, especialmente de lo que le afectan a los hombres.
Los mismos que a pesar de los 600.000 casos de violencia de género y los 60 homicidios de mujeres al año, manipulan los datos para, en lugar de insistir en todo lo que aún se necesita para evitar la impunidad de los hombres violentos y el abuso de los interesados, intentan presentar la realidad de la violencia contra las mujeres como "denuncias falsas". Los mismos que piden acabar con la ley que lucha contra la violencia de género para que todo sea como siempre ha sido en el silencio y la impunidad. Estos hombres dicen que los hombres son "víctimas de la cultura", pero no dicen que la cultura ha sido creada por hombres y sobre referencias masculinas para darle privilegios a ellos.

Por eso digo que el machismo, además de someter, agredir y asesinar a las mujeres, también es malo para los hombres. Lo es por esa forma de entender la masculinidad como un ejercicio diario y constante de poder, por esa manera de mirar al mundo y a las personas como amenaza, por esa competición que cada hombre establece consigo mismo y contra todos los demás. El machismo presenta a los hombres como precio de su propia vida. Es cierto que les da la calderilla de la violencia para conseguir susnecesidades diarias, pero al final terminan pagando ese importe en ausencia de todo lo demás.

La soledad a la que tanto temen esos hombres de verdad es una consecuencia de su propia identidad construida sobre ese machismo de camaradería aparente y traidor, que busca más el poder en cada hombre que a la persona que hay en él.

Esos hombres machistas dicen mucho desde el posmachismo, pero callan ante cada golpe, ante cada abuso, ante cada discriminación que sufren las mujeres, y callan y se esconden ante cada homicidio que otros hombres cometen desde su hombría. Critican a las mujeres y a muchos hombres por cambiar para alcanzar la igualdad, pero no critican a los hombres que no cambian para permanecer en el abuso y la violencia.


Esos hombres que tanto dicen y tanto callan podrán decir lo que quieran; lo que tantas y tantas personas (mujeres y hombres) decimos para alcanzar la igualdad queda en cada palabra que compartimos, con ellos también, y por más que lo intenten no podrán manipularlas ni cambiarlas, como tampoco pueden evitar que cada día haya más hombres que rechazan el machismo y busquen la igualdad.

Extraído de : miguelorenteautopsia 

lunes, 5 de octubre de 2015

MALTRÁTAME SUAVEMENTE: LA VIOLENCIA COMO ARMA DE SEDUCCIÓN...

Desde las películas de Disney, pasando por las comedias románticas de Hollywood y los dramas españoles hasta los filmes de acción asiáticos, en muchas de las historias de amor que nos muestra la gran pantalla hay un elemento recurrente que es común a ellas: el uso de la violencia –física, psicológica o verbal-por parte de los personajes masculinos hacia las protagonistas femeninas, quienes a pesar del maltrato -o precisamente debido a este- caen rendidas a los pies de sus victimarios. ¿Es que acaso en el cine la violencia es un arma de seducción? ¿Los golpes, los gritos y las amenazas son sexys?

“Es posible e incluso necesario que al mismo tiempo que disfrutamos de los videojuegos podamos también ser críticos con respecto a sus aspectos más problemáticos o dañinos”.

(Anita Sarkeesian)

Desde que soy feminista -hace apenas 4 años atrás- son cada vez más las situaciones en las que se me viene a la mente esta frase de Anita Sarkeesian, una amante de los videojuegos que analiza los estereotipos sexistas que existen en estos productos de entretenimiento. Y es que ponerte las gafas violetas -es decir, adherirte al feminismo- te da una nueva perspectiva en la que la violencia de género o la representación sexista de las mujeres es algo que no puedes pasar por alto ni siquiera cuando estás viendo las películas que más te gustan.

Eso es lo que me pasó hace unos días atrás cuando volví a ver Oldboy, un fascinante drama surcoreano que narra la historia de un hombre en busca de venganza. El protagonista, en medio de su aventura, encuentra a una chica y tras intentar abusarla sexualmente, para luego atarla contra su voluntad y al final encerrarla en una habitación, termina descubriendo que la ama y que -lo que es más sorprendente- es correspondido por ella.

Aunque volví a disfrutar de esta extraordinaria película, este detalle -el de una relación amorosa en la que la violencia contra la mujer es uno de los ingredientes principales- siguió dándome vueltas en la cabeza durante varios días y, poco a poco, fui recordando, uno a uno, varios títulos de películas contemporáneas en las que la violencia masculina parece ser una peligrosa arma de seducción.



Síndrome de amor

Cuando “la víctima de un secuestro, violación o retenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y de un fuerte vínculo afectivo con quien la ha secuestrado” se produce una reacción psicológica conocida como el síndrome de Estocolmo, el cual hoy en día también es empleado para explicar el comportamiento de las mujeres que sufren maltratos por parte de sus parejas y los motivos por los cuales les resulta difícil romper el vínculo con sus agresores.

Como bien sabemos todas, la violencia contra la mujer es un mal que afecta a millones de nosotras en el mundo entero, a tal punto que es considerada un problema de salud que se reproduce como una epidemia en cada rincón del planeta: prueba de ello es que una de cada tres mujeres es víctima de agresiones físicas o sexuales por parte de su pareja.

Hace unos años atrás, escribí un post sobre La Bella y la Bestia en el cual describía cómo las agresiones verbales, físicas y psicológicas que la joven prisionera sufría en el castillo de su captor se justificaban detrás de la moraleja que el popular filme de Disney defendía: el de que la belleza está en el interior, a pesar de que la violencia de la Bestia era explícita: su agresividad era externa y tan temible como su apariencia física.

En ese entonces ya tenía la sospecha de que el “enamoramiento” de Bella estaba más relacionado con los efectos de su reclusión: ella era presa del síndrome de Estocolmo. Ahora estoy segura de que, desde una perspectiva feminista, esa es una interpretación certera, pero lamentablemente Bella no es la única, hay otros personajes femeninos de carne y hueso que también han cambiado la palabracaptor (o agresor) por la palabra amor.



Secuéstrame si puedes

Era finales de 1989 cuando Pedro Almodóvar, quien estaba a punto de estrenar su más reciente película Átame, declaró a la prensa que “Átame equivale a te quiero, con todo lo que ello conlleva, toda esa parte de las relaciones que no estamos dispuestos a aceptar pero que aceptamos porque no queremos ni podemos vivir sin amor”.

De esa manera el cineasta español resumía en buenas cuentas la historia de amor de su último filme en el cual una actriz porno llamada Marina era secuestrada por Ricky, un psicópata que -convencido de que la ama y que ella debería corresponder a sus sentimientos- la mantiene en cautiverio fuertemente atada a una cama.

Durante su secuestro, ella es primero golpeada hasta quedar inconsciente y luego maltratada psicológicamente de una y mil maneras y aunque llega a tener una oportunidad para escapar, prefiere quedarse al lado de su captor. Tal como el título lo dice, al final es la propia víctima quien exige ser atada para evitar así que sus ansias de libertad sean más fuertes y termine huyendo de su secuestrador.



Buffalo 66 también nos presenta una historia de amor nacida a partir de un secuestro: Layla es una estudiante de danza que es raptada por Billy, un hombre que acaba de salir de prisión. El único objetivo del flamante ex convicto es que su víctima se haga pasar por su novia para impresionar a sus padres.

La dinámica de esta pareja protagónica es diferente: además de la escena del secuestro en sí, Billy no hace uso de fuerza física para amedrentar a su prisionera, pero no porque no desee agredir a Layla sino porque esta, para sorpresa de todas, no opone resistencia alguna. Y no sólo eso, sino que a pesar del continuo maltrato verbal al que él la somete a lo largo de la cinta, ella termina siendo la única persona que realmente se interesa por conocer y comprender a Billy.


En comparación con las dos películas mencionadas, en Oldboy -filme cuyo argumento ya comenté al inicio de este post- la relación entre los protagonistas no se inicia con un secuestro sino más bien con una agresión sexual. Dae-Su se desmaya en un restaurante y Mido, la joven chef del lugar, lo lleva a su departamento y lo cuida hasta que él despierta.

Es entonces que, aprovechando la primera oportunidad que tiene, Dae-Su besa a la fuerza a Mido mientras levanta su falda. Si bien, Mido se defiende y logra detener a su agresor, a este intento fallido de violación, le suceden, como ya mencioné, el que ella sea atada y por último encerrada en una habitación por él. Pero nada de esto parece importarle a Mido, quien no duda en declarar su amor a Dae-Su.


“Sólo quiero que sepas que creo que eres el chico más dulce del mundo”.

Golpéame, mi amor

Quizás no sea casualidad que en 2 de las 3 películas que he elegido para mostrar este tipo de relaciones sentimentales marcadas por la violencia, las protagonistas sean mujeres secuestradas víctimas del “amor” que luego sienten por sus captores. Y es que para mí ese amor es en realidad una manifestación del síndrome de Estocolmo. Lo curioso es que en estos filmes en ningún momento se da a entender o se especifica que los personajes femeninos sufran algún trastorno psicológico.

Ellas son vistas más bien como la compañía perfecta para sus victimarios, ya que representan la esperanza que ellos necesitan para comenzar de nuevo o para seguir adelante. De esta manera se perpetúa la idea de que los cuidados y la actitud comprensiva de estas mujeres los harán cambiar porque amor es todo lo que ellos necesitan, aunque en este caso lo que en realidad les hace falta a Ricky, a Billy y a Dae-Su es ir a la cárcel por los delitos que cometen contra Marina, Layla y Mido, respectivamente.

En estos filmes -y en muchos otros como El guardaespaldas (1992) o El cazarrecompensas (2010)- la violencia masculina no es cuestionada, ni siquiera es mencionada de manera explícita: ninguno de los personajes femeninos hace referencia a los maltratos sufridos, estos parecen ser aceptados de antemano como algo propio del carácter de sus compañeros o como parte de la singular relación que han establecido con ellos. La violencia masculina ha sido normalizada a tal grado que las agresiones cometidas por los hombres no son vistas como algo más que un elemento que le añade intensidad a la dinámica del enamoramiento o de la seducción.

Si bien Átame, Buffalo 66 y Oldboy son algunas de mis películas favoritas, el disfrutar de ellas no significa que no pueda notar su aspecto problemático o dañino como el que he mencionado líneas arriba, el cual por cierto me recuerda un dicho popular limeño: “Más te pego, más te quiero”. Esta frase se emplea para hacer referencia a la dinámica de las parejas de la región andina, el llamado “amor serrano” -procedente de la región de la sierra peruana-, el cual en el imaginario colectivo se supone que está caracterizado por la violencia contra la mujer. Cierta o no, esta frase parece resumir muy bien la relación amorosa en una buena cantidad de películas del cine contemporáneo proveniente de diferentes partes del mundo.

Texto extraído de: soyunachicamala

domingo, 30 de agosto de 2015

VIOLENCIA MACHISTA: ESPOSO Y PADRE EJEMPLAR EN LA CALLE, MONSTRUO EN CASA


En España unos 700.000 hombres, según la Macroencuesta de 2015, maltratan a las mujeres con las que comparten una relación. Como consecuencia de esa violencia de género, alrededor de 900.000 niños y niñas viven expuestos a ella sufriendo importantes consecuencias sobre su salud y comportamiento, al normalizar la violencia como una forma de resolver conflictos. De entre esos menores, unos 600.000 sufren además violencia directa, puesto que el padre que entiende que la violencia es una forma adecuada de resolver los problemas, también la utiliza contra sus hijos e hijas. Y la convivencia con la violencia de género es tan terrible, que en la última década cuarenta y cuatro niños y niñas han sido asesinados por esos padres violentos, y sesenta mujeres son asesinadas cada año.

Y la inmensa mayoría de estos hombres asesinos son considerados por el vecindario y sus entornos como "muy buenas personas", "muy cordiales", "muy buenos padres", "maridos estupendos", "grandes amigos", "vecinos muy atentos y considerados", "muy trabajadores"..., tal y como muestran las informaciones cuando tras un femicidio entrevistan a la gente que tenía alguna relación con los agresores.

Los maravillosos hombres, amigos, vecinos... pasan de repente a terribles criminales, cambian de ese Sr. Padre al Mr. Violento desconocido. Pero lo más grave es que esta reacción no es una anécdota, sino que forma parte de la estrategia de la misma cultura que con sus claroscuros entiende que la violencia de género puede ser normal. Cuando los hombres agresores y asesinos son presentados en sociedad como "buenos hombres", se pone en marcha una de las trampas más eficaces y extendidas para ocultar la realidad, concretamente la que lleva a interpretar que aquello que no se ve, no existe, confundiendo de manera interesada la invisibilidad con la inexistencia.

De ese modo, para el machismo, la cara oculta de la violencia de género, lugar donde transcurre el ochenta por ciento de ella, no es que no se vea, sino que no existe. Y si la violencia de género no existe, pero es denunciada, ¿cuál es la interpretación que da la cultura machista?... Muy fácil, pues que se trata de "denuncias falsas". Así todo encaja.


Algo parecido ocurre con los asesinos: si son magníficos maridos, padres, vecinos, trabajadores... y acaban de matar a la mujer o a los hijos, ¿cuál es la interpretación?... Muy sencilla también, pues que "se les ha ido la cabeza" o "les ha venido una elevada ingesta de alcohol o drogas". De nuevo todo encaja.

Ya no hay excusas, los hechos se repiten con dramática frecuencia para que se siga pensando que lo invisible no existe. La violencia de género existe y está muy cerca, ha sido ocultada en muchos hogares y relaciones bajo el argumento de la normalidad, hasta el punto de hacer que las propias mujeres que la sufren contribuyan a su ocultación, tal y como refleja la Macroencuesta de 2015 al recoger que el 44% de ellas no denuncia por que cree que la violencia sufrida no es lo suficientemente grave, o cuando el 21% afirma que no lo hace por "vergüenza".

¿Quién le dice a las mujeres que es "normal" cierto grado de violencia?, ¿quién les hace sentir vergüenza por sufrir la violencia de sus parejas?... La cultura machista es la responsable, y por ello a pesar de llevar siglos bajo esta violencia, aún no somos capaces de sacarla a la luz en toda su magnitud ni de desenmascarar a los machistas que la propician y la ejercen.

En lugar de cuestionar los casos cuando ya se han producido, lo que debemos criticar son las causas y el contexto social que da lugar a ellos antes de que se produzcan. Mientras no cambiemos las referencias de la cultura, la violencia de género seguirá existiendo.



Miguel Lorente
Texto extraído de: mujericolas