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lunes, 25 de enero de 2016

EL SEXISMO QUE OCULTAN LAS PALABRAS


Hoy ya a nadie sorprende oír hablar de la ministra, todo el mundo entiende que la médica es una mujer que ejerce la medicina y no la mujer del médico, y cualquier discurso público que se precie comienza con un señoras y señores, ciudadanos y ciudadanas, candidatos y candidatas… La igualdad legal entre hombres y mujeres y la masiva incorporación de la mujer a todos los ámbitos públicos y privados han modificado la forma de hablar, han feminizado muchos términos referidos a oficios, cargos y profesiones y han forzado cambios expresivos en el lenguaje formal y políticamente correcto. Sin embargo, basta escuchar con intención cualquier conversación cotidiana –da igual que sea banal o profesional–, para descubrir que el lenguaje habitual está lleno de expresiones y estructuras que en el mejor de los casos perpetúan estereotipos que perjudican o invisibilizan a las mujeres y en el peor las denigran.

“Eres una nenaza”, “esto es un coñazo”, “hijo de puta”, “los niños no lloran” son expresiones muy frecuentes y claramente machistas. Pero tampoco es muy igualitario decir “tengo que ir al médico; llamaré a la enfermera para pedir hora” en todas aquellas ocasiones en que no sabemos el sexo de nuestros interlocutores, o “cuando el hombre vivía en cavernas…” para referirse a los seres humanos, o “niños, sacad los cuadernos” en un aula mixta. Las palabras tipa, individua o zorra siguen remitiendo a conceptos que nada tienen que ver con el femenino de tipo, individuo o zorro. Y es habitual escuchar en boca de una mujer “porque uno piensa que…” en lugar de “porque una piensa que…”, o incluso leer que “un joven fue atracado y golpeado por unos gamberros… y su novia también resultó herida”.


“A grandes rasgos podemos decir que hay dos tipos de sexismo en el lenguaje: las bromas, chistes y expresiones machistas, y el derivado del hecho de que el lenguaje tenga unas formas de hablar que oscurecen la presencia de las mujeres y dan prioridad a la realidad de los hombres. El primero es más fácil de controlar, pero el segundo es difícil de corregir porque las reglas gramaticales que han enraizado en el lenguaje son resultado de una sociedad misógina, androcéntrica, que pone al hombre como medida de todas las cosas y utiliza la palabra hombre para referirse a toda la humanidad, padre para hablar de padres y madres, etcétera”, afirma la socióloga Inés Alberdi.

Razón no debe faltarle cuando incluso los lingüistas más conservadores admiten que hay que corregir los usos del lenguaje sexista, evitar el léxico que resulte discriminatorio y feminizar los cargos y profesiones ejercidos por mujeres pero, en cambio, todas las iniciativas encaminadas a dar más protagonismo a las mujeres en el habla que afectan a la gramática suscitan controversia y no terminan de cuajar.

Sin duda el caso más significativo es el uso del masculino genérico. Quienes luchan por erradicar el sexismo del lenguaje rechazan que se utilicen expresiones masculinas para referirse a personas de los dos sexos. Proponen múltiples alternativas: desde el desdoblamiento de los sustantivos –niños y niñas, hombres y mujeres, directores y directoras…–, hasta el uso prioritario de nombres colectivos que hacen referencia tanto a hombres como mujeres –alumnado, profesorado, clientela, adolescencia, licenciatura, infancia, niñez, ingeniería, vejez, jefatura, alcaldía, tutorías, ciudadanía…–, pasando por utilizar quienes –en vez de decir “el que lo vea” usar “quien lo vea” o “quienes juegan al fútbol” en lugar de “los futbolistas, por ejemplo–, evitar el artículo los –y hablar de “jóvenes y ancianos” y no de “los jóvenes y los ancianos”– o incluso emplear el femenino plural como genérico cuando hace referencia a las personas, con ejemplos como “¡juntas podemos!” o “hablar para todas”.

El masculino genérico es el caso más significativo del sexismo en el lenguaje (Rosa Mundet - Propias)

Pero todas estas propuestas tienen multitud de detractores. Tal vez no cuajan porque al menos algunas de ellas no resultan muy operativas. Hay quien encuentra ridículo, artificial y poco eficaz pasarse el día desdoblando sustantivos. “Para mí no es operativo tener que precisar que ayer fui con mis hijos y mis hijas, mis hermanos y mis hermanas al cine, y que hoy he quedado con mis amigos y mis amigas para cenar; la reiteración puede servir para arrancar discursos o escritos oficiales, pero no podemos duplicar la extensión de todas nuestras conversaciones”, expone una de las personas consultadas. “Es cierto que en lugar de decir los españoles consumen podríamos decir la población española, pero la realidad es que nuestras normas lingüísticas reconocen el uso del masculino con sentido inclusivo, para designar a los dos sexos, y no veo razón para no hacerlo”, afirma otra. Tampoco es demasiado bien acogida la propuesta de usar el femenino como genérico. “No podemos escribir y hablar como nos apetezca, ha costado mucho tiempo institucionalizar una lengua para ahora saltarnos las normas”, arguye uno de los detractores.

El uso del femenino para referirse a hombres y mujeres no deja de ser la misma forma de discriminación pero con el otro sexo, pero hay formaciones políticas y grupos de opinión que lo utilizan a modo de protesta y provocación para evidenciar que el lenguaje no es aséptico y que el género de las palabras importa. “Cuando en un congreso mixto de ginecología se habla en femenino y algún ginecólogo se queja porque se siente excluido debe ser que el género sí es importante, así que también debería ser considerado como tal para las mujeres”, ejemplifica la socióloga Marina Subirats.

Su colega Inés Alberdi no alberga ninguna duda de que el género que se usa al hablar trasciende a la gramática. “Hace años una amiga recibió una carta del ayuntamiento de Madrid firmada por el entonces alcalde, Juan Barranco, encabezada por un genérico ‘Querido Luisa’, y decidió contestarla con un ‘Querida Juan Barranco’; la carta molestó mucho, porque aunque se considera que la mujer no debe molestarse cuando se la trata en masculino, el hombre sí se ofende si se le habla en femenino porque existe el convencimiento de que lo masculino es superior”, relata.

De hecho Alberdi cree que es la asociación de lo masculino con mayor valor lo que dificulta muchos de los esfuerzos en favor de un lenguaje menos sexista. “Hay mucha gente, mujeres en muchísimos casos, que se resisten a feminizar nombres, cargos u oficios porque parece que cualquier título en femenino vale menos, y que si una mujer se presenta como arquitecto resulta más serio que si dice que es arquitecta”, comenta.


Eulália Lledó, catedrática de literatura catalana y experta en coeducación que lleva años desarrollando las denominaciones de cargos y oficios en femenino para dar visibilidad a las mujeres, se ha topado con esas resistencias. En su catálogo de profesiones de la A a la Z en masculino y femenino, Lledó explica cómo hay quien pone trabas a emplear el femenino en oficios como músico aduciendo que se puede confundir con la música como arte pero no ve ese problema de confusión con objetos o adjetivos cuando se trata de masculinos como frutero, sereno o estadístico, por ejemplo.

Lledó asegura que una de las constantes de cualquier lengua es la facilidad con que admite palabras nuevas para describir realidades o valoraciones nuevas, y también la facilidad con que se desprende en el uso cotidiano de palabras cuando ya no son necesarias. Por eso opina que aunque parezca que es difícil hablar sin resultar sexistas y que algunas alternativas propuestas parezcan farragosas, si la sociedad toma conciencia de que es importante corregir los tic sexistas del lenguaje acabarán abriéndose paso nuevas fórmulas. “Hace un tiempo parecía extraño utilizar palabras como profesorado o alumnado en el ámbito educativo y ahora están muy generalizadas; igual que podemos decir persona, ser humano o ser vivo en lugar de hombre cuando es sinónimo de humanidad y funciona; y decir fiscala en vez de fiscal te sonará mejor o peor pero, como se ha comprobado con el término ministra, al final es una cuestión de hábito”, reflexiona.

Alberdi está convencida de que todos estos cambios para evitar los usos sexistas del lenguaje serían más rápidos si no existieran organismos reguladores de la lengua como la Real Academia Española (RAE) o el Institut d’Estudis Catalans (IEC). “En el mundo anglosajón ha bastado con que hubiese grupos activos que lo planteaban para promover el cambio de que en las reuniones de universidad o de empresa deje de utilizarse el término chairman para referirse a quien las dirige y se utilice chairperson, del mismo modo que se suprimieron los tratamientos de Miss y Mrs para no discriminar a las mujeres frente a los hombres haciendo alusión a su estado civil y ahora se utiliza el neutro Ms; y en Estados Unidos han cambiado mucho los hábitos lingüísticos y muchos libros dedicados a cómo hacer carrera profesional están escritos en femenino precisamente para que no parezca que es cosa de hombres”, ilustra.

Sin embargo, en España son muchas las voces reticentes a promover cambios forzados en el lenguaje, entre ellas, y en el caso concreto del castellano, las de la mayoría de miembros de la RAE que suscribieron el informe sobre Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer que elaboró el académico Ignacio Bosque. Leonardo Gómez Torrego, especialista en gramática normativa y asesor de Fundéu (Fundación del Español Urgente), opina que hay que distinguir entre léxico y gramática. “El léxico ha de ser políticamente correcto y los cambios se pueden impulsar desde la sociedad, sobre todo por parte de los políticos, de tertulianos y de personas relevantes que pueden favorecer y promocionar modificaciones en el uso de las palabras; pero la gramática es aséptica, tiene unas reglas de género masculino y femenino, de singulares y plurales, de tiempos verbales, etcétera que no podemos cambiar por la fuerza, sino que evolucionan con el tiempo, lentamente”, asegura. Por eso tanto Gómez como Bosque rechazan las propuestas de las guías de lenguaje no sexista que conculcan aspectos gramaticales o léxicos del sistema lingüístico.

Magí Camps, responsable de Edición de La Vanguardia, también considera que “ir contra el masculino genérico es ir contra la esencia gramatical de nuestra lengua” y justifica que hablar en masculino para referirse a hombres y mujeres no es sexista, sino la aplicación del género gramatical de las lenguas románicas, donde el masculino actúa además como genérico. “En inglés es más fácil porque hay más nombres colectivos que engloban a los dos sexos, como parents (padres y madres), children(niños y niñas)…”, señala. Para Camps, la forma de dar visibilidad a la mujer al hablar o en los medios de comunicación no es utilizar el femenino, ni desdoblar constantemente los sustantivos o inventar una terminación en @ difícilmente pronunciable, “sino cuidar el enfoque y la inclusión de voces femeninas para hablar de los temas, y feminizar todas las palabras que tienen desinencia, como ministra, ingeniera, música…”.

Teresa Cabré, catedrática de Lingüística y Terminología de la Universitat Pompeu Fabra (UPF) y miembro del Institut d’Estudis Catalans (IEC), coincide en que el sexismo no es un problema gramatical sino social. “El lenguaje refleja la conceptualización de la realidad en nuestra mente, y mientras no cambiemos la percepción no se solucionará el problema por más que tratemos de visibilizar a la mujer al hablar”, enfatiza.


En cambio Marina Subirats cree que, precisamente porque el lenguaje es la representación mental que tenemos del mundo, es relevante nombrar explícitamente a las mujeres al hablar “ya que si no las nombramos normalmente olvidamos su existencia y la diferencia que supone ser mujer o ser hombre en muchos aspectos”. Y precisa que no se trata de nombrar el masculino y el femenino de forma mecánica, como latiguillo dialéctico constante, sino de utilizar el desdoblamiento de género para evidenciar visiones y realidades distintas. “Un ejemplo muy claro es distinguir entre conductores y conductoras cuando se habla de tasa de accidentes, porque es distinta y hay que dar esa otra visión del mundo”, enfatiza.

Cabré, por su parte, considera que la clave es encontrar un equilibrio entre la eficiencia del discurso y el criterio de quien habla, de modo que la ideología de cada cual inclinará más la balanza en un sentido u otro. En su caso, explica, rechaza el uso del femenino genérico por su convencimiento de que “la gramática cambia por evolución, no forzada”, pero también desaconseja el uso generalizado del masculino genérico que lleva a escuchar “porque uno piensa…” de boca de mujeres, cuando pueden decir “una piensa…”.


En realidad, las fórmulas para no resultar sexista al hablar son bastante personales y cada persona tiene la posibilidad de elegir la combinación idónea de igualdad y normativa lingüística con que se siente más cómoda. Magí Camps, por ejemplo, rechaza el uso del femenino genérico “porque sería romper con nuestra gramática” pero afirma que si imparte clases en un aula integrada por 40 chicas y tres chicos se dirige a su auditorio en femenino.

Ignacio Bosque considera que más que hablar de “uso sexista del lenguaje” habría que hablar de “sexismo con el lenguaje”, del comportamiento sexista de las personas usando el lenguaje como instrumento. “Si los organizadores de un congreso convocan a una cena a ‘los participantes acompañados de sus esposas’, estarán siendo marcadamente sexistas, pero si convocan a una cena a ‘todos los participantes en el congreso’ no lo serán porque en la expresión ‘todos los participantes’ están incluidos los hombres y las mujeres”, opina.

Mayte Rius
Texto extraído de: Lavanguardia.com

viernes, 4 de diciembre de 2015

EL DECÁLOGO DEL NEOMACHISMO O CÓMO PERPETUAR LA DESIGUALDAD DE GÉNERO SIN PARECER MACHISTA


En la web proliferan mensajes posmachistas que son una reacción patriarcal a los avances en derechos de las mujeres.

"Tiene un discurso políticamente correcto, pero es el machismo de siempre", afirman las autoras del estudio 'Neomachismo en espacios virtuales'


Uno de sus planteamientos es que existe un alto número de denuncias falsas por violencia machista, pero solo representan el 0,01% del total, según la Fiscalía General del Estado

Marta Borraz


"Ni machismo ni feminismo" o "La violencia no tiene género", algunos de los lemas de Vox al irrumpir en la marcha del 7N /
Raquel Ejerique
Suele posicionarse contra la Ley Integral contra la Violencia de Género de 2004 o el lenguaje no sexista y habla de un alto número de denuncias falsas por violencia machista. Es el llamado neomachismo (o posmachismo) que, según las personas expertas consultadas, ha aterrizado como una reacción patriarcal a los avances en derechos de las mujeres conquistados en los últimos años. "Es el machismo de siempre, pero con un discurso transformado para poder introducirse y calar en el mundo actual", según las investigadoras Trinidad Donoso y Nieves Prado.

Pero, ¿en qué se diferencia del machismo como tal? "Tiene un discurso políticamente correcto hacia los principios de igualdad y la inferioridad natural de la mujer no se acepta en esta corriente, al menos no como discurso enunciado", afirman las expertas, que han realizado un estudio sobre ' Neomachismo en espacios virtuales'. Es ahí, en la red, donde proliferan mensajes de este tipo y comentarios que pueden condensarse en estos diez.


1. "La violencia no tiene género"


Era uno de los lemas que la formación política Vox llevaba en sus pancartas al irrumpir en la marcha contra las violencias machistas del pasado 7N."Todos los seres humanos podemos ser violentos", sostiene Rubén Sánchez Ruiz, psicólogo y formador en materia de violencia machista, pero esta frase "ignora que esta es una violencia específica".

Para Miguel Lorente, exdelegado del Gobierno para la violencia de género, "obvia que vivimos en un sistema patriarcal y que hay una construcción cultural que minimiza y justifica la violencia del hombre sobre la mujer", que ha provocado el asesinato de 48 mujeres en lo que va de año, según cifras oficiales. Lorente afirma que esta violencia es distinta a otras porque, entre otras cosas, "se normaliza y responsabiliza a la propia víctima".

Mensaje en Twitter de la Guardia Civil sobre violencia de género.

2. "Ni machismo ni feminismo, igualdad real"


El posmachismo suele reaccionar ante el uso de la palabra feminismo, que "a pesar de ser un pensamiento liberador, lo ve como un ataque y es producto del desconocimiento", resume Lorente, y lo equipara con el machismo para acabar concluyendo que lo que defiende es la igualdad real. Sin embargo, son planteamientos que persiguen lo contrario. Según la Real Academia Española, el machismo es "la actitud de prepotencia de los varones sobre las mujeres" y el feminismo es "un movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres".


3. Cuestionamiento de la Ley Integral contra la Violencia de Género


Muchos consideran la norma, aprobada en 2004, "discriminatoria para los varones", analizan Donoso y Prado en su investigación. De hecho, existen grupos y asociaciones "de afectados" por la ley porque "se sienten atacados por todo aquello que cuestiona su poder y se presentan como víctimas", explica Sánchez. Pero la norma, "con sus más y sus menos supuso un hito porque, entre otras cosas, intenta visibilizar esta violencia específica".


4. Un alto número de denuncias falsas?


Las expertas coinciden en que la falsa creencia de que hay un elevado número de mujeres que interponen denuncias falsas por violencia machista es uno de los argumentos estrella del posmachismo. Sin embargo, según la Memoria Anual de la Fiscalía General del Estado con datos de 2014 solo el 0,01% de las mismas lo son. Se trata de un comentario habitual que hace pocos meses utilizó el expresidente de la Comunidad de Madrid Joaquín Leguina en Twitter:


"Las confunden con las absoluciones, que demuestran que los elementos de prueba no son suficientes para la condena y persiguen potenciar el mito de que las mujeres lo hacen para beneficiarse", dice Lorente. "¿Por qué no se habla de denuncias falsas en otros ámbitos en los que son mucho mayores?", se pregunta.


5. El Síndrome de Alienación Parental (SAP)?


En 1985 el psiquiatra Richard Gardner acuñó este término para hacer referencia a la manipulación por parte de un progenitor de los hijos e hijas para enfrentarlos al otro, normalmente por parte de la madre. Con ello, se consigue el cambio de custodia en un proceso de divorcio en base a que ella "lava el cerebro" de su hijo con el objetivo de destruir los vínculos con su padre. Este supuesto síndrome carece de consenso científico y no ha sido reconocido por la Organización Mundial de la Salud.

El peligro radica en que "se está dando en muchos casos de violencia machista y al final el hijo acaba con el agresor", denuncia Sánchez, para el que "los procesos de divorcio son complejos y puede haber manipulación por parte de los progenitores". Sin embargo, afirma, "es criminal convertirlo en un síndrome de la mujer". Según la macroencuesta de 2011, un 73,4% de mujeres víctimas de violencia de género salen de ella a través de la separación, sin interponer denuncia. Lorente califica el SAP como "trampa" porque "evita que nos preguntemos por las verdaderas causas para que los hijos muestren ese rechazo que, en muchos casos, son la violencia que han visto y vivido en el hogar".


6. El lenguaje no sexista


Burlarse del lenguaje inclusivo, que pretende romper con la forma en que lo masculino se ha impuesto como universal, es otro de los rasgos del posmachismo, según las expertas consultadas. Sánchez defiende su utilización porque "lo que no se nombra no existe", dice, "ya que el lenguaje regula el pensamiento y éste regula las actitudes". Lorente opina que se trata de "un rechazo al significado de lo que defiende este planteamiento comunicativo". Algo que demuestra que "nunca nos hemos cuestionado la utilización de 'damas y caballeros', pero sí de 'todas y todos'".


7. Uso del término "feminazi" o "hembrista"


En los últimos años se ha extendido el término "feminazi" para referirse a mujeres feministas que luchan por sus derechos haciendo alusión a que pretenden tratar a los hombres como los nazis a los judíos. El término fue popularizado por un locutor de radio estadounidense vinculado al Partido Republicano para nombrar a las mujeres que defendían el derecho al aborto. El hembrismo, por su parte, es utilizado como analogía del machismo para citar "la discriminación sexual, de carácter dominante, adoptada por las mujeres". Términos "que no responden a realidades", afirma Sánchez, y que "se usan de forma despectiva para decir que somos nosotros los intolerantes e irrespetuosos".

Un cartel aparecido este martes en una calle cercana al Juzgado de violencia contra la Mujer número 6 de Madrid

8. "La igualdad ya se ha conseguido"


"La certeza absoluta de que la igualdad real y formal de mujeres y hombres se ha conseguido" es otra de las características del posmachismo, según Donoso y Prado. Algo que lleva aparejado que "ya no es necesaria ninguna lucha feminista". En opinión de Lorente "se ha logrado actuar sobre la parte más superficial de la desigualdad, pero no sobre las causas". Las trabajadoras cobran un 23,9% menos que ellos por trabajos de igual valor y el 95% de las personas que están fuera del mercado laboral para dedicarse a los cuidados son mujeres.


9. Contra las cuotas


Existen opiniones diversas sobre la eficacia de las cuotas, incluso dentro del propio movimiento feminista. Pero el posmachismo suele posicionarse en contra porque "lo considera un ataque ya que estas iniciativas buscan modificar privilegios que la cultura les ha concedido a los hombres", dice Lorente, que considera importantes las cuotas porque "dirigir iguales acciones a quien ocupa una posición aventajada y a quien ocupa una inferior hace que avancen las dos partes, pero manteniendo la desigualdad entre ellas".

La ley de 2004 fijaba como recomendación un 40% de mujeres en el Consejo de Administración de las empresas, pero solo un 18,6% ocupa estos puestos. "Esta cifra no es una situación natural, también es una cuota, la cuota del machismo".


10. Beneficio económico del que defiende la igualdad


Este planteamiento se basa en que el feminismo utiliza la lucha en favor de los derechos de las mujeres con el objetivo de ganar dinero. Un argumento empleado por el periodista y escritor, Arcadi Espada, que el 12 de noviembre publicó un artículo en El Mundo sobre la marcha del 7N en el que aludía a que la manifestación solo buscaba "hacer negocio con el crimen". Para Lorente, es un juicio "muy efectivo en época de crisis", pero lo que no se dice es que "hay gente que lleva 30 años dejándose la piel y luchando contra la violencia machista en una situación de muchísima precariedad", añade Sánchez.

Texto extraído de; eldiario.es



domingo, 16 de junio de 2013

INSULTOS GENITALES...pero al revés

  Por: Ana Alfageme 


 Portada del disco Sticky Fingers, de The Rolling Stones (1971), obra de Andy Warhol.

- "Es una pollita de porcelana", manifestó una concejal de un grupo nacionalista criticando el gasto en revisiones urológicas para el personal del Ministerio de Presidencia, cuyo titular es el vicepresidente del Gobierno. 


- "Los coches son como los hombres. Hay que conducirlos con mano firme para que funcionen", manifestó la directora general de Industria en una conferencia pública sobre el sector del automóvil




- "Es un chico preparadísimo, hábil y discreto. Cada vez que veo esos morritos carnosos y esa bragueta pienso lo mismo, pero no lo voy a decir", declaró por su parte la alcaldesa de una importante ciudad española sobre el ministro de Sanidad, un hombre joven que iba a tomar posesión.


Comentario de la diputada autonómica del partido gobernante al conocer que un compañero de la oposición, cuarentón, se casa con una joven veinteañera: -"Es que los hombres necesitan a alguien al lado con el mismo nivel de madurez que ellos".


           


- "Las leyes son como los hombres. Están para darles por el culo aunque les duela", dijo una destacada dirigente de un organismo español de representación internacional, perteneciente al partido en el Gobierno, en una conferencia pública.



Una líder de la oposición sobre el alcalde, en el pleno municipal de la más importante ciudad de España.
- "Que se largue a cumplir, como todos los hombres, con las tres CCC. Solo valen para la casa, la comida y la cama".

La portavoz parlamentaria de un partido, hablando sobre los hombres víctimas de la violencia a manos de su pareja o ex pareja:
- "La mayoría de las denuncias son falsas. Realmente los hombres son como pelotas de frontenis. Cuanto más fuertes les pegas, vuelven antes".






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Quería escribir sobre el último insulto machista, el del concejal del Bloque Nacionalista Galego (BNG) en Cambados Xaquín Charlín a la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, a quien llamó "chochito de oro".

Pero me ha salido imaginar el mundo al revés, basándome en casos conocidos, como el de la vicepresidenta, el del alcalde de Valladolid hacia Leire Pajín, ex ministra de Sanidad, las afirmaciones del diputado de UPyD Toni Cantó sobre las denuncias por violencia de géneroo la frase del presidente de los españoles en el exterior sobre la violación y las leyes. Otros son viejos chistes que no deberían salir nunca de una taberna o una reunión.

Quería plantear como sería el mundo si los hombres, una y otra vez, fuesen descalificados públicamente de forma individual o colectiva por sus representantes. Fabular acerca de si, por el mero hecho de existir, el género masculino fuese blanco de ataques de contenido sexual o despreciativo de una manera sistemática. ¿Cómo se sentirían los hombres que se dedican a la política al ser rebajados repetidamente a coloquialismos genitales? ¿No es hora de una crítica igualitaria y respetuosa sobre las cualidades profesionales o gestoras?

Texto extraído de:Elpais.com/mujeres 


miércoles, 5 de junio de 2013

LENGUA, SEXISMO Y MI DÍA EN TODO ESTO





Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre, vuestro primer apellido y después la partícula “de”, seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Marín. En España se dice señora de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Marín, o sea, Carmen García de Marín.

Sección Femenina: Economía doméstica, para Bachillerato, Comercio y Magisterio, 1968


He querido comenzar con esta joya de cita para hacer ver dos cosas: una, que las recomendaciones sobre cómo mostrar a las mujeres en la lengua no surgieron ayer por la tarde ni las inventó precisamente el movimiento feminista.

Y dos, que en todas, absolutamente en todas las recomendaciones de este tipo se mezclan consideraciones lingüísticas y extralingüísticas. ¿Por qué? Porque no puede ser de otra manera, porque el lenguaje no está fuera del mundo, no está nunca separado del orden social ni de nuestras ideas, imágenes y construcciones mentales.



Hasta el Antiguo Testamento cuenta que con las palabras se creó el mundo.
Dios dijo: “Hágase la luz”. Y la luz se hizo.

Como me dedico a la confección, traducción y corrección de textos, a menudo tengo que atender a cuestiones sobre lengua y sexismo y resolver problemas muy concretos, muy cotidianos, muy de andar por casa, muy llanos. Por eso he querido escribir un articulito que no entre en consideraciones gramaticales (aunque me encantaría, porque la gramática me chifla) y que exprese de manera intuitiva y cercana mi muy terrenal y nada glamurosa experiencia en este ámbito. Vamos allá.

El dichoso masculino plural

Quizás la cuestión más polémica sobre lengua y sexismo es la del masculino plural. ¿A quién se refiere el masculino plural? ¿Nombra solo a hombres? ¿Incluye a las mujeres?

Para la Real Academia Española (RAE) no hay dudas: incluye a hombres y a mujeres. Os resumo lo que dice en su recomendable Diccionario Panhispánico de Dudas (DPD):

[…] … los nombres apelativos masculinos, cuando se emplean en plural, pueden incluir en su designación a seres de uno y otro sexo: Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales; En mi barrio hay muchos gatos (de la referencia no quedan excluidas ni las mujeres prehistóricas ni las gatas). Así, con la expresión los alumnos podemos referirnos a un colectivo formado exclusivamente por alumnos varones, pero también a un colectivo mixto, formado por chicos y chicas. […] … en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical masculino, posibilidad en la que no debe verse intención discriminatoria alguna, sino la aplicación de la ley lingüística de la economía expresiva.

Una vez que la RAE establece esto, añado que el masculino plural me plantea dos problemas: que invisibiliza a las mujeres y que no siempre nos incluye.


Veamos dos casos en los que el masculino plural invisibiliza a las mujeres; al menos a mí me las ocultó durante un tiempo.

Desde niña estudié que en la Edad Media europea los monjes se dedicaban a copiar manuscritos y de esa manera contribuyeron enormemente a la propagación de la cultura. Así pues, he pasado décadas pensando que los famosos monjes eran solo hombres, hasta que leí a una historiadora que afirmaba que también hubo monjas copistas; y algunas, además, muy notables, por su habilidad.

El masculino plural monjes (y el contexto, también visual, que lo acompañaba) no me hizo nunca sospechar que englobaba también a las monjas.

El segundo caso de invisibilización que os quería exponer es el de los niños soldado.

Había leído muchas veces en la prensa que en ciertos conflictos armados, principalmente de África, niños de ocho o diez años guerreaban como adultos con fusiles y metralletas. Pasé años pensando que solo eran varoncitos, hasta que un día leí que también había niñas soldado, las cuales, además, sufren una brutal violencia sexual. Como en el caso de los monjes, nada me había hecho sospechar que el masculino plural niños abarcaba también a las niñas, hasta que alguien lo declaró explícitamente.

La economía expresiva que defiende la Academia nos oculta a veces parte de la realidad.

Hay un caso muy peligroso y muy común de invisibilización mediante el masculino plural: los expertos. Es una frase hecha que aparece frecuentemente en los medios, sobre todo al tratar asuntos de corte científico: Según los expertos… Es especialmente dañino porque en la imagen que dibuja en nuestra mente los expertos siempre son hombres, con bata blanca o traje y corbata, pero siempre, siempre, quienes saben mucho de algo son hombres.



Es urgente, pues, que empecemos a sustituir ese según los expertos por otras expresiones menos marcadas, como, por ejemplo, según opiniones expertas o según voces expertas.

La segunda cuestión que me planteaba sobre el masculino plural es si nos incluye o no nos incluye. Como habéis leído, la RAE no duda: sí nos incluye. Y yo, la verdad sea dicha, cuando leo frases como Los trabajadores públicos se quedan sin paga extra o A debate el papel de los traductores, sí me siento incluida, creo que están hablando de mí.

Pero ¡cuidadito! Porque no siempre es así. A veces me creo que están hablando de mí y resulta que no. Mirad lo que leí hace poco en uno de esos periódicos gratuitos que reparten en las bocas del metro. El titular decía:

Cada vez más vascos con problemas sexuales

Yo pensé: ¡ah! Voy a leerlo, a ver qué problemas sexuales tengo. Pero luego seguía:

Aumentan los casos de disfunción eréctil

¡Anda! ¡Qué sorpresa! No estaban hablando de mí. Yo creía que ese vascos me incluía, pero luego ha resultado que no, que se refería solo a los hombres vascos. Ahí se ha producido lo que Ángel García Meseguer, en su famoso libro ¿Es sexista la lengua española?, llamaba salto semántico.

Así pues, ante un masculino plural, las mujeres nos tenemos que preguntar si estaremos incluidas o no, porque son posibles ambas cosas. Tenemos que acostumbrarnos a esa duda y, además, a una identidad cambiante, a que unas veces se nos nombre en femenino y otras, en masculino, como pasaba en mis clases de gimnasia; nada raro ni especial, por otro lado.

En las clases de gimnasia a las que asistía hace unos años, la mayoría de las veces éramos todas mujeres y la monitora, claro, nos hablaba en femenino:

Venga, chicas, todas juntas.

Muy de vez en cuando se dejaba caer por la clase algún hombre y entonces, con que un solo varón se nos uniera, ¡zas!, nuestra identidad cambiaba y pasábamos a ser chicos:
Venga, chicos, todos juntos.

Aquel solo hombre nos transformaba a todas.

A los hombres no les pasa ni una cosa ni otra: siempre saben cuándo los nombran, siempre tienen claro cuándo están hablando de ellos y cuándo no, y su identidad es firme y siempre la misma, no varía en cuanto aparece una señora.


Yo, en cambio, tengo que preguntarme si estarán hablando de mí y tengo que asimiliarme a la forma masculina. ¿Hacen eso los hombres? ¿Se incluyen en los femeninos? Las antonias celebran su santo el día de san Antonio. ¿Celebran los adrianes y adrianos el día de santa Adriana o esperan a festejar el de (nunca mejor dicho) su santo varón?

Bueno, paremos un momento para reconocer que a veces los hombres sí se asimilan a las formas femeninas, a formas femeninas que engloban a los hombres. Parafraseando a la Academia, podemos decir que en la lengua está prevista la posibilidad de referirse a colectivos mixtos a través del género gramatical femenino, como sucede, por ejemplo, con víctima o criatura. Existe, por tanto, aunque limitadamente, el femenino genérico. Entonces, puesto que existe, ¿quebrantamos algún precepto inamovible si ampliamos su uso? ¿Qué tal si empezamos a utilizar más frecuentemente el femenino plural para grupos en los que también hay hombres, a sabiendas de que contravenimos las normas académicas, pero exploramos posibilidades interesantes en la lengua?

Ahí lo dejo. Y acabo este apartado volviendo a la economía expresiva y a la repetición. Cuando se quiere nombrar a las mujeres, cuando se las quiere considerar, se las nombra. Recordad, si no, todas las tradicionales fórmulas de cortesía de las lenguas cercanas:señoras y señores, jaun-andreok, ladies and gentlemen, mesdames et messieurs, Damen und Herren.

Requiere un poquito de tiempo, vale, pero, si quieres nombrarnos, nómbranos.



Presidentas y sirvientas: los nombres de profesión

El segundo quid gordo de la cuestión son los nombres de profesión. Y en este apartado, señoras y señores, aunque no se lo crean, debo afirmar que la RAE ha ido por delante de las costumbres sociales, pues ha dado el visto bueno a formas femeninas que no todo el mundo acaba de aceptar.

Así, por ejemplo, el diccionario académico, el DRAE, recoge presidenta y, sin embargo, todavía en abril pasado vi al pie de un escrito la presidente de la comisión y firmaba una mujer.

Contra presidenta se suele argumentar la invariabilidad del sufijo -nte, procedente del participio activo latino, que era tanto femenino como masculino. Vale, sí, pero nadie me hizo repasar la gramática latina cuando el DRAE aceptó sirvienta, dependienta, asistenta oclienta, que tienen el mismo mismísimo origen que presidenta.

¿Os dejo cinco minutos para un ejercicio de agudeza visual en el que descubrir la diferencia entre presidenta, comandanta y gerenta, por un lado, y sirvienta, dependienta y asistenta por otro? Bah, no, no hace falta.

También me he encontrado con abogadas que dicen que no, que ellas no son abogadas, sino abogados; y con arquitectas que dicen que son arquitectos, cuando no hay ninguna razón lingüística ni académica que se oponga a esas formas femeninas.

Otra batallita cotidiana la tengo con técnico y técnica. Se argumenta contra el uso de técnica que su homonimia crea confusión, ya que, además de persona que posee los conocimientos especiales de una ciencia o arte, también puede significar conjunto de procedimientos y recursos de que se sirve una ciencia o un arte.

Es cierto, hay homonimia, pero para algo está el contexto: para aclarar cuándo nos referimos a una trabajadora y cuándo a los procedimientos y recursos que emplea. El riesgo de ambigüedad no justifica que digamos, como se oye decir, la técnico.

También hay homonimia en basurero, que puede significar persona que tiene por oficio recoger basura o sitio en donde se arroja y amontona la basura. Hemos convivido siempre con esta homonimia y el contexto ha bastado para evitar toda confusión.

Para acabar, lo más sensato que puedo decir al respecto es que el uso consolida las formas. Margaret Thatcher era la primer ministro. Hoy ministra está plenamente extendida y aceptada y no escandaliza ya a nadie. Usemos, pues, las formas en femenino para hacerlas habituales.

Igualdad sí, pero así no

Esta frase del título me habría convertido en millonaria si, cada vez que me la han dicho, me hubiera caído un euro del cielo.

El así no puede significar dos cosas: a) no en el patio de mi casa; b) dediquémonos a cosas más importantes que a estas tonterías del-os/-as.

La a) la ilustra perfectamente el académico Ignacio Bosque, en su famoso informe Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer, suscrito por el pleno de la RAE, recurría a un argumento que he escuchado muy a menudo para refutar estas propuetas para una lengua sin sexismo. Se resume con el título que os he puesto: Igualdad sí, pero así no.

… la verdadera lucha por la igualdad consiste en tratar de que esta se extienda por completo en las prácticas sociales y en la mentalidad de los ciudadanos. No creemos que tenga sentido forzar las estructuras lingüísticas…


Es decir: la verdadera lucha hay que hacerla en otro sitio; dejad mi terreno tranquilo. Y se mezcla en perfecta armonía con la b), que es más frecuente: está bien luchar por la igualdad, pero hagamos otras cosas más importantes, no estas bobadas.

Para mí no son bobadas; soy lingüista y, claro, para mí la lengua no es despreciable, no es insignificante. Además, si quiero trabajar por la igualdad, tendré que hacerlo también en mi terreno, también en mi casa, y mi terreno y mi casa están aquí, son estos, los artículos, los morfemas y la estilística, aunque a alguien le pueda parecer fútil e irrelevante. Aquí tengo que emplearme. No solo aquí, pero sobre todo aquí.

Noemí Pastor

Texto extraido de: Doce miradas


Imagen de Pablo Hevia (CC by-sa)