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jueves, 29 de diciembre de 2016

MAYORÍAS Y MINORÍAS (1910), por Emma Goldman

Emma Goldman
Mayorías y minorías


Escrito: En o antes de 1910.
Publicada por vez primera: En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).

Si hubiera que juzgar sumariamente la tendencia de nuestro tiempo, diría simplemente: Cantidad. La multitud, el espíritu de la masa domina por doquier, destruyendo la calidad. Nuestra vida entera descansa sobre la cantidad, sobre lo numeroso: producción, política y educación. El trabajador, que en un tiempo tuvo el orgullo de la perfección y de la calidad de su trabajo, ha sido reemplazado por un autómata incompetente, privado de cerebro, el cual elabora enormes cantidades de cosas sin valor ninguno, y generalmente insultantes, en su grosería y ordinariez, para la humanidad. Todas esas cantidades, en vez de hacer la vida más confortable y plácida, no hicieron más que aumentar para el hombre la mole de sus preocupaciones angustiosas.

En política nada más que cantidad; esto sólo importa. En la proporción que desconocen, ya sean sus principios, sus ideales, sus postulados de justicia, van siendo suplantados por la esencia formal del número, de lo numeroso. En la lucha por la supremacía de los varios partidos políticos mutuamente se ponen trampas, se engañan, perpetran las más sombrías maquinaciones unos contra otros en la certera confianza que el que obtenga el éxito final será proclamado victorioso por la mayoría. ¡Y a expensas de qué cosas, con cuánto detrimento de toda dignidad y decencia se alcanza este momento! No hemos de ir muy lejos en busca de prueba para este doloroso caso.

Jamás la corrupción, la completa podredumbre fue tan evidente en el aparato gubernativo; jamás el pueblo norteamericano se vio obligado a enfrentarse con la naturaleza de Judas de nuestras corporaciones políticas, las que durante años reclamaron para sí el dictado de pereza intachable, tildándose sostenes salvaguardadores de nuestras instituciones y los verdaderos protectores de los derechos y de la libertad del pueblo.

Pero cuando los crímenes de ese partido político se muestran a la luz del día, tanto que el más ciego no dejaría de notario, le será suficiente lanzar sus sólitas promesas deslumbrantes y reunir los candidatos que gozan de más favor público para que se asegure su supremacía. La verdadera víctima engañada, traicionada, no sabe decidirse en contra, sino en favor de la victoria. Espantados algunos se preguntan: ¿cómo pueden las mayorías traicionar de esa manera las tradiciones de la libertad norteamericana? ¿Dónde se halla su capacidad de juicio y de razón? Justamente las mayorías no razonan, son incapaces de formular un juicio propio. Carentes de originalidad y de valor moral, las mayorías siempre depusieron en manos ajenas sus particulares destinos, incapaces de cargar con la menor responsabilidad, siguen a sus pastores hasta cuando las conducen a la destrucción, a su aniquilamiento. Tenia razón el doctor Stockman, el de Los puntales de la Sociedad: Los más peligrosos enemigos de la Libertad y la Justicia en nuestro medio son las mayorías compactas, las malditas compactas mayorías. Sin ambición, ni iniciativa, esas masas compactas nada odian más que el espíritu de innovación. Siempre se oponen, condenan y persiguen al innovador, al descubridor de una nueva verdad.

Es el más repetido lugar común entre los políticos, incluso los socialistas, que la nuestra es una era de individualismo de minorías. Sólo que aquellos que sobrenadan en la superficie de los conocimientos humanos pueden entretenerse y quedar satisfechos con ese punto de vista ¿Acaso los menos no son quienes acaparan todo el bienestar del mundo? ¿No son ellos los dueños, los reyes absolutos de la situación? Su éxito material no se debe, empero, al individualismo, sino a la inercia, al amilanamiento y a la completa sumisión de las masas. Estas necesitan ser dominadas, conducidas y reprimidas. Respecto al individualismo, que en la humana historia nunca tuvo oportunidad de lograr la menor expresión, lo tiene mucho menos ahora de aparecer de manera normal y sana.

El educador, de honestos e ideales propósitos, el artista o el escritor de ideas originales, el hombre de ciencia independiente, el explorador de nuevos dominios del saber, o el individuo de ideas avanzadas que busca la renovación de la sociedad; a todos ellos se los empuja diariamente contra la pared invisible de los prejuicios por hombres cuya sabiduría y facultades creadoras se han vuelto decrépitas con el tiempo.

Educadores del tipo de Ferrer no se les tolera en ninguna parte, mientras que los malabaristas de la educación oficial, a lo Elliot y Butler, resultan ser los perpetuadores de una era de nulidades y de autómatas. En el orden teatral y literario los ídolos son Humphre y Wards y Clyde y Fitches, mientras muy pocos conocen o aprecian la belleza genial de Emerson, Thoreau, Whitman, un Ibsen, un Hauptmann, un Butler Yeats o un Stephen Philippe. Son como las estrellas solitarias lejos del horizonte de la multitud.

Editores, empresarios de teatros y críticos no exigen las cualidades superlativas en la creación del arte, sino que se preguntan: ¿tendrán mucha venta? ¿Será del paladar del público? Y este paladar es como una hornalla: engulle todo lo que no necesita masticación mental. De ahí que lo mediocre, 10 vulgar, el lugar común representan la obra maestra literariamás en boga.

¿Es necesario que digamos que referente a las bellas artes hemos de encontrarnos con lo mismo? No hay mas que emprender una jira por nuestros parques para percatarnos de la fealdad, de la horrible vulgaridad de nuestros artefactos artísticos, en forma de estatuas y monumentos. Ciertamente, sólo el gusto de las mayorías pueden tolerar semejante ultraje a la belleza. Falsa en su concepción y mezquina, ñoña en la ejecución la estatuirá que infesta las ciudades norteamericanas tiene tanta relación con el arte como una confitura de mazapán con la escultura de Miguel Ángel. El talento artístico, que no se somete a estas preestablecidas normas de la mentalidad común del público, deseando dar el fruto más original de su temperamento y luchando para ser fiel, sincero, veraz con la realidad tratando de ver con sus ojos, será condenado a conducir una obscura y miserable existencia. Su obra algún día se podrá convertir en el más caro capricho de la muchedumbre; pero esto no sucede hasta que la sangre de su corazón se haya vaciado para siempre; hasta que el explorador de nuevos caminos haya dejado de existir y el tropel de la plebe miope haya extinguido la herencia legada por el maestro.

Se dice que el artista de la actualidad no puede darnos verdaderas creaciones, porque, lo mismo que Prometeo, se halla encadenado a la roca de las necesidades económicas. Esto puede ser verdad para todas las épocas. Miguel Ángel dependía de su señor —los Médici— como los pintores y los escultores de nuestro tiempo, excepto que los entendidos de arte de entonces se hallaban bastante distantes de la entendida multitud de ahora. Estos se sentían honrados y felices de que el artista se dedicase todo el tiempo que deseara a cincelarles una urna, un cáliz, supongamos.

El supuesto mecenas de nuestros días no posee otro criterio que el valor material de una obra de arte: el dólar. En nada le atañe la calidad intrínseca de grandes obras y sí la cantidad de dólares que importa su venta. El financista de Les Affaires sont les Affaires, dice respecto a varias manchas, paisajes al óleo: Vea qué bueno es; me cuesta cincuenta mil francos. Igualito que nuestros advenedizos. Las fabulosas sumas pagadas por las grandes obras que descubre, revela con elocuencia la pobreza, la vulgaridad de su gusto, de su concepto artístico.


El más imperdonable pecado para la sociedad es la independencia intelectual. Si esto resalta más en un país cuyo símbolo es la democracia, también evidencia cuán grande es el poder de las mayorías.

Wendel Phillips dijo, hace cincuenta años: En nuestro país de absoluta igualdad democrática, la opinión pública no es sólo omnipotente, sino omnipresente. No hay un refugio a donde no llegue esta tiranía, no hay escondrijo donde no nos alcance; y el resultado es este: se empuña la linterna del griego famoso y se va en busca de un centenar de norteamericanos, y entre ellos no se encontrará uno que no tenga algo que ganar o perder por parte de la buena opinión que sustentaran los que los rodean, ya sea acerca de sus ambiciones, de su vida social y de sus negocios. La consecuencia se resume en que nosotros, en vez de constituir una masa de verdaderas individualidades, no somos más que seres que, al temernos mutuamente, escondemos nuestras propias y más íntimas convicciones; como nación comparada a otra nación, somos solamente un atajo de cobardes. Con más intensidad que otros pueblos, experimentamos un miedo cerval de unos hacia los otros. Evidentemente, en nada cambiaron las condiciones que le sugiriera tan aguda constatación a Wendel Phillips.

Hoy, como ayer, la pública opinión es el tirano omnipresente; hoy, como entonces, las mayorías no representan más que una masa de cobardes, prestos a aceptar aquel que encarne el espejo de su pobreza mental y espiritual. Esta es la base donde se apoya el éxito sin precedentes de un hombre como Roosevelt. Entraña el peor elemento de la psicología plebeya de la masa. El político que conozca a fondo las mayorías, le importa poco de la integridad doctrinaria de los ideales. Por lo que se pirra, es la apariencia brillante y espectacular. No es el caso de que se trate de una exposición canina, el premio por el boxeo o el linchamiento de un negro, la exhibición insolente de una boda rica de algún heredero multimillonario o la acrobática elocuencia de algún ex presidente de la nación.

Más feas son las contorsiones mentales, más deliciosas les resultarán a las masas. Así, Roosevelt, pobre de ideales y vulgar espiritualmente, continúa siendo el hombre de la hora.

Por otra parte, los hombres, por encima, muy por encima de estos pigmeos políticos, hombres de refinada cultura, de facultades creadoras, son reducidos violentamente al silencio, como si se tratara de personas afeminadas. Es absurdo que se quiera calificar de individualista la época presente. No es más que una amarga repetición de una idéntica fenomenología desarrollada a todo lo largo de la historia: cada esfuerzo de progreso para elevar el nivel de la vida, la ciencia, la religión, la política, la libertad económica, emanó siempre de las minorías, no de las mayorías. Hoy, como hace varios siglos, los raros, las individualidades independientes, son incomprendidas y por ende perseguidas, encarceladas, torturadas y asesinadas.

El principio de la fraternidad humana, traído por el agitador de Nazareth, pudo preservar el germen de una nueva vida, de verdad y justicia, hasta el día que fue una antorcha de luz para unos pocos.

Desde el momento en que las mayorías se apropiaron de este gran principio, se convirtió en la materialización de una ritología que produjo por doquiera sufrimientos y calamidades incontables. Los ataques llevados a cabo contra la Roma papal por las colosales figuras de Huss, Calvino y Lutero, fue como una irradiante aurora en la densa noche. Pero tan pronto como Lutero y Calvino se volvieron políticos y empezaron a reunir a las pequeñas potencias de la nobleza y apelaron al espíritu plebeyo de la masa, las grandes posibilidades de la Reforma fueron desviadas de su natural cauce. Ellos pudieron captarse el éxito de las mayorías, pero se comprobó una vez más que éstas no eran menos sanguinarias en las persecuciones contra el pensamiento y la razón que el monstruo del catolicismo. ¡Guay de los herejes, de la minoría, que no se plegase a los dictados de sus dogmas! Después de una constante lucha y de un tesón infinito, la mentalidad humana se ha más o menos libertado del fantasma religioso; las minorías otra vez emprendieron nuevas conquistas y las mayorías se hallan en pos de ellas, ladrándoles, gravadas por el peso muerto de las verdades que con el andar del tiempo resultaron falsas.

Políticamente, la raza humana se encontraría actualmente en una absoluta esclavitud si no fuera por los héroes que surgen de cuando en cuando: un John Bulls, Wat Tylers, Guillermo Tell y las numerosas individualidades gigantescamente libres que combatieron a pie firme contra el poder de los tiranos y de los reyes. Sin la pléyade de las mentalidades independientes, que vivían y pensaban más allá de su época, el mundo nunca hubiese sido sacudido radicalmente por esa tormentosa ola: la Revolución francesa. Los grandes acontecimientos de la historia siempre fueron precedidos por otros más pequeños, infinitesimales. De ahí que la elocuencia enardecida de un Camilo Desmoulin fuese como el toque de trompetas ante los muros de Jericó, arrasando el emblema de las injusticias, de las torturas y de los horrores de la Bastilla.

En todo periodo que se inaugura son los menos los portabanderas de las grandes y nuevas ideas, del esfuerzo precursor de la liberación. No es, por cierto, la masa que, al contrario de ellos, sirve de lastre y les impide moverse tanto como quisieran.

Esta verdad resalta con mucha más fuerza en Rusia que en cualquier otro país. Miles de vidas fueron las sacrificadas por ese régimen de sangre y terror, y aún no ha sido aplacado el monstruo del trono. ¿Cómo pueden suceder semejantes cosas, cómo puede darse que la cultura, las ideas, todo lo que hay de más noble en sentimientos, en emocionados ideales se encuentre sometido a ese yugo de hierro. Las mayorías, las compactas mayorías, la somnolencia de las masas; el campesino ruso, después de un centenar de años de lucha, de sacrificios, de una miseria indecible, todavía cree que la cuerda que ahorca al hombre blanco, de blancas manos, le trae fortuna.

En las luchas norteamericanas por la libertad las mayorías no dejaron de ser uno de los mayores obstáculos. Hasta en nuestros días las ideas de Jefferson, de Patrick Henry, de Tomás Paine son negadas y vendidas por poco precio por las mayorías. La masa no las necesita. La grandeza y el coraje de Lincoln ha sido olvidado por el hombre que creó tal escenario del panorama actual. Los verdaderos héroes santos para los negros se hallan representados por un puñado de luchadores de Boston: Lloyd Garrison, Wondell Phillips, Thoureau, Margaret Fuller y Theodoro Parker, cuya doctrina valerosa culminó en la gigantesca figura de John Brown. Su incansable espíritu batallador, su elocuencia y perseverancia fue minando el poder de los propietarios del sur. Lincoln y sus secuaces llegaron cuando la abolición ya era un hecho consumado y reconocido por casi todos.

Hará unos cincuenta años que una idea, cual rudo meteoro, hizo su aparición en el horizonte social del mundo, una idea que iba muy lejos, enteramente revolucionaria, que lo abarcaba todo en un solo abrazo y que tuvo la suprema virtud de infundir terror en los corazones de los tiranos y hacer temblar las tiranías. Por otra parte, era ella un mensaje de alegría, de una grandiosa esperanza para los millares de desheredados. Los poseídos de estas ideas, los hombres de mentalidad más avanzada, los precursores, conocían lo abrupto del camino que deberían recorrer; y lo soportaron todo: oposición, las persecuciones y dificultades casi insuperables; pero orgullosos y sin temor alguno marchaban hacia adelante, siempre hacia adelante... Ahora esta idea se ha convertido en algo corriente, manoseado, un verdadero lugar común. Actualmente, casi todo el mundo es socialista, el hombre rico, así como la pobre víctima que explota; los que hacen las leyes, como las autoridades, y el infortunado delincuente; el libre pensador, así como el perpetrador de las falsedades religiosas, la señora a la moda, así como su sirvienta. ¿Por qué no? Ahora que la verdad de hace cincuenta años se ha convertido en una mentira; ahora que se mustió, se apagó todo lo que había en ella de juvenil frescura y se le robó sus fibras más vigorosas, su fuerza revolucionaria y su ideal humanitario, ¿por qué no? Ahora no es más que una bella visión, rumorosa, de inefable poesía, sino un plan práctico y realizable, sobre el que descansan las mayorías, ¿por qué no? La astucia política sabe muy bien cantar las loas de la masa; dice: Las pobres mayorías, la ultrajada, la maltratada, pobre de este gigante si no quisiera seguirnos a nosotros.

¿Quién no oyó esta misma letanía varias veces y en todo tiempo? ¿Quién no se sabe de memoria este invariable estribillo en los labios de todos los políticos?

Que la masa sangra por cada paso que da, que se la roba y se la explota, lo se tanto yo como esos que mendigan votos. Pero insisto que no es ese grupo de parásitos, sino la masa la culpable de este terrible estado de cosas. Se cuelga del cuello de sus amos y ama el látigo y es la primera en gritar: ¡crucificad! en el momento que una voz se levanta para protestar contra la sacrosanta autoridad y el capitalismo u otra institución igualmente caduca. Ya no existiría la autoridad y la propiedad privada si la masa estuviese dispuesta en convertirse en soldados, en policías, en carceleros y verdugos. El socialista demagogo sabe esto tan bien como yo, pero sostiene el mito de las virtudes de la mayoría, porque su verdadero sistema de vida sólo significa la perpetuación del poder autoritario. ¿Y este último cómo podría ser reconocido como algo, sin el apoyo de lo numeroso? Sí; la autoridad, la coerción y la ciega obediencia son atributos de la masa; nunca existirá en ella la libertad o el libre desenvolvimiento de la individualidad ni jamás podrá nacer de su seno una sociedad libre.


No es que no me adolore con los oprimidos, con los desheredados de la Tierra, no es porque no conozco el horror, la vergonzosa e indigna vida que conduce el pueblo, que repudio las mayorías como una fuerza creadora de bondad. ¡Oh, no, no! Sino que sé demasiado, que como masa compacta jamás estuvo al lado de la justicia ni de la igualdad. Suprimió las voces humanitarias, subyugó el espíritu humano y cargó de cadenas el cuerpo. Como masa, su finalidad principal fue el de hacer de la vida una cosa uniforme, gris y monótona, convirtiéndola en un árido desierto. Como masa será siempre la aniquiladora de la libre individualidad, de la libre iniciativa y de la originalidad. Creo, por eso, en lo que dice Emerson: La masa es grosera, mentalmente lisiada, perniciosa en lo que exige y en lo que pide. En vez de adulársela, es necesario fustigarla duramente. Nada deseo concederle, sino para ejercitarme en ella para dividirla, romperla y extraer así otras tantas individualidades. ¡Las masas! Son nada más que una gran calamidad. Para nada deseo las masas, sino hombres valerosos, dignos y leales, y mujeres amables, dulces y nobles en sus instintos.

En otras palabras, la viviente verdad de un social y económico bienestar no llegará a transformarse en realidad, sino por el esfuerzo inteligente, el intrépido valor de las minorías poseedoras de una perfecta independencia mental, y no por obra y gracia de las masas.

Título: Mayorías y minorías
Autor/a: Emma Goldman
Tema: Crítica
Fuente: Recuperado el 13 de junio de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
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Texto extraído de: theanarchistlibrary

miércoles, 27 de enero de 2016

LA IGUALDAD DE LA MUJER (1886), por Teresa Claramunt

Esta serie de artículos aparecidos en Bandera Social con el título «La igualdad de la mujer» (2/16/2-X-1886 y 25-XI-1886) no llevan firma pero son atribuidos a Teresa Claramunt, ya que su lectura denota las características de su estilo. Sobre esta cuestión se puede consultar: ÁLVAREZ JUNCO, José: La ideología política del anarquismo español (1868-1910). Ed. Siglo XXI, Madrid, 1991, p. 303.




La mujer es inferior al hombre. Sus facultades físicas e intelectuales lo prueban superadamente. Tal es la afirmación que imperturbablemente lanzan los burgueses siempre que se habla de los derechos de la mujer.

¿Decís que la mujer es inferior al hombre? Eso será verdad, quizá, en esta innoble sociedad en que vivimos. Por la dependencia material a que está sujeta, separada de todas las funciones que no son serviles, reducida a un salario insuficiente, obligada a venderse en casamiento a cambio de una protección a menudo ilusoria o alquilarse para un concubinato en el que sabe ha de ser despreciada, la mujer es, en efecto, inferior al hombre, que goza de monstruosos privilegios.
Imponiéndola una verdadera servidumbre moral, declarándola hecha para someterse exclusivamente a él, ordenándola una sumisión incondicional, que, por consiguiente, le arrebata toda iniciativa, se la reduce al estado de máquina o se la convierte en un objeto.
Pero ¿creéis, señores burgueses, que este estado de servilismo en que mantenéis a la mujer prueba su inferioridad? Os alabáis de una pretendida superioridad física e intelectual, citándonos triunfalmente las conclusiones de vuestros psicólogos y fisiólogos, conclusiones basadas principalmente en el género de vida tan diferente en que se desarrollan el hombre y la mujer.
¿Creéis, pues, que se puede declarar inferior un ser por el sólo hecho de que difiera de otro, sobre todo cuando esta diferencia proviene de la facultad que le distingue, determinando su función en la vida?

Y bien; yo soy mujer, me considero perfectamente igual a vosotros, mis facultades tan nobles como las vuestras y mis órganos tan útiles en la evolución general del gran todo humano.


Si la mujer es inferior al hombre respecto a fuerza, en cambio, como reproductora de la especie, es el primer obrero de la humanidad. Por otra parte, se exagera en exceso la inferioridad muscular de la mujer. Históricamente, la mujer ha sido siempre la principal bestia de carga, y en la actualidad comparte con el hombre los trabajos más penosos.
Porque la fuerza física de la mujer no sea exactamente igual a la del hombre, no se deduce lógicamente que no pueda gozar iguales derechos. ¡Hay en la especie animal tantos seres superiores al hombre! Y dentro de la misma escala racional hay tantos hombres superiores en fuerza física unos a otros, que si hubiera de tomarse dicha fuerza como regulador de los derechos, habría quien tuviera una gran cantidad de ellos y quien no poseyera ninguno.
Esto, apenas se enuncia, demuestra una notoria injusticia que si ha podido pasar en el ayer de la humanidad, cuando la fuerza era el distintivo de la razón; si todavía hoy sobrevive merced a las raíces que las costumbres bárbaras han echado en la sociedad, mañana, ese mañana tan suspirado para todos los que tienen sed de justicia, sólo servirá de afrentoso recuerdo.

Ninguna imaginación que no está obstruida por la aberración más crasa, ningún criterio que no esté ofuscado por el embrutecimiento más inconcebible, puede suponer siquiera que el ser, por ser más fuerte, por tener desarrollado en mayor grado su sistema muscular, ha de gozar de mayores preeminencias, tener mayores goces y disfrutar de mayores prerrogativas.
Que si esto no pugnara abiertamente con las más rudimentarias reglas de justicia, reñido estaría desde luego con el espíritu de igualdad que cada vez más, hasta que llegue a definitivo auge, va informando el modo de ser y las relaciones sociales.

Los partidos reaccionarios y aun muchos de los que se llaman demócratas, republicanos y revolucionarios en cierto grado, son los que fomentan con más ahínco la inferioridad de la mujer y se oponen sistemáticamente a que ésta ocupe en la sociedad el rango que le pertenece.
Y no obstante esta aberración de entendimiento, los reaccionarios, mejor dicho, la clerecía ha conseguido, dominando a la mujer, tener bajo su férula a la sociedad. Así se comprende su tenacidad porque ésta no se ilustre; pues una vez ilustrada y al tanto de lo que son en resumen todas las farsas religiosas, terminaríase ese modus vivendi, merced al cual los zánganos de las religiones chupan sin cesar el jugo de la colmena social.
¿Cómo es posible que el día que la mujer sepa, por lo que acredita la ciencia, que su hijo, lejos de ganar algo con lo primero a que le obliga la iglesia, el bautismo, se halla en inminente riesgo de, entre otras afecciones, perder la vista, de lo cual hay buen número de ejemplos, le lleve a bautizar?
Pues para que no desaparezca esta gabela, una de las más importantes que recibe la iglesia, se hace necesario que la mujer sea un zote; educadla y las pilas bautismales criarán telarañas de no usarse, y los recién nacidos se desarrollarán tan frescos y robustos con su pecado original encima, debajo, dentro o fuera, que para el caso es lo mismo.

Bandera Social, Madrid, 2-X-1886


II Parte

Los límites de un periódico semanal son poco a propósito para tratar el complejo problema de la igualdad de la mujer.
Las preocupaciones, arraigadas al cabo de tantos siglos, han constituido, por decirlo así, una segunda naturaleza y, dolorosamente, sufre gran retardo en su camino la marcha del progreso.
Pero algo ha de hacerse, y aunque no nos quepa a nosotros la gloria de ser los iniciadores en un problema tan racional, lógico y humano, no por eso hemos de cruzarnos de brazos; todo al contrario, dada la trascendencia del asunto y la necesidad imprescindible de que la razón se abra paso, allá vamos con nuestro óbolo, con nuestra piqueta revolucionaria, a horadar la muralla que interpone el absurdo privilegio a la luz de la libertad, de la igualdad y de la ciencia.
Torpes por demás han andado en este asunto todos los que, llamándose revolucionarios, han relegado la cuestión de la mujer a un completo olvido, desconociendo la importancia que este primer e importante factor ejerce en los destinos humanos.
Las religiones, habremos de repetirlo, más ilustradas en lo que a su beneficio pecuniario atañe, más experimentadas por sus íntimos conocimientos, han dejado hacer a los hombres de pelo en pecho, y seguramente se han reído sus secuaces cuando los oían gritar ¡viva la libertad! Sabiendo perfectamente que más o menos pronto, aquellos alardes serían dominados por ellos, con fingida mansedumbre, desde el confesionario, y sus prerrogativas no serían cercenadas.
Pudiera aquilatarse la fuerza que la mujer, sin darse cuenta de ello, ha arrojado en el lado de la balanza de la reacción, y muchos, que quizá toman este asunto cual cosa baladí, vendrían a ponerse a nuestro lado, reconociendo paulatinamente, que no es posible una sociedad libre e instruida allí donde la mujer sea esclava e ignorante.
Además de esto, existe una cuestión de derecho en este asunto.
Ha sido tal la necesidad de nuestros antepasados y aun la de muchos que en la actualidad viven para juzgar acerca de la mujer, que parece ciertamente que se han incubado, plantas exóticas, fuera del seno materno. Ciertamente que oyendo a muchos discurrir a este propósito se pregunta, no el hombre pensador, no el filósofo, sencillamente el que tiene despejado el cerebro: ¿habrá tenido este energúmeno madre?
Y como, salvo mamá Eva, que ya saben ustedes aquello de la costilla es muy difícil haya existido hijo sin madre, que más fácil existiera sombra sin luz, y como la sociedad se compone de todos estos hijos con madre, no se explica a satisfacción el que los hijos cometan parricidio moral de negar a la autora de sus días, a la que los tuvo en su regazo. Los besó cuando niños, los alimentó con la fuerza creadora de su sangre, la igualdad y la libertad que para sí reclaman.
Cosas absurdas hay en verdad en este mundo que parece vaciado en el crisol de la aberración, pero ésta es de las más piramidales.
¡Y todo debido a la maldita ignorancia, a la deficiente enseñanza, a la involucración sistemática y constante de las puras fuentes de la razón y la ciencia!
Porque esos mismos a quienes decís ¿tú eres partidario de la igualdad de la mujer? Y os contestan, sin pararse un momento a reflexionar, y con la misma prisa que se daba aquel aragonés para alcanzar a su burro, a quien, para que corriera, metió una guindilla en mala parte, introduciéndose otra él en el mismo sitio; pues bien esos mismos que dicen, blasfemando disparates, que la mujer debe encerrarse en su casa, cuidar sus pucheros, y cuando más saber mal leer y escribir, porque hoy la mayor parte de los que leemos lo hacemos por antonomasia, no están conformes con lo que dicen, o mejor dicho, no saben lo que se dicen.
Conviene, aunque seamos un poco difusos en este punto, sentar algunos ejemplos.
Supongamos el enemigo más enemigo de los derechos de la mujer.
Decidle: ¿crees tú que tu madre, sin la coacción que ejerce el matrimonio, hubiera sido honrada y cumplido fielmente los deberes que se impuso al unirse con tu padre? Quizá nos os deje acabar sin responder afirmativamente.
Insistid en la pregunta. Luego si tú supones, fundadamente, que tu madre no necesitaba sino su libérrima voluntad para el cumplimiento de su deber, ¿Por qué las demás no se encontrarían en el mismo caso y, por lo tanto, huelga el cohibirlas y es ridículo el matrimonio, que tiene todo el carácter de una imposición y de una intrusión, en asuntos meramente de conciencia, de personajes a quienes no conocéis, y que a no ser la costumbre, todas esas ceremonias servirían de argumento para un sainete?
Aquí es seguro ya no os conteste tan deprisa. Cuando más, y después de rascarse la oreja, balbuceará como chico que une letras: «Hombre, mi madre, sí; pero las demás..., mira el casamiento es conveniente porque fulano abandonó a zutana estando casado; con que ¿qué hubiera hecho si no está casado?»
Este modo de raciocinar (de algún modo hemos de llamarle) es privativo de los constantes obstruccionistas a los derechos de la mujer, y demuestra por sí únicamente los serios fundamentos en que se apoyan los mantenedores del statu quo en materia de derechos femeniles.

Creemos haber demostrado que, de todos los despotismos, no hay ninguno tan inconcebible como el del hijo que sostiene que la mujer, en cuya voz colectiva se cuenta la que le dio el ser, debe permanecer relegada al estado de cosa.
¡El hijo, que no hubiera sido sin su madre, negando sus derechos a la que debe la existencia!

Bandera Social, Madrid, 16-X-1886


III Parte

Parece que tal exabrupto sólo debiera ocurrírsele a la burguesía, que ni ve, ni oye, ni entiende, ni reconoce otros lazos que los que le proporcionan aumentar algo más el capitalito ganado a fuerza de trabajos y sudores de otros.
Pero aún hay más: hemos presentado el ejemplo del hijo y la madre, porque así debía ser si habíamos de comenzar por el principio.
Dejemos a un lado hermanas y demás, para venir a la cuestión capital: marido y mujer.
Demos de barato que el hijo a quien antes encontramos en su camino vuelve a aparecer para ayudarnos a dar cima a nuestro trabajo.
Es natural suponer no se ha convencido, pues es sabido que el error se aprende con tanta facilidad como es difícil a la razón abrirse paso.
Así, pues, nuestro hombre, si así puede llamarse, sigue en sus trece, sino ha llegado ya a veintiséis o más.
Está casado, como Dios manda, lo cual es una desgracia en los tiempos burgueses que corremos.
Por consiguiente, tiene mujer; es suya (pues no queremos pensar mal), como mandan los cánones.
Ha pasado eso que se llama luna de miel cuando la volvemos a encontrar.
Después de la cortesía del saludo, tratamos de explorar su voluntad en distinta forma que lo hicimos anteriormente.
Al efecto damos comienzo a la información.
—¿Te has casado?
—Sí.
—¿Y qué tal es, no tu futura, sino tu presente?
—Hasta ahora no marcha mal.
—¿Es instruida?
—Hombre, nacida de padres que apenas tenían para comer con lo que trabajaban, tuvieron que ponerla a oficio desde muy niña: así que sólo ha aprendido a guarnecer botas.
—¿De modo que de enseñanza?
—Solamente ha aprendido lo que enseñaban en una escuela dominical, que es poco o nada.
—Y mañana, cuando tenga hijos ¿qué les va a enseñar?
—Ella nada. Yo haré todo lo posible porque vayan a una escuela.
—¿Del ayuntamiento?
—Claro; no tengo medios.
—¿Y no sabes que en esas escuelas lo que aprenden, según están montadas, es muchas cosas de las que no debían aprender?
—No tengo otro remedio. Harto lo siento.
—Aunque no soy rencoroso, voy a recordarte lo que me decías ha ya tiempo al preguntarte si eras partidario de que la mujer tuviera los mismos derechos que el hombre.
—¿Y qué tiene que ver eso con mis hijos?
—Lo verás. Cuando yo te preguntaba eso, no te quería decir lo que generalmente se entiende por igualdad de la mujer. Los anarquistas creemos que ésta, mitad o más del género humano, no debe ser una bachillera, que, como hoy se practica en muchas vecindades, se lleva todo el día de aquí para allá charlando como un sacamuelas y abandonando, por esa hidrofobia de exhibirse, sus atenciones para con la familia y sus deberes como esposa y como madre.
—Pues, ¿qué queréis entonces?
—Queremos que, en lugar de eso que piensan muchos cerebros obtusos, la mujer tenga mucha instrucción, con lo cual no es temible la libertad; queremos, que así como hoy tiene que enviar sus hijos a la escuela al cuidado de maestros más atentos a cobrar su asignación (salvo alguna rarísima excepción) que a alumbrar la inteligencia de 40 o 50 niños, que asisten a las escuelas por término medio, pueda educar a sus hijos en los primeros pasos de la vida y prepararlos a mayores estudios; queremos que habiendo desarrollado sus conocimientos, no sólo sea el pedagogo del niño, sino el galeno provisional que, merced a su ilustración, pueda, con ayuda de manuales especiales, atender a los cuidados primeros que requiere la salud del pequeñuelo cuando ésta se quebrante.
—Eso me parece bien; pero lo creo mucho.
—No tal, puesto que nuestra pretensión no es que posea en absoluto todas las ciencias, sino que aquella cuyos prematuros cuidados maternales le impidan adquirirlos en mayor extensión, tenga rudimentarios principios de cuanto es necesario que la mujer que ha de constituir familia necesita. De ese modo no cabe duda que será buena hija, buena esposa y buena madre.
—Hasta ahí estamos de acuerdo: pero yo he oído hablar de amor libre y de no sé cuántas cosas más.
—Iremos llegando poco a poco. Lo primero que hemos convenido es que es conveniente que la mujer sepa algo más que barrer, remendar, espumar el puchero, y no tenga otras luces que las que se necesitan para conversar con las vecinas, que como también carecen de conocimientos, sus conversaciones, tarde o temprano, han de degenerar en eso que vulgarmente denominan chismes de vecindad, originados por lo común a disgustos sin cuento. Que si tuvieran más luces, quizá aprovecharían el tiempo en cosa más útil, por ejemplo, en excogitar los medios de venir en ayuda de la vecina cuyo hijo, hermano o padre se encontrara en el lecho del dolor, o en instruir a los niños que hoy, después de ir a clase, sólo viven en la calle, o en el patio, oyendo lo que no debieran de oír.
—Eso lo entiendo. Pero deseo me orientes respecto a los otros puntos que te he preguntado.

Bandera Social, Madrid, 23-X-1886


IV Parte

—Pues esa hipocresía y falsedad no es transitoria e individual, sino permanente y casi general.
Si fuera fácil descubrirle todas las miserias que se ocultan en esos hogares donde moran los grandes personajes. Si pudieras sorprender los secretos de esas familias encopetadas cuyos blasones deslumbran. Si penetras en lo íntimo, en lo que se oculta a nuestra vista tras adamascados cortinajes, es seguro vencieras la repugnancia que, al parecer, sientes hacia lo que, por lo mismo que es la encarnación de la justicia, hacen tanta oposición los que tienen el corazón podrido por la inmoralidad.
La alta burguesía es una clase desenfrenada, sin humanidad, sin cariño ni otro lazo que el interés.
Huera en materia de virtudes, exhausta de todo noble sentimiento, envilecida en la malicie más repugnante, no hay freno que la contenga, y así mancha el tálamo nupcial como perpetra en sus orgías y bacanales los más repugnantes vicios, los extremos de goces más inverosímiles y contrarios a la naturaleza.
Según eso, el adulterio es la norma a que se ajustan los que nos predican con la palabra moralidad.
¡El adulterio! Para nuestros burgueses, el adulterio es una frase inodora. Es un señor a quien saludan respetuosamente si le encuentran de paso y de quien se burlan en cuanto ha traspuesto la esquina.

Mejor dicho, el adulterio es visita de las casas aristocráticas, visita tan constante, que se ha familiarizado ya con los cónyuges. Ni él exige nada, ni éstos le guardan otros respetos que los de la etiqueta más frívola.
Esto te lo explicarás fácilmente si observas que, a pesar de ser tan grande el número de burgueses y burguesas que, por rendir tributo a la nota y al buen tono, cambian con frecuencia de consorte, apenas si oyes se haya celebrado un divorcio.
El adulterio entre los grandes es un mito en el que no reparan las gentes de alta alcurnia. Cuando más, algunos maridos suelen aprovecharse de él para convertirle en elemento cotizable.
Si la cara mitad es rica, apronta una cantidad como precio a esta libertad, y el tolerante esposo se aprovecha de este dinero para jugar y profanar santidades que aparecen respetables.
Suele acontecer que la fiel esposa, cansada de comprar tan caro el secreto, niegue alguna vez lo solicitado por su indisoluble consorte. Éste se enfurece y la amenaza con que el escándalo va a ser tan mayúsculo que se van a enterar hasta las naciones extranjeras.
Y ya ves, por desarrollada que sea una mujer en el vicio, esto la atemoriza y sigue soltando jugo.
Que es lo que realmente desea el envilecido eunuco para poder satisfacer a su devoción los múltiples caprichos de un ser estragado física y moralmente.
Algo de eso tengo yo oído cuando tenía relaciones con la doncella, pero no me negarás ahora, que si bien eso es cierto en cambio destruye vuestras pretensiones de que a la mujer le es suficiente con ilustrarse para que pueda ser un dechado de moral.
Por lo general, la burguesía es instruida, tiene medio de educarse. Sus hijos frecuentan las universidades, los ateneos, los centros del saber, en fin; sus hijas van a los colegios, no solamente españoles sino extranjeros.
Afinas la puntería, a lo que parece, y quizás sin quererlo, aduces argumentos que no se le hubieran ocurrido a Santo Tomás, gran dechado en teología.
Sin embargo, voy a tratar de probar como esas, que a simple vista parecen razones de peso, sólo tienen una falsa apariencia de doblé.
Desde luego yo no puedo asegurarte, porque no he penetrado siquiera en uno de esos colegios de jesuitas a donde va a parar la flor y nata de nuestros burguesitos, cuál es en detalle la educación que reciben.
Pero a juzgar por las manifestaciones exteriores y lo que la razón indica, puede conjeturarse en parte que ésta no es muy lúcida.
Tú bien conoces que esos sayas negras saben perfectamente donde les aprieta el zapato: habida cuenta de esto, no he de esforzarme mucho para demostrarte que lo que para ellos (las sotanas) desean es que se prolongue la estancia de los muchachos, puesto que éstos pagan por manutención, residencia y educación sumas crecidas que aumentan el tesoro de los hijos de Loyola.
Así, ya puedes figurarte si pondrán de su parte todos los recursos imaginables para que no se les acabe la bicoca.
Esto de una parte, y de otra ¿qué ilustración puede adquirirse en unos antros donde a porfía se ponen todos los medios para extraviar la razón y hacerla refractaria a las luces de la investigación científica; donde la libertad se subordina al fanatismo; donde, en fin, existe una atmósfera mefítica que emponzoña en su nacimiento las ideas más puras y los sentimientos más nobles?
¿Por ventura este género de educación sui generis, sólo concretada al servicio de una clase egoísta, puede proporcionar beneficios a la humanidad en general?

Bandera Social, Madrid, 25-XI-1886

Texto extraído de: noticiasyanarquia

sábado, 21 de noviembre de 2015

VLADIMIR ILYITSCH ULYANOF LENIN (1924), por Emma Goldman

Emma Goldman
Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin

Berlín, febrero de 1924.
Extraído de "La hipocresía del puritanismo"


Cuando leo los himnos de alabanza fúnebre con los cuales se han dirigido al muerto algunos de sus más irritados enemigos, acuden involuntariamente a mi memoria las palabras amonestatorias que empleó Angélica Balabanova frente a Clara Sheridan, la dama que esculpió bustos de Lenin, de Trotsky y de otros jefes del bolchevismo. ¿Se le hubiera ocurrido cincelar hace tres años a Lenin —le pregunto Balabanova— entonces, cuando el gobierno inglés lo anatematizaba como espía alemán? Lenin no ha hecho la revolución. La hizo el pueblo ruso. ¿Por qué no cincela usted a las mujeres y a los hombres del pueblo obrero ruso, los verdaderos héroes de la revolución? ¿Por qué ese repentino interés por Lenin?

Con Balabanova pregunto yo a los que sobrecargan ahora de alabanzas a Lenin, entre los cuales hasta se encuentran algunos menchevistas y social-revolucionarios: ¿Por qué esa repentina simpatía? ¿Por qué ese estático estallido de homenajes para el hombre que ayer mismo era cubierto de anatemas? ¿Acontece esto en base a aquella endeble máxima que afirma que sólo se debe hablar bien de los muertos? ¿O acontece porque hoy es un signo de valor no ir contra la corriente del culto a los héroes? ¿O en resumen, no es más que un efluvio de ordinaria hipocresía? Esos escritores saben tan bien como lo sabía la Balabanova que Lenin no ha hecho la revolución. Más aún, que fue él quien puso un fin a la revolución. Paso a paso, desde el histórico respiro —desde la paz de Brest-Litovsk— hasta marzo de 1921, cuando impuso a sus rebaños su nueva política económica, persiguió Lenin la tarea que se había propuesto, intentó llevar la revolución a la calma, castrarla, desnaturalizar sus fines, privarla de su contenido, de modo que de ella no quedó más que la vestimenta exterior, que debía servir como ornamento en las revistas de gala de la Tercera Internacional.

Esa tarea no era fácil. El pueblo ruso, que se arrojó con toda el alma en la revolución, tenía ardiente fe en sus fuerzas, en sus posibilidades, en su persistencia. Lenin era demasiado perspicaz para oponerse a ese entusiasmo general, a esa honda fe. Al contrario, marchó con el pueblo y se pronunció por las medidas más extremas. Pero el objetivo que perseguía era otro y se diferenciaba esencialmente de los objetivos que el pueblo anhelaba. Era el Estado marxista, —como él lo comprendía— una máquina que involucraba todo en sí, que lo absorbía todo, que todo lo destruía, y cuya palanca tenían Lenin y su partido en las manos. Esa divinidad fue bendecida por Lenin toda la vida.

Cuando la ola revolucionaria llevó a Lenin al poder, vio llegada su hora, la hora en que debía transformarse su sueño en realidad. ¿Qué le importaba que la revolución fuera a la debacle? ¿Qué significaba que Rusia se cubriera de escombros y de ruinas? De la sangre y las pavesas de un gran devenir surgió el Estado marxista. La gloria de la obtención de ese artificio corresponde exclusivamente a Lenin. Nadie trabajó más hábilmente ni con tan absoluta abnegación para ese objetivo que él. El porvenir, sin embargo, no dejará de apreciar justamente el carácter dudoso de esa gloria que incumbe al muerto jefe del bolchevismo, al leninismo, como llama hoy con orgullo el rebaño fanático de sus adeptos la formación política autocrática que pesa gravemente sobre las espaldas de la esclavizada Rusia.

Los incensadores de Lenin lo llaman grande. Pero él no poseía seguramente la grandeza del espíritu y del corazón que constituyen las condiciones previas esenciales de toda grandeza verdadera y general. Lenin mismo habría llenado de vejaciones y de burlas a los que le atribuyen hoy tales cualidades burguesas. Grandeza de espíritu, magnanimidad de corazón, comprensión y simpatía para un adversario eran rasgos que escapaban totalmente a este hombre, que sin embargo, fue tan extraordinariamente humano en sus defectos y criminal en sus errores. Más de una vez se ofreció a Lenin la ocasión de revelar la verdadera grandeza, pero su conformación espiritual entera no le permitió percibir la ocasión magnífica y ni siquiera comprender su importancia. Desde este punto de vista, Lenin ha quedado siempre fiel a sí mismo.Der Tag del 27 de enero da cuenta de una interesante historia. Era en 1890; Rusia se vio visitada por una terrible miseria. Toda la inteligencia rusa, sin diferencia de opiniones, se asoció para encontrar medios y vías que pudieran aliviar la situación del pueblo hambriento. León Tolstoi mismo escribió un caluroso llamado de socorro. En Samara, el centro del distrito del hambre, se reunió un grupo de intelectuales para deliberar sobre su trabajo en pro de los hambrientos. En esa reunión se levantó un joven y se expresó así: El hambre revoluciona a las masas y facilita la lucha contra la autocracia rusa. Por esa razón considero un crimen el proyectado socorro. Naturalmente no tengo ninguna inclinación a participar de ese crimen. Ese joven era Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin.

No sé si el autor de esta historia, presente en aquella reunión, ha citado exactamente el discurso del joven Lenin, pero es tan notablemente significativo para toda la conformación espiritual de Lenin y refleja tan excelentemente su conducta frente a la vida y a los padecimientos humanos, que bien podría ser la verdad. Lenin demostró la misma fría inflexibilidad en otra ocasión memorable, y fue frente a Dora Kaplan, que tenía tras sí largos años de cárcel; no había sido conducida a su acción ni por motivos personales ni por motivos contrarrevolucionarios. Sabía también que su muerte, lo mismo que su existencia, no podrían contribuir a la prosperidad de Rusia. Con un gran gesto habría podido atraer hacia su persona, de parte del mismo partido a que Dora Kaplan pertenecía, humana consideración. Podía reservar la vida de esa mujer. Ese hubiera sido un signo de grandeza que habría señalado bajo las circunstancias un elemento nuevo, vital, al curso entero de la revolución. Pero nadie puede dar lo que no tiene. Lenin, a quien toda verdadera grandeza humana le era extraña, entregó a Dora Kaplan a sus verdugos, a la tcheka. ¿Se puede representar uno por un sólo momento que un Tolstoi, un Bakunin, un Kropotkin, los tres grandes rusos, hubieran podido hacerse culpables de una crueldad tan innecesaria e infructuosa? ¡Pero para qué mencionar esos espíritus universales! Hubo dos mujeres en el movimiento anarquista: Luisa Michel y Voltairine de Cleyre. También contra ellas se intentó la muerte. ¿Cómo procedieron contra sus atacantes? ¿Se atuvieron a su libra de carne? ¡No, al contrario! Ambas se negaron a participar en un asesinato. Solicitaron la vida de los hombres que habían querido quitarles la suya. Compárese los actos de Luisa Michel y de Voltairine de Cleyre con el acto de Lenin y se verá la mísera impresión que produce el último en realidad.

Y sin embargo poseía Lenin una grandeza, que nadie podrá disputarle, poseía la grandeza del jesuitismo, la voluntad de seguir su camino con astucia y despreocupación de los medios y un menosprecio extremo hacia los asombrosos sacrificios que ofrendaba a su divinidad. En este sentido, los Torquemadas de todos los tiempos han sido grandes. De algunos se sabe que estallaban en sollozos al mandar a sus víctimas a la cámara de tortura o a la muerte. Tal vez sollozó también Lenin por el tributo que debía pagar por sus tentaciones. Felizmente tales lágrimas eran el factor paralizador del espíritu de la humanidad y destructor de todo intento de una nueva forma de vida. Los Torquemadas han sido siempre las fuerzas más reaccionarias y contrarrevolucionarias de la historia humana. Y Lenin era un reaccionario. Todos sus hechos políticos desde 1917 son una demostración viviente de sus aspiraciones contrarrevolucionarias. Contrarrevolucionarias en el sentido que han contribuido con todos los medios al fracaso de la revolución.

La paz de Brest-Litovsk infligió a la revolución la herida más mortal. El establecimiento de latcheka transformó a Rusia en un matadero humano. La recaudación violenta de los impuestos y las expediciones punitivas asociadas a ella aniquilaron millares de vidas y destruyeron aldeas enteras. Kronstadt y el tributo de sangre que debieron satisfacer sus mejores hijos a la divinidad de Lenin. El decreto que sancionó la guerra hasta el extremo contra la oposición obrera y los anarquistas sindicalistas (esa orden secreta impartida en el X congreso del Partido Comunista Pan-ruso, aparece ahora a la luz del día; fue utilizada como un apoyo por los leninistas en las últimas discusiones con la oposición); y finalmente el restablecimiento del capitalismo por elNEP (Nueva Política Económica); todo esto y más surgió del cerebro del hombre que ha sido canonizado como un santo por la iglesia comunista. Y todas esas medidas han contribuido a sofocar la revolución y a destruir las esperanzas del pueblo ruso. Pero no sólo Rusia, todo el mundo debió experimentar el jesuitismo de Lenin, pues llevó a todas partes el germen de la descomposición a las filas de los oprimidos.

Pero Lenin creía absolutamente en la necesidad de tales métodos, en la necesidad de sembrar el desconcierto, la abominación y la descomposición. Consideraba todo eso como una parte esencial de su doctrina. Tenemos sus propias palabras al respecto: Krasnaia Lotopies No.7, contiene un discurso de Lenin en el quinto congreso de la social democracia rusa (partido obrero), que remitió su defensa ante un tribunal del partido. Se le achaca entonces la difamación y la calumnia de treinta y un menchevistas, que habían abandonado el partido y formado un bloque con los cadetes. El jefe de ese grupo era F. Dan.

Lenin formuló su opinión entonces en las siguientes palabras: En el ataque a los opositores políticos es la forma, no el contenido, de importancia. En realidad, la forma representa el tono que dirige toda la música. La forma debe ser, pues, tal que provoque en el oyente o en el lector odio, desprecio, horror contra los atacados. La misión de la forma no es convencer sino dispersar las filas de los adversarios, no mejorar sus defectos, sino aniquilar su organización y su actividad, extirparlas de la Tierra. La forma del ataque debe ser tal que incite a los peores pensamientos y a la sospecha y lleve el caos y la desorientación a las filas del proletariado. Al preguntársele si no pensaba que tales métodos son reprobables, contestó Lenin: Ciertamente cuando se aplican al propio partido y contra los propios camaradas. Pero en la lucha contra todos los adversarios políticos no sólo no es reprochable ese método, sino que es digno de recomendación y necesario. Lo repito, en mi ataque contra los grupos salidos de los menchevistas he escogido intencional y conscientemente esa forma, que es apropiada para escindir las filas del proletariado y provocar odio, desconfianza y horror contra nuestros enemigos políticos.

Nadie puede hacer a Lenin el reproche de que ha utilizado sutilidades alguna vez. Pero eso no puede encubrir el hecho de que toda su vida ha esparcido un peligroso veneno en las filas del proletariado. Las filas de su pequeño partido fueron infestadas poco a poco. Mientras Lenin tuvo en sus manos los hilos del bolchevismo, no podía surgir nada a la superficie. Pero ahora que la muerte misma ha disuelto el férreo puño, hace explosión el veneno contenido y amenaza devorar el edificio entero que ha construido tan diligentemente el gran jesuita de nuestro tiempo.


La muerte es la gran niveladora de toda la vida. Fue hacia Lenin como había ido sobre los montones de víctimas del leninismo, sólo que hacia él fue con más consideración. Dora Kaplan, Fanny Baron, León Tchorny y muchos otros debieron morir más de una muerte cruel antes de que la tcheka de Lenin los colocara de espaldas a los muros. Sus cuerpos muertos no fueron expuestos a la vista. Ningún homenaje se les ha ofrendado. Ningún canto mortuorio resonó en su sarcófago y las campanas de las cuarenta iglesias de Moscú no les rindieron ningún quejumbroso acompañamiento. Murieron de una muerte afrentosa, pues habían quedado fieles a la revolución, aunque no tuvieron éxito. No así Lenin. Este tuvo éxito. Consiguió poner en pie su máquina. Ha despertado a nueva vida todos los males que la revolución quería extirpar: el capitalismo, la explotación y todo lo que de ello se deriva. No es milagro que Lenin fuera enterrado con la pompa de un potentado y que su reino sea reconocido hoy por las potencias europeas. ¿Y por qué no? La revolución ha muerto. ¡Larga vida al leninismo!

El Vaticano, Mussolini, el patriarca Tikon, los reaccionarios, los aventureros y arribistas del mundo pagan ahora su tributo al hombre que hubieran matado hace siete años si hubiese caído en sus manos. ¡Mentirosos e hipócritas todos! La expresión de su respeto y de su simpatía es solo una máscara tras la cual ocultan su alegría porque el leninismo les ha proporcionado la llave de las riquezas de Rusia, que ahora están dispuestos a extraer hasta el fondo.


Pero la última palabra en la determinación de Rusia no ha sido dicha aun. El pueblo, tan grande en su cólera de los días de octubre, se levantará de nuevo y testimoniará que el triunfo delleninismo y su muerto jefe fue al mismo tiempo su trágica derrota.

Título: Vladimir Ilyitsch Ulyanof Lenin
Autor/a: Emma Goldman
Fecha: 1924
Tema: Lenin
Fuente: Recuperado el 13 de junio de 2013 desde kclibertaria.comyr.com
Notas: Publicado originalmente en Berlín, febrero de 1924.
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Texto extraído de: theanarchistlibrary.org

lunes, 16 de noviembre de 2015

BREVE RELATO POR LA IGUALDAD (1906), por Teresa Claramunt


Título original del relato: Igualdad, publicado originalmente en El Porvenir del Obrero, Mahón, 27-III-1906



¡Igualdad! ¿Cuándo serás tú la única reina que rija los destinos del hombre? Así iba yo pensando una tarde en que con paso lento me dirigía a las afueras de la ciudad, para hacer acopio de oxígeno, una de las pocas cosas que sin dinero y con sólo andar medio kilómetro podía procurarme.


Aquella exclamación salíame del fondo del corazón al fijarme en la irritante desigualdad que por doquier nos azota como un látigo en manos de Mayans o un cabo Botas, pero la clase obrera tiene la epidermis de grueso cuero y no le hacen mella esas terribles bofetadas con que el hijo del holgazán bate los andrajos del productor.

Así pensando llegué a las primeras huertas de los alrededores de la ciudad, apoyéme en la verja, signo del acaparamiento, y púseme a contemplar aquel sembrado en que se notaba la mano de un inteligente trabajador con cerebro de artista. Al otro lado del huerto había un campesino colocando unos palillos a unas plantas para que éstas se mantuviesen altas, al erguirse pude ver un semblante simpático, un joven rebosando vida. Al notar él mi presencia preguntóme:

¿quiere usted algo de aquí, vendemos hortalizas y flores?

—No, joven no lo necesito en este momento, si estoy aquí es porque me enamora ver esta huerta y jardín, a la vez que tan hermosamente cultivado, ¿tú solo cultivas ese terreno?

—Sí señora, mi esposa vende en la Rambla de las Flores, y yo vendo al por mayor las hortalizas.

—¿Eres el dueño de esta tierra?

—No señora, si yo fuera el dueño...

—Pues debías serlo, tú haces de ese campo un vergel, sin ti no produciría nada esa tierra, y por tanto no tendría valor alguno, tuya es pues.

—Sí, pero no la compré.

—¡Comprar! ¿Y quién puede vender la tierra?

—Tú puedes vender ese fruto que da esa tierra, porque tú la sembraste y cultivaste, pero ¿quién creó la tierra?, ¿quién puede decir este campo es mi obra? El hombre cuando vino al mundo encontró la tierra hecha, el primero que se la apropió para sí y no la cultivó con sus manos fue el primer ladrón, sobre su robo descansan los robos todos.


—Es verdad, pero siempre ha habido pobres y ricos y así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos.

—Tú dices eso, tú, que eres joven y que en tu semblante resplandece una inteligencia natural. Óyeme: ¿no es verdad que tú estudias el modo de que las plantas puedan crecer más y hacer más variables los colores de las flores?

—Sí señora.

—Pues si a las plantas se les aplica la gran ley del progreso, ya que tú manifiestas no desconocer los adelantos en la floricultura, dime: ¿el hombre vale menos que un clavel?, ¿sólo el hombre ha de vivir sin progresar?

—Verdad es, pero vea usted. Las plantas con ser plantas, no son todas iguales; aquí tiene usted ese sembrado, del mismo plantel salió y ni una hay igual a la otra, porque, vea usted, mientras una es grande la otra es chiquitita.

—Amable joven, tú ves en las plantas la hermosa desigualdad que armoniza la vida y sin embargo dejas de ver la igualdad que existe en esas plantas: dime, ¿no es verdad que cuando tú sembraste esa semilla no ejerciste privilegio entre una y otra, sino que plantabas con toda naturalidad?

—Sí señora.

—¿No es verdad que cuando tú riegas haces que a todas ellas llegue la cantidad de agua que precisan?

—Sí señora.

—¿No es verdad que cuando el sol besa esas plantas dándoles el calor que precisa, tú no pones obstáculos a ninguna para que no disfrute del beneficio de la Naturaleza?

—No señora.

—Pues bien, si con igual cuidado las plantaste, si con igual esmero las cuidas, si por igual disfrutan de los dones de la Naturaleza, ¿dónde reside la desigualdad?, ¿en el tamaño? Esa desigualdad ya te la he dicho era armonía, ya que el que precisa de una planta pequeñita no se ve obligado a comprar una grande, porque nuestra madre Naturaleza las crea de todo tamaño; igual pasa en las personas que todas fuesen morenas, a los que les gusta las rubias se habrían de casar sin agrado, por eso la igualdad que queremos los anarquistas no es en lo físico, sino en la satisfacción de nuestras necesidades, y las plantas y los pájaros, con todo ser tan inferiores al hombre, gozan de esa igualdad porque en su organización no hay curas, ni reyes, burgueses o demás usurpadores.

—Diga usted señora, ¿ha dicho usted los anarquistas?

—Sí, soy anarquista.

—Pero usted me habla muy razonablemente y los anarquistas...

—¿Qué? Has oído que los anarquistas tiran bombas, ¿no es eso?

—Sí señora.

—Pues mira, procura saber, si es que lo ignoras, a quiénes pertenecen los almacenes de armas, quiénes son los dueños de las fábricas de dinamitas, a qué clase pertenecen los que pagan los terribles inventos de todo medio de destrucción, y entonces tú mismo, sin que nadie te lo diga, habrás descubierto quiénes son los violentos, los reales y positivos destructores. Escucha joven y procura suprimir el señorío, porque señor es sinónimo de esclavo.

Salud, tu cerebro es fértil como la tierra que cultivas; no lo descuides, cultívalo con el mismo esmero y serás hombre.

Teresa Claramunt 

Retrato de Teresa Claramunt realizado por Baltasar Lobo y publicado en la revista Mujeres Libres 


miércoles, 11 de noviembre de 2015

LA ANARQUÍA EXPLICADA A LXS NIÑXS (1931), José Antonio Emmanuel


“…Débiles y pequeños, los niños son, por eso mismo, sagrados…”

Eliseo Reclus

N. B. P.

Este folleto está escrito para contestar a la pregunta que nos han formulado varios camaradas: ¿Cómo educaré a mis hijos? Pregunta que ya esperábamos y a la que respondemos ateniéndonos a los dictados de la Razón y de la Ciencia.
Dedicado a los hijos del proletariado español, esperamos que, estas páginas –modestamente escritas– orientarán la educación de nuestra infancia en un sentido verdaderamente renovador.
A los padres y a los maestros nos dirigimos para que –en el hogar y en la escuela– propaguen las sanas doctrinas de una educación donde se destierre todo fanatismo y se aspire a libertar a la infancia de la nefanda opresión que sobre ella se ejerce.
Por culpas de unos y otros, la educación ha quedado estancada en un marasmo de servidumbre, de la que debe salir redimida y reconfortada. Sean estas breves páginas estímulo para todos.

EL GRUPO EDITOR

La Anarquía explicada a los niños

A los Hijos del Proletariado Español

I ¿QUÉ ES LA ANARQUÍA?

ANARQUÍA, queridos niños, es la doctrina que no conformándose con la organización que se ha impreso a la humanidad, desde los tiempos en que empezaron a crear la Sociedad, intenta dar una constitución a la vida basada en los principios sacrosantos del amor universal y de la solidaridad humana.
Su misión es hacer cesar la desigualdad reinante entre los seres que los divide en pobres y ricos, explotados y explotadores, esclavos y dominadores.
Que la Vida sea tal cual debe ser: la libre manifestación de las facultades, la espontaneidad de los actos, la liberación final destruyendo las causas que se oponen a que la sociedad se base en la más plena libertad y en la más absoluta independencia.
Entre las causas que la Anarquía quiere destruir por considerarlas nocivas y perjudiciales al desarrollo libre del individuo y de la colectividad puedo enumerar las siguientes para que no olvidéis nunca que, al combatirlas, laboramos por el bienestar de todos.

El MILITARISMO es la fuerza armada de que se valen los que se han apoderado de la vida, para imponer sus injusticias y cimentar sus maldades. Esta fuerza no retrocede ni ante el crimen; arma a los seres entre sí, los lanza contra los que, como vosotros, como vuestros padres, vuestros hermanos, han hecho del trabajo una virtud. Cuando nos rebelamos a este modo de proceder, cuando nos alzamos contra la injusticia que con nosotros se comete, caen sobre nosotros. No contentos con querernos destruir, suscitan guerras, diezman la humanidad, y los crímenes se amontonan en el camino que recorremos.
La anarquía opone a esta fuerza bruta, la Paz. El anarquista no quiere la guerra, se opone a la guerra, ansía la paz, porque es el punto fundamental de su doctrina salvadora. Considera a todos los seres hermanos; no quiere fronteras que nos separen, sino corazones que se fundan en un solo amor: la emancipación total y absoluta de los seres humanos. Las armas del anarquismo es el libro, es el trabajo, es la palabra. Con éstas combate la fuerza organizada del militarismo y con ellas triunfará sobre los carniceros y devoradores de hombres. Con el libro, con el trabajo, con la palabra llama a todos, haciéndoles ver que sobre la fuerza bruta se alza la fuerza de la idea cuyo triunfo final no puede discutirse.

El CLERICALISMO es la farsa de que se han rodeado los usurpadores de la vida para demostrar que sus imposiciones, sus tiranías, sus opresiones son justas y agradables a un “dios” que se han forjado para revestir de bondad sus actos. Con este “dios” se dirigen al corazón de los creyentes, y rodeándole de un fausto y un lujo inusitados en los templos que le han erigido, dirígenle oraciones y preces para hacer creer a todos que son los directores de la vida, los organizadores de la vida, y que la sociedad constituida cae en pecado de no seguir a este dios, los mandatos de este dios, las tiránicas órdenes de este dios. Sobre todo, se apodera de vosotros, queridos niños, para atemorizaros con los fabulosos tormentos de un infierno y los goces de un cielo que habéis de ganar supeditándoos a los que representan a este dios en el mundo. A los que no le siguen, a los que se apartan de ellos asqueados y rebelándoseles, los declaran “enemigos” y frente al poder de su dios, a la omnipotencia de su dios, crean el demonio que tienta al hombre, a la mujer, a vosotros mismos condenándonos a penas eternas de un fuego infinito.
Para afianzarse, para asegurar su dominio en el mundo y sobre todos los seres, llama en su auxilio al militarismo que tiene organizada la vida eN ejércitos dispuestos a hacer triunfar el principio divino. La Anarquía opone a este poder omnímodo, a este poder absoluto, a esta potestad terrorífica, la cultura por la Ciencia. La ciencia, que es el ordenado conocimiento de la vida, descubre las leyes porque se rigen los mundos y la sociedad; investiga que todo lo atribuido a dios, lo innato a dios, es falso y erróneo; que sólo existe una ley que derroca la ley divina, que destruye la omnipotencia divina: la ley natural del progreso humano. En virtud de este progreso se llega fácilmente a contemplar la vida en toda su pureza; que la tierra no es la morada de dios, ni el templo de dios; que el ser humano no tiene origen divino, sino que aparecimos en el mundo en virtud de hondas e incesantes transformaciones evolutivas en el organismo animal hasta llegar a nuestra especie; que el fin del mundo tampoco está sujeto a los providenciales destinos de dios, sino que la ciencia fija su fin de un modo racional y de acuerdo con las leyes naturales.
La Anarquía destruye las religiones porque son absolutistas, despóticas, crueles y sanguinarias. Y contra ellas quiere preservaros, queridos niños, para que os rebeléis al temor de ser condenados, al miedo de ser castigados, al placer de ser premiados. El castigo y el premio sólo pueden existir en la sociedad burguesa creada por los religiosos y los militarizantes. Sólo existe una recompensa: la del deber cumplido con la Vida, de ser útiles a los semejantes y de coadyuvar a implantar la nueva sociedad donde no existen odios, ni rencores, ni clases, ni vanidades, ni tiranías.

El CAPITALISMO es la sociedad organizada en el egoísmo brutal y antihumano, detentando el poder absoluto sobre la humanidad que produce y trabaja, aprovechándose del esfuerzo común para crear riquezas y privilegios sin los cuales no podría vivir. Erige un poder para sostenerse, funda los estados, divide a los hombres en naciones; sus tentáculos se clavan en las entrañas de la tierra para sacar el dinero que monopoliza y distribuye inicuamente; penetra en todos los ámbitos, desde el taller y la fábrica hasta el acaparamiento absoluto de vidas y haciendas, dicta leyes y las impone para robustecerse y consolidarse; señor absoluto de las existencias, no repara en medios para desnaturalizar el trabajo, atribuirse la producción, regularizar la vida a base de la usurpación y la violencia. Amo y señor del organismo social, tiene al “clericalismo” porque le ayuda en sus nefandos designios y cuenta con el “militarismo” porque le sostiene y le sirve de apoyo. Quiere que su “ley” sea acatada y obedecida por todos: cuenta para ello con los sicarios y escribas para hacerla cumplir. A esto llama su mandato: a esto da el nombre de poder.
Pero la Anarquía, queridos niños, se levanta contra este modo deconcebir la vida y se rebela a esta manera de organizar la existencia. La Anarquía aspira a suprimir todas estas causas que sumen a la humanidad en el letargo del opio. No quiere estados que, por el solo hecho de existir, llevan en sí desigualdades irritantes e injusticias cruentas. Al dinero opone el libre cambio de productos; al trabajo remunerador para los privilegiados, opone el trabajo distribuido a cada cual según sus fuerzas; al egoísmo insano de los poderosos, opone que las necesidades de cada uno sean cubiertas con arreglo a las necesidades de todos. A la ley opresora, opone la ley del amor. Al egoísmo, opone la tesis de que la tierra pertenece al que la trabaja y produce.
Esto es la Anarquía, amados niños. Esto, y mucho más que no puedo explicaros en estas breves páginas, pero el tiempo os irá enseñando y la vida os irá descubriendo.
La Anarquía quiere que investiguéis el origen de todas estas desigualdades, el por qué de todas estas injusticias; que os capacitéis para que comprendáis que la vida que vivís, reflejo de la vida amarga de vuestros padres, no es así, ni puede ser así. La vida es belleza; la vida es la justicia; la vida es la paz y el bienestar.

La Anarquía os pone en el camino de conseguirlo y obtenerlo; y, pues sois los mas débiles, los más inocentes de esta malhadada organización, que sepáis rebelaros a cuanto os oprime y aprisiona. No estáis solos. Hay quien lucha por sacaros de la amargura que os rodea, de las zarzas que hieren vuestras carnes, de los venenos que se filtran en vuestros corazones puros y sagrados.
Estos no os ofrecerán templos, ni os harán adorar divinidades, ni pondrán el temor en vuestros espíritus, ni corromperán vuestras conciencias encenagándolas con el dolo y el engaño. Alzad los ojos, mirad a vuestro entorno. La hora de las alegrías sanas, de la felicidad y de la paz llega para vosotros.
La Anarquía acelera esta hora, esta alegría, esta felicidad, esta paz que aún no tenéis.

II ¿CÓMO LLEGAR A LA ANARQUÍA?


La Anarquía, queridos niños, os facilita el camino para llegar a ella. Cuenta con la Escuela, el Sindicato y el Ateneo Cultural. Vamos a explicaros estas tres poderosas fuerzas a las que tendréis que acudir siempre.

La Escuela 

Comprenderéis, fácilmente, que no podemos referirnos a la escuela burguesa y reaccionaria en donde hasta ahora os han hecho asistir. Nuestra escuela, la escuela que os ofrecemos, no es la cimentada a base de necias y estultas enseñanzas, sino la escuela racionalista.
Es preciso que sepáis que nuestra escuela tiene un fundamento científico que es el que ha de orientar vuestras vidas. Vuestro maestro, el único tal vez a quien debéis agradecer sus esfuerzos por educaros, definía esta escuela diciendo, que secundaba el desarrollo espontáneo de vuestras facultades buscando libremente la satisfacción de vuestras necesidades físicas, intelectuales y morales.
He nombrado a Ferrer. Estudiad su vida, seguid su labor y erigidle en vuestro apóstol y guía. A él se debe la escuela racionalista que, para honra de la humanidad, creó en esta España. Desterró de la escuela las tres farsas de que antes os hablaba: el militarismo, el clericalismo y el capitalismo. Hizo penetrar la ciencia en el cerebro de los otros niños que con él se educaban e infiltró la razón en los corazones. Él hizo sagrado vuestro derecho a instruiros y educaros fuera del antro de las viejas escuelas y de los maestros apergaminados. Él desterró de vuestras mentes la idea de la divinidad y la reemplazó por el culto a la justicia y la bondad. Él abrió la cárcel de las ideas para convertirla en lugar agradable y deleitable. Él vio en vosotros lo que la humanidad debe ver en vosotros: el germen de la humanidad nueva.
Honrad a Ferrer siguiendo sus doctrinas redentoras. Era anarquista Ferrer; es decir, luchaba contra las potentes fuerzas clericales, militaristas y capitalistas que convierten la sociedad en un caos informe de ignominia. Así debéis aprender a luchar. Iniciaos en esta doctrina salvadora y de vosotros mismos surgirá el mundo nuevo que estamos construyendo.
Es hora que sepáis que si no os redimís, si no os libertáis en la escuela costará trabajo redimiros y libertaros cuando seáis grandes. La redención debe empezar en vosotros. Por eso, la Anarquía os da la Escuela. Que vuestros maestros se compenetren también de esta altísima verdad. De no ser así, quedaríais abandonados a vuestras escasas fuerzas y, por culpa vuestra, caeríais en brazos de los que esclavizan la vida.
La escuela os ha de enseñar a ser rebeldes, rebeldes de esta sociedad corrompida y desgraciada. Los enemigos de vuestros padres, de vuestros hermanos son y serán los enemigos vuestros. La causa de vuestro malestar y vuestra amargura también pesa sobre los que os dieron el ser y viven con vosotros. Debéis uniros a nosotros en esta lucha santa de la que depende cese, en absoluto, nuestro dolor y nuestra infelicidad.
No os queremos resignados; quede la resignación para los maestros burgueses y las cárceles escolares que rigen.
La escuela que os da la Anarquía es la de la libertad. Hay tres libros que os ayudarán a conseguirla. Tres libros que han educado a tres generaciones. Tres libros que deben quedar en vuestras escuelas como guiadores y conductores de vuestras vidas: El dolor universal, La Conquista del Pan y La Montaña. Sus autores son tres luces que aún brillan: Sebastian Faure, Pedro Kropotkine y Eliseo Reclus. Estos tres nombres no lo olvidéis. Al llegar a los doce años no pueden faltar en la biblioteca que iréis engrandeciendo. Ellos os darán a conocer las causas de vuestros sufrimientos, el origen de vuestra esclavitud en el trabajo, los gérmenes de la vida y de la existencia, la historia de la tierra. En ellos aprenderéis a vencer las dificultades que se os presenten en la lucha, la fortaleza para resistirla y la esperanza en el porvenir. Que sean vuestros primeros pasos en la vida: báculo preciado para vuestro progreso.

El Sindicato

La Anarquía, una vez salidos de la Escuela, no os podrá dejar abandonados. A medida que crecéis, a medida que avanzáis –ya jóvenes–, os hace continuar la lucha acrecentando vuestra rebeldía. Os dio una escuela para que supieseis y conocieseis el mundo en que vuestros ojos se abren; os hizo ver la desigualdad, os mostró dónde radica el egoísmo, dónde está la maldad, dónde se oculta nuestro eterno enemigo. Os lo mostró, os lo hizo veR para que os preparaseis a combatirle y derrotarle. Conseguido esto, abre las puertas de otra organización: el Sindicato.
Si en la infancia tuvisteis una escuela, en la juventud no os faltará otra: la escuela del proletario. Los mismos enemigos que os cercaron de niños, los mismos enemigos os cercan ahora. Precisa un organismo de lucha, un hogar a donde acudáis a refugiaros para recobrar la fe, para robustecer el ideal y centuplicar las fuerzas que debéis acumular para la batalla decisiva y final. Las mismas angustias, las mismas amarguras que os asediaban de niños, os asedian de hombres. Entrad en él; cobijaos en él. Unidos todos, identificados todos, resistiremos mejor. Sed fieles y solidarizaros con el compañero, hermano vuestro en lucha y en rebeldía.
Esta nueva escuela –escuela de la vida–, no la abandonéis. Junto a vuestros padres, seguid luchando por un mundo mejor.

El Ateneo

Para que en esta lucha titánica no perdáis ni la fe, ni el entusiasmo, la Anarquía os brinda una tercera escuela donde se practica la lucha por la cultura. Son los Ateneos libertarios, complemento de los Sindicatos, guiadores de los Sindicatos, conductores de los militantes.
No sólo es la lucha por el mejoramiento material la que debe unirnos, es también la lucha por la cultura la que debe solidarizarnos. Aquellas ansias que sentíais en la escuela por adquirir conocimientos, aquí las debéis continuar, ensanchándolas, aumentándolas, intensificándolas.
Ya veis, pues, como la Anarquía vela por vosotros, queridísimos niños.

III ¿CÓMO HACERNOS DIGNOS DE LA ANARQUÍA?


Para que os identifiquéis con la Anarquía, para que dignifiquéis vuestra vida, debéis cumplir estos postulados ácratas.

§ 1. Ayuda
No te desentiendas jamás de los que luchan como tú, de los que sufren como tú. Son hermanos tuyos. En la escuela los tuviste a tu lado. Ahora, los tienes en el taller, en la fábrica, en las minas, aún sedientos de justicia. Dondequiera que veas un hermano tuyo, ayúdalo. Por encima de las fronteras alzadas por los privilegios, tiende tu mano a todo el que es víctima de la sociedad actual burguesa.

§ 2. Apoya
Al que vacile, infúndele alientos; al que se desespere por ver lejano el triunfo, dale ánimos. La ayuda mutua es un deber sagrado y universal.

§,3. Copia lo bello
No imites lo perecedero, lo efímero. Todos los males, ahuyéntalos y aléjalos de ti: son aún la herencia de la imperfección humana a que estamos encadenados. Por encima de este caos de ignominia, levanta tus ojos a la belleza de la Vida.

§4. Labora
Todo es trabajo en la naturaleza y tu misión es contribuir, en la medida de tus fuerzas, a la perfección de este trabajo, No te resignes a ser siervo de la máquina, ni esclavo del músculo. Dignifica el trabajo, embellécelo, purifícalo.

§ 5. Estudia
Que el libro sea tu mejor amigo, tu consejero, tu guía. Nunca sabremos bastante. Quien añade ciencia, añade anarquía. Investiga por ti mismo, aclara los misterios que te rodean. Instrúyete, edúcate. Esta es la única herencia que debes dejar en la Vida.

§ 6. Ama
La ciencia no pone piedras en el corazón. Un amor puro y humano hace penetrar en nosotros. Por alejados que estén, por distanciados que se hallen, cada ser es un amado nuestro.

§ 7. Protege
Quien mucho ama, mucho ayuda. Al ser débil, protégelo. Al anciano, al inválido, al enfermo, nos une mucho más amor porque son débiles. Ese pobre anciano que ves, fue fuerte como tú, valeroso como tú; ese doliente inválido también fue como tú. Piensa que puedes ser como ellos; piensa que el trabajo burgués te envejecerá y te enfermará. ¡Protégelos! Piensa en los que no están con nosotros: en los presos; Por luchar, por defendernos, no tienen libertad. ¡Acuérdate de ellos!

§ 8. Cultiva

La tierra es tu madre; el campo es tu sustento. Sazonados frutos y óptimas cosechas recogeremos si los cultivamos. No dejes ninguna tierra estéril. Da a la tierra el cuidado que necesita para que te alimente y te haga vivir. En el mundo ideal, siembra ideas, esparce pensamientos, escribe y acciona. En el mundo real, que la semilla caiga en toda la tierra que, bien abonada y preparada, fecundará la semilla y la convertirá en flor y en fruto.

§ 9. No tengas esclavos
Aspira a ser libre y que las ansias de tu libertad abrase a todos. No esclavices a nadie. Ni pájaros, ni ningún ser viviente puedes encerrarlos impunemente. Abre las puertas de todas las jaulas, lima las rejas de todas las cárceles, donde –como el pájaro enjaulado– seres humanos sufren y padecen.
Sé libre y haz libres, contigo, a los demás. Abre las puertas de tu corazón para que salgan de él todos los vicios, todos los defectos que lograron filtrarse. Sé libre y sé puro: ni tengas esclavos, ni te conviertas en esclavo.

§10. Trabaja
Trabaja y lucha la Anarquía te dice. Antes te dijeron: Trabaja y reza. Deja los rezos, deja las oraciones. Sólo hay una oración que no debes olvidar nunca: la del trabajo. Trabaja por el bien de la Humanidad, para que cesen los dolores, para que terminen los sufrimientos, para que la amargura se aleje para siempre. Sé feliz en una humanidad feliz. Sé libre en una humanidad libre. Esto es la Anarquía, queridos niños. ¡Bienaventurados, vosotros, si la comprendéis y la practicáis!
Empiece, pues, para vosotros la visión de una vida nueva de purezas y bondades.

∗ La anarquía explicada a los niños. Barcelona, Ediciones BAI, 1931 (Tip. Cosmos), 15 p. (Bibl. Internacional, 6), 20 cts.