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miércoles, 30 de diciembre de 2015

CORAZÓN SALVAJE

La palabra de este mes, Salvaje, ha sido explotada de una manera de lo más infame para quitarle todo su significado.


No cultivado, feroz, necio, terco, zafio, rudo… son algunas de las palabras que aparecen en su definición. Lo buscamos en Google imágenes y aparecen en la primera línea Van Damme y Shakira. Todos chenchuales y voluptuosos, mirando a la cámara como si le fueran a hacer indecencias ahí mismo. Una guarrería, lo que hace la publicidad en nosotros es eso, sexualizar todos los conceptos. Yo pienso en salvaje y me viene a la mente ese Khal Drogo…


Lo salvaje nos incita a domesticar. Es curioso cómo queremos siempre llevar a nuestro terreno todo aquello que encontramos, como si nuestra forma de ver las cosas fuera la única que valiera. No tenemos respeto por las cosas que prevalecen, que están ahí. Me da la sensación de que toda cultura que encontramos la miramos por el filtro de lo que nosotros, los seres humanos llamamos progreso. Y no nos damos cuenta de que ese progreso conlleva una cantidad de sacrificios a nivel energético, y por tanto, de recursos que nos están llevando a la más absoluta ruina como planeta.

Sin embargo, lo salvaje por lo general lleva ahí cientos de años sin hacer impactos negativos en su medio, al revés, colaborando en su equilibrio y conformidad. ¿Es idiota pensar que somos la única especie en la tierra que paga por vivir aquí? ¿Por qué?

Es cierto, somos muchxs, demasiadxs en el mundo como para que cada persona viva como le dé la gana. Es cierto que la manera más válida de vivir es en comunidades autogestionadas y reguladas. Y yo me pregunto: gente, ¿¿estáis ahí?? ¿Existe un grupo de personas que quieran montar sus familias en un entorno menos hostil ?
Un sitio donde la gente pueda trabajar desde casa, para ganar el dinero suficiente para comprar aquellas cosas que no se puedan hacer. Pero en la filosofía del trabajar para vivir, no vivir para trabajar. Hacerse unas casitas estupendas con su terrenito para tener intimidad, sitios comunes donde reunirse y hacer cosas, si apetece. Un espacio donde montar una escuela libre donde crear pequeñas personitas que piensen por sí mismas, personas libres que puedan tomar sus propias decisiones, que sean libres de hacer y pensar como quieran. Que crezcan salvajes de la cultura de la televisión, la publicidad, y toda esa mierda que está envenenando nuestros corazones y nuestras mentes, convirtiéndonos en seres dependientes de una marca o de una actividad concreta. La verdad es que ése es mi sueño: encontrar un grupo de personas con el que te lleves bien para convivir. Eso es lo más difícil, conseguir gente comprometida, no hace falta que todos seamos superamigos. Pero es importante tener vecinos que entiendan la tranquilidad como forma de vida, que sean personas con las que puedas contar en un momento determinado… No sé, supongo que es volver un poco a eso que hay en los pueblos, esa confianza en tus vecinos. Esa red de apoyo es fundamental si se quiere vivir en unas condiciones sociales óptimas. No nos olvidemos de que el ser humano es un animal social.
Me encanta la idea de encargarme del huerto, de las gallinas, de ir a ver a la abuela, de contar cuentos, de jugar un ratito, de estar con mis niños y saber que son felices. Y que ese sea mi trabajo. Mientras tenga mi buena conexión a internet y pueda seguir cultivando mi mente y mi espíritu, lo cierto es que no pasa nada si no tienes un trabajo en una empresa o para alguien. Creo que debemos volver al concepto de la supervivencia. Pues nada, vámonos a hacernos casas de barro. Con todo el fontanero y electricista que hay en el paro, organizar a esas personas para que se ayuden a construir viviendas a familias que lo necesiten. O dime tú si a ti no te solucionaría la vida el no pagar tu vivienda. Hacer una casa no cuesta los 200.000€ de media que ha pagado el españolito medio. Con 50.000€ te puedes hacer una casa que lloras. Así que vamos a dejarnos de tonterías y a buscar soluciones. A mí me parece que si abriéramos los ojos y nos diéramos cuenta del potencial que tiene la independencia humana otro gallo cantaría.

No digo que todo el mundo deba volverse al campo, pero estoy segura de que todas esas familias que lo están pasando tan mal prefieren mil veces tener una casita en el campo y su huerto y sus gallinas para poder dar de comer a sus hijos que dejarlos en servicios sociales porque no tienen forma de darles de comer.

Joer, y ya me he puesto tremendista. Pero es que estoy un poco enferma de ver a la gente rendirse. El ser humano ha pasado de todo, todo tipo de cataclismos, fuerzas de la naturaleza, epidemias, pandemias… ¿¿Y nosotros nos vamos a echar para atrás porque vengan unos sinvergüenzas y se lleven todo el dinero?? Anda y que le den al dinero. No nos pueden quitar nuestras manos, nuestra energía, nuestras ganas de que a nuestra familia no le falte de nada. Siempre hay una alternativa, siempre. Hay que abrir los ojos y buscar la luz :D.

La tierra es oro en las manos del que la trabaja. Eso dicen los sufís. Unos salvajes del desierto…

Soy salvaje de corazón. Por mucho que intentan atrapar mi alma y meterla en sus cuatro paredes, mis rizomas asoman por las aristas de las juntas y salen, buscando su propio camino…


Minimol

viernes, 18 de diciembre de 2015

SOMOS SOLO AMIGXS...(CON DERECHOS)...


Solemos como sociedad, poner títulos a todo, al estudio, al empleo, a la comida y a las relaciones para identificar y asociar.

Hay títulos que todos conocemos, pero no todos los pronunciamos y muy pocos se atreven a vivir, o más bien, los viven pero no los nombran. Amistad para los amigos, sexo para los amantes, compromiso para el noviazgo y para una amistad con sexo pero sin compromiso: amigos con derechos.


Juan comenzó un nuevo trabajo, allí había varias niñas lindas y, al parecer, interesantes, pero entre esas no estaba Valentina, sino la hermana de esta. Juan pasó de una relación laboral a una de amistad con la hermana de Valentina. Sin embargo, llegó una noche, una noche de fiesta, esas fiestas que suelen hacer los compañeros de trabajo para ‘socializar’ (de esas donde el jefe se le declara a la secretaria o viceversa) y a la que un recién llegado jamás se puede negar. Allí, por fin, habla con Valentina…


Valentina y Juan empezaron una nueva relación al tener en común más cosas que el trabajo: la música, esa que une mundos, unió sus vidas, en medio de Gondwana, Alerta y el infaltable Bob Marley. Sus mismos gustos cinéfilos les permitían pasar toda una tarde juntos; esas tardes tan normales, excepto por una, una que incluyó un beso –ese que ambos estaban esperando, pero ninguno se atrevía a dar o pedir- pero todo se congeló ahí…Ahí perfectamente se complementaban Juan y Valentina.

Los encuentros siguieron, porque no los unía un trabajo, los unían sus gustos, su afinidad, sus deseos. Llegó, ese momento, ese donde él se declara, tal cual como en una película rosa y así hubiera podido comenzar la historia de un noviazgo común y corriente, si su pasado no hubiera estado marcado.



Marcado no estaba el silencio que necesitaba Juan, aunque para Valentina eran gritos, el pasado de Juan, ese pasado de hace tan poco, en donde tuvo una relación sentimental con la hermana de ella; con dignidad -esa cualidad que las mujeres tenemos a flor de piel- decide no meterse formalmente con el ex de su hermana, y así como el reggae: ‘relajao’ accedió a llevar una relación sin nombre, una relación no formal, una relación de “amigos con derechos”...



Derechos sexuales, Juan y Valentina disfrutaban de las salidas y pláticas como amigos, pero también disfrutaban de un buen sexo, uno al que Juan define con un “¡Huy, mejor dicho…!” (Se pierde su mirada y seguro se va a un recuerdo, o a otro…), y empieza a tararear Seal it whit a kiss. Se utilizaban sexualmente cada cuanto el uno o el otro, lo pedían, pero no había remordimientos, porque sus encuentros no solo incluían sexo, sino un compartir de sus vidas, de su intimidad....



Intimidad que no estaba definida solo por el sexo, sino porque compartían lo más íntimo de su ser, se compartían el uno al otro. Intimidad que se reflejaba en el refugio que encontró Valentina muchas veces en Juan: era él con quien podía hablar de lo que no podía hablar con nadie, era él quien recibía sus llamadas sorpresas, era él quien siempre la acompañaba a cine o esas tediosas compras, era él quien aguantaba su bipolaridad que afloraba cada 28 días, era él a quien le entregaba su cuerpo; cuerpo que esporádicamente se entregaba a la pasión. No necesitaban de posiciones, juegos, maneras especiales, cada experiencia sin planearla llevaba algo nuevo, algo que lo hacía inolvidable. Se rompía el esquema del reggae, con un susurro al oído “When we play pretened body is on fire” podía comenzar todo, esa entrega, ese desfogue, esos momentos suaves y salvajes, esos que solo les pertenecen a ellos y a su pasado.

Cada uno empezó a tener una relación formal y así como comenzó, terminó ‘relajao’, y hoy, en el futuro de su pasado, Juan ve que fue lo mejor. Aún sigue su amistad con ella, pero es solo eso: amistad, amistad sin derechos, sin derechos a sexo, sin derechos a besos, sin derechos a roce, porque ahora en sus ojos, en su corazón, él puede verla como una hermana.

¿Acaso después de vivir una relación que llega hasta la intimidad sexual, se puede llegar a tener una relación de amistad tan fraternal?


La libertad, esa que reina en siglo XXI, o mejor, esa por la que luchamos, la buscamos a cualquier precio, incluyendo en las relaciones. Venimos de un pasado con matrimonios de esos que ya no se ven, esos de “hasta que la muerte los separe”, seguido de matrimonios con divorcios y más divorcios, por compromisos mal hechos y el afán.



Quizá por el miedo a seguir esta tradición, se derriban argumentos “chapados a la antigua” y se han abierto relaciones sin compromiso como si fuera sinónimo de “sin heridas o daños”. Queremos amar sin entregar el corazón, queremos satisfacción sexual, sin responsabilidad, queremos entrega de otros pero con nuestra libertad, queremos disfrutar del momento sin pensar en un futuro.

Historias que se toman de ejemplo para definir lo que es una relación, pero estas lo definen en palabras, al final el nombre, el título, es lo que menos importa, la definición real, es la vivencial. ¿Qué fue esa relación? ¿Fue amistad? ¿Fue sexo? ¿Fue deseo? ¿Alteración de los sentidos y de los parámetros? ¿Todo en uno?



republicado de bakánika

sábado, 24 de octubre de 2015

ESTAS 14 FEMINISTAS TIENEN ALGO QUE DECIRTE SOBRE EL AMOR

El amor romántico ha sido y sigue siendo uno de los temas de los que más hablan y escriben feministas del mundo entero. Ya sean africanas, europeas, afroamericanas o latinoamericanas, todas ellas son conscientes de la importancia de romper con los mitos románticos para luchar contra la violencia de género.


Estas 14 frases son de feministas que tienen algo importante que decirte sobre el amor, la pareja y el matrimonio.


1. «El día que una mujer pueda no amar con su debilidad sino con su fuerza, no escapar de sí misma sino encontrarse, no humillarse sino afirmarse, ese día el amor será para ella, como para el hombre, fuente de vida y no un peligro mortal».
(Simone de Beauvoir)


2. «“Por amor” aguantamos insultos, violencia, desprecio. Somos capaces de humillarnos “por amor”, y a la vez de presumir de nuestra intensa capacidad de amar. “Por amor” nos sacrificamos, nos dejamos anular, perdemos nuestra libertad, perdemos nuestras redes sociales y afectivas. “Por amor” abandonamos nuestros sueños y metas, “por amor” competimos con otras mujeres y nos enemistamos para siempre, “por amor” lo dejamos todo… Por eso este “amor” no es amor. Es dependencia, es necesidad, es miedo a la soledad, es masoquismo, es fantasía mitificada, pero no es amor».
(Coral Herrera Gómez)



3. «En el amor seguimos siendo muy idealistas. Somos supermodernas, con todos los elementos de la modernidad -pensamiento crítico, principio de realidad, análisis concreto-, pero en el amor nos perdemos, y seguimos queriendo amar y que nos amen según los mitos tradicionales, universales y eternos que han alimentado nuestras fantasías».
(Marcela Lagarde)


4. «El amor ha sido el opio de las mujeres, como la religión el de las masas. Mientras nosotras amábamos, los hombres gobernaban».
(Kate Millet)


5. «Como soy una mujer, se espera que yo quiera casarme, se espera que en todas las decisiones de mi vida siempre tenga en mente que el matrimonio es lo más importante. El matrimonio puede ser una fuente de alegría, amor y apoyo mutuo pero ¿por qué se enseña a las chicas a que deseen casarse y no se enseña lo mismo a los chicos?».
(Chimamanda Ngozi Adichie)


6. «Cada una de nosotras ha estado tan hambrienta de amor por tanto tiempo que queremos creer que el amor, una vez que lo hayamos encontrado, será todopoderoso».
(Audre Lorde)


7. «Nunca ofrezcas tu corazón a alguien que come corazones, alguien que cree que la carne de corazón es deliciosa y no rara, alguien que succiona los líquidos gota a gota y que, con el mentón ensangrentado, te sonríe».
(Alice Walker)


8. «Si las mujeres pudieran contemplar con mayor serenidad la posibilidad de una vida sin pareja, sin sentirse por ello solas o fracasadas, o con una pareja mujer, sin sentirse por ello abyectas y rechazadas, no aguantarían tanto la violencia de los machos».
(Itziar Ziga)

9. «No voy a decir que haya que suprimir el amor de nuestra vida, sino que hay que introducir otras cosas en ella, para equilibrarlo. La gente dice que el amor es lo más importante de la vida, pero yo no estoy de acuerdo. Creo que la libertad es muy importante, así como la justicia, la solidaridad… Puede que el amor sea una de las cosas más importantes, pero no la única, ni la principal».
(Mari Luz Esteban)


10. «Es muy común que las mujeres piensen que soportar el maltrato y la crueldad y luego perdonar y olvidar es una muestra de compromiso y amor. Pero cuando amamos bien sabemos que la única respuesta sana y amorosa al abuso es alejarnos de quien nos hace daño».
(Bell Hooks)

11. «Es más fácil vivir a través de alguien más que convertirte en una persona completa tú misma».

(Betty Friedan)


12. «Para entender cómo funciona cualquier sociedad debemos entender la relación entre los hombres y las mujeres».
(Angela Davis)


13. «Tú piensas que si él no te ama entonces tú no vales nada. Piensas que si él ya no te quiere él tiene razón, crees que su opinión sobre ti debe ser correcta. Piensas que si él te desecha es porque eres basura. Tú piensas que él te pertenece a ti porque tú sientes que le perteneces a él. No. “Pertenecer” es una mala palabra, especialmente cuando la usas con alguien que amas. El amor no debería ser así».
(Toni Morrison)


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14 «Amar demasiado no significa amar a demasiados hombres, ni enamorarse con demasiada frecuencia, ni sentir un amor genuino demasiado profundo por otro ser. En verdad, significa obsesionarse por un hombre y llamar a esa obsesión “amor”, permitiendo que esta controle nuestras emociones y gran parte de nuestra conducta y, si bien comprendemos que ejerce una influencia negativa sobre nuestra salud y nuestro bienestar, nos sentimos incapaces de librarnos de ella. Significa medir nuestro amor por la profundidad de nuestro tormento».
(Robin Norwood)


Texto extraído de: soyunachicamala

sábado, 17 de octubre de 2015

NO ME DIGAS NENA


No me digas que soy bonita. No me interesa que te guste mi apariencia. Soy más que mi apariencia. Lo que vale de mí está adentro. Es complejo, rebuscado, confuso y en muchas ocasiones contradictorio.

La llama que enciende mis pasiones tiene sed. Sed de conversaciones intensas, pláticas interesantes, discusiones calurosas y cuestionamientos que me hagan pensar, ahondar más en los misterios de este mundo tan absurdo y esta vida tan valiosa y a la vez tan efímera.


No me invites una copa. Invítame a conocer mundos nuevos, a explorar nuevos horizontes. Invítame a descubrir de lo que somos capaces. Invítame a soñar. No me agarres la cintura. Toma mi mano. Apriétala. Hazme sentir viva. Recuérdame que las manos de los seres humanos son como piezas de un rompecabezas, que embonan, que están hechas apara sostenerse unidas.

No me beses con lujuria. Bésame con pasión, con respeto, con entrega. No olvides el
sabor de mi boca. Recuerda que con esa lengua pronuncio las palabras para expresar lo que pienso y lo que siento. Que con esa boca defiendo a la persona desvalida y grito a todo pulmón, para que el mundo escuche mi voz, junto con las voces de mis hermanos y mis hermanas, y sepa que queremos un mundo justo, un mundo unido.


No tomes mi corazón como tu posesión. No es tuyo. Nunca lo será. Siéntete afortunado de que lo comparta contigo. Mi posesión más valiosa, mi vitalidad, está en tus manos. Cuídala, porque no te pertenece. No intentes conquistarme. Jamás seré propiedad tuya, ni de nadie más. Han habido muchxs antes de ti y todxs han intentado colonizarme. Déjame ser libre, mía, pero compartida.

Cuando llore, no me tengas lástima, no seas condescendiente. No me digas qué hacer, ni que todo estará mejor. Ya sé que todo pasa. No quieras pensar por mí, ni sentir por mí. Cuando llore, abrázame. Acaríciame. Recuérdame que no estoy sola. Que tú también lloras. Que está bien llorar.Cuando me equivoque, no me humilles. Recuérdame que soy más que mis errores. Que no soy blanco o negro, que tengo en mí cientos de matices al igual que tú. No me digas que soy perfecta. No me subas a un pedestal porque me voy a caer. No me encierres en una jaula de oro. Veme por lo que soy. No lo que crees que soy o lo que quieres que sea.

Por último, ámame. Ámame como soy. Con mis miedos y mis pasiones. Con mi luz y mi oscuridad . Con mis días alegres y mis días de dolor, tristeza y amargura. Cree en mí. En mi capacidad de amarte. Siempre.
Y nunca olvides que juntxs seremos invencibles.


Texto extraído de: utterlydisclosed

lunes, 5 de octubre de 2015

MALTRÁTAME SUAVEMENTE: LA VIOLENCIA COMO ARMA DE SEDUCCIÓN...

Desde las películas de Disney, pasando por las comedias románticas de Hollywood y los dramas españoles hasta los filmes de acción asiáticos, en muchas de las historias de amor que nos muestra la gran pantalla hay un elemento recurrente que es común a ellas: el uso de la violencia –física, psicológica o verbal-por parte de los personajes masculinos hacia las protagonistas femeninas, quienes a pesar del maltrato -o precisamente debido a este- caen rendidas a los pies de sus victimarios. ¿Es que acaso en el cine la violencia es un arma de seducción? ¿Los golpes, los gritos y las amenazas son sexys?

“Es posible e incluso necesario que al mismo tiempo que disfrutamos de los videojuegos podamos también ser críticos con respecto a sus aspectos más problemáticos o dañinos”.

(Anita Sarkeesian)

Desde que soy feminista -hace apenas 4 años atrás- son cada vez más las situaciones en las que se me viene a la mente esta frase de Anita Sarkeesian, una amante de los videojuegos que analiza los estereotipos sexistas que existen en estos productos de entretenimiento. Y es que ponerte las gafas violetas -es decir, adherirte al feminismo- te da una nueva perspectiva en la que la violencia de género o la representación sexista de las mujeres es algo que no puedes pasar por alto ni siquiera cuando estás viendo las películas que más te gustan.

Eso es lo que me pasó hace unos días atrás cuando volví a ver Oldboy, un fascinante drama surcoreano que narra la historia de un hombre en busca de venganza. El protagonista, en medio de su aventura, encuentra a una chica y tras intentar abusarla sexualmente, para luego atarla contra su voluntad y al final encerrarla en una habitación, termina descubriendo que la ama y que -lo que es más sorprendente- es correspondido por ella.

Aunque volví a disfrutar de esta extraordinaria película, este detalle -el de una relación amorosa en la que la violencia contra la mujer es uno de los ingredientes principales- siguió dándome vueltas en la cabeza durante varios días y, poco a poco, fui recordando, uno a uno, varios títulos de películas contemporáneas en las que la violencia masculina parece ser una peligrosa arma de seducción.



Síndrome de amor

Cuando “la víctima de un secuestro, violación o retenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y de un fuerte vínculo afectivo con quien la ha secuestrado” se produce una reacción psicológica conocida como el síndrome de Estocolmo, el cual hoy en día también es empleado para explicar el comportamiento de las mujeres que sufren maltratos por parte de sus parejas y los motivos por los cuales les resulta difícil romper el vínculo con sus agresores.

Como bien sabemos todas, la violencia contra la mujer es un mal que afecta a millones de nosotras en el mundo entero, a tal punto que es considerada un problema de salud que se reproduce como una epidemia en cada rincón del planeta: prueba de ello es que una de cada tres mujeres es víctima de agresiones físicas o sexuales por parte de su pareja.

Hace unos años atrás, escribí un post sobre La Bella y la Bestia en el cual describía cómo las agresiones verbales, físicas y psicológicas que la joven prisionera sufría en el castillo de su captor se justificaban detrás de la moraleja que el popular filme de Disney defendía: el de que la belleza está en el interior, a pesar de que la violencia de la Bestia era explícita: su agresividad era externa y tan temible como su apariencia física.

En ese entonces ya tenía la sospecha de que el “enamoramiento” de Bella estaba más relacionado con los efectos de su reclusión: ella era presa del síndrome de Estocolmo. Ahora estoy segura de que, desde una perspectiva feminista, esa es una interpretación certera, pero lamentablemente Bella no es la única, hay otros personajes femeninos de carne y hueso que también han cambiado la palabracaptor (o agresor) por la palabra amor.



Secuéstrame si puedes

Era finales de 1989 cuando Pedro Almodóvar, quien estaba a punto de estrenar su más reciente película Átame, declaró a la prensa que “Átame equivale a te quiero, con todo lo que ello conlleva, toda esa parte de las relaciones que no estamos dispuestos a aceptar pero que aceptamos porque no queremos ni podemos vivir sin amor”.

De esa manera el cineasta español resumía en buenas cuentas la historia de amor de su último filme en el cual una actriz porno llamada Marina era secuestrada por Ricky, un psicópata que -convencido de que la ama y que ella debería corresponder a sus sentimientos- la mantiene en cautiverio fuertemente atada a una cama.

Durante su secuestro, ella es primero golpeada hasta quedar inconsciente y luego maltratada psicológicamente de una y mil maneras y aunque llega a tener una oportunidad para escapar, prefiere quedarse al lado de su captor. Tal como el título lo dice, al final es la propia víctima quien exige ser atada para evitar así que sus ansias de libertad sean más fuertes y termine huyendo de su secuestrador.



Buffalo 66 también nos presenta una historia de amor nacida a partir de un secuestro: Layla es una estudiante de danza que es raptada por Billy, un hombre que acaba de salir de prisión. El único objetivo del flamante ex convicto es que su víctima se haga pasar por su novia para impresionar a sus padres.

La dinámica de esta pareja protagónica es diferente: además de la escena del secuestro en sí, Billy no hace uso de fuerza física para amedrentar a su prisionera, pero no porque no desee agredir a Layla sino porque esta, para sorpresa de todas, no opone resistencia alguna. Y no sólo eso, sino que a pesar del continuo maltrato verbal al que él la somete a lo largo de la cinta, ella termina siendo la única persona que realmente se interesa por conocer y comprender a Billy.


En comparación con las dos películas mencionadas, en Oldboy -filme cuyo argumento ya comenté al inicio de este post- la relación entre los protagonistas no se inicia con un secuestro sino más bien con una agresión sexual. Dae-Su se desmaya en un restaurante y Mido, la joven chef del lugar, lo lleva a su departamento y lo cuida hasta que él despierta.

Es entonces que, aprovechando la primera oportunidad que tiene, Dae-Su besa a la fuerza a Mido mientras levanta su falda. Si bien, Mido se defiende y logra detener a su agresor, a este intento fallido de violación, le suceden, como ya mencioné, el que ella sea atada y por último encerrada en una habitación por él. Pero nada de esto parece importarle a Mido, quien no duda en declarar su amor a Dae-Su.


“Sólo quiero que sepas que creo que eres el chico más dulce del mundo”.

Golpéame, mi amor

Quizás no sea casualidad que en 2 de las 3 películas que he elegido para mostrar este tipo de relaciones sentimentales marcadas por la violencia, las protagonistas sean mujeres secuestradas víctimas del “amor” que luego sienten por sus captores. Y es que para mí ese amor es en realidad una manifestación del síndrome de Estocolmo. Lo curioso es que en estos filmes en ningún momento se da a entender o se especifica que los personajes femeninos sufran algún trastorno psicológico.

Ellas son vistas más bien como la compañía perfecta para sus victimarios, ya que representan la esperanza que ellos necesitan para comenzar de nuevo o para seguir adelante. De esta manera se perpetúa la idea de que los cuidados y la actitud comprensiva de estas mujeres los harán cambiar porque amor es todo lo que ellos necesitan, aunque en este caso lo que en realidad les hace falta a Ricky, a Billy y a Dae-Su es ir a la cárcel por los delitos que cometen contra Marina, Layla y Mido, respectivamente.

En estos filmes -y en muchos otros como El guardaespaldas (1992) o El cazarrecompensas (2010)- la violencia masculina no es cuestionada, ni siquiera es mencionada de manera explícita: ninguno de los personajes femeninos hace referencia a los maltratos sufridos, estos parecen ser aceptados de antemano como algo propio del carácter de sus compañeros o como parte de la singular relación que han establecido con ellos. La violencia masculina ha sido normalizada a tal grado que las agresiones cometidas por los hombres no son vistas como algo más que un elemento que le añade intensidad a la dinámica del enamoramiento o de la seducción.

Si bien Átame, Buffalo 66 y Oldboy son algunas de mis películas favoritas, el disfrutar de ellas no significa que no pueda notar su aspecto problemático o dañino como el que he mencionado líneas arriba, el cual por cierto me recuerda un dicho popular limeño: “Más te pego, más te quiero”. Esta frase se emplea para hacer referencia a la dinámica de las parejas de la región andina, el llamado “amor serrano” -procedente de la región de la sierra peruana-, el cual en el imaginario colectivo se supone que está caracterizado por la violencia contra la mujer. Cierta o no, esta frase parece resumir muy bien la relación amorosa en una buena cantidad de películas del cine contemporáneo proveniente de diferentes partes del mundo.

Texto extraído de: soyunachicamala

domingo, 4 de octubre de 2015

MENOS GUERRAS ROMÁNTICAS Y MÁS AMOR, POR FAVOR, por Coral Herrera

Nuestra cultura mitifica la violencia pasional y el odio. Las víctimas del amor, tanto hombres como mujeres, justifican cualquier maldad con la excusa de la enajenación romántica, y reivindican el derecho a vengarse por el “tremendo” dolor que le ha causado la otra persona. Tenemos que desmontar la asociación entre sufrimiento y amor, acabar con la cultura del aguante femenino, poner de moda la cultura del buen trato y construir colectivamente una ética del amor que nos permita aprender a querernos bien.

Coral Herrera

Ilustración de Señora Milton publicada originalmente en ‘Lata de zinc’

Vivimos en un mundo en guerra permanente: guerras entre naciones, guerras domésticas, guerras sociales, guerras sentimentales. Guerras en la casa, en el trabajo, en la cama, en nuestra cabeza… La mayor parte de ellas las sostenemos a diario con seres queridos o cercanos: con vecinxs, compañerxs de trabajo, o con la familia (por ejemplo, cuando llegan las herencias). Con nuestrxs hijxs adolescentes en edad de rebeldía, con tu abuelo que no se quiere tomar la medicina, con tu suegra o tu nuera, con la gente del trabajo o del sindicato, con nuestras madres, con nuestras parejas, con lxs funcionarixs de la administración, con la policía, con lxs empleadxs de la compañía telefónica, con la vecina del quinto piso…

Las peores guerras son las románticas: en el romanticismo patriarcal construimos el amor en base al egoísmo y el interés propio, las luchas de poder, y la asociación de amor y sufrimiento. Nuestra cultura mitifica la violencia pasional y justifica el odio romántico, una constante que aparece en muchos relatos como una prueba de amor. Prueba de ello es la famosa película ‘La Guerra de los Rose’, cuyos mensajes principales son: “lxs que más se pelean, más se desean”, “quien bien te quiere, te hará llorar”, y “del amor al odio hay un paso” (y por tanto no tiene nada de extraño estar un día en un extremo, y al día siguiente en el otro).

En el cine y las telenovelas, en general, las parejas y exparejas se tratan fatal (con gritos, bofetones, lanzamiento de objetos, acusaciones, amenazas, reproches, insultos, humillaciones variadas, comentarios despreciativos, chantajes, acusaciones fundadas e infundadas…), pero la mayor parte de sus peleas a muerte acaban en reconciliaciones gozosas con orgasmos gloriosos.

Las parejas de cine, pero también las parejas reales, se estancan en círculos viciosos, en esquemas repetidos, en pescadillas que se muerden la cola. El eje narrativo conflicto-resolución funciona de maravilla para construir una historia de amor con final feliz. Las guerras románticas venden porque nos encantan las pasiones ajenas, y las historias de esa gente que no trabaja y pasa la vida en continua destrucción y reconstrucción, acumulando victorias y derrotas, gozos celestiales y llantos desgarrados, sufriendo horrores y rozando el paraíso, peleándose y reconciliándose, puteando y perdonando, amando y odiando, haciendo sufrir al otro y consolándole, y viceversa.

Nuestro amor romántico es una mezcla potente de sufrimiento masoquista, sadismo gozoso, luchas de poder, promesas de abundancia y felicidad, éxtasis de vida y de muerte. Nos acerca al misterio de la vida, nos relacionamos con el amor como la llave para alcanzar la eternidad, la perfección, lo absoluto. Anhelamos que el amor nos haga felices pero también hemos interiorizado que para amar de verdad hay que sufrir mucho. Por eso en lugar de horrorizarnos, nos conmueve ver a la gente que sufre por amor, que enloquece, que destroza su vida o las vidas ajenas. Y nos solidarizamos a pesar de que, cuanto mayor es el dolor de la persona que sufre por amor, mayor es la destrucción y la violencia que ejerce sobre su entorno, supongo que porque no nos paramos a pensar en la dimensión política, económica y social de estos romanticismos violentos que asolan nuestras relaciones humanas.

Nuestro mundo es violento y las relaciones que construimos son jerárquicas, por eso nos pasamos la vida tratando de dominar, o bien tratando de que no nos pisoteen demasiado. Asimismo, hay gente que prefiere el lado sumiso para lograr lo que necesita: en cualquier caso, invertimos demasiado tiempo y energía en diseñar estrategias para estas luchas de amor. A lo largo de nuestra vida, hemos de hacer frente a numerosos conflictos, traiciones y venganzas, malentendidos, rupturas, distanciamientos, o luchas de dominación que recorren nuestra vida entera, desde la cuna hasta la tumba.

La historia de nuestras vidas está llena de batallas internas y externas en las que guerreamos con armas de destrucción masiva, a falta de herramientas. No nos enseñan a construir nuestras propias herramientas para manejar emociones desbordantes, para comunicarnos asertivamente, para resolver conflictos sin violencia o llantos, o para separarnos con la misma generosidad y cariño con el que nos unimos.

No nos educan en una cultura de paz y respeto, cooperación y solidaridad, ni a crear redes de ayuda mutua, por eso nos pasamos la vida queriendo ganar siempre y metidos en guerras absurdas. Cuando estamos enfadadxs nos sentimos libres para expresar nuestro enojo con violencia, y para portarnos mal con la otra persona si ya no la queremos o si ya no desea estar a nuestro lado, porque es lo que vemos en las películas: escenas de alta intensidad emocional y mucha violencia.

Nos han educado, en este mundo individualista, para que defendamos nuestros intereses personales y los antepongamos a los de los demás. El resultado es que somos egoístas y egocéntricxs, nos cuesta hacer autocrítica, nos cuesta ponernos en la piel de la otra persona, nos faltan toneladas de empatía y solidaridad. Vivimos centrados en nuestros proyectos, nuestros deseos, nuestras necesidades, y nos gusta más recibir que dar. Quizás por eso le pedimos tantas cosas al amor (que nos salve de la soledad, que nos haga sentir bien, que nos ayude, que nos colme, que nos transforme, que nos solucione y nos resuelva, que nos de placer, que dure para siempre, que nos ayude a escapar de la realidad y nos lleve al paraíso, que nos dé estabilidad y seguridad, que nos haga felices…)

Vivimos en una cultura muy competitiva en la que todos deseamos vencer, ganar, destacar sobre los demás, como hacen los héroes de las películas. Sin reparar en los medios que utilizamos para lograr nuestros fines, soñamos con derrotar a nuestros rivales, conquistar a la persona amada, impresionar a la gente cercana y lejana, triunfar en la vida… así que sufrimos mucho por miedo al fracaso. También sufrimos por envidia y complejos de inferioridad que nos impiden relacionarnos con amor con los demás.

No sabemos, tampoco, cómo relacionarnos igualitaria y horizontalmente con la gente, porque nos han enseñado a someternos a la autoridad, a ser la autoridad, o a pelear para determinar quién de las dos personas tiene el poder. A veces renunciamos a la batalla y le otorgamos nuestro poder a la otra persona para que nos domine: hay gente que se siente más poderosa siendo sumisa. Nos gusta estar arriba o abajo, sentirnos pequeñitos o enormes, endiosar a la otra persona o dejar que nos endiosen: el caso es que no sabemos querernos tal y como somos, ni sabemos relacionarnos en el mismo nivel.

Nos cuesta aceptar realidades que no nos gustan…. Nos gusta llevar la razón, nos gusta tener el control, nos cuesta ceder, nos cuesta dialogar y llegar a acuerdos… Nos hacen daño, hacemos daño, y nos cuesta perdonar (nos)…Quererse no es fácil, y aunque nos queramos mucho, no sabemos querernos bien… El paso de los años va acumulando en nosotros muchos rencores, frustración, reproches eternos, malos recuerdos, cicatrices abiertas, remordimientos y pecados inconfesables, escenas desgarradoras, errores imperdonables, deseos de venganza, palabras que no hemos pronunciado y nos queman por dentro, palabras hirientes que se nos han clavado en el corazón…. Por eso las relaciones románticas son tan complejas y conflictivas, y por eso se acaba el amor.

Las guerras románticas están basadas, en su mayoría, en el deseo de sentirnos amados y amadas de un modo absoluto, y en el deseo de venganza cuando no somos amadas como querríamos. La mayor parte de las batallas románticas surgen por nuestro afán de dominar, domesticar, y coartar la libertad de la otra persona (para que nos ame en exclusividad, o para que no se marche de nuestro lado).

Según las reglas del amor patriarcal, cuando amas a alguien lo posees, y perteneces a alguien cuando te aman, por eso nos cuesta compartir o renunciar a personas que consideramos de nuestra propiedad privada. Empezamos y consolidamos el amor con promesas (te amaré hasta que la muerte nos separe, te seré fiel eternamente), sin embargo la vida da muchas vueltas, y puede ocurrir de todo: que se nos acabe el amor, o se le acabe al otro, o no se acabe el amor pero aparezca más gente a la que amar.

Y nadie tiene la culpa: el amor viene y va, se construye y se destruye, y no podemos mendigarlo ni exigirlo. O se da, o no se da. Fluye, o no fluye…
Y sin embargo, en nuestras guerras románticas, dejar de amar a alguien es la máxima traición (aunque es peor todavía si a la vez empiezas a querer a otra persona).


Nos cuesta mucho aceptar que hemos dejado de amar o que ya no nos aman. A veces optamos por sumirnos en la tristeza profunda, y otras nos declaramos la guerra: el divorcio es la Gran Guerra del amor, la peor y más cruenta de las guerras románticas.

En otras culturas la gente se junta y se separa con más ligereza y alegría: en nuestra cultura romántica patriarcal, en cambio, vivimos el divorcio una catástrofe. Es un drama que suele contener mucha violencia, y esta violencia afecta no sólo a los miembros de la pareja que se separa, sino a todos sus seres queridos.

Como en todas las guerras estúpidas, en el proceso de (des)amor hay “buenos” y “malos” (dícese de aquellos que prometieron amarte para toda la vida y te dejan de querer). Los malos son los culpables del fin del amor, los buenos son los inocentes a los que les rompen el corazón y sufren lo indecible. Los buenos son las víctimas del romanticismo, los malos tendrán que asumir el odio eterno de los buenos y a veces también, de su entorno.


Si eres de las personas que rompes el feliz transcurso del amor, si te desenamoras o te enamoras de otra, tendrás que asumir tu lugar en el bando de los “malos” y de las “malas”. Especialmente si eres mujer y tomas la decisión de separarte, tendrás que aguantar que los demás te vean como una persona cruel y sin sentimientos, como una “abandonadora”, como una perturbada inestable o una ninfómana.

La mujer que se divorcia y se libera es, para la tradición patriarcal, una mala persona que destruye corazones, rompe pactos eternos y desestructura la familia. Si en lugar de irte con otro hombre te vas con otra mujer, el escándalo será mayor: serás vista por la gente patriarcal como un monstruo, una aberración, una desviada, una perdida, o una loca.

Tendrás que luchar también contra la culpa, que es el gran talón de Aquiles de las mujeres: nos enseñan desde pequeñas a sentirnos culpables y responsables por todo. Por eso nos cuesta tanto pensar en nosotras mismas, tomar decisiones, y anteponer nuestras necesidades a las de los demás. Cuando lo hacemos, pagamos un precio muy alto.

Las víctimas del amor, tanto hombres como mujeres, pueden ser sumamente sádicas y tiranas si han decidido declarar la guerra, porque justifican cualquier maldad con la excusa de la enajenación romántica, y reivindican el derecho a vengarse por el “tremendo” dolor que le ha causado la otra persona. Tienen licencia para odiar y portarse todo lo mal que quieran: pueden chantajear, aislar social y afectivamente a la otra persona, utilizar a sus hijos e hijas en la batalla, hacerle cargar con deudas altísimas para toda su vida….

Invertimos mucho tiempo en construir y sostener estas guerras sentimentales, pese a que no nos hacen felices, ni nos reportan beneficios directos, ni logran hacer resurgir la pasión de los inicios. Estas guerras nos chupan la energía, y sacan lo peor de nosotros y de nosotras mismas: hay gente que se entrega en cuerpo y alma al odio, pese a que es un sentimiento negativo que nos hace daño y hace daño a los demás.

Esa persona encantadora, generosa, y amable que conociste al empezar la relación puede convertirse, de la noche a la mañana, en un monstruo dañino, asustado, dolido, celoso, inseguro, cruel… que cuanto más miedoso, más malvado es. Cuanto más vulnerable, más mezquino es: basta sentarse a ver una telenovela para comprobar cómo la gente, al dejarse arrastrar por las bajas pasiones, se convierte en seres tóxicos, rencorosos y violentos. Las protagonistas de las telenovelas latinas se pasan todo el tiempo arregladas, en casa, en tacones, maquinando contra otras mujeres, o montando escenas de pasión agresiva a su amado.

En las películas de amor, las protagonistas de las historias de amor son generalmente unas sufridoras (sádicas o masoquistas), así que no tenemos muchos modelos de mujeres prácticas y sensatas que huyen de los problemas. Ni de mujeres empoderadas que no renuncian a su libertad ni entienden el amor como un sacrificio, ni de mujeres que disfrutan del amor sin fantasmas ni obstáculos de por medio.

Tendremos que inventar sobre la marcha otros cuentos, entonces, con otros personajes, otras tramas, y otras maneras de resolver los conflictos y manejar las emociones. Para acabar con las guerras románticas, tenemos que desmitificar la violencia pasional, y desmontar la asociación entre sufrimiento y amor. Podríamos acabar con la cultura del aguante femenino, poner de moda la cultura del buen trato y construir colectivamente una ética del amor que nos permita aprender a querernos bien. Con esta ética del amor podríamos disfrutar más de nuestras relaciones sexuales, afectivas y sentimentales, ensanchar el concepto colectivo de amor, construir otros romanticismos más diversos e igualitarios.


Necesitamos, entonces, darnos una tregua indefinida parar las batallas internas y externas que sostenemos a diario, para imaginar otras maneras de querernos que nos den energía en lugar de quitárnosla, para firmar tratados de paz con nosotras mismas y con las demás que nos pongan de buen humor y nos den energías para compartirlas con la gente querida. Necesitamos explorar otras posibilidades de relacionarnos con el mundo y con la gente, eliminar las fobias sociales, tejer redes de solidaridad, ayuda mutua y amor colectivo. Necesitamos menos guerras románticas, en definitiva, y más amor del bueno

Texto extraído de: Haikita. blogspot

lunes, 28 de septiembre de 2015

CINCO MUJERES FEMINISTAS FRENTE AL AMOR


Virginia Wolf


“El amor es una ilusión, una historia que una construye en su mente, consciente todo el tiempo de que no es verdad, y por eso pone cuidado en no destruir la ilusión.”

El Grupo de Bloomsbury , al que pertenecía, liberó el sexo de toda culpa y vergüenza. Virginia tuvo una aventura con Clive, el marido de su hermana, Vanesa. Las dos hermanas estuvieron en el foco de muchos tríos. Virginia había crecido traumatizada por los abusos sexuales cuando era niña de su hermanastro y se sentía naturalmente inclinada por las mujeres mayores que ella. Antes de aceptar a Leonard, había rechazado a numerosos pretendientes. Más tarde tuvo un amor apasionado con Vita Sackville. La admiración de Vita Sackville por Virginia Wolf se desbocó desde el primer momento. “Adoro a Virginia. Pocas veces he quedado tan prendada de alguien. La cabeza me da vueltas pensando en ella”. Las anotaciones íntimas de Virginia no fueron tan entusiastas: “No es muy de mi gusto severo: recargada, bigotuda, con los colores de un periquito y toda la soltura de la aristocracia, pero sin el genio del artista”. Les costó dos años alcanzar cierta intimidad y varios más admitir que se querían. Fueron amantes y vivieron su relación con libertad. Se acostaron por primera vez en diciembre de 1925. Su amor continuó de modo intermitente, durante tres años, sin perjudicar aparentemente a sus maridos. Virginia no era una mujer sensual, pero, aunque estaba enamorada de su marido, en el que confiaba más que en nadie en el mundo, había confesado abiertamente que le atraía su propio sexo”. De hecho, su relación con Leonard era casi asexual. “Qué placer sería poder tener amistad con mujeres: ¡una relación tan secreta y privada comparada con las relaciones con los hombres!” había escrito en su diario.

Sin embargo, antes de hundirse en las aguas del río Ouse, Virginia había escrito a Leonard en su despedida “Queridísimo, si alguien hubiera podido salvarme, habrías sido tú. Pero no tenía derecho a destrozarte la vida. Juntos hemos sido todo lo felices que pueden ser dos personas”.Su suicidio para no hacer sufrir a los seres que la rodeaban fue su verdadera prueba de amor.


Alexandra Kollontai


Alexandra Kollontai es una de las defensoras del Amor Libre. 

Según su análisis, el amor ha surgido del instinto biológico de la reproducción, pero a través de milenios de vida social y cultural se ha espiritualizado para convertirse en un complejo estado emocional, así, el amor se puede presentar bajo la forma de pasión, de amistad, de ternura maternal, de inclinación amorosa, de comunidad de ideas, de piedad, de admiración, de costumbre y cuantas maneras imaginemos. Hasta el punto de que “no parece fácil que una sola persona pueda satisfacer la rica y multiforme capacidad de amar que late en cada ser humano”. Alexandra invitaba a las mujeres a consumir la sexualidad como un vaso de agua, quebrando así con las viejas relaciones sexuales que eternizaban la opresión de la mujer. Todo tipo de unión por amor era válido, a excepción del que podía poner en peligro la salud y la prostitución. Criticaba el derecho de propiedad no sólo sobre el cuerpo, sino también acerca del alma del compañero, la costumbre de “dominar” al ser amado o bien de hacerse su esclavo”. Alexandra defiende la unión libre entre dos personas. Esta unión se debe basar en el mutuo respeto a la individualidad y la libertad del otro y por tanto rechaza la subordinación de la mujer dentro de la pareja y la hipocresía de la doble moral. Para ella los seres humanos viven aislados en una sociedad donde las opciones de una vida libre para las mujeres son tan limitadas que la soledad moral en la que viven hace que éstas se aferren con enfermizo apego al hombre. Kollontai propone una sociedad basada en la solidaridad, el compañerismo y la igualdad de sexos, donde una Mujer Nueva inicie una auténtica revolución sexual donde no se acepte la subordinación a los valores, deseos, conceptos y hábitos de los varones que siguen dominados por una cultura patriarcal que ha fomentado durante siglos hábitos de autosatisfacción y egoísmo, y entre estos, el de someter el “yo” de la mujer.

Emma Goldman


Fueron muy pocas las mujeres de su época las que llegaron a repudiar el puritanismo como ella. Emma estaba convencida de que el sexo era «tan vital como la comida y el aire", y subrayó la contradicción que existía en el hecho de que las mujeres fueran obligadas por una parte a ser asexuadas y por otra, a vender su cuerpo a través del matrimonio o la prostitución pública. Simbolizó durante su época las posiciones de autonomía femenina, de amor libre, de una total falta de prejuicios. Emma llegó hasta asumir la defensa de los homosexuales, algo que casi ningún revolucionario notorio de su tiempo se atrevió a hacer. En su formación revolucionaria, Emma fue antes feminista radical que anarquista. Para Emma era mucho más importante el factor ideológico y creía que el centro del problema radicaba en el machismo, en el hecho de que los hombres eran “tiranos inconscientes" y la sumisión actuaba sobre las mujeres como un «tirano interno". La mujer estaba educada para ejercer como tal “Casi desde la infancia, escribió, las jóvenes aprenden que el más alto objetivo en la vida es el matrimonio", eran incapacitadas para el goce sexual, por lo cual «la vida de estas muchachas se destruye por la frustración". En el momento en que la mujer contempla la sexualidad de igual a igual que el hombre, sistemáticamente es tratada como alguien monstruoso o enfermizo. Hasta los hombres más avanzados se sienten incómodos ante mujeres así y actúan sin excepción en plan dominante. Por eso, Emma tiene claro que la emancipación de la mujer será obra de la mujer misma: El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia, deben de surgir de ella misma, y es ella quien deberá llevarlos a cabo. Primero, afirmándose como personalidad y no como mercancía sexual. Segundo, rechazando el derecho de cualquiera que pretenda ejercer sobre su cuerpo; negándose a engendrar hijos, a menos que sea ella quien los desee; negándose a ser la sierva de Dios, del Estado, de la sociedad, de la familia, etc., haciendo que su vida sea más simple, pero también más profunda y más rica. Es decir, tratando de aprender el sentido y la sustancia de la vida en todos sus complejos aspectos, liberándose del temor a la opinión y a la condena pública.
En cuanto a las relaciones amorosas de Emma podemos citar varias, sin embargo las más importantes fueron Johann Most, cuya personalidad atrajo fuertemente a Emma durante cierto tiempo y pasó a ser además de su discípula, su amante. Esto no duró mucho y Emma empezó a cuestionar ambos roles. La ruptura entre Johann y Emma no tardó en producirse. El lugar que había dejado vacío Johann no tardó en ser ocupado y esta vez por dos hombres a la vez. Alexander Berkman, que desde entonces pasó a ser su compañero casi inseparable, y un pintor también de origen ruso con los que estableció un menage a trois que transcurrió sin incidentes internos dignos de mención, pero que al puritanismo norteamericano le pareció el colmo de la perversidad.

Susan Sontag


Susan Sontag dijo que había “amado a hombres y mujeres .A la edad de 17 años, tras un noviazgo de diez días se casó con Philip Rieff. El matrimonio entre Sontag y Rieff duró ocho años, se divorciaron en 1958. Desde entonces sostuvo relaciones con Harriet Sohmers, una escritora y modelo estadounidense con la que convivió tras una intensa relación en París en 1957. Entre los años cincuenta y los setenta fue amante de la dramaturga cubana María Irene Fornés. Los últimos años de su vida mantuvo una relación sentimental con la fotógrafa Annie Leibovitz. Leibovitz declaró que Susan había sido una de las personas más influyentes de su vida. Fue lo más lejos que ambas llegaron no sólo a la hora de declararse homosexuales sino de reconocer que mantenían una relación que iba más allá de la amistad. El pudor y silencio de Sontag acerca de sus relaciones amorosas quizá se pueda definir en esta frase:
“Amar duele. Es como entregarse a ser desollado y saber que en cualquier momento la otra persona podría irse llevándose tu piel”.


Simone de Beauvoir


Simone de Beauvoir y Jean Paul Sastre se conocieron en París en 1929. Ella tenía 21 años y él 24. Simone de Beauvoir fue una niña solitaria, apegada a su padre, quien le enseñó el amor por los libros y el conocimiento. Jean Paul Sartre siempre vivió como un niño consentido y ególatra que de adulto buscó refugio en las mujeres, el alcohol, las drogas y la filosofía. La solitaria y el ególatra convirtieron su relación en un ejemplo de libertad y modelo de ruptura con las formas de vida burguesas tradicionales. Fueron unas de las parejas más polémicas del siglo XX. Se trataron de usted durante más de 50 años, nunca vivieron juntos, se negaron a contraer matrimonio y tener hijos, y es conocida la liberalidad con la que ambos aceptaban que el otro miembro de la pareja mantuviera relaciones con terceras personas.
Simone de Beauvoir escribió:


“El día en que sea posible para la mujer amar, no por debilidad sino por fortaleza, no escapar de sí misma sino encontrarse a sí misma, no humillarse sino reafirmarse, ese día el amor será para ella, como es para el hombre, una fuente de vida”.


Texto extraído de: mujericolas.blogspot.com

miércoles, 26 de agosto de 2015

CELOS, CAUSAS Y POSIBLE CURA, por Emma Goldman

Emma Goldman
Celos, Causas y posible cura


Texto extraído de "La hipocresía del puritanismo y otros ensayos"

Nadie en absoluto capaz de una intensa vida interior consciente, necesita tener la esperanza de escapar de la angustia mental y el sufrimiento. El dolor, y a menudo la desesperación, por la llamada idoneidad eterna de las cosas son los compañeros más persistentes de nuestras vidas. Pero estos sentimientos no llegan a nosotros de la nada, sino a través de las malas acciones de la gente. Éstas condicionan nuestro propio ser, en efecto, están entrelazadas a través de miles de gruesos y suaves hilos con nuestra existencia.

Es absolutamente necesario que nos demos cuenta de esto, porque la gente que no deja escapar la noción de que su desventura se debe a la debilidad de sus compañeros, nunca puede superar el odio y la maldad mezquina que constantemente culpa, condena y acosa a aquellos por algo que es inevitable, como parte de sí mismos. Esa gente no llegará a las alturas de una verdadera humanidad al que el bien y el mal, la moral y la inmoralidad, no son sino términos limitados a las emociones humanas en el mar de la vida.


El filosofo del “Más allá del Bien y el Mal”, Nietzsche, en este momento se le ve como el perpetrador del odio nacional y la destrucción de ametralladoras; pero solo los malos lectores y malos alumnos lo interpretan así. “Más allá del Bien y el Mal” significa más allá de la persecución, más allá de juicios, más allá de matar, etc. “Más allá del Bien y el Mal” abre a nuestros ojos a lo más profundo de la afirmación individual combinada con el entendimiento de otros que no son como nosotros, que son diferentes.

Con eso no me refiero al torpe intento de la democracia de regular las complejidades del ser humano a través de la igualdad externa. La visión de “Más allá del Bien y el Mal” apunta a la derecha de uno mismo, a la personalidad de uno. Tales posibilidades no excluyen el dolor del caos de la vida, pero excluyen la rectitud puritana que sienta juicio sobre todos, excepto uno mismo.

Resulta evidente que el más completo radical (y es que hay muchos que no poseen sentido común) debe aplicar este profundo reconocimiento humano de la relación entre el amor y el sexo. Las emociones sexuales y el amor están entre las más intimas, las más sensibles e intensas expresiones de nuestro ser. Están tan relacionadas con los rasgos físicos y psíquicos individuales que cada romance acabaría en un romance independiente como ningún otro. En otras palabras, cada amor es el resultado de las impresiones y características que las dos personas involucradas le dan. Cada relación amorosa debe, por su misma naturaleza, permanecer como un romance privado. Ni el estado, ni la iglesia, ni la moral, ni la gente deben meterse con eso.

Desafortunadamente este no es el caso. La relación más íntima es objeto de prohibiciones, regulaciones y coerciones, sin embargo estos factores externos son absolutamente ajenos al amor, y por lo tanto llevan a eternas contradicciones y conflictos entre el amor y la ley.

El resultado de esto, es que nuestra vida amorosa se mezcla con la corrupción y la degradación. El “Amor Puro” tan aclamado por los poetas, es hoy en día matrimonio, divorcio y disputas, de seguro un raro espécimen. Con el dinero, estatus social y posiciones como criterios para el amor, la prostitución es inevitable, incluso si se cubre con un manto de legitimidad y moralidad.

El mal más prevaleciente de nuestra mutilada vida amorosa son los celos, a veces descritos como “El Monstruo de Ojos Verdes” que miente, engaña, traiciona y mata. La noción popular es que los celos son innatos y por lo tanto no se pueden erradicar del corazón humano. Esta idea es conveniente para aquellos que carecen de la habilidad y la astucia para profundizar en la causa y el efecto.


Angustia por un amor perdido, por el hilo roto que le daba continuidad del amor. El dolor emocional ha inspirado las más sublimes palabras, profundos puntos de vista y la exaltación poética de un Byron, Shelley, Heine y otros de su tipo. ¿Pero alguien podrá comparar este dolor con lo que comúnmente se llama celos? Son tan diferentes como la sabiduría y la estupidez. Como el refinamiento y la tosquedad. Como la dignidad y la coerción brutal. Los celos son lo opuesto al entendimiento, a la simpatía, a un sentimiento de generosidad. Los celos no le aportan nada al individuo, no lo hace grande y fino. Lo que hace es cegarlo con ira, atormentarlo con sospechas y herirlo con envidia.

Celos, las contorsiones de lo que vemos en las comedias y tragedias matrimoniales, son invariablemente de un solo bando, intolerantes acusadores, convencidos de su propia rectitud y de la maldad, crueldad y culpa de sus victimas. Los celos no intentan entender, su deseo es castigar, tan severamente como les sea posible. Esta noción está incorporada en el código de honor, representada como un duelo o una ley no escrita. Un código que sostiene que la seducción de una mujer debe ser expiada con la muerte del seductor, incluso donde la seducción no tuvo lugar. Donde ambos han cedido voluntariamente a la tentación más profunda, el honor solo se restaura cuando hay sangre derramada, sea la de él o la de ella.

Los celos están obsesionados con la posesión y la venganza. Están acorde con todas las leyes punitivas sobre los estatutos que se adhieren a la barbárica noción de que una ofensa, que es a menudo simplemente el resultado de los males sociales, debe ser adecuadamente castigada o vengada.

Se puede encontrar una fuerte discusión contra los celos en los escritos de historiadores como Reclus, Morgan y otros, como en las relaciones sexuales entre la gente primitiva. Cualquiera que esté familiarizado con sus trabajos sabe que la monogamia es una versión tardía del sexo que tuvo lugar gracias a la domesticación y apropiación de la mujer, lo que ha creado un monopolio sexual y la inevitable sensación de celos.


En el pasado, cuando los hombres y mujeres se entremezclaban unos con otros sin la intervención de leyes ni moral, no podía haber celos, porque el principio se basa en la presunción de que el hombre tiene un monopolio sexual sobre cierta mujer y vice-versa. En el momento en que alguien se atreve a ir mas allá de este recinto sagrado, los celos estarán al alza. Bajo estas circunstancias es ridículo decir que los celos son perfectamente naturales. De hecho, es el resultado artificial de una causa artificial, más nada.

Desafortunadamente, no son solo los matrimonios conservadores los que están saturados con esta noción del sexo monopolizado; las llamadas uniones libres también son victimas. Podría decirse que esta es otra prueba más de que los celos son un rasgo innato. Pero debe tenerse en cuenta que el sexo monopolizado ha sido transmitido de generación en generación y se ha plasmado como la base de la pureza de la familia y del hogar. Y justo cuando la iglesia y el estado vieron el sexo monopolizado como la única forma de asegurar los lazos maritales, ambos han justificado los celos como una legítima de defensa para la protección del derecho de propiedad.

Ahora, mientras la mayoría de la gente ha superado la legalidad del sexo monopolizado, pero no ha superado sus hábitos y tradiciones. Por eso, han sido tan cegados por el “Monstruo de Ojos Verdes” como sus vecinos conservadores al momento en que sus posesiones están en juego.

Un hombre o mujer lo suficientemente libre y maduro para no interferir ni armar un alboroto por las atracciones externas de la pareja seguro será despreciado por sus amigos conservadores y ridiculizado por los más radicales. Será llamado degenerado o cobarde; con mucha frecuencia se le imputaran motivos materiales menores. Estos hombres y mujeres serán objeto de chismes y chistes de mal gusto por el solo hecho de que le conceden a sus esposas, esposos o amantes, derechos sobre sus propios cuerpos y expresiones emocionales sin montar escenas celosas ni amenazas de muerte al intruso.


Hay otros factores que influyen en los celos: La vanidad del hombre y la envidia de la mujer. El hombre, en materia de sexo, es un impostor, un fanfarrón, que siempre se jacta de sus hazañas y éxitos con las mujeres. Insiste en adoptar el papel de conquistador, ya que se le ha dicho que la mujer quiere ser conquistada, que les gusta ser seducidas. Haciéndole sentir como el único huevo en el granero, o el toro que debe chocar los cuernos con otro para ganar a la vaca, su vanidad y arrogancia se sienten heridos de muerte en el momento en que un rival aparece en escena, que aun entre los llamados hombres refinados, continua siendo el amor sexual de la mujer, que debe pertenecer solo a un amo.

En otras palabras, el casi extinto monopolio sexual junto con la irreverente vanidad del hombre en 99 casos de 100 son los antecedentes de los celos.

En el caso de la mujer, el miedo económico de ellas y sus niños y la penosa envidia hacia otras mujeres que obtienen gracia en los ojos de su acompañante, invariablemente crea celos. En justicia a las mujeres, desde hace siglos, la atracción física era su única carta sobre la mesa, por eso, necesita envidiar el encanto y valor de otras mujeres que amenazan quedarse con su propiedad preciada.

Lo más grotesco de todo es que hombres y mujeres pueden llegar a ser violentamente celosos de aquellos quienes no les importan. No es el amor ultrajado, sino la envidia y vanidad los que se pronuncian contra este “terrible mal”. Y es probable que la mujer nunca haya amado al hombre del que ahora sospecha y espía. Probablemente ella nunca ha hecho un esfuerzo por mantener ese amor. Pero en el momento en que un competidor aparece, ella empieza a valorar su propiedad sexual para defender lo que de otra forma seria vil y cruel.

Obviamente, los celos no son un resultado del amor. De hecho, si fuese posible investigar muchos casos de celos, seria muy probable encontrar que mientras menos gente esta imbuida en un gran amor más violento y competitivo serán los celos. Dos personas unidas por una armonía interna no tienen miedo ni pretenden perjudicar la confianza mutua y la seguridad que se tienen si uno u otro tiene atracciones externas, y sus relaciones no terminaran en una vil enemistad, como pasa con mucha gente. No serán capaces, ni se esperará, que acepten la elección de su pareja en la intimidad de sus vidas, pero eso no le da a ninguno el derecho de negar la necesidad de la atracción.

Como discutiré la variedad y la monogamia en dos semanas, no hablaré sobre eso aquí, solo diré que ver a personas que aman a más de una persona como perversos y anormales es ser muy ignorante.
Ya he discutido varias causas de los celos a las que debo agregar la institución del matrimonio, que la Iglesia y el Estado proclaman como “Lo que los une hasta que la muerte los separe”. Esto es aceptado como el modo más ético de vivir y de hacer las cosas.

Con el amor, en todas sus variantes y cambios, encadenado y estrecho, no es de extrañar que los celos surgieran. Que más que maldad, sospechas y rencor pueden surgir cuando un hombre y una mujer son oficialmente unidos con “De ahora en adelante son uno en cuerpo y alma”. Solo vean a cualquier pareja unida de esa manera. Dependiendo uno del otro para cada pensamiento y sensación, sin intereses ni deseos individuales, y pregúntate a ti mismo si esa relación no se tornará odiosa e insoportable con el tiempo.

De una manera u otra las cadenas se cortan, y como las circunstancias que llevaron a esto son bajas y denigrantes, no sorprende que se saque a relucir las características y motivaciones más mezquinas y perversas del ser humano


En otras palabras, la intervención legal, religiosa y moral son los padres de nuestra innatural vida sexual y amorosa, y de eso es que los celos se han ido alimentando. Es el látigo que castiga y tortura a los pobres mortales por su estupidez, ignorancia y prejuicios.

Pero nadie necesita justificarse a si mismo por ser una víctima de estas condiciones. Es muy cierto que todos caemos bajo el peso de inicuos acuerdos sociales bajo coerción y ceguera moral. Pero no somos individuos conscientes, ¿De quién es el deber de llevar verdad y justicia a los asuntos humanos? La teoría de que el hombre es un producto de estas condiciones ha llevado solo a la indiferencia y a una lenta aceptación de estas condiciones. Aun así, todo el mundo sabe que la adaptación a un modo de vida injusto y no saludable solo fortalece ambas cosas, mientras el hombre, el así llamado “Corona de la Creación”, equipado con la habilidad de pensar y ver por encima de todo para emplear sus poderes de iniciativa, se debilita, se vuelve más pasivo, más fatalista.

No hay nada más terrible y fatal que profundizar en las entrañas de nuestros seres queridos y de uno mismo. Solo ayudará a romper los delgados hilos de afecto que aun hay en la relación y finalmente nos llevara hasta el último surco, que es lo que los celos intentan prevenir, la aniquilación del amor, la amistad y el respeto.


Los celos son un medio inútil para preservar el amor, pero es un medio bastante útil para destruir el respeto hacia nosotros mismos. Para la gente celosa, como los adictos, es llegar a lo más bajo y al final solo inspiran asco y desgracia.

La angustia por la pérdida de un amor o un amor no correspondido entre la gente que es capaz de tener finos pensamientos no volverá tosca a esa persona. Aquellos que son sensibles y delicados solo tienen que preguntarse a si mismos si pueden tolerar una relación obligatoria y un enfático NO se obtendría como respuesta. Pero mucha gente sigue viviendo cerca del otro, aunque hace tiempo dejaron de vivir juntos–una vida lo suficientemente fértil para las operaciones de los celos, cuyos métodos van desde abrir la correspondencia privada hasta el asesinato. Comparado con estos horrores, el adulterio abierto parece un acto de coraje y liberación.

Un fuerte escudo contra las vulgaridades de los celos es que el hombre y la mujer no son uno en cuerpo y espíritu. Son dos seres humanos con diferentes temperamentos, sentimientos y emociones. Cada uno es un pequeño cosmos de si mismo, envuelto en sus propios pensamientos e ideas. Sería glorioso y poético si estos dos mundos se fusionaran en libertad e igualdad. Incluso si esto dura poco tiempo valdría la pena. Pero el momento en que estos dos mundos son forzados a estar juntos, toda la belleza y fragancias no dejan más que hojas muertas. Quien entienda esto tendrá en cuenta que los celos están dentro y no les permitirá cargar con una espada de Damocles sobre él.

Todos los amantes hacen bien en dejar las puertas de su amor bien abiertas. Cuando el amor pueda ir y venir sin miedo a encontrarse con un perro guardián, los celos rara vez crecerán porque aprenderá que donde no hay llaves ni candados no hay lugar para sospechas y desconfianza. Dos elementos que hacen que los celos prosperen.

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Manuscritos y Archivos de la División La Biblioteca Pública de Nueva Yor Astor, Lenox y Tilden Fundaciones 

El Texto original en ingles se encuentra en el suguiente Linkhttp://dwardmac.pitzer.edu/anarchist_archives/goldman/jealousy.html