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viernes, 14 de marzo de 2014

¿ES EL POLIAMOR LA PRÓXIMA REVOLUCIÓN SEXUAL?...PERO ¿¿QUÉ PODRÍA SALIR MAL??

Claudio Molinari

Imagen de Venus, las tres gracias y Cupido, de Nicolas Vleughels. Wikimedia.org


“Hoy en día la fidelidad solo se ve en los equipos de sonido”.
Woody Allen.


Mi madre suele contar a menudo esta anécdota sobre su tía abuela. La tía Mercedes, pues así se llamaba, estaba casada con un tal Timoteo Rodríguez. Timoteo tenía una compra-venta de ganado, un almacén de ramos generales y una ‘querida’ a dos cuadras de su casa. Esto lo sabía la tía Mercedes, mi madre –niña— y todo el pueblo ganadero, pues a la hora de la siesta Timoteo ataba carro y caballo delante de la casa de su amante.

Un día mi madre preguntó a su tía cómo toleraba aquella situación. Mercedes respondió lacónica: “Nunca me pegó y nunca me hizo faltar nada”.

Una mente moderna, viajada y ocasional lectora de Zizek, pensará de inmediato: “las cosas que soportaba la gente de entonces”. Pero lo cierto es que el arreglo suena bastante menos simulado y vanguardista, queriendo decir que se mantiene fresco por inmutable.

Y no es que lo pasado fuese mejor y los valores hayan cambiado, sino que lo pasado era casi igual y lo que quizá ha cambiado es nuestra capacidad de aceptar los hechos. Como quien se come el chuletón y suspira por la vaca.

Cómo está el patio


Cada vez más a menudo nos enteramos, o más bien deducimos, la relación de una pareja conocida que no se inscribe en la ortodoxia amorosa. He aquí algunos testimonios de quienes han optado por una forma de relacionarse en la que el compromiso es tan importante como la verdad. Los nombres han sido cambiados.

“Cuando mi marido y yo nos conocimos llegamos al acuerdo de no mentir y no buscar fuera, cada uno por su lado”, precisa Sandra, mujer de un ministro. “Algunas parejas optan por acuerdos de silencio para que no se les queme la casa, nosotros decidimos compartir juntos las experiencias. El caso es que por un lado tienes el aburrimiento y por el otro la tendencia a desviar la vista y decir ‘acá no está pasando nada’. La realidad es que en la pareja la libido se va al carajo”.
Cecilia, activista a favor de los animales, es tajante: “Por mucho, muchísimo tiempo, fui ocultadora y mentirosa. Así que a mi novio de estos últimos dos años se lo plantee desde el principio. Hoy la única regla es poder contarnos las cosas. En marzo, por ejemplo, nos fuimos cada uno con nuestras respectivas exparejas de vacaciones. Él no me lo cuenta todo, aún le cuesta”.


¿Existe hoy un orden emocional al que aspirar? Cuando en España dos de cada tres matrimonios acaba en divorcio, muchos dirán que no. Si hubiera un cambio posible, habría que tener en cuenta cuánta libertad somos capaces de permitirnos, cuán verdadera es la normalidad que usamos de vara y cuánta verdad somos realmente capaces de afrontar.

“Conocí a un hombre que me gustó mucho pero enseguida aclaró que no se comprometía, que tenía otras mujeres”, confiesa Patricia, terapeuta alternativa. “A sabiendas de que soy más celosa que la mierda, arremetí igual, le dije: compromiso no quiero, pero hombres no comparto”. Él le contestó que la entendía y que a él le pasaría lo mismo.

No era la primera historia de ese estilo para Patricia, pero la impunidad masculina la sigue dejando azorada: “Yo misma he sido infiel y sé que las atracciones no se controlan. ¿Pero cómo se conjuga eso con las sensibilidades del amor? ¿Cómo aceptas que la persona de la que estás enamorada vaya y se coja a otra? Cuando me pasó, lloré, pataleé y empecé a tomar antidepresivos”.

Pareciera que el problema no fuera el salto hacia una nueva moralidad ni la adaptación a la realidad de las múltiples parejas, sino el siempre presente espectro del amor.

Descargando actualización


El paño ya lo conocemos: relaciones más o menos duraderas que se mezclan con romances y encuentros, que se solapan creando el sucedáneo de una estabilidad emocional que prevalece en algún rincón mítico del mundo exterior.

Pero tras haber intentado noviazgos, cohabitaciones y matrimonios, más de uno ha llegado a la conclusión de que el formato de la fidelidad está pidiendo a gritos un plug-in.

¿Es forzoso que el amor sea una avalancha emocional que arrasa con todo, incluso con la tranquilidad? ¿O puede llegar a ser un sentimiento de intensidad media con un porcentaje más alto de racionalidad? Los detractores dirán que estas nuevas uniones no son tales, que son una utopía, que solo representan una forma de reaseguro emocional ante una inestabilidad generalizada.

“Creo que nunca creí en la pareja, pero eso no quiere decir que no lo haya intentado”, reflexiona Marcela, mujer de negocios. “Con el tiempo preferí no caer más en relaciones que me afectasen negativamente, como estar con alguien absorbente o celoso. Cuando comprendí de mi fragilidad en ese campo, me decidí por tener relaciones que, aunque parezcan ligeras, sé que me van a resguardar”.

¿No carecen de profundidad esas relaciones?, pregunto. “Algo tiene que haber de fuerte. Esa liviandad también tiene que tener fundamento, agarrarse a algo. Y tal vez ese algo sea la fantasía: la sensación de que todo es perfecto, de que somos geniales y felices”. ¿Y el romanticismo?, presiono. “Habría que definir ‘romántico’, porque una cosa es ser romántico sobre lo factible y otra ser romántico viviendo en las nubes”.


Parafraseando a Stendhal, Nietzsche dijo alguna vez que para ser un buen filósofo hacía falta ser seco, claro, sin ilusiones. Un banquero que hubiera hecho fortuna poseía, según el alemán, gran parte del carácter requerido para la filosofía.

Acaso siguiendo el camino señalado por Nietzsche, Gonzalo, emprendedor editorial, me plantea algunas preguntas taxativas: “Fíjate bien, ¿cuál es la realidad en la que vivimos? ¿Cuántas parejas realmente felices hay a nuestro alrededor? ¿Cuántas de ellas son funcionales? ¿Cuántos de nuestros conocidos, hombres o mujeres, tienen amantes? ¿Cuántos de ellos desearían llevar una vida más libre? No es lo que desearía, pero es el mundo en el que vivo”.

Me quedo pensando. ¿Cuántas de esas personas creen en el amor y cuántas de ellas desean creer en el amor? Es decir, ¿existe realmente aquello que deseamos o solo deseamos que exista? Schopenhauer creía que el amor era una ilusión biológica para hacernos procrear.

“Uno tiene distintos tipos de amigos y yo necesito que mis amantes sean diferentes entre sí. Si no, sería como estar con la misma persona”, responde Marcela. ¿Y no carecen de profundidad esas relaciones?, inquiero. “La ligereza también necesita una base, agarrarse a algo. Algo tiene que haber de fuerte en esa liviandad para que se sostenga, y tal vez lo fuerte sea la fantasía: la sensación de que todo es perfecto, de que somos geniales y felices”.

Patricia, con la seriedad de quien ha rumiado mucho el tema, tercia: “La verdad es que cuando yo no estoy implicada la fidelidad me parece un sinsentido. La idea de tocar el mismo cuerpo indefinidamente me resulta sofocante, imposible”. Pero pronto matiza: “Por otro lado hay que tener en cuenta que el intercambio de fluidos (sexo) entre dos personas te pega todas las energías que circulan por su cuerpo y que por eso la poligamia es peligrosa. Si uno intercambia fluidos con un hombre que a la vez intercambia fluidos con otra mujer se te pega la energía de esa mujer”.

El precio


Unos meses atrás circularon por internet imágenes de las víctimas de una revuelta popular en Egipto. En los medios se habían mencionado disparos contra la multitud desarmada, pero poco más. Sin embargo, las imágenes subidas mostraban cabezas abiertas como sandías, cráneos de niños y mujeres con las cabelleras arrancadas por la mera potencia del disparo.

¿Por qué no había visto aquello en los telediarios? Quizá sea porque la verdad es difícil de digerir, porque la verdad total obliga a actuar.


“¿La verdad total?”, duda Marcela. “Hay gente que quiere saberlo todo y otra a la que no le gustan las cartas sobre la mesa. Hay muchos factores para llegar a un acuerdo explícito, no podría generalizar”.
Cecilia, por su parte, no quiere que su pareja sufra por sus decisiones, pero tampoco caer en el engaño: “Al principio, no le podía contar todo. No por falta de honestidad, sino porque nuestra relación era muy reciente. Lo más difícil era controlar la tormenta que se venía después, entonces lo iba tanteando de a poco. Pero yo siempre acabo llorando más que él. Muchas veces siento que haberle planteado esto fue peor que ocultarlo. Pero lloro por otras muchas cosas: por la imbecilidad y egoísmo humano, por el maltrato que existe entre la gente y a los animales… qué horror, sueno como una emo, edítame, porfa”.

Muchos de los entrevistados han transitado un arco nacido en el ocultamiento, pasado por la sinceridad y acabado en un punto intermedio que no siempre es negociado sino tácito. Sandra explica: “Mi marido y yo seguimos con nuestras cositas y disfrutando de la ocasional exmiss que viene a bailarnos desnuda, pero ha habido un retorno a la discreción. Él prefiere historias online y evitar los encuentros físicos, aunque sea para tomar un café. En cambio, yo no, mi límite es la cama. El coste de las relaciones con terceros o cuartos a veces es muy caro. Lo sabemos por experiencia”. Cuando le pregunto sobre el futuro del amor, Sandra suelta la carcajada: “La generación de mi hija ya no tiene novios, cariño”.

Gonzalo ha optado por evitar el ‘sincericidio’: “Cuando salgo con una mujer soltera, aunque prefiero las casadas, le pregunto si tiene otros amigos. En general me responde algo nebuloso que se parece a un sí, pero que no me serviría en ningún juzgado. Entonces espero a que me pregunte a mí. Si no sucede, queda claro el contrato: no insistas sobre lo que hago yo, pero tampoco necesito saber”. ¿Por qué las casadas?, me pica la curiosidad. “Porque han aprendido a dar cariño: a sus hijos, a su pareja… Tienen más training a la hora de brindar afecto”.

Ante la pregunta de si los berrinches y los llantos provocan desgaste, Cecilia contesta: “Si el otro no comprende o no ha pasado por lo mismo, siempre lo lastimas. Yo creo que a mi novio lo lastimo igual, pero al menos le di la posibilidad de elegir desde un principio. Porque después, si te descubren, es peor. A mí me dolió mucho descubrir los rollos de mi ex, hubiera preferido que me los contara. Creo que el secreto es decir las cosas bien, con amor. Pero no deja de ser duro”.


Mentira la verdad


¿Entonces es la honestidad un síntoma de decadencia o una evolución que marcha hacia una ‘camaradería amorosa’ como diría el noruego Jon Elster? Para obtener un punto de vista menos visceral acudo a la antropóloga Águeda Quiroga, de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona.

“Elster profundiza mucho en el valor civilizatorio de la hipocresía”, explica la antropóloga. “Afirma que esta es la gran civilizadora, pues ayuda a suavizar tanto acciones como declaraciones disfrazando el autointerés por un interés universal o, al menos, más beneficioso para todos”. En Los desposeídos, por ejemplo, Ursula K. Le Guin noveliza sobre un futuro en el que la propiedad amorosa ya no existe. Pregunto a qué conclusión llega la escritora. Quiroga sonríe: “Ella no concluye nada”.

Un académico de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires arremete en la dirección contraria: “Si alguien miente, el otro no lo sabe hasta que lo verifica. Cuando uno oculta o calla, continúa enviando información y la información es el insumo básico de todo proceso comunicativo. Nuestras decisiones, obviamente, estarán reconfiguradas en base a la información recibida y el que miente recorta ese campo o lo desplaza hacia áreas que pueden no ser de la conveniencia de ambos actores".

Mentir supone, conscientemente o no, una manipulación del contrato a escondidas. El juego podría seguir indefinidamente, ¿pero es posible? Yo creo que no, porque ‘la vida’ ofrece incontables oportunidades de contrastar empíricamente la información.

La discusión no es sobre la eficacia, sino sobre la responsabilidad de esas decisiones. Privar al otro de esa oportunidad es un acto moral que, desde mi perspectiva, o mi moral, es negativo. La actitud del que miente me resulta autoritaria y soberbia, si es que puede separarse una cosa de otra.

El rasgo autoritario es obvio. La soberbia se desprende de la supuesta incapacidad de comprender que se le asigna al ‘mentido’. En definitiva, creo ver y haber visto muchas veces que el mentiroso se autolegitima basándose en una supuesta asimetría respecto del mentido. Cosa que resulta, como poco, improbable”. El académico no es de los que sonríe.

Epílogo


Durante el tiempo que Timoteo Rodríguez vivió, Mercedes y la amante de su esposo apenas se hablaron. Pero eso no impidió que las mujeres se enviaran de tiempo en tiempo pequeñas señales de aprecio: servilletas y manteles decorados con puntillas al crochet. Años más tarde, ya en su lecho de muerte, Timoteo pidió a su esposa que mandara llamar a la otra. Cuando la mujer llegó, Mercedes los dejó solos para que se despidieran. El nombre de la amante no pasó a la historia.

Pero… ¿¿qué podría salir mal?? (Los peligros del poliamor)


Siendo todo tan bonito, tan amoroso… Poli (varios), amor, varios amores!, precioso! todo amor!. Si lo hablamos todo, si nos encanta hablar… ¿qué podría salir mal?. Pues varias cosas podrían ir mal:

Que sigas pensando en las relaciones como culebrones. Que sigas pensando en los amores Disney, como llama Brigitte Vasallo a ese ideal de principes azules, medias naranjas y demás. Que te siga pareciendo maravilloso lo de Romeo y Julieta. Si las personas implicadas no se replantean las maneras de reaccionar antes los celos, la manera posesiva/territorial de relacionarse, si no se replantean el comportamiento pasivo-agresivo (en lugar de pedir algo directamente, hago algo que demuestre mi enfado para que se haga lo que quiero). Si no se replantean las maneras de relacionarse y siguen pensando que las relaciones “buenas”, emocionantes, atractivas deben ser como culebrones… entonces tienes asegurado que con el poliamor/relaciones abiertas tendrás varios culebrones simultáneamente.

Que se parta de una relación nociva. Sea por malos tratos, por manipulación, por chantaje emocional, por comportamiento pasivo-agresivo. Si eso no eres capaz de detectarlo en lugar de tener una relación complicada, tendrás dos.

Que no hayas detectado dónde están los privilegios en las relaciones heterosexuales. Y que entonces no te des cuenta, siendo chico, de lo fácil que es contar que tienes dos o tres novias (con parejas de diferentes géneros la cosa ya se complica) que no tienen ganas de estar con más personas. O que sí tienen ganas pero que, casualmente (ejem), como en casos que conozco de relaciones swinger, sólo tienen ganas de estar con otras mujeres, lo que asegura que el chico “principal” no se sienta amenazado, que no se le vea desde fuera como un blandengue, porque no es tan macho, sino que ellas tienen que “ir a buscar lo que él no le da”. Y que eso haga que se vaya formando una relación desigual en que no está todo el mundo explorando todas las posibilidades que tendría… Este tipo de relación se parece al matrimonio mormón. No es una red, sino un hombre central con varias mujeres relacionadas directamente con él y con nadie más.

Que confundas igualdad con equidad. Y que si tu pareja ahora tiene una relación, creas que tú debes tener otra. Que si queda un sábado sí un sábado no (o tres veces a la semana), creas que tienes que llevar el mismo ritmo.

Que una de las partes esté aceptándolo sólo por complacer o no perder a su pareja. Y en el ambiente poliamor no han pasado tantos años para tener muchos ejemplos de los que sacar conclusiones… Pero en el ambiente swinger sí, y a menudo son chicas las que lo hacen. Y el resultado es siempre malo. Sí, siempre aparece alguien diciendo que hay un hombre entre cien que le ha pasado eso, pero la norma es lo opuesto, que sean mujeres las que se adaptan sin ser algo que desean realmente.

Que no te des cuenta de las condiciones que te están poniendo. Y que en lugar de estar aceptando lo que tú quieres hacer acabes haciendo lo que te dejan hacer mientras que la otra persona va construyendo la relación a su medida. Como por ejemplo, que tú debas de comprender, avanzar, abrirte para comprender el comportamiento de la otra persona…pero que resulte que el tuyo siempre sea, casualmente, el que parece causar problemas, el que hace necesario renegociar los acuerdos.

Que creas que sólo existe un tipo de poliamor. Y que mientras una persona espera una relación a largo plazo, comprometida, honesta entre todos los miembros de ese grupo…la otra persona considera que simplemente es estar con varias personas a la vez. Es importante recordar que hay poliamor normativo, no-normativo, redes afectivas, anarquía relacional… Y es importante no dar por hecho nada, no asumir acuerdos sino llegar a acuerdos para cada tema con cada persona. Sí, es mucho trabajo. Ya lo dije el otro día: Si no sabes para qué estás subiendo a la cima del Everest, mejor da la vuelta, porque no va a ser fácil. Será muy satisfactorio…sólo si es algo que tienes claro por qué lo haces.

Que te quieran convencer de que sólo hay una manera “buena” de tener relaciones abiertas.
Que creas que te comunicas bien. Y que hables y hables y hables y resulta que arrastres siempre las mismas inercias, que cometas siempre los mismos errores. Que tu lenguaje verbal diga lo contrario que lo que dices hablando. Que tengas un tono de voz que empeora la discusión sin que sea tu intención. Que no tengas empatía. Que no sepas hacerte responsable de tus sentimientos y hagas responsable de ellos a tu pareja. Hay muchísimos factores que pueden empeorar una relación. Por algo creo que un 90% de problemas de las relaciones son gran parte problemas a la hora de comunicarse.

Que olvidéis que sí hay una norma obligatoria, la única en las relaciones abiertas, según Janet Hardy y que se aplica a todo el mundo: Hablar claramente del sexo seguro entre las personas implicadas. Y obviamente con sinceridad absoluta. Mentirse o mentir puede tener consecuencias muy muy graves.
Y la lista es muy larga… Por eso ayuda leer. Y comprobar los referentes de lo que lees. Y encontrar una comunidad. Y saber con qué tipo de comunidad has contactado.
Añadido después de publicar:

Que te lleves la mochila emocional de una relación torcida al resto de las relaciones (por lavacamejor): “Yo añadiría llevarte la mochila emocional de una relación torcida al resto de las relaciones, tanto en el tiempo como en el espacio, es como en AA si no puedes cuidarte tu misma no puedes cuidar una planta, una mascota, una pareja..imagínate múltiples parejas. Sin contar el tema de la desarmarización…mejor hablar a priori lo a las claras que va a ir todo, no vaya a ser que te presenten como la “amiga” cuando te creías la esposa.”

republicado de golfxs con principios

miércoles, 5 de marzo de 2014

¿POLYAMOR?..NO ES LO MIO.....Por Beatriz Gimeno




No soy nada poliamorosa por mucho que algunas se empeñen. Además, no me gusta la etiqueta, no se para qué hacer más y más etiquetas para conceptos que ya existen. Si yo fuera algo sería polisexual, que también es muy antiguo y que siempre ha tenido otro nombre. Pero yo promiscua tampoco soy, no sé qué soy, yo soy de no salir de casa, y soy muy mía. Lo que sí que creo es que seríamos más felices si fuéramos capaces de no pasarnos la vida tratando de encajarnos y de encajar a la gente, como sea, en el mito del amor romántico, apasionado y exclusivo.
El poliamor no es lo mío, lo que me faltaba. Si todas mis parejas, todas, se han quejado de que no les presto suficiente atención, si todas mis parejas me han acabado dejando porque no me entrego lo bastante (o no les parece), si todas se han quejado de que mi amor no les llegaba con la suficiente intensidad…entonces lo que me faltaba es tener que multiplicarme por dos o más. Los requerimientos románticos del amor me han producido siempre sufrimiento. Creo que vivo escindida entre lo que soy, lo que debería ser y lo que quieren que sea.

Así que ya he comprendido lo que necesito. Necesito que mi pareja sea poliamorosa; ella, no yo. Yo no quiero ser el amor exclusivo de nadie, no quiero que nadie centre su vida en mí, no quiero que nadie espere de mí que mi vida se centre en ella; quiero ser la segunda o la tercera o la cuarta.

Quiero mi espacio y dar lo que puedo dar, y a cambio espero lo mismo, no más. No quiero vivir la relación como una permanente tensión entre lo que se supone que es el amor y la manera en que yo lo vivo. Y no quiero justificarme, ni pedir perdón, ni pasarme la vida tratande de tapar los agujeros que se supone que dejo abiertos en la relación. Para mí no son agujeros, es que el mito del amor romántico es asfixiante, como un engrudo, no se puede respirar.

Cuando me enamoro es como que ya está, instalo mi casa en ese amor y me dedico a lo mío. Busco un amor tranquilo y libre, leal y permanente, alguien que no dude ni exija, alguien que tenga una intensa vida propia, alguien que no me considere su centro. No puedo ser el centro de la vida de nadie porque ni siquiera encuentro mi propio centro.


Y eso no quiere decir que no me enamore, lo que pasa es que cuando la persona que amo me dice que me ama, ya está, eso me basta. No ando preguntando dónde estás cuando no estás conmigo, ni dudando de nada, ni pidiendo; me dedico a mi vida de siempre. Y si me pareja se enamora de otra, la verdad es que lo único que se me ocurre preguntar es: “a mi también me quieres ¿no?”. Y si me dice que sí, pues nada, a lo mío y tan tranquila.

Si me dice que no, que ha dejado de quererme, entonces sí que la cosa se pone mal porque toda mi estructura se viene abajo y me cuesta mucho ponerla en pie de nuevo.

En eso estamos, con paciencia en todo caso.

domingo, 20 de octubre de 2013

EL AMOR DE OTRAS MANERAS



Mil maneras de amar son posibles. Conversamos con María Teresa, quien en compañía de su Comando colibrí, promulga un amor distinto, uno con ‘h’ y en femenino: la hamora. Esta forma de amor se reconoce colectiva y cooperativa, resiste al modelo de amor sufrido legado de la educación sentimental hegemónica, pero sobre todo, explora y propone prácticas menos dolorosas de relacionarse con el cuerpo y la emocionalidad.

Pero lo que espero, por encima de todo, es que entiendas lo que quiero decir cuando te digo que aunque no te conozca, y aunque puede que nunca llegue a verte, a reírme contigo, a llorar contigo o a besarte, te quiero. Con toda mi alma, te quiero.

V de Venganza


No sé muy bien cuándo pero hubo un principio, un momento en el que comencé a preguntarme y obsesionarme con el amor como problema, como escenario de indagación. Esta vez no fue una inquietud externa sino interna, cotidiana, corporal la que produjo ese extraño click en la cabeza a partir del cual todo aquello que me parecía normal de las relaciones me empezó a resultar ilógico e insoportable. Esperar la inciativa de los chicos y concretarla en el noviazgo, aceptar la lógica infidelidad-celos, naturalizar la posesión, la exclusividad, la presencia condicionada, el despecho y el matrimonio con su tremendo ‘para siempre’. Me vi siendo un producto de todo ese modelo y haciendo(me) daño. Me supe tonta y no me quise. Y vaya revolcón el que causó esta certeza y mi obstinación con encontrar otras maneras de amar, de amarme.
En esa búsqueda rompí un muro y descubrí infinidad de alternativas y experimentos.



 Supe que era posible e imperativo hacer del amor parte de mi apuesta revolucionaria y saberme en el camino consciente de devenir otro tipo de amante, de amadora, de sujeto amado. En este camino he leído algo, escuchado mucho y visto poco. Han sido los espacios feministas y libertarios aquellos en los que más insumos he encontrado para formar mi propio experimento.

A María Teresa, una bellísima y pilísima chica que ha pasado por el mundo de la literatura, de los estudios culturales y del activismo feminista, la conocí hace ya un buen tiempo y desde entonces ha sido uno de los motores más prolíferos de mis reflexiones sobre el amor cotidiano. Esta fue una oportunidad perfecta para continuar con esta conversación colectiva y compartir algunas de sus reflexiones, vivencias, letras y ganas sobre el tentadorsísimo tema que nos convoca. No se trata de un discurso experto, de una fórmula resuelta, se trata de una práctica que materializa en lo que escribe, en cómo vive, en los proyectos que crea. Aquí entonces este diálogo polifónico para seguir pensando, preguntando y enredando vidas. 

Empiezo por peguntarte, Tere, ¿sigue siendo amor el amor de otras maneras?



Debo empezar diciendo que en cuestiones de amor no soy una experta. De lo que yo entiendo es del desamor y el fracaso, pero no porque no me haya enamorado o porque alguien no se haya enamorado de mí, sino porque la forma de amar que me enseñaron no me gusta. No me atraen las historias de las telenovelas, en donde es preciso sufrir hasta más no poder, para terminar casada. Como feminista, cuestiono esa educación sentimental que no solo circula en la televisión, ahora también en la música, las películas…

Teóricamente, tengo muy en claro qué sería para mí la hamora en otros términos, de otras maneras. Sí, una hamora con h y en femenino, ya que la primera transformación debe empezar por el mundo simbólico y el lenguaje, es decir, la cultura. Y no, estoy convencida de que un amor otro, no puede ser amor. La hamora empieza por mí. De ahí para adelante, la hamora es todo lo que queramos que sea: resistencia. Resistencia al régimen heterosexual, a la monogamia, al matrimonio, al mandato de la maternidad, a la idea de que el amor es sacrificio. Resistencia sin garantía de nada.

En la práctica, no hay prácticas de hamora que yo pueda ilustrar. Desde que decidí romper mi relación más seria por seguir mis sueños y construir un comando guerrilla, he llorado mucho, me he enfrentado a la soledad, a las preguntas propias y de las demás figuras de circo. También he vivido, a diario, con el deseo hembra hecho potencia, yo prefiero dejarlo así, pues el deseo no se puede ejemplificar y es una provocación para que cada quien imagine lo que quiera y he sentido las consecuencias. Creo que aún no nos hemos terminado de inventar la hamora, pero estamos caminando hacia allá. Y lo importante del camino no es el recorrido, sino el caminar.

Con los pies descalzos en el suelo, mirando los colibríes que llegan a mi balcón, me repito a diario un verso que me enseñó mi abuela Tita, una mujer campesina, iletrada y libre: “Frijolito enredador no te vayas a enredar donde se enredó mi amor”. Si la hamora es como un frijolito que se enreda, entonces hagámoslo orgánico, tierra, sangre, vida, que se enreden los cuerpos y se mezclen en sus fluidos, pero que no se enrede en esa enredadera del amor común. Todavía no hay nada más allá o solo el escribir.

Amor sin sexo y sexo sin amor: en el primer caso hay mucho prejuicio y desconocimiento, somos una sociedad hiper-sexualizada, tener sexo no es solo considerado como “lo normal” sino que es prácticamente un requisito implícito de una relación de pareja; el segundo caso se toma como bandera de una cierta revolución, de una reinvidicación de libertad. ¿Cómo ves tú la relación –impuesta o real- entre amor y sexo?

Bueno, pues en eso soy foucaultiana, ni más ni menos. Para ella (lo digo con intención) hay una diferencia entre sexualidad y sexo: una es el discurso, el régimen, la otra es la práctica. No obstante, entre discurso y práctica hay una relación co-constitutiva de poder y resistencia. En algún momento se llegó a pensar que el sexo nos haría libres al disociarlo del amor. En cierto sentido sí fue verdad, pues algunas mujeres, por ejemplo, accedieron a una vida sexual con diferentes parejas. Relaciones no necesariamente hetero, no necesariamente de explotación, no necesariamente esclavistas.

No obstante, el dispositivo de la sexualidad, útil para el patriarcado, es inteligente y logra cooptar las resistencias. Hoy, las diversas prácticas del sexo (pornografía,swinger, casual dates, prostitución masculina) son un imperativo del mercado y no de los cuerpos. Allí, hay control disfrazado de resistencia. Ver este punto es muy difícil, vivirlo muy fácil.

He meditado mucho al respecto y no logro encontrar una respuesta a la pregunta: ¿si se cambia el discurso se cambia la práctica, o al revés, o la alternativa es otra? Solo tengo aquí un pensamiento que hace parte de mi libro inédito «Un mal común» , y que me permito citar:

Este libro además habla del amor y su relación con el sexo. Desde un abordaje banal, el sexo no tiene que ver con el amor. Desde un abordaje fatal, el sexo tiene todo que ver con el amor. Yo me muevo en el intersticio de estos dos abordajes, más como una muestra de pasión que de arrepentimiento. Por eso, este es un libro al que no pude hacerle el quite. Aquí hay historias tristes, felices, pendientes. Además este ejercicio es un exorcismo, una quimioterapia para el mal de ojo y el dolor del corazón que ya hizo metástasis. Porque así como el poder no puede sin la resistencia, el amor no puede sin el dolor del amor y del sexo (2013, 2).

A veces, el sexo con amor se vuelve un sufrimiento. A veces, el sexo sin amor se vuelve un sufrimiento. Por lo tanto, hay algo mal en el amor, pero también en el sexo. Queda la pasión, quedan las ganas, queda la esperanza y también el dolor, porque sé que tanto si se ama y se desea como si no se ama y se desea siempre es terrible el adiós… por ahora. Al respecto, una cita del mi cuento « Regálame una noche» , también de «Un mal común»:


Y aunque nuestras vidas son distintas, poderte encontrar, besar tus manos, sentir tu cuerpo, decir tu nombre. Y sí, fue en aquel instante, abrazada a tu cuerpo desnudo, a pesar de lo extravagante de la situación, que empecé a sufrir por ti, porque empecé a tener esperanza. El amor no es asunto sencillo. El sexo tampoco lo es. El amor, como el sexo, va y viene y se vuelve a ir. Te quiero demasiado, supongo. Supongo, también, que siempre te he querido demasiado y te he deseado demasiado, desde el primer día. Entonces, me jugué una última carta, esperando no delatarme y ser parte de tus sueños, como tú eres de los mios. “Regálame una noche”, te dije. (2013, 32)

De ese amor tradicional y tradicionalista, heredado, impuesto, reproductivo, ¿cuáles crees que son sus características más nocivas, las más difíciles de extirpar?



Una sola: la promesa de ser feliz. Esa idea de que al lado de una persona (¿por qué una?) vas a ser feliz es lo que nos tiene jodidas. Recuerdo, alguna vez, un reclamo que hizo mi hermana mayor sobre mi resistencia a “tener” (lenguaje de la posesión) pareja estable (como si el amor fuera una estructura triangular y no un torbellino amorfo). Ella sufre porque se me acaba el tiempo y me voy a quedar sola. Su reclamo ilustra la lógica de las relaciones amatorias: puedes tirar con quien quieras, pero siempre bajo el imperativo de quedarte con una de ellas. Llegado el momento, te comprometes a la fidelidad y a construir un “patrimonio” en común. La cereza del pastel son los hijos. Todo te garantiza una buena vejez: tranquila, saludable y protegida.

La felicidad se logra a través del sacrificio, el ahorro de dinero, el “eres lo que comes”, el “dime con quién andas…”, el lograr el amor “prohibido”, el ser una buena madre. Y el motor para no desalentar en este imposible es justamente la promesa del amor: “y fueron felices para siempre”. Vean, por ejemplo, el hit de la saga «Crepúsculo» (Stephenie Meyer, 2008 y su adaptación al cine por Catherine Hardwicke, 2008). En esta historia una chica llamada Bella (¿Bella?) se enamora de un vampiro, hijo de una familia de vampiros. Es la típica historia donde la chica redime al monstruo. Ahora, ¿viven los vampiros en familia? ¿Por qué verga los vampiros también deben vivir bajo el régimen amatorio humano? ¿Es el amor tan potente que puede transformar a un monstruo? ¿Para qué transformar a un monstruo? ¿Cuál mensaje recibe la audiencia y cuál es la medicación que se hace? ¿Qué dirá Anne Rice de todo esto? Aquí no deja de resonar la eterna excusa femenina hecha guion televisivo: “es que lo quiero, doctora Laurita”.

Claro, se me objetará que las cosas han cambiado, que ya te puedes divorciar, que puedes decidir si quieres hijos o no. Entonces yo entro a preguntar: ¿en qué tipo de ideología hetero se sustenta la violencia doméstica? ¿Cuál es la objeción de los estados laicos-católicos para penalizar el aborto? ¿Por qué se viola a las mujeres lesbianas como una forma didáctica de que “prueben” lo que es bueno? ¿Por qué se dice que la viudez es el mejor estado de la mujer (cuentas con el estatus de la mujer casada, pero ya no lo tienes a tu lado)? ¿Por qué las relaciones en otros términos terminan reproduciendo toda esta mierda? ¿Por qué la mayoría de personas, en nuestro contexto, al cerrar sus ojos se visualiza acompañada en su vejez?

Cuando yo cierro mis ojos no veo nada. Por eso, tal vez, es que siento que el futuro no existe. Por eso, tal vez, es que quiero vivir mi deseo hembra sin limitantes, a lo bruto. Por eso, tal vez, es que la vejez, la soledad y la muerte no me atemorizan. Por eso, tal vez, cierro mis ojos y no veo nada y puedo estar tranquila, sabiendo que si existe algo que se llama “felicidad” eso no es lo que quiero para mí: “La crisis es la única forma de vida que conozco” (Ziga, «Devenir perra», 2009).

¿De qué va el amar perra, el amar colibrí?



El amar perra es, en esencia, carnívoro, frívolo, performativo y de manada. Pienso más en la experiencia de Natalia Iguiñiz, artista peruana, que en la propuesta de la feminista española Itzar Ziga (autora del libro «Devenir perra», Melusina: 2009), pese a que ambas son complementarias. La perra de Iguiñiz es sorpresiva, fea y racializada, pero vergonzosamente feliz (al respecto ver mi artículo «Si te dicen perra… tienen razón» (Revista Nómadas). Es una perra de aquí, de nuestro territorio. Desde su caminar por la calle, seduce para morder. Tiene rabia que también puede ser coraje, en su doble sentido: rabia, ganas no de justicia sino de venganza hamatoria. Y valentía, fuerza para saber, como dice Chavela Vargas, que el precio de la libertad hoy sigue siendo la soledad. Pero la perra carga con una condena: hace parte de la manada. Por lo tanto, su soledad es la de todas. Manada, por afinidad, no por sororidad.



Perra es puta, lesbi (lesbiana bisexual con mimetismo hetero cuando se le da la gana), anarca y suele pensar mucho desde el culo. Su corazón, si es que tiene uno, está en el clítoris. Perra, como una identidad estratégica de las que nacimos con la vocación de estar en contra. Entonces, como dice Iguiñiz, si quieres hamar, deviene perra promiscua y espectacular y afirma, cuando te griten “perra” en la calle: ¡sí, tienen razón!

La hamora colibrí es un tanto diferente. Es una hamora que quiere despartriarcalizarse para descolonizarse. Descolonizarse para renacer. Y su estrategia, por ahora, es escribir, porque escribir es soñar, es hacer del cuerpo letra. El comando colibrí representa su unidad operativa, pues como comando guerrilla trabajamos bajo la lógica del sabotaje (Revista Vozal). Entonces, escribir como una forma subversiva de apropiarse de los discursos y errarlos, con nuestro lenguaje de boca sucia. La hamora colibrí no cuida de las formas, porque lo que está en juego es la vida misma. Escribimos historias, en papel, en tatuajes, en grafiti y otras que no tienen sustento material. Letras que nos hacen reír o llorar o cagar al mostrarnos los ridículo de nuestros guiones caducos sobre el amor. Tenemos varias historias: una sobre el frijolito enredador que propone sacar el amor del corazón y meterlo en el ombligo; otra sobre una nueva arte marcial inspirada en el boxeo tailandés, donde el objetivo es darse en la cabeza de forma repetitiva con miras a la deconstrucción; otra sobre los protocolos para desordenar el deseo; otra sobre las amoras lesbi que nos enloquecen y otra que se titula «Una víctima casi perfecta», sobre la violencia doméstica.

Contar historias no solo es crear un mundo diferente. Es un proceso de desaprender los sentimientos, el cuerpo, la culpa, la frustración, el miedo y saber que desde el suelo también se puede luchar.

Como colibríes, la meta es volar y volvernos coalición de figuras de circo, pues la hamora debe ser colectiva y cooperativa, de otra forma pierde sentido. Somos perras, colibríes, lloronas y ahora quetzalcoatles… pronto seremos devenir nitroglicerina, pues al amor lo tenemos en la mira. Que nadie nos diga nunca quién nos quiso y a quiénes debemos hamar.

¿Crees posible ‘enseñar’ a amar libremente?



No, porque la libertad no existe. Solo son posibles ciertos ejercicios de resistencia. Pienso en cómo educar a las nuevas generaciones en una ética hamatoria propositiva y de la resistencia y no doy, los electrochoques en mi cabeza hicieron mella. Tal vez mi única posibilidad política es imaginar no cómo va a acabar todo esto, sino cómo va a empezar. Como sub comandanta del comando colibrí, me permito citar parte de nuestra declaratoria, porque considero que nuestras ideas son pertinentes también para hacer de la hamora una forma de (re)existencia:

[…] la lucha continúa, no importa la latitud, no importa las circunstancias, no importa el nivel de violencia: estamos aquí. Nos tomaremos el cielo por asalto, pero también la tierra. Vamos a traicionar la cultura, porque la cultura nos ha traicionado, como nos lo enseñó Gloria Anzaldúa. ¿A dónde nos llevara todo esto? No sé, porque además yo no he venido a decir cómo va a acabar todo esto, sino cómo va a empezar. Voy a enseñarles a todas lo que ellos no quieren que veamos. Les enseñaré un mundo sin reglas y sin controles, sin limites ni fronteras. Un mundo donde mi vagina no signifique nada, donde no se intercambie a las mujeres, donde no exista el Paraíso y el Edipo no funcione, donde con quién haga el amor y cómo lo haga no se de por sentado. Un mundo donde sea más fácil conseguir un vaso de agua que un arma de fuego. Un mundo donde quepan muchos mundos. Un mundo donde pueda decir, con amor: “por ti”. Un mundo donde cualquier cosa sea posible. Lo que hagamos después es una decisión que dejo en sus manos 


(Revista Vozal, No 2).

Texto extraído de:iletrada.co 

jueves, 3 de octubre de 2013

QUÉ DIFÍCIL EL POLYAMOR





*Este artículo fue publicado por la autora en su blog Sin Vergüenza

Como bien saben quienes me siguen desde El Sexo de Sofía, me declaro poliamorosa desde hace varios años. Eso significa -dicho muy escuetamente- que creo en la posibilidad de amar a más de una persona a la vez y en que esos amores múltiples pueden vivirse sin engaños. Llevo un buen tiempo inventando maneras de traer esos principios a mi vida, y quiero insistir hoy en que no me ha resultado nada fácil.


Como hablo tanto del asunto, y como creo tanto en este camino, la gente suele decirme: “para ti será sencillo, pero yo no puedo”, y se cierra la conversación. Eso sucede cuando los argumentos a favor de la monogamia son insostenibles (lo cual pasa tarde o temprano) y ya no queda más que alegar una característica personal y desacreditar todo mi esfuerzo (y el del resto de gente que lo intenta): “suena muy bien, pero no soy capaz… para ti en cambio parece tan fácil…”


Como con tantas otras cosas, aquí pensar que es posible es lo primero. Sin eso, no hay caso. Con el bloqueo mental de “no soy capaz” construimos nuestros propios muros. Ahora bien, aunque tumbar esa barrera es absolutamente necesario, no resulta en ningún caso suficiente. No basta con decir “puedo” para embarcarse sin dificultades en una aventura poliamorosa. Queda un largo camino por recorrer entre el pensar y el hacer. Un camino complejo que implica desaprender un montón de hábitos sobre el “amor”, que lo ligan a la propiedad y la exclusividad y que están impregnados en todos los rincones de nuestra cultura, para aprender hábitos nuevos, de amores libres y múltiples, que no están escritos en ninguna parte.

Entonces, más que aprender, hay que inventar. Y el camino de quien inventa no es otro que el del “ensayo y el error”.

He cometido muchos errores inventando el poliamor. Lo he intentado con gente que no lo creía posible y me he puesto -infructuosamente- a convencerles; o con gente que decía querer pero en el fondo no estaba dispuesta a apostarle a la verdad, y arrastraba engaños que al final nos herían. Pero no es solo que me enamorara de la persona equivocada; los más de mis errores en este camino han dependido solamente de mí. A veces he caído en tentación de compararme con los otros amores de quien amo y mis inseguridades me han jugado malas pasadas, convirtiendo a esas otras personas en una representación de lo que creo que me falta. Otras veces he forzado relaciones solo porque mi pareja tiene alguna, terminando embarcada en “amores” ficticios. Personas que realmente apreciaba han resultado heridas, porque no supe decirles a tiempo que lo nuestro tenía límites, que ya veía que no era ni iba a convertirse en un “amor con todos los juguetes”: la frontera entre “amor” y “amistad con sexo” me resulta en ocasiones muy confusa.




También he tenido aciertos, inventos que han salido bien en relaciones que luego terminan, porque así son las relaciones: tienen un comienzo y un final, y que se acaben no significa necesariamente que hayan estado mal mientras duraron. Cuento entre los aciertos muchas experiencias grupales y con otras parejas, con quienes ha sido posible construir afectos y placeres. Ha sido un acierto comenzar relaciones haciendo explícito mi rechazo a la monogamia: nos ha ahorrado muchas falsas expectativas. Ha salido bien -cuando he tenido una pareja estable y he querido comenzar cosas nuevas- avanzar de a pocos, comenzando por escenarios más sencillos que se van complejizando: primero una noche de besos en una fiesta, luego sales a comer con alguien y tienes una noche de pasión, más adelante relaciones con otros grados de intensidad… con las necesarias conversaciones, largas y deliciosas, entre cada paso.

Finalmente hay situaciones que sigo sin saber cómo sortear. Por ejemplo, no sé cómo evitar sentirme responsable de las emociones ajenas: me planto desde el poliamor desde el comienzo, pero cada quien se hace las ilusiones que quiere hacerse, a veces distantes de lo realmente posible, y eso cuesta luego desilusiones, que me dejan con un sinsabor: ¿habría podido evitarlas? Pero otras veces soy yo la que se hace ilusiones que desbordan las posibilidades y enfrentada a la realidad no sé qué hacer. ¿Cómo se mantiene creciente otra relación mientras vives con alguien que amas? Tal vez en este caso son inevitables las jerarquías. Tal vez la convivencia implica que sea compartida por todas las personas implicadas; tal vez el poliamor horizontal (sin que existan relaciones “más importantes”) solo es posible si no se comparte el espacio; tal vez el modelo que mejor funcione cuando hay convivencia con alguien y no se quiere dejarla, sea el de relaciones breves o prolongadas en el tiempo pero que solo esporádicamente se encuentran. No creo que nada de esto sea irresoluble, solo creo que yo no he encontrado todavía el modo.

Que no me digan entonces que “para ti es muy fácil”. Porque no lo es en absoluto. Lo que sucede es que me esfuerzo mucho para parecerme a quien quiero ser. El poliamor no es nada sencillo, y a mí también me cuesta, pero entre todos los caminos posibles del amor, me sigue resultando sin duda el más interesante, el más intenso, el más amor.


Texto extraído de: etrada.co


Nota: Pensamos que ehonesto reconocer nuestra naturaleza poliamorosa, reconocer la necesidad de sostener y desarrollar diálogos creativos de mayor alcance y dejar que muchas dimensiones del ser crezcan, evolucionen... 
Creemos que esto es vital y saludable. Sin embargo si entendemos el amor en su principio más simple: CUIDADO, cuidado de todo aquello que es significativo y valioso para uno. Cómo podemos entender el comportamiento individualista, polisexual, OJO NO ES LO MISMO QUE POLIAMOROSO, de aquel que resbala entre un amorío y otro, evadiendo la dificultad, profundidad, serenidad y honestidad que implica un diálogo amoroso sano. De aquel que NO CUIDA sino su propia individualidad sus propios intereses, y su "libertad", de aquel que no reconoce al otro y sus necesidades, sino que pasa por encima de ellas...aquel que llama amor a una cadena de corazones rotos... Nos resulta un comportamiento sociópata, carente de tacto, de escucha, de visión, de afecto, de ternura? NO estamos en contra de la poligamia, solo cuestionamos: cómo puedo decir que amo y lastimo lo que amo sabiendo que lo hago?

sábado, 10 de agosto de 2013

POLYAMOR O POLIFAKE? EL MARICHULO INFILTRADO


Por Brigitte Vasallo
 .
manzana podridaAcabo de leer un post de Alicia Murillo que comienza así: “Es el machito queer, el machito gafapasta, hay muchos ¿Sigo?… el machito cresta, el machito anarquista, el machito okupa, el machito, al fin y al cabo. El mismo de siempre. Es tu padre con 40 años menos, pero igual de misógino o más. De todos me parece el más peligroso porque es un verdadero infiltrado. Tienen acceso a asambleas, están entre nuestros contactos en las redes sociales, participan en nuestros debates y conocen nuestras estrategias de acción social porque están literalmente camuflados”

En el mundo polyamoroso sabemos bien de qué habla Alicia (besos y aplausos): lo llamamos “polyfake“. Son las personas que se acercan al polyamor porque les da una cobertura filosófica, política, ética y guay a la misma mierda de siempre: ir a su bola y sembrando cadáveres a su paso. Se les distingue porque ponen especial énfasis en algunos términos relacionados con el polyamor, pero nunca ponen el acento en otros. Adoran hablar de “amor libre“, “amor sin obligaciones” y “sexo a tutiplén” pero olvidan que, para que esto se convierta en algo nuevo, para que realmente tenga materia que reivindicar, a todos estos términos hay que añadir la honestidad, la sinceridad y el cuidado de las personas con las que te relacionas ni que sea esporádicamente. De lo contrario, es lo que se ha hecho toda la vida: poner cuernos, engañar, mentir, herir… el perfecto “mentir, follar, morir” de Celine.

El polyamor, efectivamente, piensa las relaciones sin términos de obligatoriedad. Pero las obligaciones en el polyamor, como en el anarquismo al que está tan íntimamente ligado, no te las ponen los demás: te las pones tú misma. Es un compromiso, para empezar, contigo, con tus principios, con tu manera de estar en el mundo, con tus propios límites y con tus necesidades. 




Es necesario un alto grado de autocrítica y también es necesario saberse y reconocerse como una persona que quiere y necesita afectos y que quiere ser honesta con los mismos. Y, a partir de aquí, es un compromiso de horizontalidad con el mundo. Amor libre, sí, pero para todxs. Respeto sí, pero para todxs. No instrumentalización, sí, pero para todxs. Y eso incluye que las personas con las que te relacionas sepan en todo momento qué tipo de relación están estableciendo con ellas. Aún a riesgo de que la relación acabe (es lo que tiene la libertad). 
El polyamor, al fin, lo que propone es crear vínculos amorosos no posesivos, basados en el compromiso con los pactos que estableces con cada persona, sean cuales sean. Establecidos desde la sinceridad: sin engaños, sin medias verdades, sin deshonestidades. Fidelidad a los pactos, y lealtad a las personas.

Cuando hacemos poly-picnics entre amigxs que llevan años construyendo vínculos polyamorosos siempre acaba saliendo el tema de lxs polyfakes. Una amiga, en pleno ataque de gracia, lanzó una definición estupenda: “seres que no pueden establecer una relación sana y, por tanto, establecen cinco enfermizas“. A la práctica, polyamorosxs que le ponen los cuernos a sus parejas (por kafkiano que suene), polys que no aceptan que lxs dejen y se vuelven acosadores, polys que manipulan y ponen en peligro las demás relaciones de sus parejas….




Como polyamorosa practicante, escarmentada pero también convencida, me parece que si el polyamor no consiste en construir una red de personas que nos cuidemos unas a otras, no vale la pena lucharlo. Volvamos a la monogamia y dediquémonos a hacer orgías. El polyamor tiene que se capaz de cambiar los esquemas desde dentro, desde el centro mismo. Desde ese lugar que los polyfakes no saben ni que existe porque, simplemente, es más cómodo seguir así. Dándoselas de radicales con gestos que, en el fondo, no suponen riesgo alguno.

La pelota que lanzo al tejado de Alicia es: ahora que lo sabemos, y ahora que nos atrevemos a decirlo en voz alta ¿qué hacemos para neutralizarlos?

No os perdáis su estupendo artículo de Alicia:

El machirulo infiltrado



Imagen del proyecto Memes Feministas: 



Que no crea en la dualidad hombre/mujer no significa que no crea en la dualidad persona privilegiada/discriminada por el patriarcado debido a sus genitales. Esto tan sencillo, que de obvio da casi pena decirlo, resulta ser el trabalenguas traidor del machito moderno. Es el machito queer, el machito gafapasta, hay muchos ¿Sigo?… el machito cresta, el machito anarquista, el machito okupa, el machito, al fin y al cabo. El mismo de siempre. Es tu padre con 40 años menos, pero igual de misógino o más. De todos me parece el más peligroso porque es un verdadero infiltrado. Tienen acceso a asambleas, están entre nuestros contactos en las redes sociales, participan en nuestros debates y conocen nuestras estrategias de acción social porque están literalmente camuflados.
A veces son el novio de una de nosotras. El mecanismo, en esos casos, suele desarrollarse de la siguiente manera: el muchacho, que nunca se interesó por la situación de la mujer en la sociedad, conoce a la muchacha activista (que normalmente le da diez mil vueltas en cuestiones de inteligencia, elocuencia y preparación teórica y práctica en temas sociales y, en general, en la vida) y es entonces cuando en el interior del sujeto surge el cortocircuito: “mierda, el feminismo es un área donde socialmente no la puedo anular porque queda feo y porque el entorno no me lo va a permitir”. La solución viene entonces por aprenderse cuatro frases de la Beauvoir y decir que ha leído mucho sobre el tema, abrirse un blog o algo parecido y desde allí hacerse el abanderado de la causa pro-derechos de las prostitutas, a favor del aborto libre y gratuito, de la lactancia materna y maternidades subversivas o cualquier otra cosa guay que mole mogollón. Curiosamente, nunca trabaja las nuevas masculinidades. 



 Pero si se quedaran en eso no habría problema, lo que ocurre es que, tarde o temprano, llega la frase en forma de imperativo: “lo que las mujeres debéis hacer… los colectivos feministas tienen que…”. Comienzan entonces a intentar gestionar una lucha ajena, una lucha que no han sufrido y ya sabemos todxs lo que ocurre con las luchas no vividas. En privado, el “machirulo-novio-molón-moderno-ay qué preocupado estoy por los derechos de mi chorba” no suele hacer el huevo en casa o habla faltando el respeto a su pareja o cree que cocinar es hacer la paella del domingo o que lxs hijxs se alimentan del aire o todo junto.


Otro espécimen es el cutre-queer (término acuñado por las mujeres deMemesFeministas a quienes saludo efusivamente desde aquí, hola amores). Son individuos que aprovechan la teoría queer para infiltrarse. Bajo la consigna “el género es una construcción social” dejan de cuestionar su posición favorecida de persona con pene y barba. Algunos incluso se hacen pasar por personas transexuales y aseguran estar hormonándose pero por alguna razón nunca les cambia el cuerpo, ni pierden vello, ni cambian de voz (sí, así de mal está la peña). La mayoría de ellos visten, hablan y se comportan como la sociedad espera que un hombre vista, habla y se comporte. Son verdaderos privilegiados por el sistema patriarcal cuando van a una entrevista de trabajo o vuelven a casa a las 4 de la mañana sin riesgo a que lo agredan. Gozan de todos los privilegios patriarcales pero no se les puede recordar porque se ofenden mucho, les “tortura” esta posición social de opresor que les ha tocado vivir. No soportan que nadie les hable de sus genitales y si osas llamarlo “hombre” la furia de los dioses machirulos recaerá sobre ti. Eso sí, ellos te hablan mal, usan también de forma sistemática el imperativo y el tono paternalista lo camuflan con el “nena”, “mona”, “cielo”, “cariño” que tan queer y delicado lo hace parecer.


Son infliltrados y no se me ocurre un nombre mejor para definirlos. Engañan a colectivos enteros y terminan comportándose como verdaderos gallos de corral. Por este tipo de asuntos es esencial el segregarnos. Las mujeres y personas transgénero y transexuales, como conjunto discriminado por el patriarcado, debemos tener nuestros espacios no mixtos. Por este tipo de asuntos entiendo que haya colectivos que den voz pero no voto a los hombres (creo recordar que es el caso de las Indignades en Barcelona, corregidme si me equivoco). Y quien no lo entienda que no espere explicaciones porque no las debemos.


Estemos atentas, compañeras, el enemigo duerme en las camas de las maltratadas y comparte casa okupa con las activistas.