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miércoles, 7 de diciembre de 2016

TODXS DEBERÍAMOS SER FEMINISTAS, de Chimamanda Ngozi Adichie


“Reflexión y análisis del texto: Todos deberíamos ser feministas de Chimamanda Ngozi Adichie”

   “Todos deberíamos ser feministas” es la transcripción de una conferencia impartida por Chimamanda Ngozi Adichie en 2012 en TEDxEuston, durante  un simposio anual centrado en África. El texto, que nos acerca a las experiencias vividas por la propia autora, nos coloca frente a hechos reales  que evidencian la desigualdad a la que nos enfrentamos las mujeres sólo por la condición de serlo. Y aunque su discurso tenga como base de referencia su Nigeria natal, salvo alguna excepción comparativa de la situación de la mujer norteamericana,  esos estereotipos y roles de género que denuncia y hace visibles son comunes en todas las partes del planeta. Porque con su narración Ngozi Adichie  nos muestra la permanencia de la configuración machista en la sociedad. Por muy desarrolladas que se crean algunas,  “El machismo no es sólo el pasado histórico. Es también el pasado vital, es decir, nuestra infancia, nuestro día a día... también nuestro presente”.

            Como bien señala, ¿acaso  no son demasiados los obstáculos que están ahí (en cualquier sociedad) y que, por llevar toda una vida instaurados, parecen intrínsecos a nuestra condición humana, incuestionables y no osamos a rechazar ni a abolir? Obstáculos que por otra parte fueron implantados en otro tiempo distinto y muy distante del actual por otra sociedad, pero que a día de hoy siguen vigentes por muchos siglos que pasen y por muchos Louis que nos digan “No entiendo a qué te refieres cuando dices que las cosas son distintas y más difíciles para las mujeres. Tal vez lo fueran en el pasado, pero ahora no. Ahora las mujeres ya lo tienen bien”. Porque todas tenemos algunos Louis que nos dicen ese tipo de cosas para evidenciar nuestra histeria colectiva antipatriarcal, otro de esos estereotipos que nos achacan a las feministas.

            La normalización de los mal llamados Micromachismos está establecida en demasiadas culturas que a día de hoy se creen libres de machismo solo por “permitir” que la mujer pueda estudiar, votar, trabajar…y en definitiva ser explotada doblemente por el sistema capitalista y patriarcal. Pero del tema Micromachismos ya hablaremos, porque no debemos caer en engaño, el patriarcado no solo está instaurado en los sectores conservadores, de derechas, de determinada franja de edad, no. El patriarcado“es la institucionalización del dominio masculino en TODOS los ámbitos de la sociedad “y lo de las Masculinidades conscientes o Nuevas masculinidades como que nos pilla aún muy lejos. 


            Como ella misma explicó decidió hablar  “acerca de cómo los estereotipos limitan nuestro pensamiento y le dan forma…me da la impresión de que la palabra «feminista», y la idea en sí del feminismo, también se ven constreñidas por los estereotipos….. Decidí hablar de feminismo porque es algo muy importante para mí.…”  Y si, la palabra “Feminismo” está sobrecargada de connotaciones negativas, conceptos distorsionados como el fraudulento argumento de  “El feminismo es como el machismo pero al revés” o el famoso “¿Por qué Feminismo y no Humanismo?”,  intereses socio-económicos fruto de años de patriarcado (¿Quién quiere renunciar a sus privilegios?), manipulación con términos inventados por el patriarcado tales como Hembrismo y no sé cuantas falacias más que nos hacen ser vistas a todas como lesbianas mal folladas que no se depilan, feas, gordas, amargadas y potencialmente exterminadoras de hombres, cuando no unas putas díscolas que vamos enseñando los pechos más allá de los mares sin dejar de ser unas mantis religiosas de nuevo potencialmente exterminadoras de hombres…. Vamos, que el Manifiesto SCUM se nos queda corto a día de hoy!.

Ngozi esto lo suaviza más al hablar de esos estereotipos, “Odias a los hombre, odias los sujetadores, odias la cultura africana, crees que las mujeres deberían mandar siempre, no llevas maquillaje, no te depilas, siempre estas enfadada, no tienes sentido del humor y no usas desodorante” , que van de la mano del concepto que se tiene de las feministas con el cual, ni ella, ni yo, ni muchas, nos sentimos identificadas y que le llevaron a autodenominarse irónicamente como “feminista feliz africana que no odia a los hombres y a quien le gusta llevar pintalabios y tacones altos para sí misma y no para los hombres”.

Por todas esas connotaciones negativas del significado de la palabra “Feminista”,  Chimamanda Ngozi Adichie  defiende que “mucha más gente tendría que reivindicar esa palabra” y aboga “por un feminismo sin complejos que incluye la naturalidad incuestionable de que hombre y mujeres deberían tener los mismos derechos y las particularidades que cada uno quiera añadir a su forma de entender los géneros. El problema del género es que prescribe cómo tenemos que ser, en vez de reconocer cómo somos realmente”.

            ¿Por qué algunos de los muchos roles que recaen sobre las mujeres es la dulzura, “ese toque femenino” que reclamaba uno de los subordinados de una jefa,  la falta de rabia y agresividad entendida como ambición o los cuidados del hogar? ¿Por qué nos inculcan a competir entre nosotras en vez de enseñarnos la magnitud y belleza del concepto Sororidad?, ¿Por qué si a una mujer la violan parte de culpa se le achaca a ella?: Demasiado corta, demasiado escote, ¿qué hace caminando de madrugada sola por la calle?, ¿Qué hace sola en una habitación con 4 chicos?.... ¿Acaso la calle no es tan mía como de un hombre y mi cuerpo no me pertenece? ¿Por qué el estigma de la prostitución es de la prostituta y no del cliente que paga por sexo?


Rabia, yo también tengo mucha rabia y me esfuerzo en mi día a día porque no se me note demasiado… ¿Otro rol en el que también caigo? Si, tal vez por la culpabilidad y miedo que nos es inculcado desde la cuna por nacer mujer. Miedo a nuestra libre sexualidad, a nuestra potencialidad, a nuestra inteligencia que debemos “esconder” para “conseguir” marido y no intimidar a los hombres.... Culpa y miedo, a los hombres y a nosotras mismas… ¡Qué bien se lo tiene montado el sistema!


            Siguiendo con el tema del feminismo otra cosa que me llama muchísimo la atención al  respecto, es la “percepción”, está más amable pero igual de errónea, por parte de numerosos sectores de la sociedad de considerar que ser feminista consiste exclusivamente en el reparto de tareas del hogar, o lo que es peor, en que los hombres “ayuden”, sí, “AYUDEN!!!” , en dichas tareas, porque parece ser que la suciedad, el cuidado del hogar, los cuidados en general y demás temas de ámbito doméstico y familiar vienen con nombre de mujer.

 Volviendo al tema de los mal llamados Micromachismos, la autora desde su experiencia nos muestra ciertos hechos cotidianos, que nos evidencian la normalización de los roles y estereotipos de género,  que nos llevan una concepción descafeinada y muy sutil del machismo, tanto que los podemos llegar a considerar pequeños gestos de machismo: los aparcacoches que esperan que paguen los hombres, las/os camareras/os que se dirigen a los hombres invisibilizando a la mujer, las mujeres que se ocupan de labores del hogar, dan las gracias si el hombre las “ayuda” en dichas tareas y ceden en su carrera profesional o en sus sueños para mantener “la paz en el matrimonio”, la niña que saca la mejor nota de clase porque aspira a ser delegada, pero a la profesora se le olvida matizar que sólo los niños varones pueden serlo, el llevar anillo para parecer casada y ser tomada en consideración de una manera seria en el ámbito profesional-laboral.

La autora señala  que “Si hacemos algo una y otra vez, acaba siendo normal. Si vemos la misma cosa una y otra vez, acaba siendo normal. Si sólo los chicos llegan a monitores de clase, al final llegará el momento en que pensemos, aunque sea de forma inconsciente, que el monitor de clase tiene que ser un chico. Si solo vemos hombres presidiendo empresas, empezará a parecernos natural que solo haya hombres presidentes de empresas”.

Y aquí es precisamente donde radica mi crítica a la palabra Micromachismo. La palabra “micro”, es un elemento compositivo que  proviene del idioma griego (‘pequeño’) por lo que es un diminutivo para asignar algo muy pequeño.  Así que para que me aclare con lo de los Micromachismos:  que “los hombres gobiernen el mundo”, como dice la escritora, sería machismo o fruto de una sociedad y mentalidad machista, ¿no?. Que nos violen y maten por ser mujeres a parte de delito sería fruto del androcentrismo imperante que se visibiliza a través del machismo y un ejercicio de poder por parte de los hombres y sometimiento de las mujeres. Pero lo de la amiga que se sacrificó por salvaguardar su matrimonio, lo de las/os camareros y aparcacoches  que piensan que el dinero proviene del hombre, o la vez en la que fue interrogada en un hotel de lujo “porque es impensable que una mujer nigeriana pueda ser una clienta que paga su habitación”, vamos, negra nigeriana igual a prostituta , eso ¿sería solo un “pequeño” machismo?...
¿Perdón?, me he perdido algo?.  En palabras de Diana López Varela, autora del libro “No es país para coños”,  ‘micro’ parece que lo hace más endeble, más pequeñito. Y al final todo es machismo puro y duro. El acoso callejero es machismo; el laboral, también. Hablamos de ‘micromachismos’ para referirnos a cosas que no son tan graves como una violación, por ejemplo, pero las mujeres vivimos empachadas de esos ‘micromachismos’. O como bien explica Alicia Murillo, “No existen los micromachismos, porque no hay violencias invisibilizadas en lo cotidiano, lo que hay son personas invisibilizadas: las mujeres. No somos tontas,  somos perfectamente conscientes y capaces de evidenciar esas violencias,  nuestras abuelas las denunciaban a diario, el problema es que sus quejas nunca  fueron escuchadas con respeto. Y así, en lugar de decir: “las abuelas fueron conscientes de ser las esclavas de la casa y muchísimas de ellas se quejaban por esta injusticia” decimos “se llama micromachismo, porque son violencias machistas pequeñas de las que nadie se da cuenta”. De esta forma la academia mata dos pájaros de un tiro, hace ver que son violencias de “poca importancia” y además deja a las mujeres en un lugar infantilizado, incapaces de evidenciar y describir su situación de abuso por sí solas.”


            Respecto a la base que propone la autora para conseguir la igualdad y cerrar la brecha de géneros cierto es que cambiar la sociedad es tarea tanto de hombres como de mujeres, pero que el patriarcado renuncie a esos privilegios robados a golpe de machismo requiere una ardua tarea de educación y concienciación en la que ambos deben implicarse, y eso supone que una de las partes renuncie a dichos privilegios. Lo que si me gustaría añadir es que aunque la autora entienda que el feminismo no es cosa únicamente de mujeres, matizaría que los hombres feministas deben hacerse con sus espacios no reclamando grupos mixtos feministas sino reclamando su propio hueco dentro de los espacios masculinos. La masculinidad es una jaula muy pequeña sí, pero a los hombres compete esta tarea de abrirla…

            Sinceramente el título el texto “Todos deberíamos ser feministas” es bastante gráfico como para no tener claro que concibe una sociedad igualitaria y dado que es el Feminismo es el movimiento que aboga y lucha por esta igualdad real, resulta más que evidente que Todas y todos deberíamos ser feministas. Aunque he de reconocer que  un “Dame un motivo por el cual no ser feminista” hubiera estado muy bien también….

sábado, 12 de septiembre de 2015

CONSEJOS ÚTILES PARA NO SER UN IMBÉCIL SEXISTA



La noticia lamentable del asesinato de Daiana García y la aparición de su cuerpo semidesnudo en un descampado detonó -como suele suceder- en las redes un aluvión de comentarios reaccionarios y sexistas que atenúan la gravedad del caso. Comprometidas a combatir con esta maquinaria retórica de la pelotudez, le ofrecemos aquí una serie de consejos sencillos para evitar la contaminación ideológica de semejantes expresiones y lograr así no ser un imbécil sexista.

1. Deje de hablar de la ropa de la víctima. Primero que nada absténgase de hablar de la ropa. Muchos dicen cosas por el estilo de “así vestida cómo querés que no le pase?”. Es un razonamiento estúpido que no tiene aplicación universal: si le rayan el auto usted no dice “la culpa es mía por comprarme un Volkswagen y no un Fiat”, si le roban el celular usted no dice “la culpa es mía por andar mostrando este teléfono de cuatro lucas en la calle”. Por otro lado, tampoco nadie le avisa a los hombres que andan en cuero por Buenos Aires en verano “no salgas así que te van a empomar”. Es estúpido. Por favor, no sea un estúpido.


2. La mujer no está para satisfacerlo. Sepa, ante todo que usted vive en una cultura machista. No se alarme, tiene solución, pero primero hay que afrontarlo: nos han acostumbrado a pensar a la mujer como un objeto de satisfacción sexual masculina. Que se vistan así, que sean asa, que hagan esto y que hagan lo otro, pero que no nos digan que no. Cuando una mujer le dice que no (o cuando por inseguridad ni siquiera se anima a preguntarle) usted siente la necesidad de pensar que es una histérica o una puta o las dos cosas. Nada de eso, simplemente no es la persona que desea estar con usted. Afortunadamente hay muchas personas por ahí, no se desespere. Siga intentando y por favor, diviértase sanamente en el intento.


3. Deje de responsabilizar a la víctima. Que usted crea que una mujer corre riesgos por la forma en la que se viste puede ser más o menos acertado si nos basamos en el hecho extensamente comprobado de que los hombres maltratan a las mujeres por motivos de índole sexual.
De ahí a responsabilizar a las mujeres hay un largo trecho. Lea a continuación los siguientes enunciados y vea si puede entender la diferencia:

Enunciado A: “Entiendo que tu sentido individual de la estética te lleva a elegir esa vestimenta que, incidentalmente, va a llamar la atención de muchos hombres. No desestimes la posibilidad de que algunos de esos hombres, posiblemente mal educados, te lo hagan notar de formas más o menos violentas, humillantes y/o escandalosas.”

Enunciado B: “Puta, no mostrés el culo si no querés que te lo toquen.”

Si usted se identifica más con el segundo enunciado relea nuevamente el punto 2.

4. Canalice sus frustraciones en otro lado. 


El acoso, la violación y el asesinato, entre otros tipos de violencia son siempre 100% culpa de los que los perpetúan y no de las víctimas. Cuando culpa a la víctima de su propio asesinato por el hecho de vestirse de tal manera y sacarse determinado tipo de fotos usted participa en una forma colectiva de canalizar frustraciones producidas por la propia cultura del exitismo y la cosificación de la mujer. Usted es parte de la misma sociedad que promueve la banalización del cuerpo y que luego va y condena a las mujeres que buscan cumplir los estándares de belleza y atracción promovidos. Usted participa de esa condena simbólica que se transmite por medio de los cientos de comentarios reaccionarios y que tiene un correlato bien real y material en el hecho concreto del femicidio, ya que este se ejerce desde el mismo lugar que el comentario malicioso: el deseo de controlar y anular a la mujer como sujeto sexual. Eso está muy mal.

5. El femicidio es grave, no lo minimice.  
Se sigue de lo anterior que cualquier intento de minimizar un femicidio por las particularidades tanto de la víctima como del agresor son formas de negar el problema de fondo. Por supuesto que el secuestro y el asesinato distan de ser comportamientos mayoritarios. No infiera usted de ello que el perpetrador del femicidio es simplemente un loco, un anormal que no lo representa. Por más que sea una forma exagerada y criminal, expresa ese deseo de control de la mujer y de sanción a la negación de satisfacernos sexualmente. Digámoslo así: los femicidas son a los que silban a las chicas en la calle lo que las multinacionales a las PyMEs. Evite crecer en ese negocio.

6. Deje al concepto de femicidio en paz.  Usted cree que es muy listo cuando dice que el concepto de femicidio promueve la desigualdad de género. No celebre aún, no descorche el champagne, usted no ha refutado nada. Dejando de lado su malicioso interés por impugnar la existencia de un concepto que sirve para ampliar derechos (sabrá usted por qué lo hace, quizás es de esas personas que detestan los feriados), vayamos al hecho de que el concepto de femicidio no se basa en la condición de género de la víctima sino en el móvil del victimario. Femicidio es el asesinato a una mujer solo por el hecho de ser mujer. No hace falta ser abogado para saber que existen varias clasificaciones de homicidios que se basan en los motivos y circunstancias que le han dado lugar. Esta no es la excepción.

-¡Momento! ¿Pero con esa lógica no puede decirse que cuando una mujer mata a un hombre lo mata por ser hombre?

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Bueno, no sabía que usted tendría derecho a réplica en este texto, pero ya que lo pregunta, no. Estadísticas de la Organización Mundial de la Salud dan cuenta de que el 35% de las mujeres asesinadas en el mundo son víctimas de sus parejas o ex parejas, mientras que en el caso de los hombres sólo el 5% (en muchos casos en defensa propia ante situaciones de violencia doméstica). Esto, según la misma entidad, se considera femicidio íntimo, cuando es perpetrado por un compañero o ex compañero amoroso. Entre otras categorías también clasifican femicidios realizados en base al “honor” (cuando un miembro de la familia mata a una mujer por considerar que sus conductas sexuales efectivas o presuntas -los embarazos lideran el ranking- le da “mala reputación” a la familia) y femicidios cometidos por extraños. Esta última clase de femicidio es la más recurrente en América Latina. Específicamente aquí, el Observatorio de Femicidios en la Argentina reveló que en 2013 se cometió un femicidio cada 30 horas, 295 en total (un 16% más que en 2012).

Es decir, la recurrencia con la que se asesinan mujeres en circunstancias que no son de robo, ni desde otro tipo de intereses probados que no sean los celos, el miedo al abandono o el intento de controlar y someter a las mujeres da cuenta de una tendencia que no tiene correlato ni semejanza en el caso de los hombres. El concepto es necesario, déjelo en paz.

7. No le diga “feminazis” a las feministas. 
Comparar al feminismo con el nazismo es de una ignorancia atroz que usted no quiere andar exhibiendo. El feminismo es un movimiento (o una sumatoria de movimientos) por la igualdad de hombres y mujeres en un mundo que, si usted concede algo de razón a todo lo que estamos diciendo, es considerablemente desigual entre géneros. Cierto es que se ha avanzado mucho en cuanto a asegurar condiciones equitativas para hombres y mujeres. ¡Eso es mérito del feminismo! Que usted haya conocido a mujeres que se dicen feministas y se haya sentido maltratado por ellas no es relevante. Primero lo invito a reflexionar sobre ese maltrato. Revea la situación, quizás no lo maltrataron, quizás fue usted el que se sintió violentado internamente por algo que ellas hayan hecho o dicho pero no necesariamente orientado hacia usted (si lo hicieron tiene derecho a despreciarlas ¡pero solo a ellas, no a todas!). No es raro que un hombre (o una mujer con mentalidad machista, que las hay y muchas) se sienta atacado cuando escucha hablar a las feministas. Uno suele sentirse atacado ante expresiones y visiones del mundo que contradicen fuertemente el modo en el que está estructurada nuestra vida, nuestras costumbres y valores. El machismo es exactamente eso, una forma en la que hemos estructurado nuestras vidas, las atribuciones y roles de hombres y mujeres y nuestros deseos. Es lógico que el feminismo lo violente, ahora bien, póngase usted en el lugar del otro y piense. Quizás se de cuenta de que hay mucho por cambiar para que todos vivamos un poco más contentos.

8. Córtela con los comentarios. Por último, aléjese un poco de la compu. Hay que dejar de comentar noticias por dos años, por lo menos. Debátalas con sus amigxs y allegadxs y deje de refregarle a todo el mundo lo que usted piensa en la cara. Esto no tiene nada que ver con el sexismo, pero me pareció oportuno decírselo.

Nico Canedo
Texto extraído de: orillasur

lunes, 17 de agosto de 2015

LA PUTA GRACIA



Algunas cosas no tienen ni puta gracia.

Que publicaciones de humor que se consideran de izquierdas y transgresoras, sigan considerando divertido mandarnos a las mujeres a fregar o a mamar, no tiene gracia. Porque el humor tiene que ser subversivo y políticamente incorrecto, pero frivolizar con la sumisión de las mujeres es igual de gracioso que hacer chistes sobre los negros.



Que el peor insulto que se nos ocurra para la gente que nos está robando el disfraz de estado del bienestar, sea aludir a la dudosa reputación de sus madres -a las que acusamos de promiscuas de pago o trabajadoras del sexo, depende de quién lo juzgue- no tiene gracia. Porque estigmatizar a las mujeres que no han tenido otro remedio -o sí- que sacar partido económico de nuestra subordinación sexual, es igual de gracioso que humillar a la gente que tiene que hacer los trabajos que no nos gustan a quienes todavía podemos elegir. Tanto como llamar a alguien “hijo de limpiadora”, “hija de conservera” o “hijo de jornalera”.

Que el ministro del interior de esta pantomima de democracia encuentre puntos de comparación entre el terrorismo y el derecho de las mujeres a decidir como adultas libres sobre nuestra sexualidad, nuestro cuerpo y nuestro deseo de maternidad, no tiene gracia. Porque criminalizar la idea de que las mujeres podemos hacer con nuestro cuerpo lo que nos de la gana, la idea de que nuestra vida y nuestra libertad están por encima de las creencias religiosas de una minoría fanática, es tan divertido como burlarse de la inquisición o de la lapidación de adúlteras.





Que una empresa haya creado un maniquí para practicar el “tiro a la exnovia”, que sangra y todo, no tiene gracia. Porque frivolizar la violencia contra las mujeres, que mata más que el cáncer o los accidentes de tráfico, o el terrorismo, es como quitarle importancia al genocidio nazi o al canibalismo.


Pero hay gente a la que estas cosas le siguen haciendo gracia.

Hay gente que no ha entendido que considerar graciosa cualquier forma de violencia contra las mujeres, cualquier forma de subordinación de las mujeres, es una manera de legitimar ambas cosas. Porque ni la violencia ni la subordinación existirían si no fuera porque hay un sistema social, cultural -compuesto por personas- que las legitima. Con la complicidad, con la ignorancia, con el silencio, con la risa...

Texto extraído de: faktorialila.com

domingo, 22 de marzo de 2015

CARIÑO, ¿TE AYUDO A PONER LA MESA?



Veníamos evolucionando tanto en conquistas morales y libertades: el divorcio, el aborto, los anticonceptivos, la igualdad de género, las libertades sexuales…que volamos entre las nubes sin haber erradicado aún el machismo en el pensamiento y en las conductas diarias en la normalización de género. Y no quiero hablar ahora de la contrarrevolución nacionalcatólica que el Gobierno está tratando de imponernos o consentir en su oposición al derecho al aborto, a la mayoría de edad sexual o a la discriminación sexual en los colegios católicos, difusores de ideología machista, antifeminista y homófoba por su propia naturaleza.

Cuántos políticos de izquierdas, cuántos militantes de izquierdas, cuántos electores de izquierda siguen siendo hoy, en su subconsciente reprimido, tan machistas como cuando nacieron. Muchos en los tiempos del nacionalcatolicismo. Y precisamente por ello.
Llama la atención, escandalosamente, cuando voy a casa de algún político o militante de ideas originales, socialistas, comunistas, maoístas, progresistas, intelectuales, guerrilleros…, ¿sólo se salvan los anarquistas?, cuando su machismo reprimido se desborda y se hace consciente en frases como: Cariño, ¿te ayudo a poner la mesa? Esta frase me pone los pelos de punta.


Porque, justamente, está acotando su espacio machista en su casa donde su mujer tiene asumido, en exclusiva, las tareas del hogar. Espacio en el que él pide permiso para entrar. Sabiendo que su mujer le va a decir que no. Pero qué bien ha quedado ante sus invitados ofreciéndose a “colaborar” para no hacer nada porque su “santa mujer”, que es feminista y de izquierdas, le ha respondido: No cariño, ya lo hago yo.

Aquella expresión es una muestra cínica del machismo paternalista. ¡Cómo que si la ayudas!, haciéndole un favor para quedar bien. Lo que tienes que hacer es compartir todas las tareas tradicionales y matriarcales con la mayor naturalidad y espontaneidad. Como lo hace ella, cuando no debería hacerlo. Y la mujer sigue en sus funciones hogareñas tradicionales y su marido, maoísta, en las suyas tradicionalistas, leyendo “El País” o leyendo a Mao, junto al vermut, de las 12 de la mañana del domingo. Mientras ella sigue enzarzada en las tareas del hogar.


En estos ambientes te pueden llamar misógino si te atreves a pintar la libertad vestida de mujer desnuda. Es la versión “puritana” que se tiene del feminismo. Tal vez del feminismo en versión católica o musulmana. Que representan a la libertad como una mujer cubierta con túnica o vestida de monja.

Como dice el Islam: Yahya me contó de Malik, de Muslim Ibn Abu Mariam, de Abu Salih, que Abu Huraira dijo: "Las mujeres que están desnudas aún cuando estén vestidas, se desvían y hacen que se desvíen otros, y no entrarán en el Jardín ni encontrarán su aroma, y su aroma se percibe desde una distancia tan lejana como la de un viaje de quinientos años” y añade el Corán:

"¡Oh, Profeta! Di a tus esposas y a tus hijas y a las mujeres de los creyentes que se cubran todo el cuerpo con sus túnicas. Eso es mejor para que sean reconocidas y no sean molestadas.
Y Dios es perdonador, misericordiosísimo con los creyentes".
 [Corán 33:59]

O como proclamó cardenal Enrique Pla y Deniel, Arzobispo de Toledo, Primado de España en su pastoral:“La modestia femenina cristiana y los concursos de belleza”: "La belleza casta y serena infunde respeto y veneración. Con la belleza impúdica todos se atreven; es corruptora y corrompida. La custodia necesaria de la castidad, sobre todo en la mujer, son el pudor y la modestia; por ello, el enemigo de las almas nado intente con más empeño que hacer perder este pudor y esta modestia por medio de modas indecorosas y provocativas: un día será con ridículas faldas cortas contrarias a las líneas de la verdadera elegancia femenina; otro día será promoviendo gastos y posturas impropias y peligrosas en jóvenes que piensan contraer matrimonio; otro será con desmanes faltos de todo recato en los públicos baños de los sexos; otro suprimiendo totalmente las mangas, exhibiendo los brazos desnudos por las calles en tiempo de verano: Y con qué incauta e inconsciente docilidad acatan la tiranía de la moda, por inverecunda que ella sea, la mayoría de las mujeres: Deberían todas las que se llaman cristianas tener siempre presente lo que recientemente decía Su Santidad Pío XII a las jóvenes de Italia:

Lo que Dios os pide es que recordéis siempre que la moda no es ni puede ser la regla de vuestra conducta; que sobre los dictados de la moda y de sus exigencias tenéis otras leyes más altas e imperiosas, principios superiores o inmutables que en ningún caso pueden sacrificarse en aras del placer o del capricho... Si algunas cristianas sospechasen las caídas y las tentaciones que causan en otros con su ligereza, a la que den tan poca importancia, so espantarían de su responsabilidad”...

La segunda conducta que me resulta irritante es cuando te pones a hablar con estas parejas y resulta que el hombre asume, como un líder intelectualmente sobrado, el papel protagonista y su compañera o mujer casada, por muy catedrática que sea o profesional de cualquier profesión, asiente con la cabeza en todo lo que su líder y macho marido expone. Y ella nunca añade nada. Asiente.

En este tipo de relación de pareja de izquierdas, en la que ambos, encima, se imponen la insignia de feministas, resulta que la mujer no es otra cosa que la voz de su amo. El consuelo del guerrero. Su enfermera en sus males. Lo “otro”, cosificado. Es que, me pregunto,¿ ellas no tienen opinión propia? para exponer su propio punto de vista que no tiene que coincidir necesariamente con el marido o si existiera identidad al menos podría ser ella quien lo expusiera, corrigiera o matizara. ¿Por qué no?


Me parece que el feminismo como revolución moral, intelectual, cultural es una condición necesaria para consolidar y extender la libertad; pero creo que esta tarea tienen que asumirla, como lo vienen haciendo, pero en todos los ámbitos, incluido el familiar, las propias mujeres. Porque como el feminismo es libertad, de esa libertad depende la de lxs demás. Será la vía más profunda para seguir avanzando contra los enemigos de las libertades: el machismo terrorista religioso.

Javier Fisac Seco
Texto extraído de: portaloaca.com

domingo, 22 de febrero de 2015

¿ESPACIOS SEGUROS? EL RETO DE ENFRENTARSE AL PATRIARCADO EN CONTEXTOS MILITANTES

¿Qué es lo que pasa para que mujeres con experiencia política, formación teórica, sensibilidad y armas suficientes reaccionen ante agresiones sexistas precisamente como el patriarcado espera de ellas?


Nagua Alba Goveli y Lucía Alba Martínez



"Era un sábado por la noche después de una asamblea. Tranquilo. Estaba con unas amigas. En un momento dado se unió a nosotras un compañero suyo. Era simpático. Nos tomamos unas cuantas cervezas y fuimos a casa de una de ellas. Era tarde y tuvimos que quedarnos a dormir. Nos quedamos a solas. Sólo había una cama y por no parecer desconfiada acepté dormir con él. Me intentó besar. Le dije que no. Me tocó. Le dije que no. Pareció que lo asumía, pero en cuanto apagamos la luz siguió insistiendo. Le repetí que no quería. Pero hasta las cinco de la mañana no pude dormir porque cada vez que cerraba los ojos tenía sus manos encima. Me dijo que no me entendía y por fin se durmió.”
“Era un compañero al que conocía desde hacía tiempo. Compartíamos espacios de militancia y de ocio. Había tensión sexual pero nunca había ocurrido nada. Una noche no tenía donde dormir y me ofreció su casa. Acepté. Cuando llegué la cama estaba abierta y había una botella de vino en la mesilla. Él me gustaba. Pero estaba cansada y la situación me hacía sentir incómoda. Nos metimos en la cama y le dije que quería dormir. Empezó a tocarme. Le dije que no. Empezó a increparme diciendo que si no quería por qué había ido a su casa. Le dije que no necesitaba justificarme y me di la vuelta para dormir. Siguió tocándome e insistiéndome. Al final accedí. Follamos. Así me dejaría dormir tranquila.”
Resulta muy complicado denunciar a alguien en quien confiabas y en quien además todo tu entorno confía. Sabes que te van a cuestionar, y tú vas a acabar cuestionándote a ti misma.



Estos dos relatos, inspirados en anécdotas propias y de algunas compañeras, son sólo dos ejemplos de algo que vivimos demasiado a menudo. Sabemos que casi todas las mujeres hemos sufrido situaciones parecidas, pero resulta estremecedor pensar hasta qué punto estos episodios se reproducen en espacios que consideramos seguros, es decir, entornos de izquierdas y feministas.



Si una noche vamos por la calle y un desconocido, navaja en mano, nos pone contra una pared y nos agrede sexualmente, casi todas somos conscientes de que lo que tenemos que hacer es ir a comisaría y poner una denuncia. Sin embargo, cuando un amigo, un compañero, o incluso nuestra pareja, nos exige hacer algo que hemos dejado claro que no queremos hacer, nuestra reacción suele ser muy distinta. Lo asumimos como algo normal, le quitamos importancia, procuramos olvidarlo.
Y sobre todo, nos sentimos culpables. Doblemente culpables. Primero, porque algo habremos hecho: hemos sido simpaticas con él, puede que incluso hayamos tonteado, hemos ido a su casa, hemos bailado con el toda la noche, tal vez hasta le hayamos dado un beso. Por otro lado, cuando ha comenzado a insistirnos, no nos hemos ido, no le hemos partido la cara, no le hemos dicho todo lo que como feministas radicales le deberíamos haber dicho. Cosa que además hemos hecho mil veces con el imbécil que en el bar se arrima demasiado o con el machirulo que nos suelta un piropo que no es un halago sino una intimidación.


Y sin embargo, al día siguiente, cuando nos sentimos sucias y violentadas, resulta muy complicado tomar la iniciativa. Tomar la iniciativa de denunciar a alguien en quien confiabas y en quien además todo tu entorno confía. Sabes que te van a cuestionar, y tú vas a acabar cuestionándote a ti misma. ¿Estás segura?, ¿y por qué no te fuiste?, ¿no le darías a entender lo que no era?, ¿pero no me dijiste que te gustaba? Seguro que no fue para tanto, estábamos todos borrachos y ya sabes cómo son estas fiestas, todos nos liamos con todos y al final…
¿Estás segura? Lo estaba hasta que me lo han preguntado.¿Por qué fuiste a su casa? Tantas asambleas, tantas cañas debatiendo sobre feminismo me hicieron creer que su casa era un entorno seguro en el que se iba a tener en cuenta lo que a mí me apetecía y lo que no.¿Por qué no te fuiste? Es difícil de saber. Por miedo, por dudar de hasta qué punto yo me lo había buscado…¿Por qué no le partiste la cara? Por pensar que al no tener una navaja en la mano no se trataba de una violación, porque no quería parecer una exagerada.¿No me dijiste que te gustaba? Sí, me gustaba. Pero no así. No cuando empezó a invadir mi espacio, cuando empezó a ignorar mis negativas. Cuando se convirtió en una obligación.


Estamos seguras de que muchas nos sentiremos reconocidas en esto. La pregunta es, qué es lo que pasa exactamente para que mujeres con experiencia política, formación teórica, sensibilidad y armas suficientes reaccionen ante estas situaciones precisamente como el patriarcado espera de ellas.


Como buenas compañeras, comprensivas y solícitas, decidimos darle la oportunidad a nuestro agresor de justificarse, apelamos a su conciencia feminista y esperamos que reflexione. Su reacción suele ser doblemente patriarcal.

“Durante la violación, llevaba en el bolsillo de mi cazadora Teddy roja una navaja (…) que yo sacaba con bastante facilidad en esa época globalmente confusa. (…) Esta noche, la navaja se quedó escondida en mi bolsillo, (…) ni siquiera pensé en utilizarla. Desde el momento en que comprendí lo que nos estaba ocurriendo, me convencí de que ellos eran los más fuertes. Una cuestión mental. Luego me he dado cuenta de que mi reacción habría sido diferente si hubieran intentado robarnos las cazadoras. (…) En ese momento preciso me sentí mujer, suciamente mujer, como nunca me habia sentido antes y como nunca he vuelto a sentirme después. No podía hacer daño a un hombre para salvar mi pellejo. Creo que habría reaccionado de la misma manera si hubiera habido un único chico contra mi misma.”


Este fragmento forma parte de la narración que hace Virginie Despentes de su violación en ‘Teoría King Kong’. Y esto parece contestar a la pregunta que nos hacíamos antes: reaccionamos como se esperaría de una mujer, precisamente cuando nos agreden como mujeres. Más aún cuando esta agresión tiene lugar en un entorno íntimo y que considerábamos seguro, con las defensas bajas y desprovistas del apoyo que nos da el grupo, nuestras compañeras. Nos vemos indefensas, no sólo porque se nos esté agrediendo como mujeres, sino además porque al tratarse de un compañero nos vemos desprovistas de todas nuestras armas y aflora toda esa carga contra la que luchamos día a día y de la que es tan difícil librarse. Nos volvemos sumisas, inseguras y vulnerables, pero al mismo tiempo, compasivas, preocupadas y culpables.Y esto nos lleva al día después, cuando nos vemos en la tesitura de si contarlo, a quién y cómo. Denunciar a un compañero es muy duro. Por todo lo que ya hemos dicho antes, las dudas que suscita tu relato, las dudas que a ti misma te acaba suscitando. El riesgo de que se acabe olvidando y tengamos que convivir con la persona que nos ha agredido. Pero cuando alguna de nosotras decide darle la importancia que debe y da el paso, incluso cuando se la deja de cuestionar, salen a colación nuevos argumentos disuasorios: las consecuencias que tendría para él -pobrecito, ¿vale la pena destruirle la vida por algo así? Deberíamos tener cuidado, no tomar medidas “demasiado drásticas”-. Lo cual se parece sospechosamente al “histérica” o “exagerada” de siempre: toca enfrentarse a una nueva agresión. Al final, en algún sentido, se acaba convirtiendo al agresor en víctima.
A menudo, estos argumentos hacen mella en nosotras. Como buenas compañeras, comprensivas y solícitas, decidimos darle la oportunidad a nuestro agresor de justificarse, apelamos a su conciencia feminista y esperamos que reflexione. Pero resulta que cuando se acusa de machista a un hombre que se dice feminista su reacción suele ser doblemente patriarcal. Parece que el feminismo es una parte más de lo que constituye su ego militante masculino: se siente herido, injustamente tratado o víctima de una malvada conspiración feminazi. Y nosotras, ¡ilusas!, que pensábamos que el feminismo consistía precisamente en deconstruir tus actitudes a través de un proceso de reflexión constante, y no en una medallita que colgarse para ser el militante definitivo. Entonces nos sentimos decepcionadas, frustradas y doblemente inseguras.

Pero luego la inseguridad da paso al cabreo. ¿Por qué no podemos ser simpáticas sin que nos metan mano?, ¿por qué no podemos quedarnos a dormir sin follar?, ¿por qué no podemos denunciarlo sin que se minimice?, ¿de qué sirve construir espacios feministas si el tío que se sienta a nuestro lado en la asamblea es el mismo que por la noche nos va a insinuar que somos unas estrechas?, ¿por qué tenemos que ver cómo en nuestros espacios de ocio supuestamente liberados se reproduce toda la mierda contra la que luchamos?, ¿por qué tenemos que asumir que al ser mujeres ningún espacio es seguro?

Queremos salir, queremos bailar, queremos emborracharnos, queremos tontear, queremos tocar, queremos besar, queremos ser simpáticas, queremos poder vestirnos como nos dé la gana, queremos quedarnos a dormir sin que esto nos arrebate el derecho a decidir qué nos apetece y qué no nos apetece hacer. Queremos que cuando este derecho nos sea arrebatado, denunciar no sea motivo de más angustia sino lo justo y lo coherente. Queremos, sobre todo, que nuestros compañeros se den cuenta de que lo realmente coherente es que no sea necesaria ninguna denuncia porque no haya agresión alguna. No queremos ser lo que el patriarcado pretende que seamos: queremos ser libres y ser nosotras mismas, signifique lo que esto signifique.



Pero sobre todo, exigimos que un NO sea siempre un NO, sin interpretaciones ni ambigüedades, sin imposiciones ni exigencias. Sólo así podremos seguir construyendo espacios que se parezcan al mundo en el que queremos vivir.


Texto extraído de: Pikaramagazine.com

lunes, 26 de enero de 2015

¿Y SI UN DÍA NADIE HICIERA LA COMIDA?



El trabajo reproductivo sigue recayendo mayoritariamente en las mujeres, poner la lavadora, cuidar a los niños, hacer la compra, fregar, limpiar la casa, estar pendiente de los abuelos o cuidar a los enfermos de la familia. A pesar de que el trabajo de cuidados que se lleva a cabo dentro de los hogares y que sigue recayendo con fuerza en las mujeres (al día dedican dos horas y cuarto más que los hombres a las tareas del hogar, según datos del INE) no se remunera ni contabiliza en el PIB.

Denunciar que se relegue el trabajo de cuidados a las mujeres y se exima a los hombres de ellos como si se tratara del orden “natural” de las cosas nos lleva a ser llamadas "integristas, feminazis..."...¿Os suena?.

El machismo " de izquierdas"



Día a día me doy cuenta de la necesidad de defender el feminismo frente a las concepciones falaces de "superioridad de la mujer" o "discriminación" que muchos creen definición del mismo. Lo diré una vez más: el feminismo busca la igualdad real entre hombres y mujeres. Una vez interiorizada esta premisa podemos abordar el tema seriamente.

Es obvio que vivimos en una sociedad patriarcal, y todxs nosotrxs hemos actuado de forma machista alguna vez sin darnos cuenta de lo que significa. Lo que a mi, personalmente, me resulta más preocupante es el machismo en la izquierda. Es curioso porque muchos me dicen que si eres de izquierdas no puedes ser machista pero, por desgracia, hay mucha gente que lo es. Me preocupa más que el machismo en la derecha porque ya sabemos cómo es su moral, sabemos que van de cara con el machismo y no es algo que me sorprenda por su parte. Por eso "sólo me queda confiar en la izquierda" (juajuajua), pero veo que muchos se disfrazan de feministas y luego son igual de machistas que la derecha. Es entonces cuando sucede que si alguna feminista denuncia este tipo de actos machistas en la izquierda muchos saltan y comienzan con que son “paranoias”. Insultan y ya no quieren escuchar ni entender.

Está claro que en toda ideología existen esta clase de falsxs feministas, simplemente mi experiencia ha sido en gran parte con ellos. Todxs parecemos darnos cuenta de los actos machistas de los demás, y todxs los criticamos de la misma forma. Cuando el comportamiento machista ha sido por nuestra parte, nos escondemos. No lo admitimos y nos excusamos en una "crítica social" o peor, en una "broma", insulto....nos ponemos a la defensiva y pasamos al ataque y descalificación personal de aquella persona que intenta hacérnoslo ver o razonar (está el curioso caso de los que nos denominan "hembristas" o "feminazis" o "integristas"....). Es cierto que entre cierto sector abanderado del feminismo las cosas han degenerado paulatinamente hacia un feminismo burgués muy criticable, pero en general, este no es el caso. El uso de estos calificativos típicos del lenguaje patriarcal no hace más que dañar a la gente que verdaderamente lucha por la igualdad. Por eso no quiero compartir una revolución que no sea feminista y menos si tengo al lado a un supuesto compañero, amigo o hermano que me llama “feminazi” o “hembrista”, utilizando así el lenguaje del patriarcado. Si hacemos las cosas tenemos que hacerlas bien.



Vosotrxs diréis que la sociedad no es ni xenófoba, ni homófoba y lo menos de todo machista!, "¡Ves cosas donde no hay nada!", "Eres una integrista y por eso estás sola"..... Bien, las cosas se han suavizado, no son lo que eran, pero creo que solo superficialmente.

Nuestra educación ha sido tan pésima que ni siquiera ha trabajado decentemente por construir unas mentes más libres y abiertas y seguimos teniendo un montón de ideas arcaicas que podrían corresponder a nuestrxs abuelxs, o a lxs xadres de nuestrxs abuelxs. Busca en tu memoria conversaciones con amigxs, hermanxs, conocidxs, vecinxs… y piensa. Seguro que has palpado el machismo, la homofobia o la xenofobia. Y no hace falta tener sesenta años.
Me preocupa esta permisividad, esta tolerancia, este modo de tragarnos todo, de no decir “basta”.


Somos capaces de ser convencidxs de las cosas más inverosímiles. “Esta tía exagera”, pensaréis. Bien, pasen y vean que “progres semos todos” (aunque reproduzcamos un montón de micromachismos o machismo a secas).


NUESTRAS MADRES

Sí, esas señoras que han estado en el medio de ideas patriarcales y un nuevo resurgir de la mujer, que no han sabido bien encontrar su lugar, que quieren que la mujer avance con ciertos “peros”. Mujeres que, entiendo, no han sabido encajar todo esto, y por muy modernas que se vean, tienen una historia familiar a sus espaldas, una educación machista por excelencia, años de represión. Ellas han hecho lo que han podido, sin más. Esas madres que nos han dicho: “no seas golfa”, “no te comportes como un chicote”, “eres poco femenina”, “haz las labores de la casa, tus hermanos no tienen por qué hacerlo, son los hombres”, “que trabajador es tu hermano, pobrecito, cuánto madruga, cuántas horas hace en la fábrica” (y jamás han dicho cuánto esfuerzo haces tú manteniendo varios trabajos, estudiando y ayudando en cosas de la casa, porque es lo que se espera de ti, porque eres mujer y no te quejas, y lo haces y nadie vendrá a decirte “felicidades”), “sirve a tu padre el primero y las mejores raciones”, “ningún hombre te soportará”. Seguro que muchas de vosotras reconocéis estas frases.

Cierto es, como dije, que nuestras madres han hecho esfuerzos por adaptarse, y han contrarrestado esto con: “hija, si no te casas, no es el fin”, “si no encuentras una pareja que quieras y te trate bien, mejor estar sola”, “ojalá hubiera sido yo tan independiente como tú”, “pues sí, que las chicas lo pasen bien, eso que se llevan para el cuerpo, que nosotras hemos sido muy tontas”. Repito que ellas lo hicieron lo mejor que pudieron. Pero ahí están parte de sus ideas, machistas como su educación, como gran parte de la educación que se ha recibido en este país durante décadas.... y lo han transmitido a sus hijos, si es que estos no han querido renunciar a esos privilegios que el patriarcado le ha otorgado sin más, por tener un pene entre las piernas......


NUESTROS HERMANOS, NOVIOS, COMPAÑEROS DE PISO......PROGRES



Hijos de esas madres que les han eximido de realizar cualquier tarea en el hogar (barrer, tender la ropa, poner la mesa, hacer las camas, la comida y demás) ...si, esas tareas que marcan la diferencia real sobre la aplicación de las ideas que defienden. Participar en hacer las labores del hogar define la actitud de las persona. Sólo desde esta concepción de que nuestras actitudes personales son los átomos del Poder podemos cambiar la realidad, su materia y no sólo elucubrar.

Les escuchamos decir “Yo no soy machista, yo friego”, dicen con orgullo como si ser feminista fuera directamente proporcional al número de vasos que hagan “rechinar” de limpios. "Yo no soy machista, me hago la cama todos los días", qué bien, y yo te aplaudo porque seas capaz hasta de limpiarte el culo por ti mismo. "Yo no soy machista, dejo a mi madre que me haga la comida porque eso le hace feliz y se siente realizada, y yo a cambio la llevo en el coche cuando hace falta, le presto dinero y hasta le abro los botes de cristal cuando ella no puede", si estamos ante el hombre altruista y solidario que caracteriza su ideología super progre"
Si, los hombres de izquierda tienen ideas de avanzada con respecto a la mujer hasta que… Ven amenazada su supremacía.

Pero, ¿Quién quiere oir la verdad? ¿quién necesita pensar?, ¿Alquien está dispuestx a renunciar a sus privilegios?...Ojalá empecemos a cuestionarnos a nosotros mismos con un poco de autocrítica. Las actitudes machistas son un conjunto de acciones que, por desgracia, están universalizadas y debemos cambiar entre todxs.

Mientras tanto....¿qué pasaría si un día nadie hiciera la comida?.....

lunes, 8 de diciembre de 2014

CLAVES PARA DESMITIFICAR EL AMOR ROMÁNTICO Y OLVIDARSE DE PRINCESAS Y PRÍNCIPES AZULES


Por Coral Herrera



Ilustración: Nan Lawson 

En los cuentos que nos cuentan desde nuestra más tierna infancia, a los varones les enseñan tres cosas sobre el amor:

-Hay cosas más importantes en la vida que el amor romántico.
-Hay una mujer destinada a ti.
-El amor es inagotable e incondicional (como el amor de mamá).

A las mujeres nos enseñan otras tres cosas:

-No hay nada en la vida más importante que el amor romántico.
-Hay un hombre destinado a ti.
-Las mujeres nacen con un don para amar inagotable e incondicionalmente (por eso su objetivo en la vida es ser esposa y mamá).

En los cuentos que nos cuentan, a unos les lanzan un mensaje, y a las otras nos lanzan otro. Para los hombres, el mensaje principal es que el amor es eso que sucede al final de la aventura, después de haber pasado por mil situaciones diferentes, después de que el héroe ha demostrado su fuerza, su valentía, su capacidad para ganar y someter a los enemigos que le van saliendo en el camino, y a los monstruos internos que a veces le paralizan de miedo. Si logra vencerlos, será digno del amor de la Princesa Que Espera, y si fracasa, se quedará solo.

El príncipe azul sabe que vencerá porque siempre se siente querido. Las dudas de amor son para las princesas con mucho tiempo libre que gustan de atormentarse. Ellos prefieren sentirse queridos, útiles, importantes y necesarios para su país o para su comunidad. Los príncipes se saben deseados por las mujeres, respetados por sus enemigos, admirados por sus amigos, venerado por sus súbditos, y mitificados por una bella muchacha que sufre lo indecible (o que se aburre infinitamente) mientras espera la llegada de su Salvador.


Otro de los mensajes que suelen lanzarnos desde las producciones culturales es que el príncipe azul lleva consigo el amor incondicional de su madre grabado en el corazón, por eso sólo podrá ofrecerle el trono del reino a una mujer que le ame como su madre: de un modo total, sin peros, sin condiciones. Así que nosotras tenemos que sustituir a su madre y convertirnos también en madres de sus hijos e hijas, y ellos, ya saben que las madres aguantan de todo y que por muy mal que te portes, nunca dejarán de quererte.


El mensaje que nos lanzan a las mujeres es que si somos elegidas, tenemos que sentirnos inmensamente afortunadas, porque somos el grandioso premio a su heroicidad, el símbolo del triunfo masculino, el descanso del guerrero, y el botín de guerra que les pertenece por haber salvado al mundo (de las hordas de orcos, de los comunistas rusos, de los terroristas islámicos, de los alienígenas, de los indios norteamericanos, de los mafiosos italianos, de los robots inteligentes y malvados).

Las princesas, nos cuentan, tienen que ser muy pacientes, porque en casi todas las historias el amado siempre tiene mucho trabajo. Y es que por encima del amor está la misión del héroe, que es mucho más grandiosa que la princesa y que él mismo. El héroe primero sirve a la patria, y después obtendrá su recompensa por su trabajo, pero tiene que ganársela: el protagonista de los cuentos de hadas y de las películas de acción ha de demostrar que es un hombre con pleno control sobre sus emociones y mucha “sangre fría” para actuar. Tiene que olvidarse de su tierno corazoncito para matar, aniquilar y destruir al enemigo. Tiene que demostrar que es duro como una piedra, que ejecuta órdenes con la fidelidad de un robot, que es capaz de aguantar el cansancio, el hambre, el dolor de las heridas, el sueño acumulado y todo lo que le echen encima. El premio a sus sacrificios es la princesa que espera en su castillo, les dicen a los niños.



A las niñas les lanzan este mensaje: para la princesa el amor sí es lo más importante, porque la liberará de su encierro o su desgracia. Ella ama el amor porque cree que su vida mejorará, y porque no le han enseñado a pensar en otra cosa que en casarse y cumplir lo que se espera de ella: ser una mujer eternamente agradecida y entregada a su Salvador con absoluta devoción.

Los príncipes han de esforzarse mucho para obtener su recompensa, las princesas sólo tienen que aguantar, esperar, y ser pacientes para que nos amen para siempre. Y esperar solas, claro, sin rivales alrededor.

No es casualidad que las princesas siempre estén solas y desprotegidas, a merced de las circunstancias, y soñando con que alguien se encargue de ella. Nunca tiene un plan propio para escapar del encierro, ni redes de solidaridad y afecto que le ayuden. Las princesas en general son vulnerables, frágiles, sensibles, dulces, heterosexuales, de piel blanca y cabellos rubios. Se aburren mucho, suspiran mucho, y piensan en su príncipe azul a todas horas, creyendo que junto a él encontrarán la felicidad eterna y nunca más estarán solas.

A los chicos les encanta pensar que existe una princesa que lo ama porque sí y sólo piensa en él. Pero además, hay otras mujeres que les desean mucho, como es natural en un macho alfa. El mensaje que les lanzan a ellos es que han de ser fuertes para evitar las tentaciones. En el camino hacia el amor, el héroe se verá seducido por maléficas figuras femeninas que lo atraen hacia el lado oscuro, pero él nunca dejará de pensar en su princesa que espera pacientemente en el castillo a ser rescatada.

El mensaje patriarcal de los cuentos para niños, adolescentes y hombres adultos es que estas maléficas mujeres son libres, potentes, atractivas, y peligrosas, así que sólo has de acercarte a ellas para satisfacer tus necesidades básicas y divertirte un rato antes de encontrarte con tu legítima amada. Sabes que serás perdonado porque son meras necesidades sexuales que “nada tienen que ver” con el sublime romanticismo que le lleva a la Princesa Que Espera.

Al final de la aventura, el hombre puede por fin rendirse ante el amor: es cuando el héroe abre su corazón gracias a la ternura de la amada. Ya ha demostrado lo fuerte y valiente que es, ya ha ganado todas las copas y trofeos, ya ha llegado el momento de asentar la cabeza y formar una familia para asegurar la perpetuación de su estirpe. En los cuentos que nos cuentan, los finales son siempre felices: el héroe rescata a la princesa, se casan y viven para siempre comiendo perdices. Él la protegerá, ella lo cuidará para siempre, ambos vivirán encerrados en su palacio de cristal.

Sin embargo, la Realidad es siempre diferente a la ficción romántica: como cualquier pareja, los enamorados se arrugan y engordan, pierden belleza y alegría, se pelean, se aburren, se hastían, se traicionan, se reconcilian, y nada es tan bonito como nos habían contado. Las princesas y los príncipes no son tan perfectos, por lo que sus historias de amor tampoco lo son.

Descubrirlo personalmente nos decepciona y nos frustra, porque nos sentimos engañados, o porque pensamos que tenemos mala suerte en el amor. Para poder sufrir menos y disfrutar más, tenemos que aprender a despatriarcalizar y a desmitificar el amor romántico, inventarnos otros cuentos con otros mensajes, y construir otras formas de querernos.


He aquí algunas claves para desmitificar el romanticismo patriarcal y para aprender a relacionarse amorosamente con personas de carne y hueso:

Para ellos:

Buenas noticias: no hace falta que salves a la Humanidad, ni que seas un héroe, ni que demuestres que eres fuerte, violento, agresivo o dominante para que te amen. Ya no estás obligado a responsabilizarte de todo, y no hace falta que seas el ganador y el vencedor absoluto en todas las áreas de tu vida. No tienes por qué sentirte culpable si no das la talla o no cumples con las expectativas sobre tu virilidad. Basta con que seas una buena persona capaz de construir una relación bonita.

El amor es para disfrutar, no para sufrir. El amor es para hacernos la vida más fácil y bonita los unos a los otros, no es un medio para negociar y conseguir otras cosas, ni es un sacrificio que hay que hacer para tener asegurado el cuido y el placer (olvídate de la esposa-criada complaciente que atienda todas tus necesidades como mamá, para más información, el siguiente punto).

Definitivamente, la princesa rosa ya no existe. Las mujeres ya no esperan toda la vida ni te aman incondicionalmente: si no te portas bien, si no hay buen trato, si no alimentas la relación, si pactas fidelidad y no cumples, te dejan. La mujer a la que amas no está sentada esperando a que llegues, no está siempre disponible para ti, ni es tuya, ni su amor es para siempre. Es una mujer libre que está contigo porque quiere estar contigo, sencillamente, en el presente que compartís.

No mitifiques a una sola mujer y desprecies a todas las demás. No existen las mujeres buenas y las mujeres malas, por lo que no hace falta que montes jerarquías afectivas que sitúen a una sola mujer en la cúspide del éxito, y a todas las demás las minusvalores.


Las mujeres no son “santas” o “putas”, son seres imperfectos y complejos como tú, con sus virtudes y sus defectos, sus errores y sus aciertos. Igual que tú nunca podrás ser tan maravilloso como el príncipe azul, ellas tampoco podrán cumplir con las expectativas del mito de la princesa. Las mujeres libres con autonomía no son peligrosas. No hace falta dominarlas para poder amarlas. No tengas miedo a relacionarte con una mujer de carne y hueso sin la coraza: no muerden.

El amor no supone rendirse, no es un virus que te posee y te roba la voluntad, no es el fin de tu juventud, no te convierte en prisionero de nadie, no te convierte en propietario, ni en dominador o dominado. El amor no te roba la autonomía, no es el fin de tu libertad, no te convierte en un “calzonazos”, no te rebaja la virilidad. Así pues, eres libre para relacionarte desinteresadamente con las mujeres o los hombres a los que amas, y para dejarte seducir por la magia del compañerismo romántico que nos sitúa a todos en el mismo plano horizontal. Practicar el amor sin las antiguas estructuras de dominación y sumisión, te liberará de la necesidad de ser superior o de luchar por el poder, con lo cual podrás disfrutar más del amor.

Aprende a compartir protagonismos: antes los personajes femeninos de las historias de amor ejercían un papel pasivo, ahora van en su propio caballo, matan a sus propios dragones, toman decisiones, resuelven enigmas, se emparejan y se separan, eligen a sus compañeros, se equivocan, rectifican, y reivindican su derecho a moverse con libertad, y a ser protagonistas de sus propios relatos.
Las mujeres son tus compañeras, y los hombres son tus compañeros, y se trabaja siempre mejor en equipo que en solitario. Di no a la soledad, que te hace más dependiente y más vulnerable, y júntate a la gente para dar y recibir amor, para vivir aventuras, para celebrar la vida.

El amor no culmina con un final feliz, se construye día a día. No existe la fuente de amor inagotable, no dura para siempre, y no es gratis: para ser amado hay que amar, para recibir hay que dar, para que te traten bien tienes que tratar bien. El amor puedes disfrutarlo en cualquier momento de tu vida si tienes las herramientas y los conocimientos necesarios para construir una relación bonita. No es una meta a la que llegar, es un proceso que se vive en el presente inmediato y se nutre con nuestra creatividad, nuestra generosidad, nuestra capacidad de empatía y de disfrute.

Libérate de las cargas del príncipe azul. Por mucho que lo intentes, nunca podrás estar a la altura de los mitos de la masculinidad hegemónica, ni cumplir con todas las expectativas que se despiertan en torno a la figura del héroe con superpoderes mágicos. Ningún hombre es tan guapo, bondadoso, rico, valiente, potente sexualmente, sensible, honrado, luchador, generoso, sabio, culto, divertido, ni tan perfecto como los vemos en las películas (excepto Brad Pitt, y seguro que algún defecto tiene el hombre). Con la edad irás engordando, perdiendo fuerzas y reflejos, tendrás achaques, puede que te quedes calvo, que se arruine tu negocio, que dejes de tener éxito en la vida, que te abandone la buena suerte. Sabiendo que nunca podrás ser tan maravilloso como un príncipe azul, estás liberado de la carga que supone estar siempre demostrando que eres muy hombre, o que eres el mejor: así puedes dedicar tu tiempo y energía a otras cosas más provechosas, como por ejemplo practicar la autocrítica amorosa para conocerte mejor, o trabajarte los miedos que te impiden disfrutar del amor.

Los miedos no desaparecen mágicamente, hay que trabajarlos constantemente: en los cuentos los miedos se superan con pócimas, con talismanes, con conjuros o hechizos, con tótems o con magia. Muchos de ellos los has heredado de tu cultura patriarcal: el miedo a no dar la talla en la cama, el miedo a enamorarse ciega e irracionalmente, el miedo a quedarse solo, el miedo a salir de los armarios, el miedo a la infidelidad o la deslealtad de la persona amada, el miedo al “qué dirán”, el miedo al rechazo o a no ser correspondido, el miedo al compromiso, el miedo a que te dominen o te manipulen, el miedo a que se cuestione tu virilidad o tu heterosexualidad, el miedo a perder tu autonomía y tu libertad, el miedo a que te hagan daño, el miedo a fracasar, el miedo que nos da saber que no somos imprescindibles para nadie… hay que liberarse de los miedos, entonces, para poder relacionarse con la gente con libertad, con generosidad, con ternura.


Para ellas:

No te esfuerces en cumplir el mito de la princesa rosa: nunca serás tan buena, guapa, joven, sana, dulce, paciente, obediente, conformista y pasiva como esta heroína tradicional, por mucho empeño que le pongas. Además, los palacios son lugares enormes, solitarios, fríos, aburridos, y resulta muy difícil escapar de ellos cuando estás dentro. Dedica tus energías a construir tu propio personaje, y a ser la mujer que te dé la gana de ser.
No te esfuerces en buscar al príncipe azul, no existe el hombre ni la mujer perfecta. Somos más felices cuando querremos a la gente tal y como es, sin mitificarla, sin endiosarla, sin rebajarla.

El amor no es la solución a todos tus problemas. Si te pasa como a las princesas de los cuentos, que están hartas de la explotación laboral a la que están sometidas, o sencillamente te aburres y tienes ganas de transformar su vida, no esperes a la llegada del Salvador que te rescate de tu situación. Ponte manos a la obra para generar cambios que mejoren tu vida sin depositar esa responsabilidad en nadie más que en ti.

Esperar es inútil: en estos tiempos en los que las horas y los meses pasan volando, ya no podemos pararnos a esperar a nadie. Esperar es un acto pasivo que deja en manos de los demás nuestra propia felicidad. No sabemos si nos queda una semana o diez años de vida, así que mejor disfrutar del presente, que es el único tesoro que tenemos.

El amor no es sacrificio, renuncia, ni rendición: no tienes por qué olvidarte de ti misma ni de tus necesidades sólo porque tengas pareja. No tienes por qué entregarte en cuerpo y alma si la otra persona no se entrega. No tienes por qué aguantar todo lo que te echen encima “por amor”. Amar no es sufrir: es disfrutar.



Hay muchas fuentes de afecto, de placer y felicidad en nuestras vidas, por eso el amor romántico no puede ser tu único objetivo: estas rodeada de gente estupenda que te quiere, y hay mucha más gente estupenda a la que conocer. El romanticismo en pareja es una experiencia hermosa, pero también hay mucho que aprender, que vivir, que experimentar con los demás. El amor es importante en la medida en que no se limite a una sola persona, y en la medida en que nos permita crecer y evolucionar, y repartir amor a la gente que nos rodea.

Trabaja tu autonomía económica y tu independencia personal para poder construir relaciones desde la libertad, y no desde la necesidad o el interés. Déjate seducir por la magia del compañerismo romántico, y quiérete mucho, para poder dar amor a los demás. Practica la autocrítica amorosa para conocerte mejor y trabajarte lo que pueda hacerte mejorar. El amor es un arte, y cuantas más herramientas tengas para relacionarte con los demás, más podrás disfrutarlo.

Libérate de tus miedos, sal de tus armarios, y no te sientas culpable si te enamoras, o si te desenamoras. Las mujeres no nacemos con un don para amar eterna e incondicionalmente, y tenemos derecho a juntarnos o separarnos de nuestras parejas cuando lo deseemos. Y siempre estamos mejor acompañadas por otras, que solas.

Di no a la soledad: las protagonistas de las historias siempre están solas: no descuides tus redes sociales y afectivas, porque son tu mayor tesoro. Solas somos vulnerables y dependientes, rodeadas de gente a la que queremos somos más libres y tenemos más posibilidades de vivir el amor sin reducir todo a una sola persona. Expande y diversifica tu amor.


Disfruta de tu papel protagonista en la historia de tu vida: tú eres la narradora, la guionista, la directora, y la actriz principal. Tú elijes a la gente con la que quieres compartir, tú tomas las decisiones, y tú confías en ti misma a la hora de construir tu historia. Tú eres la que inventas, la que te equivocas, la que rectificas. Trata con mimo a tu propio personaje y a los que te acompañan, os merecéis el mejor trato del mundo.


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Texto extraído de: campusrelatoras.com