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viernes, 27 de septiembre de 2013

HASTA 1837!! LEER ERA COSA DE HOMBRES

Antonia Gutiérrez Bueno, una perfecta desconocida hoy, tumbó en 1837 la prohibición de la Biblioteca Nacional para aceptar investigadoras y lectoras
Un templo del saber pagado con juego.
Por TEREIXA CONSTENLA 


Usuarias en la sala de lectura de la Biblioteca Nacional. / CARLOS MONTES (BNE)


Hay que tener una gran confianza para sentarse a un escritorio y, en 20 líneas, pedir la luna. Lo nimio —un agente subversivo, bien usado— está minusvalorado. En 1955 Rosa Parks, con su empecinamiento rebelde para no levantarse de su asiento en un autobús de Alabama,dinamitó la segregación racial en Estados Unidos. Un siglo antes, con su carta de 20 líneas, Antonia Gutiérrez Bueno, cuyo nombre nadie recuerda hoy, sepultó para siempre la discriminación de género que laBiblioteca Nacional (BNE) arrastraba desde su fundación en 1713.


Hay que tener mucha seguridad para resistir las coacciones sin levantarse del asiento o para, una mañana o una tarde de enero de 1837, sentarse a escribir al ministro de la Gobernación para reclamar un imposible. Es bien probable que Antonia Gutiérrez Bueno creyese que si no estiraba la mano no tocaría la luna. Porque eso era entonces la Biblioteca Real, un lugar tan inaccesible para las mujeres como la luna, con la pequeña salvedad de días festivos, cuando las damas podían recorrerla en lo que equivaldría a una visita guiada de la época. Se mira, pero no se toca.


Cuando se sentó a escribir su carta, Antonia Gutiérrez (Madrid, 1781-1874) tenía 56 años, un hijo diplomático y dos obras impresas. En 1835 había publicado el primer volumen de un Diccionario histórico y biográfico de mugeres (sic) célebres y antes, en 1832, un librito con artículos que ella había traducido del francés sobre “el cólera-morbo”, donde entre otros tratamientos ensayados en Francia figuraban algunos tan poco delicados como la aplicación de sanguijuelas en el ano. Ambos libros delatan aspectos de su autora: la ambición intelectual y el interés por la salud pública, sin duda un tanto extravagantes a ojos de otras mujeres decimonónicas. Había vivido en París —quizás el Nueva York de la época— hasta la muerte de su marido, Antonio Arnau, y había crecido en una casa con libros, diccionarios y gramáticas en distintas lenguas, tratados científicos y piano. Antonia fue la tercera hija de Mariana Ahoiz y Navarro y Pedro Gutiérrez Bueno, un ilustrado que acabaría siendo boticario mayor del rey y que acostumbró a sus hijas a pensar más allá de los muros domésticos.


“El padre fue un importante hombre de ciencia y Antonia tuvo acceso a una formación no habitual”, señala Gema Hernández, jefa del Museo de la BNE y rastreadora de las huellas de la primera investigadora que puso sus pies en la institución. “Fue amigo de Moratín, que le llamaba Petrus Bonus y que apodó Toinette a Antonia”, añade.


Gema Hernández sospecha —aunque ya nunca podrá confirmar o desmentir su hipótesis— que Antonia Gutiérrez utilizó el Diccionariocomo “excusa” para lograr que le franqueasen la puerta de la biblioteca. Lo cierto es que nunca publicaría los siguientes volúmenes de aquella obra, que firmó con el seudónimo masculino de Eugenio Ortazán y Brunet y que dedicó “al bello sexo”. Como correspondía a un perfecto caballero.


'Diccionario histórico y biográfico de mugeres célebres', de Antonia Gutiérrez Bueno. / BNE


“Siéndole difícil y aun imposible, a causa de sus circunstancias, procurarse los libros que necesita para continuar su obra, la que va recibiendo bastante aceptación del público”, solicitaba la escritora en la carta de 1837 al ministro, “un permiso para concurrir a la Biblioteca Nacional”. La celeridad de la respuesta a su petición no deja de sorprender. Un mes después se había cambiado la historia, tal vez propiciada por la inusual circunstancia de que España estaba gobernada por otra mujer, la reina regente María Cristina, quien ordenó que le autorizasen la entrada y la consulta de libros. A ella y a todas las mujeres deseosas de acceder a un espacio donde, entonces, se custodiaba todo el conocimiento del mundo. “Esta mitad del pueblo tiene todavía en España conventos donde encerrarse y no bibliotecas donde instruirse”, censuró a propósito del veto machista un consejero de la reina, al tiempo que animaba a María Cristina a desterrar “ese precepto bárbaro” y abrir todas las bibliotecas públicas a las mujeres. Y fue entonces cuando el director de la Biblioteca Real, José María Patiño, que había canalizado sin remilgos la petición de Antonia Gutiérrez, se encogió con desagrado y contraatacó con un escrito, dirigido al secretario de Estado de la Gobernación, repleto de pegas (la sala no resultaría suficiente “si llegasen a exceder del número de cinco o seis las mujeres que pretendiesen aprovecharse de este beneficio”) y reproches (en el último año no había recibido “un solo maravedí”).
Una sala de mujeres dispararía los gastos de mobiliario y personal: “Sería preciso comprar mesas, un brasero, escribanías y lo necesario para que las señoras concurrentes estuviesen con la decencia que corresponde”. En definitiva, pide al secretario que “incline el real ánimo de Su Majestad” para que limite la autorización a la solicitante o bien que dote la medida de presupuesto. A la reina no debió gustarle el tono, porque en el siguiente despacho reiteró que admitiesen cuantas mujeres lo solicitasen, “y en el caso de que afortunadamente el número de estas exceda de cinco o seis, lo haga usted presente, manifestando el aumento de gasto que sea indispensable”.
En el expediente que se conserva en el archivo de la biblioteca no figura el histórico día en que Antonia entró finalmente en una biblioteca donde antes que ella había ingresado su obra, se sentó en una sala separada de los lectores masculinos y reclamó todos aquellos libros que siempre había deseado consultar. Después de esa fecha no publicó más que artículos, algunos en defensa del derecho a la educación de las mujeres. Derribó un muro, tocó la luna. En el futuro lo harían otras, como Ángela García Rivas, que hace un siglo se convirtió en la primera bibliotecaria de una casa que aún debió esperar hasta 1990 para ser dirigida por una mujer, Alicia Girón.


Artículo extraido de El país

miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL MERCADO DE LA ERÓTICA ACTUAL

El mercado del sexo y de la erótica está basado en unos criterios que no atienden las necesidades reales de las personas y, menos aún, de las mujeres. Funciona bajo políticas lucrativas y sin ningún tipo de rigor ético mercantilizando los deseos de las personas. Se trata de un mercado sexista que otorga a las mujeres el papel de objetos de deseo y de placer, meras mercancías sin deseo propio.

Este mercado perpetúa la desigualdad entre la personas, invisibiliza la diversidad sexual, no atiende de necesidades sociales, como tampoco respeta la salud.

La oferta de servicios y productos eróticos limita y estigmatiza la sexualidad de las mujeres. Orientado, en gran parte, al placer masculino. Se trata de un mercado que no atiende ni respeta el deseo femenino: los embalajes sexistas, el uso de materiales tóxicos y la fijación por juguetes coitocentrados, son meros ejemplos de las políticas de este mercado.



El trabajo sexual, la venta de juguetes o la pornografía están bajo premisas sexistas y misóginas, y hacen del mercado un espacio privilegiado, sucio y oscuro, donde además se vulneran derechos fundamentales a través del turismo sexual o la trata de personas con fines sexuales.

El mercado sexual es una industria controlada por hombres que son, además, el 95% de los consumidores. Una industria erótico económica equiparable a la industria automovilística, que se mueve en los mercados negros y las economías sumergidas, donde se vulneran derechos básicos como son los laborales o la integridad de las personas. En concreto el papel de las mujeres es el de mercancía, objetos de placer y de deseo al gusto del consumidor.



Un mercado que nos usa, nos estigmatiza, nos victimiza y nos criminaliza sin tener en cuenta nuestros deseos ni nuestros derechos. Un negocio que nos sitúa como buenas o malas mujeres en función de unos patrones sexistas, siendo las malas todas las que viven, disfrutan y/o trabajan del sexo.

El mercado de la erótica, la venta de sexo, es un recurso que miles de personas utilizan para conocer y tener sexo y, como tal, se ha de gestionar de un modo donde no se atente contra la dignidad ni integridad de las personas y que simultáneamente garantice el libre acceso de los mismos.
Por todo lo anterior, es imperativo articular estrategias de desarrollo de la sexualidad que:

- Vayan más allá de la mera prevención (embarazos no deseados e ITS).

- Reconozcan que la sexualidad es un constructo social que forma parte del desarrollo personal. Por lo que todas y cada una de las políticas han de tener en cuenta la subjetividad e individualidad de las personas a través del respeto a la diversidad.

- Abarquen la sexualidad desde un plano integral y transversal.

- Incidan en el respeto y autoconocimiento como instrumento para la mejora de oportunidades y el fomento de la calidad de vida.

- Consideren a las personas sujetos propósitos y fomenten instrumentos que garanticen en las personas la resolución de sus demandas, sin control ni paternalismos sino desde la libertad y la autonomía.

- Garanticen el acceso a los distintos mecanismos económicos, políticos, educativos y culturales para el pleno desarrollo personal, social y físico.



Textos extraídos de: Desmontandoalapili