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jueves, 25 de febrero de 2016

LAS FEMINAZIS Y EL HOMBRE DEL SACO

Foto de ijclark
Parece que todo lo relacionado con el feminismo empieza a tener una relevancia antes impensable. Que si es un escándalo que Syriza no haya nombrado a ninguna mujer como ministra, que si cada vez más mujeres consideran los piropos como acoso callejero, que si los anuncios de la Super Bowl se viralizan por su contenido sexista… Y, a su vez, empieza también a tomar relevancia un término familiar: «las feminazis».

Aclarar qué es una feminazi teniendo en cuenta que el «feminazismo» no está recogido por la RAE es, cuanto menos, complicado. Veamos entonces, de momento, qué dice la RAE sobre el «feminismo».

feminismo.

(Del lat. femĭna, mujer, hembra, e -ismo).
m. Doctrina social favorable a la mujer, a quien concede capacidad y derechos reservados antes a los hombres.
m. Movimiento que exige para las mujeres iguales derechos que para los hombres.

Una vez aclarado que el feminismo no es una doctrina que busca la superioridad de la mujer sino simplemente equiparar derechos entre mujeres y hombres, profundicemos.

¿Qué podría ser eso de «feminazi»?

Todos, en algún momento, hemos dado por cierta no solo su existencia sino también su reprobación, como mínimo el tiempo que hemos tardado en pararnos un momento a pensar «espera, pero ¿qué es ser una feminazi exactamente?».
Yo también hice este parón en algún momento de la reflexión; a personas que han seguido haciendo reflexiones del tipo «si Fulanita sigue así, va acabar siendo una feminazi», les he preguntado: «¿Qué es convertirse en una feminazi? ¿Una feminazi como quién?».


El ‘como quién’ nunca me lo han sabido aclarar, pero el ‘qué’ siempre acaba con un: «Pues una extremista, los extremismos no son buenos nunca, muchacha». Y, cuando me repongo de esta lección que me recuerda mucho al «yo me sumaría al 15M si no fuera tan extremista, los extremismos nunca son buenos», suelo añadir: «Pero si el feminismo busca la igualdad y una feminazi es una extremista, ¿ser una feminazi es alguien que pelea más vehementemente por la igualdad?».

Aquí, y podéis probarlo si no me creéis, empiezan a torcer el gesto, a entornar los ojos mientras te miran como si fueras alguien a quien pueden perder, alguien vulnerable que puede descarriarse: «¿tú también con esas?, a ver si feminazi vas a acabar siéndolo tú».

Y, de verdad, yo solo intento arrojar un poco de luz; entender qué es exactamente una feminazi.

Me atrevo a lanzarle esta pregunta a usted:
  • ¿Conoce usted en su entorno a alguna feminazi?
  • ¿Qué hace una feminazi?
  • ¿Quema sujetadores? ¿Sale desnuda de paseo?
  • ¿Amenaza a hombres por la calle con expropiarlos de sus penes?
  • ¿Usa el plural en femenino solo para herir a los hombres?
Me niego a pensar que un término tan ampliamente aceptado, tan violento (no olvidemos que incluye la partícula ‘nazi’) y usado con tanto desprecio no tiene una definición concreta o, al menos, una persona a la que puedas poner como ejemplo.


Convendrán conmigo en que las feminazis pueden recordar un poco al `Hombre del Saco’, ese ser terrible al que nadie había visto jamás, pero que parecía funcionar para alejarnos de donde no debíamos estar. Una feminazi también parece ser un ente con el que mejor que nadie te relacione. Alguien que pelea por las mujeres pero, al parecer, no de la forma deseable: no de la forma que le gusta al patriarcado.

«A ver si el Hombre del Saco no existe ni nada, abuela».

«¡Uy, que no existe dice! ¿Tú no sabes que el Hombre del Saco se lleva primero a los niños que dicen que no existe?».





POR MARÍA BAENA
Texto extraído de: yorokobu.es

miércoles, 27 de enero de 2016

LA IGUALDAD DE LA MUJER (1886), por Teresa Claramunt

Esta serie de artículos aparecidos en Bandera Social con el título «La igualdad de la mujer» (2/16/2-X-1886 y 25-XI-1886) no llevan firma pero son atribuidos a Teresa Claramunt, ya que su lectura denota las características de su estilo. Sobre esta cuestión se puede consultar: ÁLVAREZ JUNCO, José: La ideología política del anarquismo español (1868-1910). Ed. Siglo XXI, Madrid, 1991, p. 303.




La mujer es inferior al hombre. Sus facultades físicas e intelectuales lo prueban superadamente. Tal es la afirmación que imperturbablemente lanzan los burgueses siempre que se habla de los derechos de la mujer.

¿Decís que la mujer es inferior al hombre? Eso será verdad, quizá, en esta innoble sociedad en que vivimos. Por la dependencia material a que está sujeta, separada de todas las funciones que no son serviles, reducida a un salario insuficiente, obligada a venderse en casamiento a cambio de una protección a menudo ilusoria o alquilarse para un concubinato en el que sabe ha de ser despreciada, la mujer es, en efecto, inferior al hombre, que goza de monstruosos privilegios.
Imponiéndola una verdadera servidumbre moral, declarándola hecha para someterse exclusivamente a él, ordenándola una sumisión incondicional, que, por consiguiente, le arrebata toda iniciativa, se la reduce al estado de máquina o se la convierte en un objeto.
Pero ¿creéis, señores burgueses, que este estado de servilismo en que mantenéis a la mujer prueba su inferioridad? Os alabáis de una pretendida superioridad física e intelectual, citándonos triunfalmente las conclusiones de vuestros psicólogos y fisiólogos, conclusiones basadas principalmente en el género de vida tan diferente en que se desarrollan el hombre y la mujer.
¿Creéis, pues, que se puede declarar inferior un ser por el sólo hecho de que difiera de otro, sobre todo cuando esta diferencia proviene de la facultad que le distingue, determinando su función en la vida?

Y bien; yo soy mujer, me considero perfectamente igual a vosotros, mis facultades tan nobles como las vuestras y mis órganos tan útiles en la evolución general del gran todo humano.


Si la mujer es inferior al hombre respecto a fuerza, en cambio, como reproductora de la especie, es el primer obrero de la humanidad. Por otra parte, se exagera en exceso la inferioridad muscular de la mujer. Históricamente, la mujer ha sido siempre la principal bestia de carga, y en la actualidad comparte con el hombre los trabajos más penosos.
Porque la fuerza física de la mujer no sea exactamente igual a la del hombre, no se deduce lógicamente que no pueda gozar iguales derechos. ¡Hay en la especie animal tantos seres superiores al hombre! Y dentro de la misma escala racional hay tantos hombres superiores en fuerza física unos a otros, que si hubiera de tomarse dicha fuerza como regulador de los derechos, habría quien tuviera una gran cantidad de ellos y quien no poseyera ninguno.
Esto, apenas se enuncia, demuestra una notoria injusticia que si ha podido pasar en el ayer de la humanidad, cuando la fuerza era el distintivo de la razón; si todavía hoy sobrevive merced a las raíces que las costumbres bárbaras han echado en la sociedad, mañana, ese mañana tan suspirado para todos los que tienen sed de justicia, sólo servirá de afrentoso recuerdo.

Ninguna imaginación que no está obstruida por la aberración más crasa, ningún criterio que no esté ofuscado por el embrutecimiento más inconcebible, puede suponer siquiera que el ser, por ser más fuerte, por tener desarrollado en mayor grado su sistema muscular, ha de gozar de mayores preeminencias, tener mayores goces y disfrutar de mayores prerrogativas.
Que si esto no pugnara abiertamente con las más rudimentarias reglas de justicia, reñido estaría desde luego con el espíritu de igualdad que cada vez más, hasta que llegue a definitivo auge, va informando el modo de ser y las relaciones sociales.

Los partidos reaccionarios y aun muchos de los que se llaman demócratas, republicanos y revolucionarios en cierto grado, son los que fomentan con más ahínco la inferioridad de la mujer y se oponen sistemáticamente a que ésta ocupe en la sociedad el rango que le pertenece.
Y no obstante esta aberración de entendimiento, los reaccionarios, mejor dicho, la clerecía ha conseguido, dominando a la mujer, tener bajo su férula a la sociedad. Así se comprende su tenacidad porque ésta no se ilustre; pues una vez ilustrada y al tanto de lo que son en resumen todas las farsas religiosas, terminaríase ese modus vivendi, merced al cual los zánganos de las religiones chupan sin cesar el jugo de la colmena social.
¿Cómo es posible que el día que la mujer sepa, por lo que acredita la ciencia, que su hijo, lejos de ganar algo con lo primero a que le obliga la iglesia, el bautismo, se halla en inminente riesgo de, entre otras afecciones, perder la vista, de lo cual hay buen número de ejemplos, le lleve a bautizar?
Pues para que no desaparezca esta gabela, una de las más importantes que recibe la iglesia, se hace necesario que la mujer sea un zote; educadla y las pilas bautismales criarán telarañas de no usarse, y los recién nacidos se desarrollarán tan frescos y robustos con su pecado original encima, debajo, dentro o fuera, que para el caso es lo mismo.

Bandera Social, Madrid, 2-X-1886


II Parte

Los límites de un periódico semanal son poco a propósito para tratar el complejo problema de la igualdad de la mujer.
Las preocupaciones, arraigadas al cabo de tantos siglos, han constituido, por decirlo así, una segunda naturaleza y, dolorosamente, sufre gran retardo en su camino la marcha del progreso.
Pero algo ha de hacerse, y aunque no nos quepa a nosotros la gloria de ser los iniciadores en un problema tan racional, lógico y humano, no por eso hemos de cruzarnos de brazos; todo al contrario, dada la trascendencia del asunto y la necesidad imprescindible de que la razón se abra paso, allá vamos con nuestro óbolo, con nuestra piqueta revolucionaria, a horadar la muralla que interpone el absurdo privilegio a la luz de la libertad, de la igualdad y de la ciencia.
Torpes por demás han andado en este asunto todos los que, llamándose revolucionarios, han relegado la cuestión de la mujer a un completo olvido, desconociendo la importancia que este primer e importante factor ejerce en los destinos humanos.
Las religiones, habremos de repetirlo, más ilustradas en lo que a su beneficio pecuniario atañe, más experimentadas por sus íntimos conocimientos, han dejado hacer a los hombres de pelo en pecho, y seguramente se han reído sus secuaces cuando los oían gritar ¡viva la libertad! Sabiendo perfectamente que más o menos pronto, aquellos alardes serían dominados por ellos, con fingida mansedumbre, desde el confesionario, y sus prerrogativas no serían cercenadas.
Pudiera aquilatarse la fuerza que la mujer, sin darse cuenta de ello, ha arrojado en el lado de la balanza de la reacción, y muchos, que quizá toman este asunto cual cosa baladí, vendrían a ponerse a nuestro lado, reconociendo paulatinamente, que no es posible una sociedad libre e instruida allí donde la mujer sea esclava e ignorante.
Además de esto, existe una cuestión de derecho en este asunto.
Ha sido tal la necesidad de nuestros antepasados y aun la de muchos que en la actualidad viven para juzgar acerca de la mujer, que parece ciertamente que se han incubado, plantas exóticas, fuera del seno materno. Ciertamente que oyendo a muchos discurrir a este propósito se pregunta, no el hombre pensador, no el filósofo, sencillamente el que tiene despejado el cerebro: ¿habrá tenido este energúmeno madre?
Y como, salvo mamá Eva, que ya saben ustedes aquello de la costilla es muy difícil haya existido hijo sin madre, que más fácil existiera sombra sin luz, y como la sociedad se compone de todos estos hijos con madre, no se explica a satisfacción el que los hijos cometan parricidio moral de negar a la autora de sus días, a la que los tuvo en su regazo. Los besó cuando niños, los alimentó con la fuerza creadora de su sangre, la igualdad y la libertad que para sí reclaman.
Cosas absurdas hay en verdad en este mundo que parece vaciado en el crisol de la aberración, pero ésta es de las más piramidales.
¡Y todo debido a la maldita ignorancia, a la deficiente enseñanza, a la involucración sistemática y constante de las puras fuentes de la razón y la ciencia!
Porque esos mismos a quienes decís ¿tú eres partidario de la igualdad de la mujer? Y os contestan, sin pararse un momento a reflexionar, y con la misma prisa que se daba aquel aragonés para alcanzar a su burro, a quien, para que corriera, metió una guindilla en mala parte, introduciéndose otra él en el mismo sitio; pues bien esos mismos que dicen, blasfemando disparates, que la mujer debe encerrarse en su casa, cuidar sus pucheros, y cuando más saber mal leer y escribir, porque hoy la mayor parte de los que leemos lo hacemos por antonomasia, no están conformes con lo que dicen, o mejor dicho, no saben lo que se dicen.
Conviene, aunque seamos un poco difusos en este punto, sentar algunos ejemplos.
Supongamos el enemigo más enemigo de los derechos de la mujer.
Decidle: ¿crees tú que tu madre, sin la coacción que ejerce el matrimonio, hubiera sido honrada y cumplido fielmente los deberes que se impuso al unirse con tu padre? Quizá nos os deje acabar sin responder afirmativamente.
Insistid en la pregunta. Luego si tú supones, fundadamente, que tu madre no necesitaba sino su libérrima voluntad para el cumplimiento de su deber, ¿Por qué las demás no se encontrarían en el mismo caso y, por lo tanto, huelga el cohibirlas y es ridículo el matrimonio, que tiene todo el carácter de una imposición y de una intrusión, en asuntos meramente de conciencia, de personajes a quienes no conocéis, y que a no ser la costumbre, todas esas ceremonias servirían de argumento para un sainete?
Aquí es seguro ya no os conteste tan deprisa. Cuando más, y después de rascarse la oreja, balbuceará como chico que une letras: «Hombre, mi madre, sí; pero las demás..., mira el casamiento es conveniente porque fulano abandonó a zutana estando casado; con que ¿qué hubiera hecho si no está casado?»
Este modo de raciocinar (de algún modo hemos de llamarle) es privativo de los constantes obstruccionistas a los derechos de la mujer, y demuestra por sí únicamente los serios fundamentos en que se apoyan los mantenedores del statu quo en materia de derechos femeniles.

Creemos haber demostrado que, de todos los despotismos, no hay ninguno tan inconcebible como el del hijo que sostiene que la mujer, en cuya voz colectiva se cuenta la que le dio el ser, debe permanecer relegada al estado de cosa.
¡El hijo, que no hubiera sido sin su madre, negando sus derechos a la que debe la existencia!

Bandera Social, Madrid, 16-X-1886


III Parte

Parece que tal exabrupto sólo debiera ocurrírsele a la burguesía, que ni ve, ni oye, ni entiende, ni reconoce otros lazos que los que le proporcionan aumentar algo más el capitalito ganado a fuerza de trabajos y sudores de otros.
Pero aún hay más: hemos presentado el ejemplo del hijo y la madre, porque así debía ser si habíamos de comenzar por el principio.
Dejemos a un lado hermanas y demás, para venir a la cuestión capital: marido y mujer.
Demos de barato que el hijo a quien antes encontramos en su camino vuelve a aparecer para ayudarnos a dar cima a nuestro trabajo.
Es natural suponer no se ha convencido, pues es sabido que el error se aprende con tanta facilidad como es difícil a la razón abrirse paso.
Así, pues, nuestro hombre, si así puede llamarse, sigue en sus trece, sino ha llegado ya a veintiséis o más.
Está casado, como Dios manda, lo cual es una desgracia en los tiempos burgueses que corremos.
Por consiguiente, tiene mujer; es suya (pues no queremos pensar mal), como mandan los cánones.
Ha pasado eso que se llama luna de miel cuando la volvemos a encontrar.
Después de la cortesía del saludo, tratamos de explorar su voluntad en distinta forma que lo hicimos anteriormente.
Al efecto damos comienzo a la información.
—¿Te has casado?
—Sí.
—¿Y qué tal es, no tu futura, sino tu presente?
—Hasta ahora no marcha mal.
—¿Es instruida?
—Hombre, nacida de padres que apenas tenían para comer con lo que trabajaban, tuvieron que ponerla a oficio desde muy niña: así que sólo ha aprendido a guarnecer botas.
—¿De modo que de enseñanza?
—Solamente ha aprendido lo que enseñaban en una escuela dominical, que es poco o nada.
—Y mañana, cuando tenga hijos ¿qué les va a enseñar?
—Ella nada. Yo haré todo lo posible porque vayan a una escuela.
—¿Del ayuntamiento?
—Claro; no tengo medios.
—¿Y no sabes que en esas escuelas lo que aprenden, según están montadas, es muchas cosas de las que no debían aprender?
—No tengo otro remedio. Harto lo siento.
—Aunque no soy rencoroso, voy a recordarte lo que me decías ha ya tiempo al preguntarte si eras partidario de que la mujer tuviera los mismos derechos que el hombre.
—¿Y qué tiene que ver eso con mis hijos?
—Lo verás. Cuando yo te preguntaba eso, no te quería decir lo que generalmente se entiende por igualdad de la mujer. Los anarquistas creemos que ésta, mitad o más del género humano, no debe ser una bachillera, que, como hoy se practica en muchas vecindades, se lleva todo el día de aquí para allá charlando como un sacamuelas y abandonando, por esa hidrofobia de exhibirse, sus atenciones para con la familia y sus deberes como esposa y como madre.
—Pues, ¿qué queréis entonces?
—Queremos que, en lugar de eso que piensan muchos cerebros obtusos, la mujer tenga mucha instrucción, con lo cual no es temible la libertad; queremos, que así como hoy tiene que enviar sus hijos a la escuela al cuidado de maestros más atentos a cobrar su asignación (salvo alguna rarísima excepción) que a alumbrar la inteligencia de 40 o 50 niños, que asisten a las escuelas por término medio, pueda educar a sus hijos en los primeros pasos de la vida y prepararlos a mayores estudios; queremos que habiendo desarrollado sus conocimientos, no sólo sea el pedagogo del niño, sino el galeno provisional que, merced a su ilustración, pueda, con ayuda de manuales especiales, atender a los cuidados primeros que requiere la salud del pequeñuelo cuando ésta se quebrante.
—Eso me parece bien; pero lo creo mucho.
—No tal, puesto que nuestra pretensión no es que posea en absoluto todas las ciencias, sino que aquella cuyos prematuros cuidados maternales le impidan adquirirlos en mayor extensión, tenga rudimentarios principios de cuanto es necesario que la mujer que ha de constituir familia necesita. De ese modo no cabe duda que será buena hija, buena esposa y buena madre.
—Hasta ahí estamos de acuerdo: pero yo he oído hablar de amor libre y de no sé cuántas cosas más.
—Iremos llegando poco a poco. Lo primero que hemos convenido es que es conveniente que la mujer sepa algo más que barrer, remendar, espumar el puchero, y no tenga otras luces que las que se necesitan para conversar con las vecinas, que como también carecen de conocimientos, sus conversaciones, tarde o temprano, han de degenerar en eso que vulgarmente denominan chismes de vecindad, originados por lo común a disgustos sin cuento. Que si tuvieran más luces, quizá aprovecharían el tiempo en cosa más útil, por ejemplo, en excogitar los medios de venir en ayuda de la vecina cuyo hijo, hermano o padre se encontrara en el lecho del dolor, o en instruir a los niños que hoy, después de ir a clase, sólo viven en la calle, o en el patio, oyendo lo que no debieran de oír.
—Eso lo entiendo. Pero deseo me orientes respecto a los otros puntos que te he preguntado.

Bandera Social, Madrid, 23-X-1886


IV Parte

—Pues esa hipocresía y falsedad no es transitoria e individual, sino permanente y casi general.
Si fuera fácil descubrirle todas las miserias que se ocultan en esos hogares donde moran los grandes personajes. Si pudieras sorprender los secretos de esas familias encopetadas cuyos blasones deslumbran. Si penetras en lo íntimo, en lo que se oculta a nuestra vista tras adamascados cortinajes, es seguro vencieras la repugnancia que, al parecer, sientes hacia lo que, por lo mismo que es la encarnación de la justicia, hacen tanta oposición los que tienen el corazón podrido por la inmoralidad.
La alta burguesía es una clase desenfrenada, sin humanidad, sin cariño ni otro lazo que el interés.
Huera en materia de virtudes, exhausta de todo noble sentimiento, envilecida en la malicie más repugnante, no hay freno que la contenga, y así mancha el tálamo nupcial como perpetra en sus orgías y bacanales los más repugnantes vicios, los extremos de goces más inverosímiles y contrarios a la naturaleza.
Según eso, el adulterio es la norma a que se ajustan los que nos predican con la palabra moralidad.
¡El adulterio! Para nuestros burgueses, el adulterio es una frase inodora. Es un señor a quien saludan respetuosamente si le encuentran de paso y de quien se burlan en cuanto ha traspuesto la esquina.

Mejor dicho, el adulterio es visita de las casas aristocráticas, visita tan constante, que se ha familiarizado ya con los cónyuges. Ni él exige nada, ni éstos le guardan otros respetos que los de la etiqueta más frívola.
Esto te lo explicarás fácilmente si observas que, a pesar de ser tan grande el número de burgueses y burguesas que, por rendir tributo a la nota y al buen tono, cambian con frecuencia de consorte, apenas si oyes se haya celebrado un divorcio.
El adulterio entre los grandes es un mito en el que no reparan las gentes de alta alcurnia. Cuando más, algunos maridos suelen aprovecharse de él para convertirle en elemento cotizable.
Si la cara mitad es rica, apronta una cantidad como precio a esta libertad, y el tolerante esposo se aprovecha de este dinero para jugar y profanar santidades que aparecen respetables.
Suele acontecer que la fiel esposa, cansada de comprar tan caro el secreto, niegue alguna vez lo solicitado por su indisoluble consorte. Éste se enfurece y la amenaza con que el escándalo va a ser tan mayúsculo que se van a enterar hasta las naciones extranjeras.
Y ya ves, por desarrollada que sea una mujer en el vicio, esto la atemoriza y sigue soltando jugo.
Que es lo que realmente desea el envilecido eunuco para poder satisfacer a su devoción los múltiples caprichos de un ser estragado física y moralmente.
Algo de eso tengo yo oído cuando tenía relaciones con la doncella, pero no me negarás ahora, que si bien eso es cierto en cambio destruye vuestras pretensiones de que a la mujer le es suficiente con ilustrarse para que pueda ser un dechado de moral.
Por lo general, la burguesía es instruida, tiene medio de educarse. Sus hijos frecuentan las universidades, los ateneos, los centros del saber, en fin; sus hijas van a los colegios, no solamente españoles sino extranjeros.
Afinas la puntería, a lo que parece, y quizás sin quererlo, aduces argumentos que no se le hubieran ocurrido a Santo Tomás, gran dechado en teología.
Sin embargo, voy a tratar de probar como esas, que a simple vista parecen razones de peso, sólo tienen una falsa apariencia de doblé.
Desde luego yo no puedo asegurarte, porque no he penetrado siquiera en uno de esos colegios de jesuitas a donde va a parar la flor y nata de nuestros burguesitos, cuál es en detalle la educación que reciben.
Pero a juzgar por las manifestaciones exteriores y lo que la razón indica, puede conjeturarse en parte que ésta no es muy lúcida.
Tú bien conoces que esos sayas negras saben perfectamente donde les aprieta el zapato: habida cuenta de esto, no he de esforzarme mucho para demostrarte que lo que para ellos (las sotanas) desean es que se prolongue la estancia de los muchachos, puesto que éstos pagan por manutención, residencia y educación sumas crecidas que aumentan el tesoro de los hijos de Loyola.
Así, ya puedes figurarte si pondrán de su parte todos los recursos imaginables para que no se les acabe la bicoca.
Esto de una parte, y de otra ¿qué ilustración puede adquirirse en unos antros donde a porfía se ponen todos los medios para extraviar la razón y hacerla refractaria a las luces de la investigación científica; donde la libertad se subordina al fanatismo; donde, en fin, existe una atmósfera mefítica que emponzoña en su nacimiento las ideas más puras y los sentimientos más nobles?
¿Por ventura este género de educación sui generis, sólo concretada al servicio de una clase egoísta, puede proporcionar beneficios a la humanidad en general?

Bandera Social, Madrid, 25-XI-1886

Texto extraído de: noticiasyanarquia

martes, 29 de diciembre de 2015

FEMINISMO CONTRA LA IGNORANCIA


Desde que opté por darle más cabida a las opiniones que vuelcan desconocidos a través de las redes sociales, mi fascinación por la ignorancia que habita en esta realidad paralela no ha hecho más que crecer de forma exacerbada. Cuando tenemos una mayor capacidad de acceder y disponer de información verídica y contrastada gracias al impulso de las nuevas tecnologías, nos hemos convertido en una sociedad apegada al oscurantismo de otras épocas. Una que prefiere mantener una posición soberbia ante el conocimiento, demostrando que eso de “cuanto más mejor” es solo una falacia.


Resulta que ahora es tendencia eso de declararse no feminista, rechazarlo e incluso denigrarlo, a través de plataformas como Facebook o Twitter. La problemática que enraíza esta actitud es que la mayoría de adeptos a esta nueva filosofía de negación del movimiento feminista son mujeres.

El autor alemán Goethe dijo alguna vez que “el que no sabe llevar su contabilidad por espacio de tres mil años se queda como un ignorante en la oscuridad y solo vive al día”. Algo parecido les sucede a todas estas mujeres que publican su ferviente antifeminismo sin mayor argumento que ese, negando, por lo tanto, a todas esas heroínas históricas que lucharon –e incluso se dejaron la vida- para que hoy nosotras nos beneficiemos de unos derechos que no siempre nos fueron reconocidos en igualdad de condiciones a los hombres por nacer bajo el estigma del género femenino.


Aquí van unas nociones de cultura general. 


Se define el feminismo como un conjunto de ideologías y movimientos que tienen como objetivo la igualdad de derechos entre varones y mujeres a todos los niveles de la vida. Asimismo, se erige como contrapeso ante la dominación y la violencia de los hombres sobre las féminas y la asignación de roles sociales según el género.

Si, por supuesto, en toda ideología existen facciones radicales que, o bien, desvirtúan el propio movimiento con su extremismo dialéctico, o bien, obtienen el mismo resultado por servirse de acciones contundentes cuyo objetivo rel no es otro que el de hacer visible la urgencia de seguir apostando por el movimiento ante una sociedad entumecida. Pero ambas realidades no pueden, en ningún caso, servir como excusa para generalizar. Menos aún para deformar el mensaje y objetivos germinales del feminismo: buscar la igualdad de géneros. Punto.

La altanería que define a la mujer moderna, occidental y olvidadiza roza lo grotesco. Especialmente cuando todavía hay en el mundo millones de mujeres a las que se les niegan muchos derechos fundamentales que nosotras, como ciudadanas de países "democráticos", ya hemos normalizado. Que las mujeres podamos votar, divorciarnos, trabajar, interrumpir de forma voluntaria un embarazo, denunciar a la pareja por violencia dentro del hogar o incluso ser independientes económicamente de nuestros padres o maridos son conquistas introducidas y peleadas por el movimiento feminista; por las valientes figuras que lo respaldaron ante las injusticias de un patriarcado histórico y atroz que todavía se perpetúa en cualquier país en el que nos dignemos a mirar con sentido crítico. 


Ojalá llegue el día en el que el movimiento feminista y sus reivindicaciones no tengan cabida; queden ambos obsoletos. Será el día en el que hombres y mujeres no estén condicionados por su género, sino por una única verdad: su condición de seres humanos que los hace sujetos de una dignidad irrenunciable e inalienable. Mientras tanto, me reafirmo: la ignorancia es un germen, y ante el antifeminismo iletrado e ingrato, apuesto por mi feminismo de igualdad y consecuencia.

Por: Julia Alegre*


Julia Alegre es una periodista española especializada en Cooperación Internacional y Acción Humanitaria. Actualmente desarrolla su trabajo como redactora en Fucsia.co. 
JAlegreB@semana.com

lunes, 23 de noviembre de 2015

SOY UNA MALA MUJER


… Soy una mala mujer porque alzo la voz, porque soy independiente, porque no me molesta pagar la cuenta ni abrir mi propia puerta ni cargar mis propios condones, por ello soy una mala mujer, no se hacer un dobladillo, a veces no cocino o bien le pago a alguien que lo haga, porque salgo a trabajar, porque quiero seguir creciendo, porque aun no tengo hijos, porque aun no me he casado, por eso… Soy una mala mujer.

Porque no me dejo, porque no me quiebro, porque me sacudo las lágrimas me acomodo el escote y sigo para adelante, por eso soy una mala mujer, porque no nací sumisa, callada, quieta y frágil, sino soberbia, entrona y estridente, porque cuando llego se nota y cuando me voy se siente.

No estoy yo para ser ama de casa sino se me antoja, para ser esposa devota o madre abnegada, estoy para vivir, con quien me guste acompañar y sentirme acompañada.
Soy una mala mujer porque no me hago a la pendeja, porque no me dejo de nadie, porque estoy soltera, pero no sola, porque viajo sola, porque admito que tengo sexo y no me cuelgo un manto virginal sobre el cabello en espera del príncipe que tome mi “virtud”.


Soy una mala mujer porque varios tequilas me hacen reír mientras otros ruedan por el piso, porque tomo la iniciativa, porque a veces enciendo un cigarrillo.

Se es una mala mujer porque decides mandar al carajo al padre de tus hijos, porque rehacer tu vida, porque no aguantas a nadie que te ponga una mano encima por eso, eres una mala mujer.

Se es una mala mujer según la otra, según la suegra, según la gente, según todos aquellos que llevan el guión de tu vida, se es una mala mujer porque te pones en primer lugar de tu lista, porque no eres hipócrita, porque eres distinta.
Eres una mala mujer porque no quieres usar tus nalgas para un ascenso, o no se las quieres dar al que las pide, porque no soportas chingaderas de nadie, porque confrontas, enfrentas y afrontas.

Soy una mala mujer porque me soy fiel a mi primero, porque no nací mustia, porque no vivo de aplausos, ni compromisos, ni dádivas.

Soy una mala mujer porque no me presto a interpretar papeles, porque me rajo el lomo tanto o más que cualquier hombre, porque no aguanto huevones, porque no tolero injusticias, porque no me callo, por eso, brindo por las malas mujeres… Por que existan en este mundo muchas más.

¡Salud!

Escrito por: Malefica Capetillo Cabrera
El retorno de las diosas creciendo

lunes, 16 de noviembre de 2015

BREVE RELATO POR LA IGUALDAD (1906), por Teresa Claramunt


Título original del relato: Igualdad, publicado originalmente en El Porvenir del Obrero, Mahón, 27-III-1906



¡Igualdad! ¿Cuándo serás tú la única reina que rija los destinos del hombre? Así iba yo pensando una tarde en que con paso lento me dirigía a las afueras de la ciudad, para hacer acopio de oxígeno, una de las pocas cosas que sin dinero y con sólo andar medio kilómetro podía procurarme.


Aquella exclamación salíame del fondo del corazón al fijarme en la irritante desigualdad que por doquier nos azota como un látigo en manos de Mayans o un cabo Botas, pero la clase obrera tiene la epidermis de grueso cuero y no le hacen mella esas terribles bofetadas con que el hijo del holgazán bate los andrajos del productor.

Así pensando llegué a las primeras huertas de los alrededores de la ciudad, apoyéme en la verja, signo del acaparamiento, y púseme a contemplar aquel sembrado en que se notaba la mano de un inteligente trabajador con cerebro de artista. Al otro lado del huerto había un campesino colocando unos palillos a unas plantas para que éstas se mantuviesen altas, al erguirse pude ver un semblante simpático, un joven rebosando vida. Al notar él mi presencia preguntóme:

¿quiere usted algo de aquí, vendemos hortalizas y flores?

—No, joven no lo necesito en este momento, si estoy aquí es porque me enamora ver esta huerta y jardín, a la vez que tan hermosamente cultivado, ¿tú solo cultivas ese terreno?

—Sí señora, mi esposa vende en la Rambla de las Flores, y yo vendo al por mayor las hortalizas.

—¿Eres el dueño de esta tierra?

—No señora, si yo fuera el dueño...

—Pues debías serlo, tú haces de ese campo un vergel, sin ti no produciría nada esa tierra, y por tanto no tendría valor alguno, tuya es pues.

—Sí, pero no la compré.

—¡Comprar! ¿Y quién puede vender la tierra?

—Tú puedes vender ese fruto que da esa tierra, porque tú la sembraste y cultivaste, pero ¿quién creó la tierra?, ¿quién puede decir este campo es mi obra? El hombre cuando vino al mundo encontró la tierra hecha, el primero que se la apropió para sí y no la cultivó con sus manos fue el primer ladrón, sobre su robo descansan los robos todos.


—Es verdad, pero siempre ha habido pobres y ricos y así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos.

—Tú dices eso, tú, que eres joven y que en tu semblante resplandece una inteligencia natural. Óyeme: ¿no es verdad que tú estudias el modo de que las plantas puedan crecer más y hacer más variables los colores de las flores?

—Sí señora.

—Pues si a las plantas se les aplica la gran ley del progreso, ya que tú manifiestas no desconocer los adelantos en la floricultura, dime: ¿el hombre vale menos que un clavel?, ¿sólo el hombre ha de vivir sin progresar?

—Verdad es, pero vea usted. Las plantas con ser plantas, no son todas iguales; aquí tiene usted ese sembrado, del mismo plantel salió y ni una hay igual a la otra, porque, vea usted, mientras una es grande la otra es chiquitita.

—Amable joven, tú ves en las plantas la hermosa desigualdad que armoniza la vida y sin embargo dejas de ver la igualdad que existe en esas plantas: dime, ¿no es verdad que cuando tú sembraste esa semilla no ejerciste privilegio entre una y otra, sino que plantabas con toda naturalidad?

—Sí señora.

—¿No es verdad que cuando tú riegas haces que a todas ellas llegue la cantidad de agua que precisan?

—Sí señora.

—¿No es verdad que cuando el sol besa esas plantas dándoles el calor que precisa, tú no pones obstáculos a ninguna para que no disfrute del beneficio de la Naturaleza?

—No señora.

—Pues bien, si con igual cuidado las plantaste, si con igual esmero las cuidas, si por igual disfrutan de los dones de la Naturaleza, ¿dónde reside la desigualdad?, ¿en el tamaño? Esa desigualdad ya te la he dicho era armonía, ya que el que precisa de una planta pequeñita no se ve obligado a comprar una grande, porque nuestra madre Naturaleza las crea de todo tamaño; igual pasa en las personas que todas fuesen morenas, a los que les gusta las rubias se habrían de casar sin agrado, por eso la igualdad que queremos los anarquistas no es en lo físico, sino en la satisfacción de nuestras necesidades, y las plantas y los pájaros, con todo ser tan inferiores al hombre, gozan de esa igualdad porque en su organización no hay curas, ni reyes, burgueses o demás usurpadores.

—Diga usted señora, ¿ha dicho usted los anarquistas?

—Sí, soy anarquista.

—Pero usted me habla muy razonablemente y los anarquistas...

—¿Qué? Has oído que los anarquistas tiran bombas, ¿no es eso?

—Sí señora.

—Pues mira, procura saber, si es que lo ignoras, a quiénes pertenecen los almacenes de armas, quiénes son los dueños de las fábricas de dinamitas, a qué clase pertenecen los que pagan los terribles inventos de todo medio de destrucción, y entonces tú mismo, sin que nadie te lo diga, habrás descubierto quiénes son los violentos, los reales y positivos destructores. Escucha joven y procura suprimir el señorío, porque señor es sinónimo de esclavo.

Salud, tu cerebro es fértil como la tierra que cultivas; no lo descuides, cultívalo con el mismo esmero y serás hombre.

Teresa Claramunt 

Retrato de Teresa Claramunt realizado por Baltasar Lobo y publicado en la revista Mujeres Libres 


lunes, 9 de noviembre de 2015

DICEN QUE ODIO A LOS HOMBRES...


Dicen que odio a los hombres, y lo dicen hombres que justifican que otros hombres ejerzan la violencia contra las mujeres con las que conviven, que aceptan que el hombre imponga autoridad y respeto, que entienden la masculinidad como una actitud dominante y controladora, que prefieren ocultar sus emociones y sentimientos, porque dicen que mostrarlos los debilita; hombres que reducen su fortaleza a lo que dé de sí la masa muscular. Para ellos, defender esa masculinidad es amar a los hombres.

Dicen que criminalizo a los hombres porque señalo a los hombres violentos, porque me niego a que esos agresores me utilicen a mí y al resto de los hombres como argumento para utilizar su violencia y sus privilegios; y lo dicen quienes les dan la razón con su silencio y sus palabras. Nosotros no somos como esos otros hombres, ni nuestro silencio los va a amparar. Defender la violencia en los hombres para ellos no es criminalizarlos, es protegerlos.


Dicen que olvido a los hombres porque no hablo de la violencia que sufren por parte de las mujeres, y lo dicen quienes callan los homicidios y agresiones que sufren los hombres por parte de otros hombres, porque esa violencia es cosa de hombres, comentan; y lo dicen los que históricamente han ignorado las otras violencias, también las que ejercen las mujeres contra los hombres, porque nunca les ha importado el hombre vencido, eso ya es para ellos una razón suficiente que demuestra que no eran hombres de verdad. Son los mismos hombres que ahora no soportan que las mujeres venzan con la justicia, y salgan de la violencia de género en la que antes permanecían atrapadas con su pasividad y silencio. Para ellos, recordar la igualdad y la justicia es olvidar a los hombres.

Dicen que los hombres pierden con la igualdad, y lo dicen los que prefieren mantener la injusticia de los privilegios y los abusos sobre los derechos arrebatados a las mujeres con tal de ser más hombres. Y también dicen que quienes trabajan por la igualdad viven de ella, y lo dicen quienes viven y matan en nombre de la desigualdad, los que siempre buscan el enfrentamiento, y los que no quieren entender que la única recompensa de la igualdad es la convivencia en paz, también para ellos, sus hijas y sus hijos.

Dicen que no quiero a los hombres, y lo dicen hombres que niegan el afecto y el amor de los hombres si no se corresponde con el modelo heterosexual que han decidido como masculino, y dirigido a establecer relaciones desiguales de abuso con el amor como argumento. Para ellos, querer a los hombres es hacerlos machos y viriles.

Dicen que rechazo la paternidad de los hombres, y lo dicen los mismos que justifican que un maltratador es un buen padre, aquellos que han guardado silencio sobre la desigualdad que aleja a los hombres de las responsabilidades del cuidado y el afecto de los hijos e hijas, hombres que disfrutan cada día de un 34% más de tiempo de ocio mientras que las madres de sus hijos dedican un 26% más de tiempo al cuidado, y un 97% más a las tareas domésticas, sin renunciar al trabajo fuera del hogar (Barómetro CIS, abril 2014). Pedir el tiempo y las circunstancias para poder ejercer la paternidad responsable desde el principio para ellos es rechazar la paternidad de los hombres. Lo dicen quienes creen que esa responsabilidad de ser padres comienza con la separación.

Dicen que rechazo que los hombres sean víctimas de la cultura, y lo dicen quienes presentan a las mujeres con la vestimenta tradicional de la perversidad y la maldad para hacerlas responsables de todos los males, especialmente de lo que le afectan a los hombres.
Los mismos que a pesar de los 600.000 casos de violencia de género y los 60 homicidios de mujeres al año, manipulan los datos para, en lugar de insistir en todo lo que aún se necesita para evitar la impunidad de los hombres violentos y el abuso de los interesados, intentan presentar la realidad de la violencia contra las mujeres como "denuncias falsas". Los mismos que piden acabar con la ley que lucha contra la violencia de género para que todo sea como siempre ha sido en el silencio y la impunidad. Estos hombres dicen que los hombres son "víctimas de la cultura", pero no dicen que la cultura ha sido creada por hombres y sobre referencias masculinas para darle privilegios a ellos.

Por eso digo que el machismo, además de someter, agredir y asesinar a las mujeres, también es malo para los hombres. Lo es por esa forma de entender la masculinidad como un ejercicio diario y constante de poder, por esa manera de mirar al mundo y a las personas como amenaza, por esa competición que cada hombre establece consigo mismo y contra todos los demás. El machismo presenta a los hombres como precio de su propia vida. Es cierto que les da la calderilla de la violencia para conseguir susnecesidades diarias, pero al final terminan pagando ese importe en ausencia de todo lo demás.

La soledad a la que tanto temen esos hombres de verdad es una consecuencia de su propia identidad construida sobre ese machismo de camaradería aparente y traidor, que busca más el poder en cada hombre que a la persona que hay en él.

Esos hombres machistas dicen mucho desde el posmachismo, pero callan ante cada golpe, ante cada abuso, ante cada discriminación que sufren las mujeres, y callan y se esconden ante cada homicidio que otros hombres cometen desde su hombría. Critican a las mujeres y a muchos hombres por cambiar para alcanzar la igualdad, pero no critican a los hombres que no cambian para permanecer en el abuso y la violencia.


Esos hombres que tanto dicen y tanto callan podrán decir lo que quieran; lo que tantas y tantas personas (mujeres y hombres) decimos para alcanzar la igualdad queda en cada palabra que compartimos, con ellos también, y por más que lo intenten no podrán manipularlas ni cambiarlas, como tampoco pueden evitar que cada día haya más hombres que rechazan el machismo y busquen la igualdad.

Extraído de : miguelorenteautopsia 

viernes, 18 de septiembre de 2015

CÓMO SALIR DEL ARMARIO FEMINISTA




Ana Müshell & María Mercromina.

Hay que ser muy cobarde muchas veces para ser valiente. Si te pasas la vida aullando, nadie te escuchará cuando estés en el manicomio; como tu alarido, habrá otros tantos. Sé comedida, sé cauta, sé precavida. Sé cobarde muchas veces. Traiciona a tus agallas al menos una vez al día. Bájate la falda, no te hagas la fácil, cuídate esas uñas.

Aprendí a decir sí a todo esto a la edad exacta en la que me di cuenta de que «fácil» y «difícil» eran dos palabras diferentes. «¡Pero si suenan igual! Di-fá-cil», pensaba. A esa edad en la que los lamentos se sobrescriben en la mente y la adolescencia se convierte en un exceso trágico donde se vive o se muere cada día. Y así todas las semanas, todos los meses, todos los años.


Tras ese amilanamiento heredado —y autoimpuesto—, un día me descubrí siendo feminista. De las de «yo creo en la igualdad, pero me gusta llevar falda». ¡Como si fuesen incompatibles! Oh, sí, horror. #YoConfieso. También tuve una etapa de cortocircuitar muy fuerte cuando pensaba: «No necesito un hombre, pero me gusta el papel de Brad Pitt en Leyendas de pasión. Qué hago». Por supuesto, para mí el feminismo era que mi madre, ama de casa, le dijese a mi padre: «Friega tú los platos», y él hiciera caso. Por supuesto, no sabía quién era Simone de Beauvoir ni había leído a Beatriz Preciado, y me parecía impensable que alguien quisiese acostarse con tíos y tías. «¡Vicio, ¡eso es vicio!».

Luego llegó la etapa de la universidad, de rebelarse —sí, eso es más de los quince, yo llego tarde a todo— y de dar lecciones. «Ay, mamá, hay que ser un poquito más feminista, un poquito más abierta, un poquito más leída». Quería ser la feminista perfecta: leerlo todo, conocer al star system, despreciar a las que decían que la comedia romántica era lo más. «¡Pero si hasta hace unos días tu película favorita era Nunca me han besado, maldita hipócrita!», gruñía una voz decrépita a la que yo canibalizaba cada vez más con frases de Judith Butler. Aquello era una droga. «Dale, mami, que estoy suelta como gabete», chillaba mi feminista intelectual interior.


Con la irrefutable sensación de haber alcanzado la verdad absoluta, la coherencia, el feminismo de acero inoxidable, me fui de la cima a la sima con la rapidez con la que pulso el botón de «posponer» el despertador cada mañana. Me retiraron mi carné de feminista. «¿No te parece que esa revista es machista? ¡Alimaña!», me vociferaba la turba tuitera. «El heteropatriarcado te tiene absolutamente comida la cabeza, formas parte del enemigo». Y mi favorita —y más reciente—: «Pienso que Manuela Carmena, Ada Colau y Mónica Oltra no son feministas».

—Pero ellas dice que sí son feministas.

—Ya, pero yo digo que no.

—Ya, pero.


[dramatización de los hechos]

Y esto me devuelve a mi madre, a sus brazos, a esa mujer a la que yo daba charlas en la cocina —como si fuese una catequista doméstica— sobre homosexualidad, y mujeres que no quieren ser conejas paridoras, y bolleras, y acoso sexual. La recordé en la cocina preparándonos la comida a mi hermana y a mí después de toda la mañana limpiando, con los labios arrugados y algo caídos como si llevase media vida despierta y la otra media, con insomnio. Pensé en ella diciéndome: «Tienes que estudiar y prepararte y ser independiente. Nunca dependas de un hombre». Los libros, de repente, me sobraron. El germen de esa revolución por la igualdad que abracé hace años era mi madre. Toda mi vida con ella y había sido incapaz de escarbar en mi memoria, de hurgar hasta quedar con las uñas llenas de tierra, de mancharme.


Por eso me molesta profundamente cuando una mujer le quita el carné de feminista a otra. Cuando decide que no es legítima y pura como para formar parte del club. Mi madre no sabrá qué es el patriarcado ni la heteronormatividad, pero no por ello es menos feminista. ¿Me parece bien que se hagan besadas lésbicas delante de una iglesia? ¡Yo digo sí! ¿Que nos enfurezcamos cuando defendemos el derecho a no tener que aguantar comentarios sexistas por la calle? ¡Adelante! ¿Que mujeres embadurnen de fluidos a otras desde un escenario para romper tabúes sexuales? ¡Viva el pornoterrorismo! ¿Que pongamos a hervir hasta la ebullición nuestras voces cuando nos dicen cómo ser mujer? ¡Contad con mi garganta! La estética, la explosividad, los fuegos artificiales: el feminismo radical, sí, pero no por ello —no siempre— más auténtico.

Me imagino el feminismo como una mujer a la que desmembramos poco a poco. «No eres feminista». Fuera una mano. «Eres machista y no lo sabes». Fuera el brazo. «¿Que el instinto maternal existe? ¡Una aliada del patriarcado!». Fuera el ojo izquierdo. Nos olvidamos de que nuestras madres, nuestras abuelas, nuestras hermanas, nuestras tías, nosotras mismas formamos parte de ese cuerpo. Somos los dientes con los que morder, las uñas con las que arañar, las manos con las que arrancar cabezas, las lenguas y bocas con las que escupir cuando nos dejen sin voz. Si las descuajamos, si excluimos a todas aquellas que no nos parecen feministas y las devolvemos a ese armario del que un día decidieron salir, ¿cómo lucharemos?

Texto extraído de: latribudefrida.com

domingo, 30 de agosto de 2015

VIOLENCIA MACHISTA: ESPOSO Y PADRE EJEMPLAR EN LA CALLE, MONSTRUO EN CASA


En España unos 700.000 hombres, según la Macroencuesta de 2015, maltratan a las mujeres con las que comparten una relación. Como consecuencia de esa violencia de género, alrededor de 900.000 niños y niñas viven expuestos a ella sufriendo importantes consecuencias sobre su salud y comportamiento, al normalizar la violencia como una forma de resolver conflictos. De entre esos menores, unos 600.000 sufren además violencia directa, puesto que el padre que entiende que la violencia es una forma adecuada de resolver los problemas, también la utiliza contra sus hijos e hijas. Y la convivencia con la violencia de género es tan terrible, que en la última década cuarenta y cuatro niños y niñas han sido asesinados por esos padres violentos, y sesenta mujeres son asesinadas cada año.

Y la inmensa mayoría de estos hombres asesinos son considerados por el vecindario y sus entornos como "muy buenas personas", "muy cordiales", "muy buenos padres", "maridos estupendos", "grandes amigos", "vecinos muy atentos y considerados", "muy trabajadores"..., tal y como muestran las informaciones cuando tras un femicidio entrevistan a la gente que tenía alguna relación con los agresores.

Los maravillosos hombres, amigos, vecinos... pasan de repente a terribles criminales, cambian de ese Sr. Padre al Mr. Violento desconocido. Pero lo más grave es que esta reacción no es una anécdota, sino que forma parte de la estrategia de la misma cultura que con sus claroscuros entiende que la violencia de género puede ser normal. Cuando los hombres agresores y asesinos son presentados en sociedad como "buenos hombres", se pone en marcha una de las trampas más eficaces y extendidas para ocultar la realidad, concretamente la que lleva a interpretar que aquello que no se ve, no existe, confundiendo de manera interesada la invisibilidad con la inexistencia.

De ese modo, para el machismo, la cara oculta de la violencia de género, lugar donde transcurre el ochenta por ciento de ella, no es que no se vea, sino que no existe. Y si la violencia de género no existe, pero es denunciada, ¿cuál es la interpretación que da la cultura machista?... Muy fácil, pues que se trata de "denuncias falsas". Así todo encaja.


Algo parecido ocurre con los asesinos: si son magníficos maridos, padres, vecinos, trabajadores... y acaban de matar a la mujer o a los hijos, ¿cuál es la interpretación?... Muy sencilla también, pues que "se les ha ido la cabeza" o "les ha venido una elevada ingesta de alcohol o drogas". De nuevo todo encaja.

Ya no hay excusas, los hechos se repiten con dramática frecuencia para que se siga pensando que lo invisible no existe. La violencia de género existe y está muy cerca, ha sido ocultada en muchos hogares y relaciones bajo el argumento de la normalidad, hasta el punto de hacer que las propias mujeres que la sufren contribuyan a su ocultación, tal y como refleja la Macroencuesta de 2015 al recoger que el 44% de ellas no denuncia por que cree que la violencia sufrida no es lo suficientemente grave, o cuando el 21% afirma que no lo hace por "vergüenza".

¿Quién le dice a las mujeres que es "normal" cierto grado de violencia?, ¿quién les hace sentir vergüenza por sufrir la violencia de sus parejas?... La cultura machista es la responsable, y por ello a pesar de llevar siglos bajo esta violencia, aún no somos capaces de sacarla a la luz en toda su magnitud ni de desenmascarar a los machistas que la propician y la ejercen.

En lugar de cuestionar los casos cuando ya se han producido, lo que debemos criticar son las causas y el contexto social que da lugar a ellos antes de que se produzcan. Mientras no cambiemos las referencias de la cultura, la violencia de género seguirá existiendo.



Miguel Lorente
Texto extraído de: mujericolas