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viernes, 8 de marzo de 2013

DOS MUJERES, DOS MIRADAS DE LA DISCAPACIDAD Una directiva y una madre soltera reflexionan sobre su papel vital

Hoy celebramos el Día de la Mujer Trabajadora. En esta fecha, recordamos que estamos aquí y que queremos que nuestros derechos sean efectivos en todos los ámbitos de la vida. Y si la igualdad no es hoy un hecho, todavía lo es menos para la mujer con discapacidad, que sufre una doble discriminación.
Según la 'Encuesta de Discapacidad, Autonomía personal y situaciones de Dependencia' (EDAD) de 2008 del INE, 3,85 millones de personas tienen discapacidad en España. El 60% son mujeres. La tasa de actividad de las personas con discapacidad es del 35,5% (EDAD, 2008). El 40,3% para los hombres y el 31,2% para las mujeres. La tasa de ocupación es el 28,3% para el total de las personas con discapacidad, el 33,4% para los hombres y el 23,7% para las mujeres

Además, las mujeres con discapacidad tienen un mayor índice de analfabetismo, niveles educativos más bajos y ocupan puestos de trabajo de menor responsabilidad y peor remunerados. El caso de Esther Díaz Paniagua, directora de Recursos Humanos de Flisa, red de lavanderías industriales del Grupo Fundosa, es una de las excepciones que confirman la regla ya que según afirma, “no he tenido mayores dificultades para llegar a un puesto directivo por el hecho de ser mujer y tener una discapacidad, pues el grupo de empresas de Fundación ONCE trabaja en condiciones de igualdad desde hace mucho tiempo”.

Esther, que tiene una discapacidad física, cree que el hecho de haber recibido de sus padres una educación en la igualdad le ha ayudado a saber vivir el día a día “en mi casa no me han tratado de manera diferente a mis hermanos por tener una discapacidad y eso ha hecho que me sienta perfectamente integrada a todos los niveles. Hago mi vida, y en el desarrollo de la vida cotidiana no estoy pensando que tengo una discapacidad”.

No obstante, la directiva de Flisa reconoce que su discapacidad le limita a la hora de hacer algunas cosas en su vida personal como practicar determinados deportes o coger a sus hijos en brazos durante mucho tiempo. Y es que Esther es madre de familia numerosa. Compatibiliza su vida laboral con la atención a sus cuatro hijos pequeños y asegura que en su caso no cree que por tener una discapacidad pueda hacer menos cosas que una persona que no la tenga. Aún así, y dejando a un lado su historia personal, afirma que es evidente que en el caso de las mujeres con discapacidad, en general se enfrentan a un doble rasero frente a la igualdad: su género y su propia discapacidad. “Yo en este día reivindicaría que la mujer con discapacidad esté en condiciones de igualdad tanto respecto al hombre como al resto de las mujeres, aunque todavía nos queda mucho camino por recorrer”, concluye.

Si las mujeres con discapacidad presentan una tasa de paro cercana al 25%, la cifra se eleva hasta un 40% en el caso de mujeres con discapacidad intelectual. Este triple handicap (mujer + discapacidad + intelectual) supone un gran obstáculo para el cumplimiento de sus proyectos vitales.

Cristina Palo Fuerte es una joven con discapacidad intelectual madre soltera de un niño de dos años, que ha experimentado en sucesivas ocasiones lo difícil que se lo pone la sociedad a estas mujeres para acceder a un empleo. “Te miran mucho y ves que se están preguntando si esta chica llegará o no y además, si eres madre, todavía dudan aun más de tus posibilidades”. En este sentido Cristina asegura que los empresarios “no deberían mirar tanto el hecho de tener una discapacidad porque nosotros podemos hacerlo también. Yo hago bolillos con una sola mano y al principio, cuando me apunté, dudaron mucho de si iba a poder hacerlo. Y todo es proponérselo. No se trata de que nos pongan limitaciones que nosotros no tenemos”.
En la actualidad Cristina estudia en la Fundación Aprocor un curso de auxiliar administrativo y durante sus clases su madre de ocupa de su hijo. “La verdad es que, aunque es un niño muy bueno, tengo mucha suerte de poder contar con la ayuda de mi madre, pero cuando vuelvo a casa soy yo la que se ocupa de mi hijo como cualquier madre”.
Cristina encara su futuro con energía. “Yo quiero trabajar, tengo un niño pequeño al que hay que mantener. Sé que las cosas están muy mal, pero alguna salida tiene que haber para que las personas con discapacidad podamos trabajar y no nos pongan tantos impedimentos como nos ponen”, reclama.

Además, añade la joven, “creo que a las mujeres con discapacidad tendríamos que tener más ayudas para conciliar el trabajo con la maternidad. Yo tengo la suerte de que mi madre me ayude, pero no a todas las mujeres les ocurre lo mismo”.

“¿Igualdad? Aquí, desde luego, no”

Mayte Verduras compagina un trabajo de media jornada con el cuidado de su hija con discapacidad
Teme que los recortes en las ayudas sociales la empujen al hogar

Maite Verduras junto a su hija dependiente Sara Gimenez. / MÒNICA TORRES
Quería ser mecánica de motos. Siempre le gustaron. Soñó con formarse, con hacer de ello una profesión, pero aquello no era “trabajo de mujeres” y además en su casa escaseaban los medios. Así que se puso a trabajar desde muy chica. “Empecé con 14 años cosiendo”, cuenta. Desde entonces Mayte Verduras ha recogido fruta, despachado en un almacén, limpiado suelos. Ahora, a los 48 años, tiene dos empleos. Uno a media jornada en una empresa de limpieza. El otro, “las 24 horas del día” cuidando de su hija mayor, Sara, con síndrome de Down y deficiencias graves de visión. La ayuda que percibe del Estado para cubrir las necesidades de la chica apenas supera los 500 euros. Y ese es el único dinero que entra en casa desde hace meses, porque la compañía que emplea a Mayte dejó en octubre de pagar a sus trabajadores, asfixiada por los impagos de la Administración valenciana. “Estamos tirando de los ahorros. No sé cuánto tiempo más podré aguantar porque cada vez nos recortan más las ayudas y la asistencia. Así es imposible vivir, pagar la luz, el gas, los medicamentos… Y todo es cada vez más caro”, se lamenta.

La historia de esta valenciana es la de muchas mujeres españolas. Como ellas, Mayte se ha echado la familia y el cuidado de sus dos hijos a la espalda –ella, además, sin el apoyo de una pareja-- y sigue adelante. Tratando de esquivar los agujeros que las afiladas tijeras del Gobierno están dejando en los servicios sociales y en la Ley de Dependencia que, además del recorte en el dinero que reciben las cuidadoras familiares, este año ha sufrido otro hachazo del 15% en el presupuesto. Por no hablar de los retrasos para valorar a los dependientes o las dificultades cada vez mayores para lograr el reconocimiento y obtener la ayuda. Como el caso de Sara que, a sus 26 años, tiene reconocida una discapacidad del 77% y necesita compañía constante pero que tras una primera valoración no ha obtenido el grado necesario para recibir la prestación. Mayte percibe una ayuda, pero por cuidado de hijo. Una vez más el tijeretazo en gasto social se ceba con los más vulnerables que, como cuenta esta mujer ágil y vivaz, afrontan como pueden la subida de los copagos sociales.
“Y ahora tengo miedo de que recorten más en el centro al que va la chica o que se quede sin él”, remarca. Porque mientras ella va a limpiar oficinas o portales, Sara acude a un centro de terapia ocupacional en el que está hasta las cinco de la tarde. Instituciones –en las que además cada vez es más difícil conseguir plaza– que también están sufriendo de manera directa las medidas de austeridad de las Administraciones, que han reducido, o incluso han dejado de pagar, los fondos destinados a nutrirlas. “Sin estos lugares no sé lo que haríamos muchas mujeres como yo. Por lo pronto, tendría que dejar mi trabajo y además no tendría ningún tipo de descanso, porque la parte del día que Sara no está en el centro la paso con ella”, dice. No sería una mujer con hijos, sería solo madre a tiempo completo.

Sin centros de atención a discapacitados, no sería una mujer con hijos, sería solo madre a tiempo completo

Como lo fue la suya. Porque Mayte pertenece a una generación de españolas que en su juventud tuvo ciertas opciones de dejar atrás la senda del hogar marcada por sus progenitoras o ser protagonistas de los cambios que llegaron con la democracia. Una generación de mujeres que empezó a lanzarse a la universidad, pero en la que acceder a una educación superior no se daba todavía por sentado. En aquella época, para muchas familias enviar a los hijos a hacer una carrera era un lujo. Como en el caso de la valenciana. La necesidad apretaba. Pero aunque cuenta que nunca fue mucho de coger los libros asegura que esa espinita se le ha quedado grabada. “Ahora me arrepiento, aunque sé que para los que han estudiado las cosas tampoco están nada fáciles”, dice.

El 60% de los licenciados son mujeres, aunque lo siguen teniendo más difícil para conseguir su primer empleo

Hoy, la vida para las españolas es distinta. El 60% de los licenciados son mujeres, aunque lo siguen teniendo más difícil para conseguir su primer empleo –el paro femenino, además, no deja de aumentar y está ya en el casi en el 23%--. También para escalar a los puestos directivos (en ellos, la presencia femenina apenas llega al 13%) y labrarse una carrera profesional. Sobre todo si tienen hijos. Conciliar vida familiar y laboral es cada vez más difícil. Y en esto tampoco ayudan las políticas de recortes: se ha eliminado el plan para crear guarderías, se han reducido las ayudas para el transporte escolar y se ha incrementado el precio del comedor; hasta llevar una tartera con la comida de casa cuesta dinero en algunas escuelas.

Las españolas tienen su primer hijo, de media, a los 31,5 años. La edad más tardía de Europa
Mayte tuvo a su hija a los 21 años. A esa edad ya trabajaba y se había casado. Hoy, las jóvenes que estrenan la mayoría de edad ni siquiera han salido de casa de sus padres y tienen su primer hijo, de media, a los 31,5 años. La edad más tardía de Europa. También la tasa de natalidad es cada vez más baja. “No me extraña que la gente tenga cada vez menos niños. El trabajo está cada vez más difícil. Y para las mujeres más”, afirma la valenciana. “¿Igualdad? Aquí, en España, desde luego no”, zanja.


Artículo extraido de Solidaridad Digital y El País

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