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martes, 2 de abril de 2013

SANGRO, PERO NO MUERO



El desarrollo de la mujer, su libertad, su independencia debe provenir de ella
y por sí misma… Primero al destacarse a sí misma como personalidad,
y no desde un rol sexual. Segundo, al rehusarse a tener hijos a menos que ella quiera,
a rehusarse a servir a Dios, al estado, a la sociedad, al marido, a la familia, etc…
al hacer su vida más simple, pero más profunda y rica.
(Emma Goldman)




Por Beatriz Sotomayor



     Mi objetivo principal como activista es aportar a que las mujeres reimaginemos y reaprendamos nuestros cuerpos, de una manera tal que nos sintamos más cómodas habitándolos. O en otras palabras “quiere a tu cuerpo como es”, pero no es tan simple como solo tener la voluntad de hacerlo, porque es complejo imaginarse y construir una relación con nuestros cuerpos distinta, estando al mismo tiempo insertas en una cultura que nos exige un esfuerzo constante de adaptación a un estándar de belleza imposible e inhumano.
     Desde mi experiencia personal puedo decir que se requiere tomar perspectiva, reflexionar y dialogar para reevaluar y redefinir nuestra visión de nuestros cuerpos, y crear una nueva que responda a nuestros deseos y mejore nuestro bienestar. Entendiendo que las definiciones culturales que se nos ofrecen no responden a nuestros mejores intereses.
     
La menstruación es un ejemplo claro de esto, se establece una pauta de relación con el cuerpo como algo ajeno, algo que hace cosas desagradables, en que la menstruación se trata como una crisis higiénica y no como un proceso corporal normal. Y se le enseña a la joven mujer a lidiar con su cuerpo desde el consumo.

     El “voto de silencio de la menstruación” impide que pensemos en ella y tomemos perspectiva, que nos demos cuenta que la regla se define como suciedad y por ende define a nuestros cuerpos como sucios y que esto afecta nuestra autoestima.
Finalmente este voto de silencio, hace que la devastación ecológica que crea la industria de la higiene femenina pase totalmente desapercibida, y que no conozcamos las alternativas menstruales más amables y ecológicas que existen.


Mancho y no me doy asco: menstruación, tabúes y patriarcado


Por Casus Belli:

      Hace unos meses, desde su maravilloso proyecto, El Camino Rubí, Jesusa Ricoy, desde la iniciativa/Proyecto Three Colours y Belén S. Teira de Cuatro Tuercas y PrePapá, se hacían eco de la nueva campaña de Evax, en la cual se anuncia a bombo y platillo la “eliminación del olor” menstrual. A colación de esto, mujeres conscientes, feministas, menstruantes y muy indignadas apoyamos y emprendimos una contracampaña que las compañeras de Mujeres Imperfectas llamaron #MeHueleElChichiACanela.


Logo de la campaña. Por Cuatro Tuercas

     Pero lo cierto es que esta campaña ha sido la gota que ha colmado el vaso, y que estamos bastante acostumbradas a este tipo de anuncios en los medios e comunicación, como el famoso ¿A qué huelen las cosas que no huelen?. La verdad, señorxs publicistas, a nosotras no nos huele el chocho. Lo que huele es un antihigiénico trozo de celulosa sintética pegada a las bragas que se ajusta a nuestras preciosas vaginas. Eso sí huele.
 La “noticia bomba” que Evax nos quiere vender empleando a ortopédicas mujeres de la farándula la sabemos desde hace tiempo. La regla no huele. La sangre no huele, y las que usamos copa menstrual, lo sabemos bien.
No nos huele el chocho, como tampoco todas tenemos piernas kilométricas, culos prietos y brillantes, ni todas bailamos salsa, bollywood o funky con la facilidad de Terpsícore, ni cuerpos delgados y perfectamente esbeltos, ni nos sentimos más mujeres, como rezaba un noventero anuncio de Ausonia. Por no poderlo evitar, aludiré al maravilloso vídeo de La Loca de mierda, Malena Pichot, cuestionando todos estos clichés absurdos sobre la menstruación y las ocurrencias de los publicistas. Sí, los, en masculino. Porque si no son hombres, no entiendo cómo pueden mantener y perpetuar este tipo de visiones sobre esta parte del ciclo sexual de las mujeres. El vídeo no tiene pérdida, y se llamaBoludas que Menstrúan, y os juro que merece la pena.

        No quiero, no puedo dejar, que el tema de banalice. Estos anuncios no son más que un tentáculo del gran kraken del patriarcado, que, por supuesto, también intenta someter la sexualidad de las mujeres, ejerciendo un discurso falaz y contradictorio sobre su ciclo y su sangre. Paso a explicarlo, someramente, a continuación. Quien quiera, que me siga.
La menstruación sera feminista o no será

    Siglos de lucha feminista para que me venga un publicista misógino o una publicista desconcienciada a decirme que mi vulva huele mal. 


Empezamos.
Esa creencia absurda -el olor de la regla- es un mito popular. Una sensación quizás de quien está desnaturalizada con su propia menstruación, desconectada de su cuerpo, una percepción de quien no comprende los procesos fisiológicos de las bio-mujeres. Esa creencia forma parte de los últimos coletazos de un tabú antropológico judeocristiano y ancestral trasvasada a las sociedades modernas de occidente. Para Delaney, Lupton y Toth, (1988), la palabra “tabú”, posiblemente se deriva de la palabra “tupua” de origen polinesio: menstruación.




     En la antigüedad era la impureza, el apartheid. Apartad de la tribu a las mujeres que menstruan, decían los patriarcas judíos. La Torá prohíbe las relaciones maritales durante los “siete días limpios” e incluso dormir con la esposa que es una Niddáh. Las madres menstruantes eran apartadas de sus criaturas lactantes para no transmitirles su impiedad mediante su leche contaminada. El Levítico también prohíbe el sexo durante el sangrado. La/el que así lo hiciera se enfrentaba a la pena de ostracismo y exilio. No se podía tocar la sangre menstrual, ni siquiera si era de una. En la Antigüedad cristiana, la mujer sangrante no podía comulgar, y estaba impía. Que no entren a las Iglesias, decía el Concilio de Nicea en el 325 d.C. En el 381, el I Concilio de Constantinopla a las mujeres bautizarse durante la menstruación. El Canon II del Concilio de Trullo de 692 prohíbe a la mujer acercarse al altar -no vaya sé que se lo coma. Manda ovarios-.

      Luego fue la filosofía. Los cuerpos femeninos, para Aristóteles, estan marcados por lo débil, lo pequeño, lo imperfecto. Los calores o humores del cuerpo son aquello que producen, en el estómago la segregación de semen, y el semen es en sí una de las bases de la diferenciación sexual entre hombres y mujeres para el pensamiento aristotélico. Por una falta de calor vital que entraña una debilidad del metabolismo, de la cocción, como dice Aristóteles, la comida que se ingiere se convierte en sangre en el cuerpo de las mujeres, por tener un interior más esponjoso y endeble. Los hipocráticos estan de acuerdo con esto. Además, retener la menstruación puede ser fatal. Nos dice El “Tratado sobre la Menstruación de las Vírgenes”: “las mujeres se vuelven locas a consecuencia de la inflamación aguda; a consecuencia de la putrefacción, sienten deseos de matar; a consecuencia de la tiniebla que se les forma, sienten terrores y miedos; a consecuencia de la presión ejercida sobre el corazón, desean estrangular y a consecuencia del deterioro de la sangre, su espíritu, agitado y angustiado, se pervierte. 



Además la enferma dice cosas terribles. (Las visiones) la mandan saltar y arrojarse a los pozos o estrangularse como si fuera mejor y tuviese algún tipo de utilidad…”. Aristóteles fue rescatado y leído por Santo Tomás de Aquino y por los filósofos y pensadores árabes, que lo tradujeron. Las ideas patriarcales sobre la menstruación son herederas de éstas, que no nos extrañe, pues, que en el islam tengan utilidad similares tabúes, que por otro lado tendrían la misma raíz semítica que las tradiciones judeocristianas.

En los siglos modernos, en Europa, se decía a las mujeres sangrantes:

Que si te acercas a la leche, se pone agria

Que si te acercas a la orilla, se arruina la pesca

Que si te acercas al ganado, se enferma

Que si te acercas al cereal, se seca

Que si te acercas al vino, se hace vinagre

Que no te puedes lavar la cabeza entera, porque te enfermas

      Apartando a las mujeres de toda la cotidianidad, y también de los objetos rituales, desde la antigüedad. La aparta del fuego del hogar, la aparta de la tierra, fuente de vida y riqueza única, la aparta de la guerra, la aparta incluso de la crianza. Así, lo masculino se apropia del mundo y nos convierte en LAS OTRAS.






Ahora, y vigentes en muchos lugares todavía como normas consuetudinarias, existen creencias populares misóginas, arraigadas cual arraigado es el heteropatriarcado, que nos dicen:

Se te corta la mayonesa

Se te mueren las plantas

Se te arruina nata montada

Se te estropea la carne

Freud dijo que el hombre castrado tenía miedo a la sangre, y eso provocaba el rechazo. Yo creo que él también nos tenía miedo. Más tarde, Simone de Beauvoir, en El Segundo Sexo, tejió una enrevesada lista, vigente en sus días. Estos son algunos de los tabúes menstruales que detalla la filósofa:



- paraliza las actividades sociales

- marchita las flores

- hace caer las frutas

- sus emanaciones ahuyentan monstruos y espíritus

- arruina las cosechas y devasta los jardines

- corrompe la carne

- echa a perder el jamón

- ennegrece el azúcar

- impide la fermentación de la sidra

- posee poderes maléficos

- provoca la ruptura de los objetos frágiles

- hace saltar las cuerdas de arpas y violines

- debilita al varón

- si mantiene relaciones en esa fecha vuelve impotente al varón

- es un equivalente del orgasmo

- da satisfacción sexual

- cuando una mujer deja de tenerla, queda inhabilitada para el placer sexual y debe clausurar su vida erótica
       Con la contemporaneidad, el capitalismo y los mass media, viene la invisibilidad la oferta y la demanda, surgen los remedios artificiales listos para llevar en el ajetreado mundo del capital, surge la supuesta comodidad, los plásticos, los materiales no biodegradables que desterrarían los días de los tenebrosos paños pegados a la vulva. En vez de paños, gasas, ahora tendremos fibras sintéticas alergénicas pegadas con stick a las bragas y que nos aplastan los labios y nos cuecen las partes. Estos productos mágicos, propios de la Mujer Moderna se venden para: “esos días”. Qué le gustan los eufemismos al patriarcado.



Otras denominaciones ha recibido el ciclo menstrual, para no ser mencionado: “el tío de la capa roja”, “La tía María”, “la regla”, “el período”.
Con la ignorancia de la comunidad masculina y científica, viene la patologización se nos llamaba “indispuestas”, “malas”, “enfermas”, y nunca menstruantes.

Kate Millet, en Política Sexual, nos dice:
La jerga contemporánea denomina la menstruación como The Curse (“la maldición”). Existen considerables evidencias de que las molestias que las mujeres sufren durante su período a menudo es probable que sean psicosomáticas más que fisiológicas, culturales más que biológicas, en su origen. (…) Contextos y creencias patriarcales parecen tener el efecto de emponzoñar las propias sensaciones físicas de las mujeres sobre sí mismas, hasta que a menudo esto se convierte verdaderamente en la carga que se dice que es…”

Por el desdén de los antepasados, por la lucha feminista,

Mujeres del mundo, inauguramos el #MenstruActivismo

#NoEsMiVulvaEsElPatriarcado

                                                                                     



(Audiovisual) La Visita

La Visita es un cortometraje que aborda el tema de la menstruación visibilizando los tabúes y prejuicios que sobre ella recaen y a su vez colocando sobre el tapete una necesaria resignificación del hecho de menstruar: Para poder liberarse de la opresión de una menstruación penosa, la mujer debe reconocerse en la tierra.





Ritos menstruales en la tradición histórica

Por Adriana Filgueiras


Actualmente tenemos vinculada la sangre menstrual a algo digno de ocultar, al uso de tampones de discreta y rápida eliminación, y que nos otorgan una elegante distancia y negación del hecho de menstruar, del hecho de sangrar.

Nuestra sangre es motivo de vergüenza y ocultamiento. Estamos siendo fuertemente presionadas a vivir “como hombres”, es decir de una manera lineal, esforzándonos por sentirnos todo el mes igual, sin cambios, sin sorpresas, sin ciclos, como si no tuviéramos a nuestro favor por lo menos cuatro cambios hormonales que nos afectan enteramente, tanto en nuestro rendimiento intelectual como en nuestro registro afectivo y espiritual.

     Todo el diseño de la propaganda de insumos vinculados a la menstruación nos incitan a sentirnos “igual que siempre” y a estar “siempre libres”, haciendo una alusión indirecta a no sé qué “falta de libertad” implícita en el hecho de menstruar. El colmo lo representó una propaganda difundida en estos países del sur, en la que para mostrar la absorción de las toallas femeninas se usaba un líquido azul. Y esto implica una fuerte negación, de tremendas consecuencias, de lo más rico y fuerte de nuestra naturaleza femenina: los ciclos. 

     Pero no siempre fue así, en tiempos antiguos (y aún hoy en la tradición tántrica y en algunas tribus que viven con cierto grado de aislamiento) la sangre menstrual es considerada un sacramento.
De hecho la palabra ritual proviene de RTU, que en sánscrito significa menstruación. De allí podemos inferir que tal vez la primera sangre utilizada en antiguos rituales fuera la menstrual, ya que es la única sangre que podemos obtener de un modo ético y sin provocar daño físico.
Y también podemos deducir que el hecho de menstruar es el rito más cotidiano que las mujeres “celebramos”.




     Según dice Lara Owen en su libro (recomendado en esta sección) se creía que la sangre del útero que nutría al bebé que estaba por nacer poseía “maná”, poder mágico. Y las mujeres eran consideradas un nexo de conexión con el misterio sagrado de la vida y la muerte.

    En la tradición norteamericana (sioux, lakotas, sénecas) se llamaba “período de la luna” a la menstruación ya dando cuenta de la relación entre los ciclos de la luna y los ciclos hormonales femeninos. Así como la luna afecta las mareas y el comportamiento de los líquidos, afecta los fluidos del cuerpo. Una mujer cuando menstruaba se la consideraba en su momento más poderoso física y espiritualmente. “El reposo durante la menstruación era considerado imprescindible para que la persona pueda estar concentrada en los planos espirituales adquiriendo sabiduría”. Ese reposo tiene lugar en una tipi especial llamada “la tienda de la Luna”. Allí todas las mujeres que están menstruando hacen su retiro y se dedican a hacer artesanías, cantar, rezar, meditar o simplemente descansar en busca de su visión. Para ellos durante la menstruación ocurre el despertar de la mujer. Lara Owen dice al respecto que según esta tradición “la mujer menstruando está en el auge de sus poderes y no debe desperdiciarlos en tareas mundanas, al contrario, todas sus energías deben ser dirigidas para la meditación concentrada”. Para profundizar en este tema hay un capítulo interesante en el libro “As cartas do caminho sagrado” de Jaime Sams (no sé si existe edición en castellano), que se llama justamente “La tienda de la Luna”, al que pueden consultar.

Para los indios kogis, una sociedad precolombina que sobrevive en algún lugar secreto de la Sierra colombiana, y mantiene casi incambiadas sus costumbres ancestrales el mundo fue creado por la Gran Madre mientras menstruaba: “su sangre es oro y ella permanece en la tierra, es fertilidad”. Muchas otras tradiciones toman este ritual de sangrar durante la menstruación en la tierra como símbolo de reconexión con la Madre, y donación de algo bueno y nutritivo. En la tradición egipcia la joven menstruaba sobre un poco de musgo de la orilla del río, por ejemplo.
Para los lamas tibetanos la primera menstruación de una joven era la medicina más potente de la comunidad.

     Se dice que el lunar rojo que las hindúes se pintan a la altura del entrecejo (en el “tercer ojo”) simboliza la visión que las mujeres adquirimos durante el sangrado menstrual.
De hecho en las tribus norteamericanas cuando la comunidad estaba por tomar una decisión importante a veces se esperaba que las mujeres salieran de su retiro de la Tienda de la Luna para conocer sus visiones del futuro.

     Actualmente los shuar (de la selva ecuatoriana) también mantienen un ritual que llaman “pago a la tierra”. Este es un ritual que se realiza una sola vez en la vida, idealmente cerca de la primera menstruación, aunque puede hacerse a cualquier altura de la vida, e incluso luego de la menopausia también las mujeres lo pueden realizar acompañando a alguna mujer que aún esté en su ciclo, claro que sin entregar sangre a la tierra. Es un ritual complejo, con mucha preparación y que continúa con la construcción de un altar para recordar lo sagrado de ese momento. Cuando comienza la menstruación, se dejan gotas de sangre sobre todo el conjunto de ofrendas que muy cuidadosa y detalladamente hay que recoger con determinada intención y “pedidos”.


      
Textos extraidos de: Rojo Menstrual, Algo pasa en Kamchatka

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